Adaptando a Selma Lagerlöf: La Heredad de Ingmar (Ingmarsarvet, 1925) de Gustaf Molander y la trilogía de Jerusalén

Durante los años 10, la industria cinematográfica sueca estaba librando una batalla por la respetabilidad que también estaba teniendo lugar en otros países del mundo. Se pretendía demostrar que el cine podía ser una forma de entretenimiento de calidad y así abarcar a un público más amplio y exigente. Y como solía ser frecuente en los inicios del cinematógrafo, un sinónimo de respetabilidad instantáneo era la literatura, así pues, ¿qué mejor idea que adaptar a la gran pantalla las obras de una de las escritoras más prestigiosas del país, la premio Nobel Selma Lagerlöf?

Una de las personas más adecuadas para llevar a cabo dicha tarea era Victor Sjöstrom, un actor y director que rápidamente se había desmarcado por realizar algunas de las mejores películas no solo del país sino de su época. Ya en Terje Vigen (1917) había adaptado un prestigioso poema de Henrik Ibsen – en colaboración con Gustaf Molander en el guion, quien en breve adquirirá más importancia en este relato – de forma más que exitosa, de modo que se aventuró a dar el gran paso de hacer la primera adaptación de una historia de Selma Lagerlöf. Intimidado por el prestigio de la escritora y sabiendo que el cine todavía era un medio carente de respetabilidad, Sjöstrom fue a visitarla y le leyó el guión de La Hija de la Turbera (Tösen från Stormyrtorpet, 1917), que Lagerlöf aprobó. El filme funcionó muy bien y animó a Sjöstrom a emprender uno de los proyectos más ambiciosos de su carrera: adaptar la novela Jerusalén de la misma escritora, una saga que explicaba la historia de una familia de granjeros a través de varias generaciones hasta desembocar en el viaje que varios de ellos hacían a Tierra Santa, donde inician una nueva vida en el seno de una comunidad cristiana.

Pero resulta que tras el éxito de sus anteriores filmes de prestigio Sjöstrom se vino muy arriba. No se piensen que iba a hacer una mera adaptación de Jerusalén, su idea era realizar una saga de filmes en los que además el cineasta pensaba profundizar en todos los detalles de la novela, incluso en aquellos que Lagerlöf pasaba más por encima, con la finalidad de hacer un estudio a fondo de la psicología de los personajes. La intención era muy loable, pero a la escritora le pilló algo por sorpresa que el primero de estos filmes, La Voz de los Antepasados (Ingmarssönerna, 1919) dedicara más de dos horas… ¡al prólogo de la novela! Era un filme muy cuidadosamente hecho que indudablemente buscaba sumergirse lo máximo posible en los conflictos internos de sus personajes, pero quizá demasiado largo y pausado.

La secuela, El Camino de Dios (Karin Ingmarsdotter, 1920) era un pelín más razonable al abarcar la mitad de la primera de las cuatro partes de la novela, aunque indudablemente al ritmo que iba Sjöstrom no parecía que Lagerlöf llegara a vivir para ver toda su novela adaptada al cine. En esta ocasión, no obstante, a la escritora no le gustó el resultado. De hecho el filme fue también muy mal recibido por la crítica y Sjöstrom decidió abandonar su proyecto de Jerusalén. En su lugar, adaptaría otras piezas de la escritora como La Carreta Fantasma (Körkarlen, 1921) que de nuevo contaron con su bendición. En paralelo, la otra gran figura del cine escandinavo de la época, Mauritz Stiller, se lanzó también a las adaptaciones de la premio Nobel, pero en este caso la relación entre ambos fue menos armoniosa: aunque a ella le gustó mucho El Tesoro de Arne (Herr Arnes pengar, 1919) – ¿¡y a quién no!? – no vio con tan buenos ojos las libertades que se tomó con La Saga de Gunnar Hede (Gunnar Hedes saga, 1923) o incluso La Saga de Gösta Berlin (Gösta Berlings saga, 1924), que aunque hoy día está considerada uno de los grandes clásicos de la cinematografía escandinava no contó con el beneplácito de Lagerlöf por parecerle que en el fondo Stiller sólo usaba sus novelas como punto de partida y que eran menos fieles a su material que las adaptaciones de Sjöstrom.

El enorme éxito de estas películas a nivel internacional permitió que Sjöstrom y Stiller fueran a trabajar a Hollywood, dejando a la industria cinematográfica sueca huérfana de sus dos mayores creadores. Fue entonces cuando tuvieron que dar un paso al frente cineastas como Gustaf Molander, que como hemos visto ya había colaborado con Sjöstrom y Stiller como guionista y había ascendido como director a principios de los años 20. Sin sus dos mejores creadores disponibles la industria sueca decidió volver a la baza de adaptar grandes novelas de Selma Lagerlöf retomando el ambicioso proyecto de Jerusalén que Sjöstrom había dejado a medias. Pero cuando la escritora conoció al que sería el continuador de su saga se llevó una desilusión, calificándole como alguien «nada interesante, aunque es buena persona«. Efectivamente, cuando trató con él de cara a la adaptación que estaba haciendo del guion, la escritora enseguida se dio cuenta de que Molander estaba muy lejos de ser un genio como Sjöstrom e incluso Stiller, por mucho que tuviera sus disputas con el segundo. Sin desmerecer su talento, Molander era un cineasta notable pero tampoco especialmente remarcable. No obstante, La Heredad de Ingmar (Ingmarsarvet, 1925) cabe reconocer que es una obra muy recomendable y bien realizada.

Separada cinco años de la película de Sjöstrom, La Heredad de Ingmar continúa la historia pero desmarcándose de las dos primeras adaptaciones de Sjöstrom: no repiten los mismos miembros del reparto y de hecho la historia no continúa exactamente donde lo dejó El Camino de Dios, sino que sus primeros minutos se pisan con parte de los hechos que se narraban en el filme anterior, pero de forma más sintetizada. La cinta se inicia con la muerte del gran patriarca de la poderosa familia de granjeros de los Ingmar, quien deja a su hija mayor Karin a cargo de la granja y de su hermano menor Ingmar Ingmarsson, todavía demasiado pequeño para llevar los asuntos de la familia. Desafortunadamente, Karin se casa con un borracho que lleva la familia a la desgracia y finalmente ella opta por dejar a su hijo menor en casa del profesor del pueblo para protegerle de los abusos de su marido.

La cinta de Sjöstrom finalizaba con la muerte de su marido y el nuevo matrimonio de Karin con el hombre a quien de verdad quería, cediendo el plano final al pequeño Ingmar Ingmarsson, que sería el protagonista de la siguiente película. En ese sentido está justificado que Molander repita una parte de la historia porque mientras que el filme anterior ponía el énfasis en la historia de Karin, el que nos ocupa se centra en Ingmar, cuyo pasado debemos conocer para entender mejor todo lo que le va a suceder.

Ingmar Ingmarsson ha sido criado en la casa del profesor del pueblo junto a su hija Gertrud, de la que se acaba enamorando. Aunque su propósito inicial es ser maestro, al final acaba cediendo a la presión que supone ser el único hijo de una saga de granjeros y decide que trabajará para ser un próspero terrateniente con Gertrud como esposa. Pero entonces irrumpe un personaje inesperado en el pueblo: Hellgum, un predicador que profesa un tipo de fe diferente al resto de habitantes y que les anima a seguir sus estrictas creencias, provocando conflictos en el pueblo.

Se nota que La Heredad de Ingmar pretendía ser una gran película de prestigio ya solo en el reparto: el protagonista es Lars Hanson, el intérprete por excelencia del cine escandinavo mudo, mientras que el misterioso personaje de Hellgum no es otro que el grandísimo actor alemán Conrad Veidt. Los secundarios también son remarcables (por ejemplo, Ivan Hedqvist, de quien hace tiempo elogiábamos una encantadora película que dirigió y protagonizó, Dunungen (1919)) y el trabajo de dirección es irreprochable. En ese sentido nos encontramos ante un filme más que recomendable que además puede disfrutarse sin necesidad de haber visto las anteriores partes, pero también tiene razón Lagerlöf cuando afirmaba que le falta ese punto de singularidad o creatividad que uno encuentra en obras de directores como Sjöstrom y Stiller. No obstante, olvidémonos de comparaciones y quedémonos con sus puntos fuertes.

De entrada, como era de esperar, las magníficas interpretaciones de sus protagonistas, porque si algo se le podía achacar a El Camino de Dios es la ausencia de intérpretes carismáticos en sus papeles protagonistas. Nada de eso sucede aquí, porque si algo le sobraba a Lars Hanson es carisma y talento. Ciertamente darle a él el papel protagonista no deja de ser una concesión (en la novela su personaje es descrito como alguien más bien poco atractivo y sin una presencia llamativa), pero es una de esas concesiones que agradeceremos como espectadores. En cuanto al personaje de Hellgum, el halo misterioso que le envuelve es perfecto para Veidt y su penetrante mirada.

Uno de los rasgos más típicos de las obras de Selma Lagerlöf es cómo en ellas se entremezclan detalles sobrenaturales que influyen en los personajes protagonistas, y si bien Lagerlöf no usa esos recursos con el toque mágico y misterioso que le sabían insuflar Sjöstrom y Stiller, cabe reconocer igualmente que escenas como la de la tormenta (que tanta importancia tiene en la novela) funcionan a la perfección y nos permiten entender cómo suponen una ruptura respecto al destino que pensaban seguir sus personajes.

Más breve que las versiones precedentes pese a abarcar más partes de la novela, se nota que Molander no compartía las ambiciones artísticas tan marcadas de su predecesor y que simplemente busca hacer una buena adaptación cinematográfica (que no es poco). El final algo súbito es una pista de que ya se tenía en mente continuar la historia como acabó sucediendo con una cuarta parte llamada Till österland (1926), de la que por desgracia solo se conservan unos pocos minutos que no he podido visionar. Lo único que he logrado ver son los prometedores fotogramas que comparte la web de la Filmoteca Sueca que nos hacen fantasear sobre cómo habría sido una película sueca filmada en exteriores reales en Jerusalén. Y es una lástima, porque esta última parte abarca el que es el punto culminante de la novela: el viaje de todos los seguidores de la secta de Hellgum a Jerusalén, donde podrán formar una comunidad en que vivirían de acuerdo con sus preceptos religiosos. Toda una pena que nunca lleguemos a conocer el final de esta saga de películas.

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3 comentarios en “Adaptando a Selma Lagerlöf: La Heredad de Ingmar (Ingmarsarvet, 1925) de Gustaf Molander y la trilogía de Jerusalén

  1. Después de ver un par de veces La heredad de Ingmar me bajé la novela y planeaba leerla pronto, pero leyendo acá que Ingmar era «más bien poco atractivo y sin una presencia llamativa», pues creo que Jerusalén seguirá guardada un tiempo más en mi biblioteca virtual. Si la leo ahora estaré imaginándome al lindo de Lars Hanson cada vez que mencionen al personaje, aunque no se le parezca. Ya me pasó con El hombre que ríe; es descrito como «horroroso», pero yo sólo podía imaginarlo como Conrad Veidt. Una verdadera lástima que Till Osterland no se conserve, me hubiera gustado ver como le iba a Ingmar en su matrimonio por conveniencia.

    • Es lo que tiene el cine, yo cuando leí Guerra y Paz y luego vi que en la adaptación cinematográfica Pierre lo interpretaba… ¡Henry Fonda! no me lo pude creer. Me imaginé a Pierre de muchas formas pero jamás como Fonda. Por eso suelo preferir leer antes las novelas, así me imagino a los personajes a mi manera, porque las películas te acaban «imponiendo» la cara que dar al personaje.
      Por cierto hace poco se filtraron por la red los 30 minutos que se conservan de Till Osterland. Aún no los vi, pero mejor eso que nada…

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