Posts Tagged ‘Reino Unido’

Siempre resulta fascinante ver cómo se imaginaban el futuro en películas antiguas, incluso aunque sean puramente fantasiosas, como es el caso. En este curioso filme titulado The Pirates of 1920 (1911) se especula con la idea de que en un futuro cercano podría haber piratas aéreos que cometerían todo tipo de atrocidades con la ayuda de un zepelín (a saber: abordar un barco y secuestrar una bella damisela).

Esta simpática película de la que nos falta el desenlace es tan entrañable como absurda en todos los sentidos, pero ahí radica gran parte de su encanto. ¡No se la pierdan!

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En los cinco años que este humilde Doctor lleva escribiendo en este rincón dedicado al cine mudo en más de una ocasión le han preguntado por sus películas mudas favoritas. Ésta obviamente no es una tarea fácil, ¡hay tantos títulos a tener en cuenta! No obstante, para conmemorar el reciente quinto aniversario del blog y el haber llegado a los mil seguidores en nuestro Facebook (en la foto de arriba pueden ver al Doctor Caligari celebrando eufórico la ocasión) su genio del mal favorito ha decidido sentarse y escribir la susodicha lista.

Como una lista de diez películas estaría formada en su mayor parte por títulos más conocidos y, por otro lado, este Doctor tampoco quiere ser deshonesto seleccionando obras más atípicas para dárselas de original, ha decidido que la mejor forma de llevar esto a cabo era ampliando la lista a 50 títulos, donde habría cabida para algunos más conocidos y otros no tanto. Y por último, para facilitar la tarea (uno ya tiene una edad para meterse en este tipo de fregados), se dejarán de lado cortometrajes. Espero que disfruten de esta selección de la que inevitablemente se han quedado fuera muchos grandes títulos:

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Uno de los géneros más populares en los primeros años del cine eran las películas de persecuciones, las cuales no solo funcionaban asombrosamente bien con el público sino que permitían a los cineastas más inquietos hacer los primeros experimentos con el montaje y el suspense.

Una de las obras más paradigmáticas de este estilo es A Daring Daylight Burglary (1903) de Frank Mottershaw. De entrada, como primer elemento a destacar está el hecho de que pretende ser un film más realista que no plantea la persecución de forma humorística. Eso se nota en el cuidado que puso Mottershaw usando escenarios reales y dando importancia a detalles como el policía que sufre la caída y es atendido por un compañero (no estamos pues ante una película de ésas en que la gente sale indemne de cualquier tipo de violencia física).

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Hace tiempo les hablamos de uno de los cortos más importantes de los primeros años del cine: Grandma’s Reading Glass (1900) de George Albert Smith, que incluía de forma muy innovadora unos primeros planos que venían justificados por el elemento de la lupa.

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¿Se les ocurre una mejor imagen de bienvenida al festival?

Comentaba Jay Weissberg en la ceremonia de apertura que Pordenone era un sitio en el que poder aislarnos de todos los problemas del mundo durante una semana, algo más necesario que nunca en los tiempos que corren. Es por ello que el último día de festival se caracteriza porque uno empieza a sentir los primeros síntomas del famoso síndrome post-Pordenone; cuando uno debe abandonar esa cómoda burbuja en que ha vivido aislado durante una semana y volver a la realidad y a las aburridas obligaciones cotidianas (como por ejemplo, en el caso de este Doctor, diseñar nuevas armas químicas e instruir a los becarios sobre cómo evitar que se cuelen intrusos en su guarida). No obstante, antes de que eso sucediera Pordenone nos ha ofrecido aun tres días muy intensos, como verán a continuación.

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Es estimulante comprobar cómo incluso hoy día nos siguen llegando pequeñas sorpresas de la era muda en forma de descubrimientos o de restauraciones de films hasta ahora olvidados. Una de las grandes noticias silentes de este año (¡sí! ¡hoy día sigue habiendo de vez en cuando novedades sobre cine mudo!) es la restauración que ha hecho el British Film Institute de la primera adaptación cinematográfica de la novela de Liam O’Flaherty El Delator, hoy día recordada sobre todo por la versión que realizó John Ford en 1935 ganando su primer Oscar y en consecuencia eclipsando a nuestra película de hoy.

Este El Delator (1929) era un proyecto en el que confluían talentos de todo el mundo (algo especialmente habitual en la era muda) pese a tratarse de una producción británica. Su director era Arthur Robinson, un norteamericano que después de estudiar medicina en Alemania decidió dedicarse al cine aportando un pequeño clásico de la era de Weimar, Sombras (1923). En cuanto a su protagonista, el sueco Lars Hanson, era uno de los grandes actores de la época que se dio a conocer con películas de Victor Sjöstrom y Mauritz Stiller y que luego viajaría con ellos hasta Hollywood. Por otro lado, su protagonista era la húngara Lya de Putti, que aparece en unas cuantos clásicos del cine alemán mudo. Y para rematarlo todo, la novela está ambientada en Irlanda, de modo que tenemos aquí una mezcla de talentos de todo el mundo, aunque quizá la influencia que tiene más peso es la alemana, no solo por Herr Robinson, sino también por los directores de fotografía Theodor Sparkuhl y Werner Brandes, que confieren a la cinta una estética muy típicamente germana.

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En uno de los posts que abrí hace un mes sobre Le Giornate del Cinema Muto 2016 mencioné un maravilloso programa dedicado al pionero británico Robert W. Paul, pero dada la cantidad de películas que vi por entonces no pude dedicarle espacio más allá de un párrafo, y creo que dicho autor se merece un post con más detenimiento.

Paul debe ser recordado como uno de los grandes nombres de la primera década del cine gracias a una serie de cortometrajes que realizó en esos años donde daba rienda suelta a todo tipo de trucajes muy ingeniosos. Históricamente algunos de esos cortos han sido atribuidos a Walter Robert Booth, un artista que aparece en muchos de ellos como protagonista. Probablemente, Booth trajo consigo algunos de sus trucos como mago y Paul utilizó medios cinematográficos para darles forma, en todo caso como la autoría de los films en esos primeros años es muy difícil de dilucidar, sigue siendo un tema algo dudoso.

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Cuando el Festival de Pordenone llega a su fin es bastante habitual que el asistente sufra una especie de jet lag. Tras tantos días dedicando la mayor parte de horas a estar encerrado en un teatro viendo películas mudas llega un punto en que uno se olvida de la realidad a la que luego deberá inevitablemente enfrentarse. El efecto desaparece aproximadamente cuando uno dejar de escuchar música de piano en su cabeza y se vuelve a acostumbrar a ver películas que, oh sorpresa, ¡tienen sonido! Aunque da algo de pena ver cómo el festival llega a su fin, después de todo supongo que tampoco es saludable estarse más de una semana en estas condiciones.

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Una de las ventajas del Festival de cine mudo de Pordenone respecto a otros similares (como por ejemplo su competidor más directo, el de Bolonia, al que por otro lado también me encantaría ir), es que todas las películas se proyectan en un mismo sitio, por tanto no hay solapes.

No obstante, eso tiene un inconveniente: como es posible ver todo, el recién llegado al festival seguramente querrá cometer la locura de intentar ver realmente todo. No lo intenten. Al final uno acaba devorando películas por gula incapaz de disfrutarlas a causa del cansancio, a no ser que se ayude de ciertas sustancias poco recomendables.

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Pónganse en situación: Londres, años 20. Un club de moda cuya mayor atracción son una pareja de bailarines que actúa cada noche: Mabel y Victor (¿le reconocen? es el actor Cyril Ritchard, que encarnaba al pintor en La Muchacha de Londres de Hitchcock). La película se embriaga del ambiente nocturno, de la animación que se vive en el club, y eso se nota en la dirección tan dinámica y atractiva. Tras la cámara se encuentra el director alemán E.A. Dupont, quien se había hecho un nombre internacionalmente gracias al éxito avasallador de Varieté (1925). Dupont sabía perfectamente lo que el público y la crítica esperaban de él: si el cine alemán se había hecho famoso era por la fama que tenía de ser técnicamente muy superior, de emplear trucos de cámara apabullantes. Por tanto, él ofrece a los espectadores lo que se espera de él, y mientras Mabel y Victor hacen su número, la cámara baila literalmente con ellos, con unos travellings maravillosos que giran por todo el club. ¿No opinan que los travellings resultan doblemente atrayentes en el cine mudo?

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