Posts Tagged ‘Emil Jannings’

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Uno de los problemas inmediatos que trajo la llegada del sonido a Hollywood fue la exportación de esos films al mercado extranjero. Desde siempre para Estados Unidos fue importantísima la recaudación que tuvieran sus películas en el resto del mundo. En la época muda el intercambio de películas entre países era muy sencillo, bastaba con cambiar los rótulos traducidos al idioma que tocara et voilà. Sin embargo con el sonido se enfrentaban a un problema nuevo: ¿cómo iban los espectadores de otros países a entender las películas inglesas?

La opción de doblarlas no era muy viable por entonces, ya que el equipamiento que había en aquella época todavía era muy primitivo para diseñar un sistema de doblaje en masa. De hecho casi siempre las bandas de sonido incluían diálogos, música y efectos de sonido juntos, y no por separado. Por lo tanto, la solución a la que se recurrió fueron las multiversiones: es decir volver a rodar la misma película en otros idiomas.

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Seguimos repasando los casos de algunos cineastas europeos que emigraron a Hollywood durante la era muda, centrándonos hoy ante todo en los casos de Suecia y Alemania, que tuvieron que sufrir la pérdida de algunos de los mayores talentos de sus países después de que éstos recibieran unas ofertas que no pudieron rechazar.

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A veces uno tiene la tentación de creer que cierta época o movimiento cinematográfico ya no le puede deparar más novedades, que aunque siempre quedarán más películas por descubrir, difícilmente encontrará una especialmente sorprendente. Y entonces, cuando uno ya se ha habituado a esa idea, de repente alguien descubre un film que se había dado por perdido desde hacía décadas y que te descoloca por completo.
Eso es lo que ha sucedido con Algol, la Tragedia del Poder (1920), una obra que se suponía perdida y volvió a emerger a la luz pública más de medio siglo después de su primer estreno.

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Hay una escena de Variété (1925) que siempre me ha gustado especialmente y que hace poco me vino a la cabeza. Ésta tiene lugar poco después de que el protagonista, el trapezista Boss Huller, haya descubierto que su amante Bertha le ha engañado con Artinelli, su compañero de número. Furioso, quiere vengarse y para ello tiene una idea maquiavélica: durante el número de acrobacias que hace con su amante y Martinelli hay una parte especialmente peligrosa en que Martinelli salta desde su trapezio para caer en brazos de Boss. ¿Qué pasaría si le fallara la puntería y no llegara a agarrarle? Martinelli caería al vacío y moriría al instante. Nadie podría demostrar que no ha sido un accidente.

Llega la noche y el trío comienza su famoso número. Pero cuando se acerca la parte más peligrosa, Boss se queda paralizado, dubitativo, mientras observa a los espectadores. Finalmente, se recobra y se inicia el número, pero no lleva a cabo su plan. ¿Por qué? Por el público. Ese público que le observa expectante y a quien no quiere decepcionar. Porque matar a Martinelli de esta forma implicaría hacer creer erróneamente que como artista ha cometido un error, que no ha estado a la altura de las expectativas de la gente. No, los aplausos del público son demasiado cautivadores y por ello Boss no puede evitar desempeñar el número a la perfección, como siempre. Cuando descienden, la audiencia les recibe con una ovación. El protagonista sonríe encantado, disfrutando de toda la admiración que recibe. Pero entonces, se baja el telón y vuelve repentinamente a la realidad. Se acabaron los aplausos y sus minutos de fama. Vuelve a ser el esposo engañado de antes que tiene que solucionar ese molesto triángulo amoroso.

Lo que me gusta de esta escena es la forma como combina el espectáculo que protagonizan los integrantes del triángulo amoroso con el conflicto que subyace por debajo. Martinelli confía su vida cada noche a Boss Huller y no puede ni imaginar el peligro al que se expone al acostarse con la amante de éste. Por otro lado, Huller en un primer impulso prefiere anteponer su orgullo como hombre matando a su rival, pero luego en mitad del número es incapaz de hacerlo, no puede decepcionar a los espectadores. Por ello el momento en que cesan los aplausos es cuando se deshace el hechizo y vuelve a ser consciente de la triste realidad.

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Una de las cualidades más interesantes del cine mudo era que, al no conocer las voces de los actores que aparecían en la pantalla, éstos tenían un aire casi fantasmal o irreal. En el momento en que hablaban se perdía ese rasgo único y pasaban a ser seres de carne y hueso. Un periodista de la época desarrolló la idea de esta manera:

El pueblerino que se imaginaba que, en caso de que la Señorita X le susurrara “Te quiero”, sonaría como una mandolina, ahora escucha a su diosa hablar como una dependienta de tienda masticando chicle. El devoto del seductor carácter inocente de la Señorita Y ahora la mira bajo la triste luz de los “talkies” como una mujer de mediana edad con la voz de una mujer de mediana edad. El granjero que antaño soñaba con la Señorita Z como una exótica y misteriosa dosis de polvo de cantárida ahora la verá simplemente como una inmigrante obesa con músculos sobredesarrollados asistiendo en la negociación de un inglés “pidgin”“.

microfono horror

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Rótulo El Último

Aquí, en el lugar de su humillación, el viejo se marchitaría miserablemente el resto de su vida y la historia realmente se habría terminado. Pero el autor se hace cargo de lo que todos han abandonado añadiéndole un epílogo en el que las cosas transcurren aproximadamente así, como, lamentablemente, no suelen transcurrir en la vida.

Pocas veces un solo rótulo ha dado tanto que hablar. Se trata del epílogo de El Último de F.W. Murnau, una de las más grandes películas alemanas de la era muda que contribuyó a dar prestigio internacional al cine germano junto a Varieté (1925) y los films de Fritz Lang.

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