Posts Tagged ‘EEUU’

En la era muda cuando, por muy increíble que les pueda parecer, no existía la posproducción digital por ordenador, la calidad de unos buenos efectos especiales dependía de la imaginación del cineasta y la pericia de su equipo técnico. Eso quería decir que los efectos especiales más destacados no venían necesariamente de aquellas producciones que tuvieran más medios, y que por tanto conseguir un efecto sorprendente era un motivo de orgullo, porque demostraba la capacidad de inventiva y los conocimientos técnicos de sus creadores.

Uno de los países que más destacó en ese campo fue Alemania, quien en los años 20 se llevó la fama de ser uno de los países más avanzados técnicamente del mundo. En 1921 una joven promesa de apenas 30 años llamada Fritz Lang deslumbró con su brillante trabajo de dirección en la película de episodios Las Tres Luces (1921). (más…)

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Amigos lectores, un año más vuelve el post que todos estaban esperando: el tradicional repaso del Doctor Caligari a los mejores filmes que este año cumplen un siglo o, dicho de otra manera, las mejores 15 películas de 1920 (si quieren consultar los listados de otros años, los tienen abajo del todo). El cambio de década, como ya sabrán, marcaría la entrada a la edad de oro de la era muda. Después de que a finales de los años 10 el cine acabara de consolidarse al encontrar su lenguaje cinematográfico propio, los años 20 supusieron su eclosión definitiva. Lo que hace que el cine de esta década sea tan fascinante es ver cómo tantos grandes cineastas explorarían, cada uno a su manera, las posibilidades de una forma de arte que todavía estaba por ver cuánto daría de sí. Era aún terreno nuevo por explorar.

Así pues uno de los hechos más significativos de este 1920 sería el surgimiento del cine expresionista, al cual le seguirían otras tendencias vanguardistas que iremos viendo en próximos años. Eso conllevó entre otras cosas la entrada con fuerza de Alemania como uno de los países más potentes a nivel cinematográfico del mundo, algo que queda bastante claro en el listado que hemos elaborado. En paralelo, nuestros amigos los suecos seguían ofreciendo algunas de las películas más interesantes del momento, entre las cuales notarán que he omitido un clásico en mayúsculas en mi listado: Erotikon (1920) de Mauritz Stiller, que si bien fue una obra muy exitosa e importante (fue uno de los filmes que empezó a establecer las reglas de las comedias sofisticadas), no se encuentra entre mis favoritas.

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Pocos casos conozco más paradigmáticos que el de Harry Langdon en lo que se refiere a pasar casi literalmente de la noche a la mañana de estar en la cresta de la ola a venirse completamente abajo. En 1926 era uno de los actores de slapstick más famosos del momento, hasta el punto de que su popularidad empezaba a alcanzar los niveles de un Chaplin o Harold Lloyd. Dos años después su carrera estaba acabada.

Por el camino dejó un buen número de cortometrajes que hoy día son considerados clásicos del género y dos notables largometrajes dirigidos por un ex-escritor de gags que había ascendido a la categoría de director llamado Frank Capra. El primero de estos filmes, The Strong Man (1926), demostraba que ese joven realizador tenía ya una destreza inusual para un casi debut, algo que se confirmaría en la posterior Sus Primeros Pantalones (1927). No obstante, es curioso constatar cómo ambos filmes siguen enfoques totalmente distintos: The Strong Man es puro Capra, con la clásica lucha entre el bien y el mal en que un hombre sencillo pero de buen corazón logra vencer, mientras que Sus Primeros Pantalones está más dominada por la personalidad de Langdon y renuncia al sentimentalismo a cambio de un humor más negro.

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¿Se imaginan cómo debería ser una película muda de los hermanos Marx? ¿Un filme en que la famosa verborrea de Groucho sólo pudiera leerse a través de engorrosos rótulos y en que no se podría escuchar el acento italiano de Chico o a Harpo tocando el arpa? Pues eso existió y se llamaba Humor Risk (1921), una película desaparecida desde hace décadas que se ha convertido en la curiosidad más buscada por los fanáticos de los hermanos Marx.

Aunque hoy día asociamos a los Marx con sus películas no conviene olvidar que antes de dar el salto al cine habían sido unos exitosos intérpretes de vodevil durante más de 20 años. Es cierto que el imaginario colectivo se ha quedado con sus películas por pura lógica, ya que es el material que ha perdurado con el paso del tiempo, pero no hay que infravalorar esa primera época sobre los escenarios, puesto que no solo desarrollaron ahí sus personajes y su peculiar sentido del humor, sino que de hecho tuvieron tanto éxito que llegaron a hacer algunos espectáculos en Broadway. Dada la popularidad cada vez mayor del cine y su capacidad para llegar a un público más amplio era de esperar que tarde o temprano los Marx se interesaran por ese nuevo medio, y decidieron hacer un primer intento a principios de los años 20, cuando ya se habían consolidado del todo como grupo cómico (aunque todavía no habían llegado a Broadway).

Por lo poco que sabemos de Humor Risk, tiene todos los números de ser una película más bien pobre. Pero gran parte de la fascinación que genera no es solo porque se haya perdido sino por lo poco que se sabe sobre ella y toda la información contradictoria al respecto que nos ha llegado a nuestros días. Porque así como de otras películas desaparecidas célebres tenemos información de sobras – véase Los Cuatro Diablos (1928) de Murnau o London After Midnight (1927) de Tod Browning – con Humor Risk es inevitable acabar jugando a los detectives, de modo que durante años los “marxianos” han estado especulando sobre todo tipo de dudas: ¿dónde se rodó? ¿Se llegó a completar? ¿Quién era la actriz protagonista? ¿Qué tipo de papeles hacían los hermanos? El hecho de que los Marx casi nunca hayan hablado del filme (solo tenemos algunas declaraciones puntuales de Groucho mientras que Harpo ni la menciona en su fantástica autobiografía) y que Groucho sea un mentiroso compulsivo solo complica las cosas. El Doctor Caligari mucho me temo que no tiene información privilegiada al respecto, pero intentará sintetizar toda la que hay intentando diferenciar los datos más o menos fiables con los que parecen mera especulación.

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Como ya les hemos comentado anteriormente por estos lares, en la era primitiva cualquier fuente de inspiración era válida para dar forma a un cortometraje de cine: ya fueran cómicscanciones, personajes célebres de la época, o cuadros e ilustraciones (busquen aquí la referencia a los “tableaux vivants”). En este caso, si ven The Whole Dam Family and the Dam Dog (1905) de Edwin S. Porter sin contexto quizá no le vean la gracia a esta familia que se nos presenta uno a uno para luego dar pie a un sencillo número cómico en que el perro estropea una comida familiar. ¿Por qué mostrarnos en un primer plano a cada miembro para luego simplemente crear un gag genérico?

El origen de este cortometraje está en una canción especialmente popular de la época publicada por George Tottsen Smith y Harry von Tilzer 1905 de idéntico título que se hizo célebre por algo tan tonto como por el hecho de hacer un juego de palabras con un término malsonante de la época (“damn”), utilizándolo como apellido de los miembros de esa familia. Era pues un tema conocido por la gracieta de usar una palabra tabú, ni más ni menos. Y esta cosa tan anecdótica dio pie a una serie de cortos de la época como el que los mostramos que no hacían más que capitalizar esa pequeña moda que generó la canción de marras. De ahí que el corto se base en mostrarnos uno a uno a los miembros de la familia Dam, porque era una forma de apoyarse en la letra de esta canción que la gente conocía a modo de gancho.

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Pese a que la filmografía de Sturges como director es tristemente breve, difícilmente se le puede negar el mérito de ser uno de los más grandes cineastas de comedia de la historia. Comenzó su carrera en el cine en los años 30 como guionista, y posteriormente consiguió gracias a su tenacidad algo hasta entonces inaudito: que permitieran a un guionista dirigir sus propias historias, un camino que luego imitarían otros compañeros como Billy Wilder o John Huston. A raíz del enorme éxito de su debut El Gran McGinty (1940) Sturges realizó para la Paramount una serie de comedias escritas por él mismo que se encuentran entre lo mejor del género. El público le adoraba y la crítica aplaudía su sentido del humor tan brillante, pero en la Paramount no se veía con buenos ojos que alguien tuviera tanta libertad creativa sin tener que responder a sus superiores. Harto de tener que demostrar continuamente su valía, Sturges decidió a mediados de la década romper su relación con el estudio y buscarse la vida de forma independiente. En realidad contra todo pronóstico ahí acabó la mejor etapa de su carrera.

Para lanzarse como independiente Sturges tomó la desafortunada decisión de asociarse con alguien tan inestable como el multimillonario Howard Hughes, en cuya vida no entraremos porque daría para un post (o incluso un blog) aparte. Hughes le dio absoluta libertad artística para su próximo proyecto, y curiosamente lo primero en lo que pensó Sturges fue en rescatar del olvido al pionero D.W. Griffith para producirle una película. Como ven, Sturges compartía nuestra devoción hacia el cine mudo, y aunque inicialmente Griffith se sintió muy halagado por la idea, al final el proyecto quedó en nada puesto que el anciano director estaba muy débil de salud y llevaba más de 15 años sin hacer películas. Una vez descartada esta opción, Sturges pensó en otro proyecto que también buscaba rescatar otra gran figura del pasado, en este caso Harold Lloyd.

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Uno de los rasgos más interesantes de Harold Lloyd como cineasta era su uso sistemático de los “sneak previews” como una forma de mejorar sus películas. Con ese término se denominan las proyecciones que se hacía de una película ante un público antes de estrenarse oficialmente, de esta forma los productores podían calibrar qué aspectos del filme no acababan de funcionar y modificarlo antes del estreno oficial. En el mundo del slapstick era una práctica muy frecuente para calibrar qué gags funcionaban mejor (vean por ejemplo el interesante caso de Buster Keaton y Las Siete Ocasiones), pero nadie lo llevó a los niveles de perfeccionismo de Lloyd.

El mítico productor Irving Thalberg atribuyó en su momento a Harold Lloyd el mérito ser el primer artista en utilizar los “sneak previews” con sus películas, y si bien ya había otros que lo hicieron antes que él, sí que fue seguramente el primero en explotar su potencial al máximo. Porque Lloyd no se limitaba a pasar sus películas por un “sneak preview” para luego hacer retoques en el montaje, sino que entendía esto como una fase fundamental de todo el proceso de producción de una película, y después de esas primeras proyecciones podía pasarse tranquilamente semanas o meses rehaciendo escenas enteras o incluso modificando el tono del filme en general.

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Explicaba Harold Lloyd que muchas de sus grandes películas se empezaron a rodar no ya sin guión (algo muy frecuente en el mundo del slapstick, lo cual no quiere decir que las historias no estén bien elaboradas) sino incluso sin conocer aún la trama completa. Por ejemplo, El Hombre Mosca (1923) surgió a partir de la famosa escena final de la escalada del edificio y de hecho primero filmaron esa escena entera y luego, a partir de ahí, construyeron el resto de película: ¿qué serie de circunstancias habrían llevado al protagonista a una situación así? En El Estudiante Novato (1925) Lloyd inicialmente quiso repetir la misma estrategia. Él tenía en mente un filme en que el protagonista tuviera que jugar un partido de fútbol americano y por ello comenzaron a filmar esas escenas antes de haber pensado el resto de la historia. Pero no funcionaron. Lloyd se dio cuenta de que necesitaba conocer a su personaje y saber por qué era tan importante para él ganar un partido de fútbol, de lo contrario no podría interpretar adecuadamente esas escenas. De modo que desechó todo el material rodado y no volvió a filmar el partido hasta que él y sus guionistas hubieran planteado toda la historia.

Esta anécdota ejemplifica cómo en películas como El Estudiante Novato Lloyd se alejaba cada vez más del estereotipo de cómico slapstick y su personaje iba convirtiéndose cada vez más en un ser humano de carne y hueso – un proceso que ya se había iniciado años atrás con El Mimado de la Abuelita (1922), la obra favorita del propio Lloyd. Ya no bastaba pues con plantear gags físicos divertidos, el propio actor necesitaba conocer al personaje para interpretarlos.

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La entrada de Harold Lloyd en el mundo de la comedia fue en cierta manera fruto de las circunstancias. A mediados de los años 10 el actor estaba haciendo pequeños trabajos como extra en Hollywood a la espera como muchos otros de que algún día llegara su gran oportunidad. Fue entonces cuando trabó amistad con otro extra con el que coincidió en varios rodajes, Hal Roach, cuya mayor ambición no era labrarse una carrera en el mundo de la interpretación sino realizar comedias. Dicho y hecho, cuando Roach recibió una herencia decidió emplear el dinero en dirigir unos cortos cómicos que estarían protagonizados por Harold.

El primer personaje que ambos crearon tenía el nombre de Willie Work, que no era más que una copia barata de Chaplin que no gozó de demasiado éxito. La situación no parecía muy prometedora, pero además Lloyd y Roach tuvieron una disputa cuando el primero descubrió que se le estaba pagando menos que al otro actor principal de los cortos que estaban realizando, de modo que rompió con él y fue a buscar suerte a Keystone, el estudio de comedias de Mack Sennett. Allá Lloyd no corrió mucha suerte, ya que Sennett no supo verle su potencial cómico y no pasó de realizar papeles secundarios en películas de estrellas como Roscoe Arbuckle o Ford Sterling (el cual por cierto le recomendó que probara suerte como actor dramático).

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Harold Lloyd es probablemente el cómico más infravalorado de todos. A los intelectuales no les gusta el personaje de Harold Lloyd, ese chico de clase media tan típicamente americano. No ven poesía en ello y se pierden su brillantez técnica.” (Orson Welles en una entrevista a Peter Bogdanovich en 1969).

Este mes de enero el Doctor Caligari ha decidido realizar un especial Harold Lloyd en el que, a lo largo de las próximas semanas, irá posteando diferentes artículos y reseñas dedicados al tercer gran genio de la comedia slapstick. Por todos es sabido que Harold Lloyd forma junto a Charles Chaplin y Buster Keaton el trío de grandes cómicos del slapstick. Y no obstante, de esos tres Lloyd es con diferencia el que más ha quedado en el olvido a día de hoy: apenas se le dedican reseñas o estudios y la bibliografía que ha generado al respecto es ínfima comparado con los otros dos (incluso me atrevería a afirmar que Harry Langdon genera más artículos y análisis entre los estudiosos de la era muda que el bueno de Lloyd). Esto puede resultar sorprendente si además tenemos en cuenta que en su momento la popularidad de Lloyd era prácticamente pareja a la de Chaplin y muy superior a la de Keaton. ¿Por qué hoy día es tan poco recordado?

Yo lo atribuyo a varios factores. El primero es el hecho de que Lloyd, propietario de sus películas, fue reticente durante décadas a volver a ponerlas a disposición del público, ya que creía que no generarían suficiente interés. En cambio, Chaplin reestrenaba algunas de sus obras como La Quimera del Oro (1925), que volvió a lanzar en 1942 con su voz narrando la historia en off, y además se mantenía de vigente actualidad con sonados éxitos de taquilla como El Gran Dictador (1940) y Candilejas (1952) – en contraste, la etapa sonora de Lloyd fue decayendo progresivamente a lo largo de los años. Por lo que respecta a Keaton, sus filmes se pasaban regularmente en televisión, algo que horrorizaría tanto a Chaplin como a Lloyd, que eran totalmente contrarios a que sus películas se vieran en ese medio (hoy día, en estos tiempos en que la gente ve películas en su smartphone, puede parecernos extraño, pero muchos grandes cineastas se negaban en rotundo a que sus obras se vieran en una diminuta pantalla de televisión argumentando que ellos las realizaron para que se disfrutaran en la gran pantalla; también es cierto que los televisores de los años 50 no son los actuales). No obstante fue gracias a estos pases regulares que Keaton llegaría al gran público que le había tenido olvidado durante décadas.

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