Posts Tagged ‘cine primitivo’

Se acerca una vez más la Navidad, y como de costumbre su rincón silente favorito echará el cierre por unas semanas en las que el Doctor Caligari aprovechará para hacer sus compras navideñas y acudir a algunos eventos navideños que un servidor y su fiel Cesare nunca nos perdemos, como la cabalgata de Reyes, donde la prodigiosa altura de Cesare nos permite dejar a los niños de nuestro alrededor sin casi ninguno de los caramelos que arrojan los Reyes Magos.

Y ya que los he mencionado, les dejamos con este cortometraje primitivo que narra el nacimiento de Cristo, desde cuando la Virgen María recibe la Anunciación hasta la llegada de los Reyes Magos a bendecir al recién nacido. Desconozco quién es el autor del filme, y aunque me consta que el veterano Edwin S. Porter colaboró en su elaboración es bastante probable que fuera en realidad obra del también veterano J. Searle Dawley. Disfruten de su cuidado trabajo de superposiciones (sobre todo la escena en que los pastores reciben la señal del nacimiento de Cristo) y a los aficionados a los detalles técnicos les parecerán curiosas las dos panorámicas que hay al final, una de las cuales en realidad se corta pero intentando simular como si fuera un mismo plano. Por esas fechas los cineastas empezaban a preocuparse poco a poco de dar un buen acabado a sus filmes.

Que tengan unas buenas vacaciones, nos vemos el 2020.

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Imagen: Valerio Greco

Si de por sí la era primitiva de la historia del cine es una época fascinante porque nos permite ver una manera de hacer películas totalmente distinta a la que se estableció como canon en la era clásica, el caso de Japón ejerce para mí una atracción aún mayor. En este país la forma de entender el cine se basaba mucho en la idiosincracia de su cultura, y eso hace que sus películas primitivas tengan unos rasgos bastante diferenciales, como una marcadísima influencia del teatro kabuki y una dependencia excesiva hacia la figura del benshi (las películas no se entendían como algo que pudiera funcionar de forma autónoma, sino que se realizaban contando con que alguien iría explicando las imágenes). Eso provocó que mientras en occidente el cine fue evolucionando a lo largo de los años 10, en Japón el medio siguió durante más tiempo anclado en el pasado (de hecho el país también entró mucho más tardíamente en el sonoro por el enorme poder de los benshi en la industria). Y es a causa de eso que para mí esa etapa del cine japonés siempre me ha generado un interés especial por lo extraña y particular que se me antoja, y más si tenemos en cuenta que casi no se conservan películas de esos años (¡sólo un 0,2%!) y que son muy difíciles de encontrar. Hasta ahora lo único que había podido ver de esa etapa primitiva del cine japonés fueron unos pocos fragmentos de filmes en la edición de Pordenone del 2014, por ello fue para mí una grata sorpresa saber que en la del 2019 se mostraría la versión restaurada de Chushingura (1910-17) de Makino Shozo.

Shozo, considerado como el padre del cine japonés, acabaría formando parte en los años 20 de un movimiento que se propondría renovar la industria cinematográfica japonesa. En otras palabras, buscaría desligarse de la tradición kabuki, cuya influencia estaba provocando que el cine japonés se quedara estancado en un estilo demasiado primitivo: hombres interpretando papeles de mujer, planos demasiado estáticos (literalmente como si estuviéramos viendo teatro filmado), demasiada evidencia de la artificialidad de la puesta en escena (de nuevo como si no se buscara simular que es teatro filmado, sino incluso evidenciándolo), etc. Pero antes de iniciar ese cambio, Shozo, como todos los otros cineastas japoneses contemporáneos suyos, filmaba sus películas sin guion, lo único que tenía era una lista de las escenas a rodar y él mismo iba dando órdenes a sus actores sobre lo que tenían que hacer a medida que se iba grabando. Eso provocaba que las películas de esa época fueran más bien una colección de estampas cuya continuidad dependía o bien del trabajo del benshi al ejercer la función de narrador o bien del previo conocimiento de la historia por parte de la audiencia. Fue tras visionar las películas que llegaban continuamente de occidente que Shozo decidió cambiar la forma de hacer cine en Japón más en sintonía con lo que llegaba del resto del mundo. El filme que nos ocupa es un reflejo muy claro del cine japonés previo a ese movimiento que él mismo lideraría.

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El post de hoy va dedicado a los aficionados a la lectura: An Interesting Story (1905) de James Williamson, uno de los cineastas más importantes del cine de los orígenes perteneciente a la que se conoce como Escuela de Brighton. Se trata de un corto cómico sobre un hombre tan absorbido por la lectura de su libro que se va paseando por la calle sin prestar atención a lo que pasa a su alrededor con funestas consecuencias.

El momento cumbre tiene lugar cuando una apisonadora le pasa por encima y lo deja aplastado hasta que dos ciclistas lo vuelven a inflar con las manchas que usan para sus ruedas. Una imagen que habrán visto en multitud de dibujos animados y que como ven ya se utilizaba en los primeros años del cine.

Disfruten del corto y tomen nota de su valiosa lección: no es buena idea leer mientras uno camina por la calle.

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No hay nada como una saludable dosis de cine de los orígenes para alegrarle el día a uno, y más cuando su responsable es ni más ni menos que el genial Segundo de Chomón. Ante todo debo reconocer que tengo ciertas dudas sobre su autoría, ya que investigando un poco en algunos sitios se le atribuye la dirección a Ferdinand Zecca siendo Chomón el responsable de los efectos especiales, mientras que en otros se atribuye a Chomón la dirección completa del filme. Yo, para no comprometerme y hacer enfadar a ninguno de estos dos magníficos cineastas, he optado por la opción que han escogido muchos de citar a ambos como directores. Después de todo en el cine de los orígenes el tema de las autorías es sumamente complicado y de hecho ya cité por aquí un caso personal también con Chomón.

En todo caso, sea quien sea el director, no nos queda ninguna duda de que el autor de los efectos especiales de Le Voleur Invisible (1909) es el cineasta de origen aragonés, y son precisamente esos trucajes lo mejor de la película. Tal y como dice el título, un ladrón se hace con una copia de El Hombre Invisible de H.G. Wells y utiliza la fórmula para la invisibilidad que se cita en el libro para cometer sus robos, un pretexto magnífico para los clásicos trucajes de Chomón en que parece que los objetos se mueven solos.

 

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Imagen: Valerio Greco

Entramos ya en la recta final del festival y uno no puede evitar soltar el tópico de qué rápido han pasado estos días y lamentarse de que en breve habrá que volver a la rutina del trabajo (en mi caso, ya saben, pasear por pueblos haciendo mi numerito de sonámbulo con Cesare para que luego vaya apuñalando a gente por las noches), pero supongo que tiene que ser así ni que sea para recuperar una cierta normalidad de horarios. Así pues, antes de lamentarnos de que hayan acabado las Giornate, disfrutemos de estos tres días que vienen más que cargados.

10 de octubre – El día de Reginald Denny

Ayer nos comentó el director del festival, Jay Weissberg, que el 9 de octubre era el día oficial de Reginald Denny (desconozco por qué ese día concreto, algún truco publicitario de la Universal). Es una maravillosa casualidad que el día oficial de Reginald Denny coincidiera con el festival de Pordenone que le está dedicando un ciclo… aunque también es mala pata que justo el 9 de octubre no hubiera ninguna película suya en el programa, de modo que Weissberg dijo que en Pordenone celebraríamos su día oficial el 10 de octubre, coincidiendo con la proyección de su película What Happened to Jones (1926) con la presencia de su nieta entre el público.

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Imagen: Valerio Greco

Entrando en el ecuador del festival uno empieza a notar ya cierto agotamiento acumulado y los primeros síntomas de que el cuerpo está implorando a gritos salir de esa sala oscura. Es en este punto del festival cuando más lamento que casi ninguna de las proyecciones que tengo previsto saltarme sean a primera o última hora del día, que son los horarios que a uno le permitirían dormir unas horas más. Pero qué le haremos, este feliz estrés consistente en que uno tiene demasiadas cosas por ver en una semana es una de las características de festivales como Pordenone, donde además si uno se salta ciertas sesiones no tiene la seguridad de que pueda cazar esa película en otra ocasión.

8 de octubre – Travestismo a gogó

Les voy a hacer una pequeña confesión: aunque me gustan las películas de William S. Hart, no estaba seguro de ser tan fan del célebre cowboy como para disfrutar de un programa entero dedicado a él. Pero de momento la cosa está yendo bien en gran parte por dos motivos: porque aunque hay cierto tipo de argumentos o situaciones que suelen repetirse sus películas están siendo medianamente variadas, y porque el ciclo se centra sobre todo en su primera época, que son cortos y mediometrajes que se digieren mejor y permiten observar cómo va dando forma a su estilo. El mejor de esta tanda fue The Sheriff’s Streak of Yellow (1915), en que Hart es un sheriff admirado por todo el pueblo hasta que un día deja escapar expresamente a un criminal, ya que le debía un favor del pasado. Eso provoca que le obliguen a resignar de su puesto, pero al final vuelven a aceptarle cuando impide un robo al banco cometido por la banda de ese mismo forajido. Sin una mujer que le redima aquí tenemos al Hart más duro y viril en esta historia que trata sobre lo cambiante que es la actitud de la gente hacia nuestro héroe (un detalle sutil pero interesante: cuando todos acuden a ver qué ha sucedido en el banco una vez Hart ha matado a toda la banda, éste inicialmente se muestra algo desconfiado hacia los lugareños seguramente por temor a que piensen que él tuvo algo que ver con el robo, pero por suerte no es así).

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Ah, no hay nada como los primeros días de Pordenone. Todo el mundo está todavía fresco y despejado. Las sesiones de las 9 de la mañana nunca están tan llenas como en estos días y uno aún mantiene el optimismo de ver todas las películas que se había propuesto. En el fondo la experiencia de un festival viene a ser encontrar un equilibrio entre verlo todo y darse las horas adecuadas de reposo. Y nunca parece tan factible y realista el plan semanal que se hace uno como en los primeros días.

5 de octubre – Once hombres y una mujer sin piedad + el anuncio más largo del mundo

Los protagonistas de la primera jornada de Pordenone han sido dos franceses… con permiso, claro está, del señor Charles Chaplin, cuya obra maestra El Chico (The Kid, 1921) ha sido escogida como plato fuerte de la sesión de inauguración del festival acompañada por la Orquesta de San Marco de Pordenone. Pero si me disculpan, dejaremos por una vez a Chaplin de lado (habrá numerosas ocasiones para hablar de El Chico) y pasemos a las otras sesiones del día.

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Éste es uno de esos cortometrajes que apenas precisa de explicación porque su impagable premisa lo dice todo: una mujer lleva a su bebé a una incubadora milagrosa (“12 meses de crecimiento en una hora”, asegura el cartel; por otro lado no se pierdan los otros carteles de fondo que muestran el antes y el después de su uso), pero lo acaba dejando por error más tiempo del indicado… con resultados calamitosos. Uno de esos divertidísimos cortometrajes que muestran lo imaginativo que era el cine de los orígenes.

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Hoy les proponemos rescatar este simpático cortometraje de Edwin S. Porter con un argumento de lo más sencillo: el dependiente de una zapatería atiende a una bella cliente que va acompañada de su madre y, tras atarle un zapato, no puede evitar permitirse una familiaridad con ella que no será bien vista por la madre en cuestión.

El motivo por el que lo he escogido es el único primer plano que hay en todo el corto: el de las manos del dependiente atando los cordones del zapato. Pero la razón de ser del plano no es eso, sino que ahí vemos el indicio de que la clienta siente un interés especial por ese dependiente. ¿Cómo? Porque vemos como se va subiendo poco a poco la falda dejando al descubierto su pierna hasta la rodilla, solo tapada por una media. ¡Qué atrevimiento! ¿A qué niveles de descaro van a llegar estas jovencitas de hoy día?

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Como es de sobras conocido, en los orígenes del cine el simple concepto de “remake” no tenía sentido, puesto que todos los cineastas copiaban libremente las ideas de otros sin que ello tuviera ningún tipo de repercusión legal. En una época en que la distribución y exhibición de películas era un absoluto caos, a menudo eso implicaba que el propio público no supiera (ni le importara) cuál era la “original”. Teniendo en cuenta esas circunstancias, era de lo más normal que un productor decidiera aprovechar alguna película que había sido especialmente exitosa para copiar su idea, como es el caso que nos ocupa hoy.

Vean en primer lugar al inicio del post este divertido cortometraje del gran mago del cine, Georges Méliès, titulado Le Deshabillage Impossible (1900), que utiliza sus célebres trucajes para mostrarnos a un pobre hombre que intenta quitarse la ropa antes de ir a dormir y no lo consigue, porque a cada pieza de ropa que se quita, otra vuelve a aparecérsele mágicamente puesta.

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