Regalo de Boda (Paths to Paradise, 1925) de Clarence G. Badger

Cuando se dice que la era muda fue la edad de oro de la comedia cinematográfica no es solo por los grandes del slapstick que todos conocemos, sino porque en esos años hubo decenas de cómicos hoy día olvidados que también hicieron su contribución al noble arte del humor con películas francamente divertidas. Y si uno se pone a explorar más allá de los nombres conocidos se llevará grandes sorpresas, como que Reginald Denny fuera en esos años el actor británico mejor pagado de Hollywood solo por detrás de Chaplin a causa de sus inmensamente populares comedias, o que nombres que asociábamos al término «secundarios de oro» como Edward Everett Horton en aquellos años tuvieran su propia serie de películas como actores principales.

Hoy les proponemos rescatar a Raymond Griffith, un actor de comedia que tuvo una gran popularidad en la época y vio su carrera truncada por la llegada del cine sonoro. Aquí hemos comentado a menudo lo mucho que se suele exagerar con el tópico de que el sonoro acabó con las estrellas de la era muda por no saber adaptarse a esa novedad tecnológica, pero en el caso de Griffith es estrictamente cierto por un detalle: apenas tenía voz. Cuando hablaba solo podía hacerlo en susurros a causa de una enfermedad que padeció de pequeño (probablemente una neumonía bronquial). De modo que su único papel en la era sonora fue el del soldado muerto de Sin Novedad en el Frente (All Quiet on the Western Front, 1930), que debe ser uno de los cameos más grotescos y macabros de la historia del cine teniendo en cuenta que el público lo reconocería pero asociándolo a sus papeles ligeros de comedia.

Leer más »

Laveuses sur la Rivière (1897) de Louis Lumière

Cuando uno revisiona las películas de los hermanos Lumière desde nuestra perspectiva actual es fácil e incluso algo inevitable hacerlo con algo de condescendencia, casi como si fueran más fotografías que películas al ser básicamente planos generales estáticos. Pero, cosa curiosa, décadas después surgiría una tendencia en el cine moderno a realizar películas compuestas principalmente por planos generales estáticos en que todo el trabajo de puesta en escena está focalizado en la composición del plano y la organización de lo que sucede en su interior, algo que abarca nombres tan diversos como el armenio Sergei Parajanov de El Color de la Granada (Sayat Nova, 1969) en adelante o el sueco Roy Andersson en los filmes que realizó en el siglo XXI.

Este extraño desvío viene a cuento de reivindicar el trabajo de los Lumière como algo con valor realmente cinematográfico, más allá de su cualidad de pioneros, ya que no es tan fácil como podría parecer lograr el encuadre perfecto. Y pocos ejemplos más claros encontrarán de ello que esta obra maestra de los orígenes del cine: Laveuses sur la Rivière (1897).

En teoría no es más que un plano de unas lavanderas limpiando la ropa, pero fíjense en la exactitud de la composición para captar hasta cuatro niveles diferentes: abajo del todo, el reflejo de las lavanderas (un detalle irrelevante narrativamente pero que los Lumière consideraron suficientemente importante como para asegurarse de que entraba en el plano); encima, las lavanderas, que en circunstancias normales serían el único foco de atención; por encima de ellos, unos hombres mirando curiosos a cámara; arriba del todo, la carretera con algunos vehículos de caballos pasando. Hasta cuatro niveles diferentes y tres lugares con acciones sucediendo a la vez. No está nada mal para un filme «primitivo», ¿verdad?

Sanz y el Secreto de su Arte (1918) de Maximiliano Thous y Francisco Sanz

Una de las muchas virtudes del cine silente es que nos permite llegar a rincones inesperados de la sociedad y los artistas de esa época, conocer celebridades o detalles famosos en su momento hoy virtualmente olvidados, ya sea un popular personaje de cómic llamado Foxy Grandpa, las danzas serpentinas… o un famoso ventrílocuo de la época. Hoy les presento a Francisco Sanz Baldoví, también conocido como Paco Sanz, un ventrílocuo célebre a nivel internacional que en aquellos años realizaba con éxito giras por toda España, Portugal y América. Según he podido averiguar, su capacidad para emular diferentes voces era sorprendente y en su momento de mayor celebridad su espectáculo llegaba a contar hasta con 28 muñecos

Como es lógico, a Sanz le tentaba la idea de utilizar el cine para promocionar su espectáculo, y quiso la providencia que una afonía que sufrió en 1917 le obligara a suspender temporalmente su actividad… pero al mismo tiempo le proporcionara la oportunidad perfecta para llevar adelante su proyecto de película, donde lógicamente la voz no haría falta – si se están preguntando qué sentido tiene una película muda sobre un ventrílocuo, les diré que el mismo que un programa de radio con un ventrílocuo, y ahí fue donde Edgar Bergen y su célebre muñeco Charlie McCarthy tuvieron un éxito arrollador en los años 30 y 40… yo tampoco lo entiendo, pero es así.

Leer más »