Posts Tagged ‘Francia’

¿Se les ocurre una mejor imagen de bienvenida al festival?

Comentaba Jay Weissberg en la ceremonia de apertura que Pordenone era un sitio en el que poder aislarnos de todos los problemas del mundo durante una semana, algo más necesario que nunca en los tiempos que corren. Es por ello que el último día de festival se caracteriza porque uno empieza a sentir los primeros síntomas del famoso síndrome post-Pordenone; cuando uno debe abandonar esa cómoda burbuja en que ha vivido aislado durante una semana y volver a la realidad y a las aburridas obligaciones cotidianas (como por ejemplo, en el caso de este Doctor, diseñar nuevas armas químicas e instruir a los becarios sobre cómo evitar que se cuelen intrusos en su guarida). No obstante, antes de que eso sucediera Pordenone nos ha ofrecido aun tres días muy intensos, como verán a continuación.

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Imagen cortesía de Valerio Greco

A lo largo de esta semana, hay ocasiones en que este Doctor siente la tentación de sentarse en algunas proyecciones en la primera fila del Teatro Verdi para poder de vez en cuando asomarse y mirar a los excelentes músicos en acción acompañando al filme. Este año de hecho Herr Caligari se ha escapado a alguna de las “Masterclasses” que se imparten durante el festival, en que músicos expertos en acompañar películas mudas enseñan a otros más jóvenes cómo llevar a cabo este meritorio trabajo. Recomiendo a los asistentes a Pordenone que se escapen algún día para asistir a esas clases, no solo por su valor musical, sino porque en ellas sobre todo se discute de cine, de los detalles que permiten a los músicos ir descifrando sobre la marcha cómo funciona la narrativa de los films e ir adaptando la música a su contenido. Es una experiencia altamente estimulante.

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29 de septiembre

Este año el Dr. Caligari decidió asistir a la proyección gratuita que sirve como prólogo al festival y que tiene lugar en el Teatro Zancanaro de Sacile, un pueblo (muy bonito por cierto) a solo unos kilómetros de Pordenone. En este caso se trataba ni más ni menos que de una de las obras cumbre del cine silente, El Viento (1928) de Victor Sjöstrom, con una orquesta en vivo interpretando una excelente banda sonora compuesta para la ocasión por Günter A. Buchwald. Para sorpresa de los organizadores, el teatro estaba tan lleno que tuvieron que abrir los palcos superiores (de hecho había gente haciendo cola una hora antes… ¡Sjöstrom arrasando en Sacile!).

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¡Cuánto hay por descubrir todavía incluso en las filmografías de nombres más o menos conocidos! Tomen por ejemplo a Louis Feuillade, nombre indispensable de las primeras décadas del cine francés asociado para siempre con sus magníficos seriales como Les Vampires (1915) pero del que apenas se dice nada sobre sus posteriores largometrajes. Y aquí tenemos en pleno 1918 un drama antibélico magnífico, excelentemente realizado y digno de interés llamado Vendémiaire (1918).

Filmado en los últimos estertores de la I Guerra Mundial, la película de Feuillade opta por centrar la atención no en el campo de batalla sino en la situación de los que se han quedado en la vida civil. Los protagonistas son una serie de personajes se dirigen a la zona de Languedoc para trabajar en la vendimia: el padre Larcher con sus dos hijas Marthe y Marie (el anciano además tiene otra hija de la que no sabe noticias desde hace años y otro hijo en el frente), el excombatiente Pierre Bertin que se encuentra de baja, una gitana llamada Sara que debe cuidar sola de su hija al haber perdido a su marido en combate y dos espías alemanes, Wilfried y Fritz, que han matado a dos belgas para tomar su identidad. Además, en los viñedos conocen al dueño de la plantación, otro excombatiente que ha quedado ciego a causa de la guerra.

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Siempre me ha encantado que un corto primitivo como Le Cochon Danseur (1907) haya experimentado un inesperado auge de popularidad en nuestra época gracias a internet. Efectivamente la imagen de este ¿simpático? cerdo gigante se prestaba para ser utilizada en gifs animados, y mucha gente a quien seguramente no le interesan especialmente los orígenes del cine ha acabado descubriendo el corto a raíz de ellos – otro tema a comentar serían las rarezas cinematográficas que hemos hallado de esta forma, como es mi caso con una película soviética absolutamente desconocida para mí llamada Counterplan (1932), a la que llegué por un gif bastante difundido de un anciano regalando gatitos con una expresión de júbilo maravillosamente bizarra.

No crean que este anciano Doctor está divagando, las películas de principios del siglo XX suelen estar asociadas a lo que el teórico Tom Gunning bautizó como “cine de atracciones”, es decir, films que no se basaban en la narrativa sino en el acto puro de mirar en sí. Por tanto eran películas que buscaban el voyeurístico placer de mirar o lo que hoy día consideraríamos golpes de efecto. Es por ello que el gif animado, basado en capturar un instante en movimiento especialmente llamativo, es una herramienta bastante apropiada para encapsular pequeños momentos de cine de atracciones, como es el caso de nuestro protagonista de hoy.

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Uno de los géneros más interesantes y enteramente propios de la era muda son las conocidas como sinfonías de ciudades. Bajo este término se designan documentales que retratan el día a día de una ciudad pero no siguiendo la estructura típica de un documental, sino de una forma más abierta o poética. La finalidad no es tanto retratar la ciudad en cuestión como utilizarla para hacer una sinfonía visual, de ahí que sea un género tan prototípico de la era muda muy ligado además al cine absoluto y a su concepción del cine como una forma visual pura, sin argumento.

En las dos últimas ediciones del Festival de Pordenone parte del programa estuvo dedicado a sinfonías de ciudades (pueden ver aquí el índice de mis aventuras en dicho festival el 2015 y el 2016) y creo que este año habrá incluso una tercera parte, lo cual nos demuestra que más allá de los títulos más famosos hay muchas obras por descubrir. Por otro lado, el hecho de que en ambas ediciones fueran de los programas favoritos del público demuestra que las sinfonías de ciudades constituyen un género que sigue siendo de interés hoy día por su estilo tan libre y fresco. Así pues, el Doctor Caligari les propone un acercamiento introductorio a este tipo de cine con una selección de sus quince sinfonías de ciudades favoritas.

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Es innegable que Monsieur Gance era un tipo megalómano. Muy megalómano. Como prueba de ello tienen el gran proyecto de su vida, una biografía sobre otra figura megalómana, Napoleón, que duraba más de cinco horas; que solo abarcaba hasta cuando el protagonista consigue el mando del ejército porque el director tenía previsto rodar cinco secuelas más y que, además, tenía como título Napoleón vu par Abel Gance (Napoleón visto por Abel Gance)… Después de todo, ¿no era Abel Gance lo suficientemente importante como para ocupar el título de la película junto a ese tal Napoleón?

Como ven, Monsieur Gance iba a por todas, pero lo más interesante es que Napoleón (1927) es una obra que está realmente a la altura de sus ambiciones: un film monumental, cinematográficamente impecable y técnicamente tan apabullante como adelantado a su época. Ya les hablamos hace un año de algunas de las innovaciones que Gance introdujo en mi película favorita de su carrera, La Rueda (1923), pero en esta ocasión nos centraremos en una de las innovaciones más llamativas de Napoleón: la triple pantalla.

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Siguiendo con las buenas costumbres, el Dr. Caligari vuelve a su post anual dedicado a rescatar las mejores películas que cumplen 100 años. De modo que les invitamos a viajar al pasado y revivir durante un rato cómo fue el año 1917 a nivel cinematográfico.

1917 está considerado a nivel histórico uno de los años clave en que se consolidó el estilo de lo que conocemos como cine clásico, pero además resulta muy interesante porque, en paralelo a ello, surgieron bastantes novedades interesantes. Por ejemplo, tenemos el primer film en Technicolor (hoy día perdido), The Gulf Between (1917), o el primer largometraje de animación de la historia (también perdido), El Apóstol (1917) del argentino Quirino Cristiani.

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Rigadin, el personaje cómico creado por el actor Charles Prince, en su momento fue uno de los más populares del mundo; por detrás, eso sí, de otro francés: el magnífico Max Linder. Ambos tenían en común retratar a personajes de apariencia burguesa que se veían abocados a situaciones absurdas, alejándolos del prototipo de clown de aspecto extravagante.

Son muchos los cortometrajes que Charles Prince filmó encarnando a Rigadin, y hoy les ofrecemos como primera muestra Les Timidités de Rigadin (1910). En esta película encarna a un joven enviado por su tío para darse a conocer a un amigo suyo de la alta sociedad, aunque parte del inconveniente es su enorme timidez… y también de su inocencia (rozando la estupidez, como veremos).

Una vez llega a la casa en cuestión, resulta que la respetable familia ha salido y todos los criados se están divirtiendo haciéndose pasar por ellos. Rigadin cae en la trampa y se deja emborrachar con consecuencias funestas, teniendo como momento cumbre cuando se pone una especie de armadura quijotesca.

Un corto muy simpático que les puede servir como primera muestra de Monsieur Prince.

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Siempre es un buen momento para rescatar un film de ese magnífico cómico llamado Max Linder, uno de los más importantes de la era muda admirado por maestros de la talla de Charles Chaplin.

Hoy les proponemos visionar Max, Professeur de Tango (1912), un corto con un argumento bastante sencillo: el bueno de Max se luce en un cabaret berlinés como bailarín de tango y un barón le ofrece su tarjeta para que vaya a su mansión a darle unas lecciones a su familia. Pero el bueno de Max se pasa toda la noche bebiendo con sus amigos y llega a la casa borracho.

No es una de sus películas más vistosas pero merece la pena por ese impagable plano final de la lección de baile, en que toda la familia imita los incoherentes gestos de un Max totalmente ebrio (que, vistos hoy día, no se alejan mucho de las coreografías que uno podría ver en una discoteca actual…).

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