Posts Tagged ‘comedia’

Aunque a la hora de valorar la carrera de grandes cineastas siempre tendemos a fijarnos en sus largometrajes (que es el formato “estándar” actual de consumo de películas), en el mundo del slapstick es innegable que algunos de los más grandes logros del género se encuentran en el terreno del cortometraje (de hecho en algún caso como Laurel y Hardy creo que ninguno de sus largos está a la altura de sus cortos o mediometrajes). Además resulta especialmente interesante analizar cómo algunos de los cortos de Chaplin, Harold Lloyd o Buster Keaton ya empiezan a anticipar algunas de las ideas que luego explotarían en profundidad en sus largometrajes más célebres, como podemos comprobar en el filme que hemos seleccionado hoy de Keaton, La Mudanza (aunque me gusta más su título original: Cops).

La película se inicia con uno de esos gags de confusión que tanto gustaban en el slapstick y que solo un año después Harold Lloyd retomaría en El Hombre Mosca (Safety Last, 1923): Buster habla con su chica tras unas rejas que les separan… y que luego comprobamos que no corresponden a la cárcel sino a la entrada de la mansión donde vive ella, por tanto lo que les impide estar juntos es su diferencia social; de hecho, ella se niega a aceptarle como pretendiente hasta que no sea un exitoso hombre de negocios. Dicho y hecho, Buster encuentra una cartera con dinero y se dirige a la ciudad para convertirse en un hombre de provecho. Pero las cosas no salen como tenía previsto, ya que un hombre le estafa haciéndole creer que le vende unos muebles que en realidad pertenecían a una familia que se está mudando y, mientras los transporta en un desvencijado carro, irrumpe ruidosamente en un desfile de la policía y acaba siendo perseguido por cientos de agentes de la ley.

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Ernest Servaès era un cineasta francés que en los años 10 dirigió y protagonizó algunos filmes cómicos bajo el nombre de Arthème y que más adelante llegaría a montar sus propios estudios en Marsella. Como muestra de su obra cómica les ofrecemos Arthème Opérateur (1914), en que su alter ego decide responder a un anuncio en que se busca a un proyeccionista para un cine pese a que, como era de suponer, no tiene ni idea sobre dicha profesión.

Si hemos escogido este filme es sobre todo porque nos da la oportunidad de presenciar algo que a mí personalmente me gusta mucho encontrar en obras de esa época, y es cómo funcionaban los cines por entonces. Aquí se nos ofrecen numerosos planos tanto de la sala de cine como de la cabina de proyección, donde podemos ver todos los desastres que organiza Arthème y cómo van afectando a la película proyectada (desenfoques, ralentizados, películas proyectadas boca abajo, etc.). No se puede decir que Arthème sea un cómico de primer nivel pero solo por el espacio donde sucede la acción estoy seguro de que encontrarán esta película más que interesante.

Por cierto, ¿se han fijado en que el filme que se anuncia en el cine es otra obra del propio Arthème? A esto se le llama aprovechar cualquier ocasión para hacerse autopromoción.

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Indudablemente éste no ha sido un buen año para la mayoría de nosotros. Por ello este Doctor ha pensado que sería bastante oportuno cerrar este 2020 con un cortometraje cómico situado en el cambio de año que todos estamos deseando que llegue: Buon Anno! (1909) de Arrigo Frusta, protagonizado por uno de los más grandes actores cómicos de Italia, Ernesto Vaser.

La premisa es muy sencilla: nuestro protagonista es un burgués que a día 1 de enero se siente agobiado por las constantes felicitaciones de año nuevo que le hacen diferentes personas con la esperanza de que le den una propina a cambio. Harto de tamaño acoso, huye perseguido por una furiosa multitud y acaba con sus huesos en la cárcel. Un cortometraje muy simpático del que les recomiendo que no se pierdan bajo ningún concepto el divertido y surrealista plano final.

Con este filme el Doctor Caligari se despide de ustedes por unas semanas y espera que su entrada en el 2021 sea mejor que la de Ernesto Vaser en esta comedia. Les esperamos de vuelta en Enero, y si hasta entonces se sienten solos pueden seguirnos en nuestras redes sociales: Facebook, Twitter y Tumblr. Les deseamos pues unas felices fiestas y, ya no diremos un próspero año nuevo, sino simplemente un nuevo año decente, que no es poca cosa. Les aseguramos que como mínimo aquí no les faltará su ración semanal de cine mudo.

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Cuando se acercan los últimos días de le Giornate del Cinema Muto de Pordenone es inevitable pasmarse ante lo rápido que pasa el tiempo en ese oasis silente y hacerse la típica pregunta de “¿Ya ha pasado una semana?”. No obstante, este año no ha pasado por motivos obvios. Aunque aprecio todo los esfuerzos de los organizadores por intentar hacernos sentir como si estuviéramos allá mentiría si no reconociera que no he conseguido entrar demasiado en el “ambiente Pordenone”. Seguramente se deba en gran parte a que he tenido que compaginar los visionados con mis obligaciones del día a día (ya saben, la difícil rutina del hipnotista feriante), pero el motivo principal es que, obviamente, la experiencia no es la misma que estando ahí.

Cuando hace meses algunos pequeños festivales se animaron a seguir adelante en una versión completamente online dadas las circunstancias actuales, muchos vaticinaron que ése sería el futuro de ese tipo de eventos. Yo espero sinceramente que no sea así. Un festival como Pordenone es más que una serie de películas. El ambiente que se respira a lo largo de la semana, la experiencia de ver los filmes en la gran pantalla con música en directo, la posibilidad de charlar con otros asistentes, el sentirse parte de una comunidad por una semana… Nada de eso puede trasladarse en una versión online. Quizá una solución intermedia sería mantener la versión presencial y, al mismo tiempo, aprovechar una plataforma de streaming para poner a disposición de los que no pueden asistir una parte de las películas a un módico precio. Pero en todo caso creo que hablo por todos los habituales del festival si digo que ojalá el año que viene pueda celebrarse como siempre y que aguardaré la edición del 2021 más impaciente que nunca confiando poder ir allá.

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Ahora que definitivamente ya se ha asentado el verano (al menos en el hemisferio en que se encuentra este Doctor) y que parece ser que por fin podemos salir libremente a chapotear a la playa es un buen momento para rescatar uno de los maravillosos cortos que hicieron el genial dúo Leo McCarey y Charley Chase. El primero, como ya sabrán, acabaría siendo un prestigioso director de Hollywood, pero en la época muda destacó sobre todo por dirigir algunos divertidísimos cortos de slapstick para gente como Laurel y Hardy o Charley Chase. En cuanto al bueno de Chase, es uno de los cómicos favoritos de este rincón silente al que nunca nos cansamos de reivindicar.

Hoy les traemos No Father to Guide Him (1925), una divertida comedia en que nuestro protagonista intenta recuperar la custodia de su hijo pese a los intentos de su temida suegra de separarles. El momento cumbre sucede en una playa donde Charley pierde su ropa, dando pie a varias situaciones de caos y confusión que vistas hoy día resultan doblemente divertidas: ¿no les parece maravilloso que las mujeres se muestren tan consternadas al ver al bueno de Charley con la ropa interior de la época, que hoy día no escandalizaría ni al más mojigato?

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Amor pedestre de la Fondazione Cineteca Italiana en Vimeo.

Amigos lectores, hoy les ofrecemos uno de los cortometrajes más originales de la era muda: Amor Pedestre (1914), una típica historia de seducción que tiene la particularidad de estar narrada íntegramente… ¡desde el punto de vista de los pies de los protagonistas! Su autor es Marcel Pérez, actor y director de origen madrileño que se labró una carrera cinematográfica en todo el mundo, especialmente Italia y Estados Unidos. En este caso obviamente la historia es lo de menos, la gracia está en ver cómo Pérez da a intuir solo con el recurso de los pies el proceso de seducción, el enfrentamiento con el marido y el desenlace con eróticas consecuencias.

Un filme muy ingenioso que nos vuelve a confirmar otra vez más cómo la época silente está llena de obras imaginativas esperando a ser descubiertas.

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Si alguno de ustedes aún no sabe por qué Max Linder está considerado uno de los grandes cómicos de la era muda, no tiene más que ver este maravilloso corto dirigido y protagonizado por él, Entente Cordiale (1912), en que el bueno de Max hospeda en su casa a un amigo con el que tiene una relación muy cordial, pero la llegada de una nueva criada provocará cierta tensión entre ambos.

Entente Cordiale es una película divertidísima, desde esa escena inicial con el desastroso traslado del piano a los intentos fallidos de seducir a la criada, que acaban provocando que los protagonistas se dediquen de las tareas del hogar en lugar de ella. Linder está espléndido tanto en el humor más físico (sus terribles intentos de limpiar la casa) como en el gestual (las miradas que dedica a cámara dando a entender lo mucho que le ha gustado la criada), y hay muy buena química entre los dos actores principales, destacando especialmente la hilarante escena del duelo.

Para rematarlo, hacia el final hay un breve instante melancólico cuando uno de los dos amigos debe aceptar que el otro se quede a la chica, y Linder consigue por un momento olvidarse del tono de farsa y darle a ese momento la ternura que necesita. Pero entonces, para acabar en una nota alegre, los personajes empiezan a cantar y bailar y, en un brillante gag surrealista, los muebles empiezan también a moverse al ritmo de la música. Un desenlace magnífico que le deja a uno con una sonrisa de oreja a oreja.

¿Les parece esto poco? Pues sepan que además la copia que compartimos es de una calidad excelente. No se lo pierdan.

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Pocos casos conozco más paradigmáticos que el de Harry Langdon en lo que se refiere a pasar casi literalmente de la noche a la mañana de estar en la cresta de la ola a venirse completamente abajo. En 1926 era uno de los actores de slapstick más famosos del momento, hasta el punto de que su popularidad empezaba a alcanzar los niveles de un Chaplin o Harold Lloyd. Dos años después su carrera estaba acabada.

Por el camino dejó un buen número de cortometrajes que hoy día son considerados clásicos del género y dos notables largometrajes dirigidos por un ex-escritor de gags que había ascendido a la categoría de director llamado Frank Capra. El primero de estos filmes, The Strong Man (1926), demostraba que ese joven realizador tenía ya una destreza inusual para un casi debut, algo que se confirmaría en la posterior Sus Primeros Pantalones (1927). No obstante, es curioso constatar cómo ambos filmes siguen enfoques totalmente distintos: The Strong Man es puro Capra, con la clásica lucha entre el bien y el mal en que un hombre sencillo pero de buen corazón logra vencer, mientras que Sus Primeros Pantalones está más dominada por la personalidad de Langdon y renuncia al sentimentalismo a cambio de un humor más negro.

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Este post forma parte de un especial dedicado a Harold Lloyd que incluye los siguientes artículos:


Pese a que la filmografía de Sturges como director es tristemente breve, difícilmente se le puede negar el mérito de ser uno de los más grandes cineastas de comedia de la historia. Comenzó su carrera en el cine en los años 30 como guionista, y posteriormente consiguió gracias a su tenacidad algo hasta entonces inaudito: que permitieran a un guionista dirigir sus propias historias, un camino que luego imitarían otros compañeros como Billy Wilder o John Huston. A raíz del enorme éxito de su debut El Gran McGinty (1940) Sturges realizó para la Paramount una serie de comedias escritas por él mismo que se encuentran entre lo mejor del género. El público le adoraba y la crítica aplaudía su sentido del humor tan brillante, pero en la Paramount no se veía con buenos ojos que alguien tuviera tanta libertad creativa sin tener que responder a sus superiores. Harto de tener que demostrar continuamente su valía, Sturges decidió a mediados de la década romper su relación con el estudio y buscarse la vida de forma independiente. En realidad contra todo pronóstico ahí acabó la mejor etapa de su carrera.

Para lanzarse como independiente Sturges tomó la desafortunada decisión de asociarse con alguien tan inestable como el multimillonario Howard Hughes, en cuya vida no entraremos porque daría para un post (o incluso un blog) aparte. Hughes le dio absoluta libertad artística para su próximo proyecto, y curiosamente lo primero en lo que pensó Sturges fue en rescatar del olvido al pionero D.W. Griffith para producirle una película. Como ven, Sturges compartía nuestra devoción hacia el cine mudo, y aunque inicialmente Griffith se sintió muy halagado por la idea, al final el proyecto quedó en nada puesto que el anciano director estaba muy débil de salud y llevaba más de 15 años sin hacer películas. Una vez descartada esta opción, Sturges pensó en otro proyecto que también buscaba rescatar otra gran figura del pasado, en este caso Harold Lloyd.

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Este post forma parte de un especial dedicado a Harold Lloyd que incluye los siguientes artículos:


Uno de los rasgos más interesantes de Harold Lloyd como cineasta era su uso sistemático de los “sneak previews” como una forma de mejorar sus películas. Con ese término se denominan las proyecciones que se hacía de una película ante un público antes de estrenarse oficialmente, de esta forma los productores podían calibrar qué aspectos del filme no acababan de funcionar y modificarlo antes del estreno oficial. En el mundo del slapstick era una práctica muy frecuente para calibrar qué gags funcionaban mejor (vean por ejemplo el interesante caso de Buster Keaton y Las Siete Ocasiones), pero nadie lo llevó a los niveles de perfeccionismo de Lloyd.

El mítico productor Irving Thalberg atribuyó en su momento a Harold Lloyd el mérito ser el primer artista en utilizar los “sneak previews” con sus películas, y si bien ya había otros que lo hicieron antes que él, sí que fue seguramente el primero en explotar su potencial al máximo. Porque Lloyd no se limitaba a pasar sus películas por un “sneak preview” para luego hacer retoques en el montaje, sino que entendía esto como una fase fundamental de todo el proceso de producción de una película, y después de esas primeras proyecciones podía pasarse tranquilamente semanas o meses rehaciendo escenas enteras o incluso modificando el tono del filme en general.

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