Posts Tagged ‘cine primitivo’

Siempre es un buen momento para rescatar algún cortometraje de Albert Capellani, uno de los grandes realizadores franceses de las primeras décadas del cine. La Fille du Sonneur (1906) es un melodrama en que la hija de un campanero se fuga con un hombre que acaba siendo un indeseable que la maltrata. Desesperada, cuando da a luz a un bebé lo deja al cuidado de su padre.

A los que estén interesados en aspectos técnicos de los primeros años del cine tendrán como aliciente el uso que hace aquí Capellani de las panorámicas con la cámara, de hecho hay un plano en que el padre se asoma a la torre pensando qué ha sido de su hija al que le sigue una panorámica que es claramente una excusa para mostrarnos toda la ciudad desde lo alto. Y a los que prefieren centrarse en la historia, tienen aquí un clásico melodrama muy eficientemente realizado. Dedíquenle diez minutos de su minuto, Monsieur Capellani lo merece.

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Cuando se intenta establecer cuál fue la primera proyección cinematográfica de la historia, la respuesta más frecuente es citar la de los hermanos Lumière el 28 de diciembre de 1895, una de esas fechas míticas que tanto gusta mencionar. Pero lo cierto es que no es algo tan sencillo de determinar: a finales del siglo XIX había diversos pioneros de diferentes nacionalidades experimentando con la posibilidad de capturar imágenes en movimiento, y si bien los Lumière fueron los que aportaron la solución más exitosa, no fueron los primeros.

Un caso paradigmático es el de los hermanos Max y Emil Skladanowsky, inventores del bioscopio, que al igual que el cinematógrafo de los Lumière conseguía grabar y proyectar imágenes en movimiento. El 1 de noviembre de 1895 realizarían en el teatro Wintergarten de Berlín la que se considera la primera exhibición pública y de pago de la historia del cine. Las ocho películas que se mostraron eran de pocos segundos de duración y mostraban básicamente números de circo y vodevil como acrobacias, bailes, boxeo o, mucho me temo, un tipo peleando con un canguro. Cada uno de estos filmes se mostraba varias veces de forma repetida:

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Como ya sabrán muchos de ustedes, a la hora de abordar las primeras décadas de la historia del cine el nombre que más suele repetirse como el gran innovador del medio y el que lo convirtió en lo que es hoy día es D.W. Griffith. Es cierto que a veces se exagera su importancia (la afirmación de Lillian Gish de que Griffith fue literalmente el que inventó el cine es una barbaridad, pero resulta comprensible dada la franca admiración que sentía por él tras haber trabajado tantos años juntos), del mismo modo que también lo es que se ha dejado de lado a otros cineastas contemporáneos suyos que contribuyeron con su granito de arena, pero no podemos negar que realmente Griffith estaba muy por encima de casi todos los cineastas de su momento. Si a alguno de ustedes eso no le parece tan obvio como parece, la mejor manera de comprobarlo es comparando sus películas con otras realizadas en la misma época. Hoy les vamos a proponer un ejemplo a través de dos cortometrajes, empezando por Le Médecin du Château (1908), también conocido como The Physician of the Castle (1908):

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Fotografía cortesía de Valerio Greco

11 de octubre – John M. Stahl se pasa a la comedia

Después de un miércoles un tanto agotador (la película de Mizoguchi acabó más tarde de lo normal) y viendo que el viernes iba a ser un día intenso, casi que agradecí que el jueves fuera una jornada más bien tranquila. Supongo que a estas alturas ya sabrán cómo empecé el día, con una saludable sesión de Lincoln-manía que no obstante hoy llegó a su fin, puesto que Under the Stars (1917) es el último capítulo del serial que se emitió en Pordenone. Nuestro amigo Benjamin Chapin vuelve a interpretar al abuelo de Lincoln, narrando una historia que argumentalmente no veo demasiado conectada con el conflicto que debe afrontar el presidente en el episodio más contemporáneo, en que el estado de Kentucky quiere permanecer neutral en la Guerra de Secesión. Pero en fin, es un buen entretenimiento con el que despedirnos ya del señor Chapin, cuya obsesión por encarnar a Lincoln llevó al actor Lionel Barrymore a burlarse de él diciendo que “no estará del todo satisfecho hasta que lo asesinen a él también“.

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6 de octubre – Cuando Lotte Reiniger hacía anuncios de Nivea

Las primeras proyecciones del festival siempre se me hacen un poco extrañas. Quiero decir, la ceremonia de inauguración, donde se presenta el evento y se nos da la bienvenida, es el sábado por la noche. De modo que las sesiones que hay ese mismo sábado por la tarde, antes de que se haya inaugurado oficialmente el festival, siempre me han parecido un poco que están en tierra de nadie, pero deben ser tonterías de este Doctor.

Ah, no hay nada como reencontrarse de nuevo con el Teatro Verdi después de un año (su olor, sus butacas demasiado estrechas para la gente de piernas largas, el timbre avisando del inicio de cada sesión…). Me encantan las primeras proyecciones de cine primitivo de Pordenone, cuando uno todavía no se ha habituado al estilo y las convenciones de ese tipo de obras y las recibe con cierta frescura. Con esto no digo que más adelante uno se canse de ver películas mudas (¿qué clase de monstruo se cansaría de ver cine mudo?) sino que tras varios días de empacho silente llega un momento en que uno se acostumbra a los tics y el estilo de estas obras viéndolos casi como algo normal, y no con la fascinación inicial que nos suscita ese tipo de cine y que se hace patente sobre todo en las primeras sesiones a las que uno asiste.

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Uno de los subgéneros predilectos de los directores de los orígenes del cine era el que mostraba a algún jovencito cometiendo todo tipo de gamberradas que acababan invariablemente derivando en una persecución. Hoy les ofrecemos un ejemplo de uno de los grandes pioneros del cine británico, James Williamson, en el que emplea a su propio hijo como protagonista. Esperamos por su propio bien que el angelito no fuera igual en la vida real…

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Lo que sucede es lo siguiente: un conserje se bebe una botella de crecepelo pensándose que es alcohol y al día siguiente se despierta con el cuerpo cubierto de pelo. ¡Horror! ¿Qué hacer en una situación así? Pues obviamente montar un número de vodevil con su mujer haciéndote pasar por un hombre mono.

Esta es la absurda y divertida premisa de La Vérité sur l’Homme-Singe (1906) de la cineasta Alice Guy, un corto que quizá no acaba de aprovechar del todo el prometedor argumento – que Marco Ferreri exploraría más a fondo medio siglo después en Se Acabó el Negocio (1964) – en parte porque el actor no tiene las virtudes físicas de por ejemplo un Buster Keaton para explotar las posibilidades cómicas de un hombre encarnando a un simio:

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Rescued by Rover (1905) es uno de los cortometrajes clave del cine de los orígenes, y no solo por incluir la primera estrella canina del séptimo arte (el collie protagonista, que ya se adelantaba en unas cuantas décadas a la más célebre Lassie), sino por la forma tan impecable como Cecil Hepworth narró esta sencilla historia.

La trama se basa en ese temor tan frecuente y extendido en aquellos años hacia gitanos que robaran bebés de familias burguesas. Son numerosas las historias de niños secuestrados que se criaban entre gitanos y, años más tarde, se reencontraban con su familia real gracias a un objeto o una marca de nacimiento que los hacía reconocibles. En este caso por suerte no hace falta esperar tanto tiempo para solucionar el conflicto gracias a una oportuna intervención canina. El bebé de una familia es secuestrado por una anciana alcohólica aprovechando un momento de distracción de una niñera. La familia queda desconsolada, pero su perro Rover parte en su búsqueda y da con él. Regresa a casa, convence a su amo para que le siga y éste consigue por fin recuperar a su hijo.

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He aquí un pequeño corto bastante desconocido dedicado especialmente a aquellos de ustedes que de niños solían sumergirse en todo tipo de aventuras a través de libros como los del célebre Jules Verne. Esto es lo que le sucede al protagonista de nuestra historia, que sueña que vive una serie de peripecias muy en la línea del universo Verne, como un viaje en globo y una excursión al fondo del mar, donde conocerá una serie de bellas sirenas.

La premisa es una excusa para utilizar algunos efectos especiales, que si bien no son especialmente remarcables (basta con compararlos con los cortos de Méliès de esa época), tienen el encanto de lo artesanal. Un detalle pequeño que me gusta es cuando el niño al final destroza una almohada llenando la habitación de plumas y algunas de éstas siguen volando por todo el escenario (incluso en primer plano) mientras la madre le increpa, que le dan un toque especial a la escena. Un corto muy entrañable.

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Ciertamente, vista hoy día Escamotage d’une Dame au Theatre Robert Houdin (1896) no parece una de las películas más destacadas del genial Georges Méliès, pero tenemos un buen motivo para dedicarle una entrada, y es ser la primera obra en que el conocido como mago del cine utilizó sus famosos trucajes cinematográficos.

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