Posts Tagged ‘western’

Vuelve un año más el post clásico de este Doctor dedicado a las mejores películas que cumplen 100 años este 2018 para aquellos de ustedes que no recuerdan cómo fue 1918 cinematográficamente hablando o, incluso, que no habían nacido aún. No olviden por cierto que abajo del todo tienen los links a las listas de otros años.

El gran acontecimiento de 1918 como sabrán fue el fin de la desastrosa Gran Guerra, que había inspirado ya unas cuantas películas y que sirvió de base para algunos de los films que mencionamos aquí. Pero centrándonos en el cine, uno de los rasgos más interesantes de estos años es que se hacen especialmente visibles las diferencias entre aquellos cineastas que ya dominaban el lenguaje cinematográfico clásico tal y como se desarrollaría posteriormente y los que todavía tenían un estilo que hoy día nos parece más arcaico.

Esto no quiere decir que las películas de estos últimos sean peores sino que es una época apasionante por encontrarse aún a medio camino entre el estilo de cine de los años 10 y el de los años 20. Y lo más curioso es que esa diferencia de estilos no era algo que necesariamente diferenciara los grandes cineastas (Griffith, Tourneur) del resto. Tomen por ejemplo a Marshall Neilan, un notable director hoy día virtualmente olvidado que era un eficiente artesano de películas comerciales de estudio, pero no un artista excepcional o especialmente destacable. Y no obstante si ven la película suya que hemos seleccionado en esta lista comprobarán que tiene un dominio excepcional para la época del montaje, el ritmo y la puesta en escena. Por tanto no nos sirve la distinción entre el cine más artístico y avanzado, obras de artistas geniales, y el más comercial despreocupado por la forma. Y eso hace que todo sea aún más interesante.

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Durante mucho tiempo, cuando la gente oía el nombre de Ford referido a una película, solía preguntar: “¿Ford? ¿Algo que ver con Francis?”. Muy pronto, a menos que no se cumplan las expectativas actuales, dirán: “¿Ford? ¿Algo que ver con Jack?“.

The Moving Picture Weekly, Junio de 1917

Dudo que haya ningún fan del cine clásico que no esté familiarizado con el nombre de John Ford, seguramente el director americano por excelencia. Pero no obstante, ¿cuántos fans del cine mudo saben siquiera de la existencia de su hermano mayor, Francis Ford? Su nombre ha pasado a engrosar en la interminable lista de estrellas de la era muda que cayeron en el más absoluto olvido con el paso de los años, incluso muchas veces antes del advenimiento del sonido. Y si a día de hoy alguien se acuerda de él, me imagino que deben ser únicamente los fanáticos de John Ford, que lo tendrán identificado como uno de los miembros de la John Ford Stock Company, ese grupo de actores a quien el director tenía por costumbre utilizar siempre que podía en sus películas, aunque fuera en papeles muy pequeños. Pero en realidad Francis Ford tuvo suficiente entidad en su momento como director y actor para ser recordado al margen de su famoso hermano menor. Eso sin olvidar que fue gracias a él que John entró en el mundo del cine.

Viendo en las películas de John Ford ese entrañable personajillo al que solía dar vida Francis Ford, resulta chocante pensar que ese mismo tipo 20 años atrás había dirigido, escrito y protagonizado algunos de los proyectos de mayor éxito y envergadura en el Hollywood de los años 10. Teniendo en cuenta que en la época de los films de John Ford prácticamente nadie sabía del pasado de Francis (o si lo sabían era de forma más bien vaga: “fue un cineasta de éxito”, pero sin recordar con exactitud hasta qué niveles lo había sido; la comunidad de Hollywood y la crítica tenían mucha facilidad en aquellos tiempos para olvidar a los pioneros de la era muda, y si no que se lo digan a Griffith), los grandes logros de Francis han sido durante mucho tiempo una especie de secreto que solo conocían unos pocos, hasta que algunos biógrafos de John Ford como Joseph McBride o Tad Gallagher comenzaron a sacarlos a la luz. Va siendo hora de que en este humilde rincón también le hagamos justicia.

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El plano final de Centauros del Desierto (1956) de John Ford es sin duda uno de los más famosos de la historia del cine. En él vemos cómo Ethan (John Wayne), después de años buscando a su sobrina secuestrada por los indios, la trae sana y salva a un hogar y entonces, consciente de que él no corresponde a ese mundo hogareño en el que se adentran todos, se da la vuelta para continuar su vida errante y solitaria en el desierto. Este maravilloso desenlace contiene además un pequeño gesto que acaba de engrandecerlo: justo antes de retirarse, Wayne se agarra del brazo mientras mira cómo todos entran en casa. Dicho detalle fue una brillante improvisación de Wayne como homenaje a uno de sus héroes: el actor de westerns mudos Harry Carey, quien solía hacer ese gesto a menudo. Pero lo mejor de este acto es que no solo funciona como tributo personal a Carey, sino que además servía como guiño autorreferencial tanto a John Ford como a la viuda de Harry Carey, Olive, que también participaba en esa escena:

Lo hice porque su viuda estaba al otro lado de esa puerta, y él era el hombre de quien Pappy [Ford] decía que le había enseñado su oficio“.

Harry Carey (a la derecha) haciendo el gesto que Wayne emularía 40 años más tarde.

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¿Se les ocurre una mejor imagen de bienvenida al festival?

Comentaba Jay Weissberg en la ceremonia de apertura que Pordenone era un sitio en el que poder aislarnos de todos los problemas del mundo durante una semana, algo más necesario que nunca en los tiempos que corren. Es por ello que el último día de festival se caracteriza porque uno empieza a sentir los primeros síntomas del famoso síndrome post-Pordenone; cuando uno debe abandonar esa cómoda burbuja en que ha vivido aislado durante una semana y volver a la realidad y a las aburridas obligaciones cotidianas (como por ejemplo, en el caso de este Doctor, diseñar nuevas armas químicas e instruir a los becarios sobre cómo evitar que se cuelen intrusos en su guarida). No obstante, antes de que eso sucediera Pordenone nos ha ofrecido aun tres días muy intensos, como verán a continuación.

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Imagen cortesía de Valerio Greco

A lo largo de esta semana, hay ocasiones en que este Doctor siente la tentación de sentarse en algunas proyecciones en la primera fila del Teatro Verdi para poder de vez en cuando asomarse y mirar a los excelentes músicos en acción acompañando al filme. Este año de hecho Herr Caligari se ha escapado a alguna de las “Masterclasses” que se imparten durante el festival, en que músicos expertos en acompañar películas mudas enseñan a otros más jóvenes cómo llevar a cabo este meritorio trabajo. Recomiendo a los asistentes a Pordenone que se escapen algún día para asistir a esas clases, no solo por su valor musical, sino porque en ellas sobre todo se discute de cine, de los detalles que permiten a los músicos ir descifrando sobre la marcha cómo funciona la narrativa de los films e ir adaptando la música a su contenido. Es una experiencia altamente estimulante.

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29 de septiembre

Este año el Dr. Caligari decidió asistir a la proyección gratuita que sirve como prólogo al festival y que tiene lugar en el Teatro Zancanaro de Sacile, un pueblo (muy bonito por cierto) a solo unos kilómetros de Pordenone. En este caso se trataba ni más ni menos que de una de las obras cumbre del cine silente, El Viento (1928) de Victor Sjöstrom, con una orquesta en vivo interpretando una excelente banda sonora compuesta para la ocasión por Günter A. Buchwald. Para sorpresa de los organizadores, el teatro estaba tan lleno que tuvieron que abrir los palcos superiores (de hecho había gente haciendo cola una hora antes… ¡Sjöstrom arrasando en Sacile!).

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Siguiendo con las buenas costumbres, el Dr. Caligari vuelve a su post anual dedicado a rescatar las mejores películas que cumplen 100 años. De modo que les invitamos a viajar al pasado y revivir durante un rato cómo fue el año 1917 a nivel cinematográfico.

1917 está considerado a nivel histórico uno de los años clave en que se consolidó el estilo de lo que conocemos como cine clásico, pero además resulta muy interesante porque, en paralelo a ello, surgieron bastantes novedades interesantes. Por ejemplo, tenemos el primer film en Technicolor (hoy día perdido), The Gulf Between (1917), o el primer largometraje de animación de la historia (también perdido), El Apóstol (1917) del argentino Quirino Cristiani.

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Una de las ventajas del Festival de cine mudo de Pordenone respecto a otros similares (como por ejemplo su competidor más directo, el de Bolonia, al que por otro lado también me encantaría ir), es que todas las películas se proyectan en un mismo sitio, por tanto no hay solapes.

No obstante, eso tiene un inconveniente: como es posible ver todo, el recién llegado al festival seguramente querrá cometer la locura de intentar ver realmente todo. No lo intenten. Al final uno acaba devorando películas por gula incapaz de disfrutarlas a causa del cansancio, a no ser que se ayude de ciertas sustancias poco recomendables.

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Tal y como hicimos el año pasado, volvemos a nuestra tradicional lista que repasa las mejores películas que se estrenaron hace exactamente un siglo.

A decir verdad, mientras este Doctor repasaba la lista de grandes películas de 1916 que han sobrevivido a nuestros días, a primera vista no le ha parecido un año tan excitante como el anterior. Y no por la ausencia de grandes películas, sino porque en la selección de 1915 era más heterogénea, mientras que en 1916 está claro cual era la tendencia: dirigirse hacia el cine de gran espectáculo, siguiendo el camino que había marcado el señor Griffith con El Nacimiento de una Nación (1915). Así pues, echando un vistazo por encima tenemos un buen número de grandes producciones como Intolerancia de Griffith, Juana de Arco de Cecil B. De Mille, Civilización de Reginald Barker, 20.000 Leguas de Viaje Submarino de Stuart Paton o A Daughter of the Gods de Herbet Brenon (esta última desaparecida a día de hoy y recordada por ser la primera película americana que costó un millón de dólares y por las polémicas escenas en que se veía a la protagonista desnuda).

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Cuando uno tiene por delante toda una semana repleta de películas muy interesantes por ver, necesariamente se ha de hacer selección y renunciar a algunas. La norma más lógica es renunciar a las más fáciles de visionar fuera del festival, pero aun así servidor no puede resistir la tentación de saltarse esa regla acudiendo por ejemplo a la proyección de un film tan fácil de conseguir como La Máscara del Zorro (1920) o, el año pasado, El Tesoro de Arne (1919). ¿Por qué? En primer lugar porque en Pordenone la música en vivo que acompaña a las películas suele ser muy buena, que ya es más de lo que podemos decir de algunas ediciones en DVD que circulan por ahí. Y en segundo lugar, en el caso de la película de Stiller, por la experiencia de verla en pantalla grande (aún recuerdo lo mucho que me impresionó), y en el de Fairbanks por ser el tipo de película que se agradece ver rodeado de más gente que comparte el mismo entusiasmo. Quizá este Doctor debería emplear esa hora y media en reposar un poco de tanta película y tomar el aire pero, ¿cómo resistirse a la tentación?

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