Posts Tagged ‘Francia’

Hoy rescatamos un cortometraje de Albert Capellani, uno de los pioneros más importantes de las primeras décadas del cine. El protagonista de es un anciano músico de buen corazón que suele dar de comer a las palomas en el parque hasta que un día se topa con una jovencita muerta de hambre a la que decide acoger en su casa. Ahí la chica se recupera y en unos días se revela su talento para la danza. Rápidamente se convierte en una estrella del baile, pero el anciano se muere de pena al sentirse abandonado. ¿Se acordará la exitosa bailarina, ahora rodeada de admiradores, de su antiguo benefactor?

Le Pain des Petit Oiseaux (1911) no es una de las películas más destacables de Capellani pero tiene suficientes detalles remarcables que merecen que le dediquemos una entrada. En primer lugar el entrañable personaje del anciano, que en la escena inicial se nos revela como un excéntrico que se pasea por diversas mesas del restaurante donde ha comido para recoger los mendrugos de pan que sobran y así dárselos a los pájaros. Relacionado con eso, fíjense en este curioso y extrañísimo contraplano de la escena en que alimenta a las palomas. Resulta chocante en un filme que, como todas las obras de la época, se basa en la frontalidad y no suele ofrecer planos diferentes de una misma escena. El motivo seguramente esté en esa famosa frase de Hitchcock sobre lo difícil que era rodar con niños, animales y Charles Laughton. Si se fijan, en el primer plano no se ven los pájaros a los que da de comer, pero en el contraplano sí aparecen. Quizá resultaba difícil conseguir que las aves salieran en el primer plano dentro del encuadre (recordemos que la cámara por entonces apenas se movía).

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Siguiendo con toda una tradición de este rincón silente hemos decidido escoger una vez más para ustedes las mejores películas que cumplen un siglo con una selección de los 20 mejores filmes de 1921. Si han leído las anteriores entregas de este tipo de listados (abajo del todo tienen los links a ediciones pasadas) habrán notado que el número de películas escogidas ha ido aumentando a lo largo de los años. El motivo es que a medida que pasa el tiempo la cantidad de grandes filmes que se producían fue aumentando más y más, y como el propósito de estos listados es no solo ofrecer mi selección sino también reivindicar algunas obras olvidadas, he creído conveniente aumentar la lista a 20.

¿Qué nos ofrecía el universo cinematográfico en 1921? De entrada hay un aspecto cada vez más decisivo: Alemania, que había entrado con fuerza en nuestro top del 1920, se afianza definitivamente como una de las mayores potencias fílmicas del mundo tomando el relevo de los países escandinavos, que si bien aquí aún tienen mucho que ofrecer en unos pocos años pasarían a ocupar un papel más secundario al perder a sus principales exponentes. Aparte de los que hemos seleccionado, tenemos este año más filmes alemanes de interés como Corazones en Lucha de Fritz Lang o Die Geierwally de E.A. Dupont, hoy día un tanto olvidado pero en su momento un exitazo de taquilla que versaba sobre la historia de amor entre una chica de pueblo famosa por haber matado un buitre con sus manos y un muchacho que ha matado un oso… ¡ah, ya no se escriben historias como las de antes!

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La tierra, por tanto tiempo cultivada para el señor, bajo el látigo y la desnudez del esclavo, que no conserva nada, ni aún la piel; la tierra fecundada con su trabajo, apasionadamente amada y deseada en aquella intimidad de todos los momentos, como la mujer de otro, a quien se cuida y se abraza y no se la puede poseer, la tierra, al cabo de siglos de concupiscencia lograda al fin conquistada, convertida en propia, en la alegría y la única fuente de su vida. Y este deseo secular, esta posesión sincera aplazada explicaba su amor por su campo, su pasión por la tierra, por la mayor cantidad de tierra posible, del terrón que se toca y se separa con la mano. Y, sin embargo, ¡qué ingrata y qué indiferente era la tierra! Por mucho que se la adorara, ella no se apasionaba ni producía un grano más. Largas lluvias pudrían las semillas, un viento de fuego secaba los tallos, y un mes de sequía enflaquecía las espigas; y además, había los insectos que roen, los fríos que matan, las malas hierbas que quitan jugo al suelo: todo se convertía en razón de ruina; la lucha era diaria, al azar de la ignorancia y en perpetua vigilancia. Ciertamente estaba furioso de ver que el trabajo no bastaba. Se habían secado los músculos de su cuerpo; se había dado todo entero a la tierra, que después de haberlo mal alimentado, le dejaba miserable, avergonzado por su senil impotencia, y pasaba a los brazos de otro macho, sin apiadarse ni aun de sus pobres huesos que esperaba.” (fragmento del libro de Émile Zola)

André Antoine fue uno de los directores de teatro más importantes e innovadores de finales del siglo XIX y principios del XX. Entre sus muchas contribuciones se encuentra especialmente el acercar el teatro al realismo con una escenografía que buscara recrear la realidad de la forma más rigurosa posible (es decir no se conformaba con meros decorados pintados) y exigiendo a los actores que no interpretaran de cara al público sino que exploraran el interior de sus personajes y actuaran como si no hubiera audiencia.

En los años 10, no obstante, un Antoine algo ahogado por las deudas se vio obligado a dar el salto a un medio mucho más rentable como el cine. Y si bien es cierto que por entonces el medio no gozaba todavía de la respetabilidad del mundo del teatro, hay que decir que nuestro protagonista no hizo el cambio de medio a regañadientes y únicamente por intereses económicos, sino que se propuso desde el principio aprovechar sus capacidades expresivas.

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Aunque no hace ni un mes que ya comentamos aquí una película de Ferdinand Zecca, no me resisto a compartir ésta que acabo de descubrir codirigida por Lucien Nonguet titulada Au Pays Noir (1905) que es una especie de versión de Germinal de Émile Zola, a quien casualmente mencionaremos también en breve.

El filme que nos ocupa es un crudo retrato del arduo trabajo de los mineros que se nota que aspiraba a ser una gran producción de la época: la complejidad de algunos de los decorados demuestra que había mucho trabajo en materia de ambientación (el montacargas por el que descienden en el que además transportan un caballo, la explosión con todo el decorado inundado, etc.) y el impactante clímax con el accidente y su posterior rescate ofrecían suficientes emociones fuertes como para atraer al gran público a ver este corto.

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Ernest Servaès era un cineasta francés que en los años 10 dirigió y protagonizó algunos filmes cómicos bajo el nombre de Arthème y que más adelante llegaría a montar sus propios estudios en Marsella. Como muestra de su obra cómica les ofrecemos Arthème Opérateur (1914), en que su alter ego decide responder a un anuncio en que se busca a un proyeccionista para un cine pese a que, como era de suponer, no tiene ni idea sobre dicha profesión.

Si hemos escogido este filme es sobre todo porque nos da la oportunidad de presenciar algo que a mí personalmente me gusta mucho encontrar en obras de esa época, y es cómo funcionaban los cines por entonces. Aquí se nos ofrecen numerosos planos tanto de la sala de cine como de la cabina de proyección, donde podemos ver todos los desastres que organiza Arthème y cómo van afectando a la película proyectada (desenfoques, ralentizados, películas proyectadas boca abajo, etc.). No se puede decir que Arthème sea un cómico de primer nivel pero solo por el espacio donde sucede la acción estoy seguro de que encontrarán esta película más que interesante.

Por cierto, ¿se han fijado en que el filme que se anuncia en el cine es otra obra del propio Arthème? A esto se le llama aprovechar cualquier ocasión para hacerse autopromoción.

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Como ya sabrán nuestros lectores más antiguos uno de los nombres que más nos gusta reivindicar en este humilde rincón dedicado al cine mudo es el del gran cineasta francés Maurice Tourneur, terriblemente olvidado desde hace décadas pese a ser uno de los creadores más importantes de la era silente además de ser el orgulloso ganador de la primera lista que hicimos de películas que cumplían 100 años el 2014. De cara a revalorizar su figura y darle a conocer como se merece, hemos pensado hacer este post con diez curiosidades sobre su vida y obra que esperemos que les motiven a profundizar en su cine y a apreciar aún más a este director esencial.

1) Su verdadero apellido no era Tourneur

Aunque se llamaba Maurice Thomas, éste decidió cambiar su apellido a Tourneur en sus inicios como actor de teatro, seguramente porque “Thomas” era demasiado vulgar como para que le ayudara a darse a conocer, pero también para romper el vínculo con su padre, con quien tuvo muy mala relación. Al final su carrera como actor no fue especialmente destacada pero le permitió viajar por todo el mundo (incluyendo Sudamérica) y conocer al director André Antoine, que sería el que le introduciría en el mundo del cine.

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En el cine primitivo eran muy frecuentes los cortos sobre escapismo, en que un personaje lograba escapar de la policía gracias a artimañas únicamente posibles de recrear con la magia del cine. Uno de los ejemplos paradigmáticos es el divertido Jim le Glisseur (1910) de Ferdinand Zecca sobre un ladrón que escapa de la cárcel y se burla de sus perseguidores. En realidad desde el principio tenemos más la sensación de asistir a un número de escapismo que a una historia de policías y ladrones, fíjense sino en los recursos que utiliza la policía contra el pobre Jim: encerrarlo en un baúl y, más tarde, lanzarlo a un río metido en un saco. ¡Eso sí que es abuso de la autoridad!

De hecho si el corto simplemente mostrara cómo Jim escapa de esas situaciones no tendría especial gracia, ya que es algo fácil de conseguir gracias al montaje, la clave está en la desenvoltura cómica del personaje (siempre con esa pipa en la boca con expresión de estar pasando un buen rato a costa de la policía) y, sobre todo, lo imaginativos que resultan los efectos especiales, que aquí son obra de Segundo de Chomón. Y esto es lo que destaca este corto respecto a otros de la época, porque en 10 minutos hay tiempo para todo tipo de ideas descabelladas y divertidas: una bicicleta voladora, policías aplastados y convertidos en una lámina, un personaje atropellado partido literalmente en dos, etc. Les invitamos a que lo descubran ustedes mismos.

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Cuando al inicio de cada película de esta edición online del Festival de cine mudo de Pordenone veo una vez más la magnífica animación introductoria de Richard Williams que se proyecta tradicionalmente al inicio de cada sesión vespertina, uno no puede evitar sentir cierta nostalgia al estar viéndola desde el sofá de casa y no en el Teatro Verdi de Pordenone. Pero en honor a la verdad hay que decir que los organizadores han hecho todo lo posible por mantener esa sensación de comunidad que resulta tan característica del festival: Jay Weissberg, director del evento, introduce cada filme con un vídeo grabado en diferentes entornos característicos de Pordenone para hacernos sentir brevemente como si estuviéramos ahí; después de cada emisión hay una discusión online en la que los “asistentes” al festival pueden hacer preguntas vía chat (una reminiscencia de los coloquios que solía haber al mediodía dedicados a los diferentes programas de esa edición), y se han mantenido las presentaciones de libros y las Masterclasses. No es lo mismo, claro, pero se nota que hay un esfuerzo no solo en el contenido y el apartado técnico, sino en intentar recrear un poco la “experiencia” del festival.

3 de Octubre – Una giornata nostálgica

Muy apropiadamente, el primer día del festival estuvo marcado por cierto sentimiento de nostalgia en sus dos sesiones: la nostalgia hacia otros sitios del mundo que hemos conocido en el pasado y que ahora nos parecen tan inaccesibles y la nostalgia hacia la infancia. El primero era una recopilación de cortos documentales de cine primitivo filmados en diferentes países del mundo, que se seleccionó como guiño a estos meses de obligado confinamiento y las restricciones para viajar que ha causado cierta pandemia de la que quizá hayan oído hablar últimamente. Es curioso pensar cómo estos cortometrajes han vuelto a recuperar en este contexto la finalidad inicial para la que fueron concebidos: en aquellos años la mayor parte de la gente no podía permitirse viajar a países lejanos, y estos sencillos cortos documentales constituían su única forma de contacto con otras culturas de las que entonces solo habían visto fotografías. De modo que irónicamente en este año de restricciones estos cortometrajes sobre Nueva York, Cracovia, El Cairo o Brujas suponen un antídoto contra la incapacidad de trasladarnos a muchos de esos sitios.

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Nada en el mundo se puede comparar con el rostro humano. Es un terreno que uno nunca se cansa de explorar. No hay una mejor experiencia en un estudio que presenciar la expresión de un rostro sensible bajo el misterioso poder de la inspiración, ver cómo se anima desde el interior y se vuelve poesía” Carl Theodor Dreyer

Una de las cosas que más me fascinan de Carl Theodor Dreyer como cineasta es su capacidad de conseguir que en sus películas funcione aquello que en la teoría no debería hacerlo. Por ejemplo, en Vampyr (1932) realizar una película de terror con un protagonista que evidentemente no sabe actuar y un argumento que no se sostiene por ningún lado, o en Ordet (1955) filmar de forma creíble y emotiva una resurrección que emocionaría hasta al ateo más convencido. ¿Cuántos cineastas habrían salido airosos de retos así, consiguiendo no solo buenos resultados sino algunas de las mejores películas de la historia del cine? Y esto es precisamente uno de los aspectos que más me intriga de La Pasión de Juana de Arco (1928). ¿Cómo puede funcionar una película muda que adapta un juicio real y que por tanto contiene multitud de rótulos y hace un uso abusivo de los primeros planos? Pues he aquí lo más inaudito de todo, ¡funciona!

Ya comentamos anteriormente todos los elementos que hacen de esta obra una de las películas más míticas de la era muda, pero más allá de esos detalles extrafílmicos, resulta una obra fascinante. Aunque retrospectivamente se ha clasificado el filme dentro de las vanguardias de la época, Dreyer siempre negó tajantemente que La Pasión de Juana de Arco fuera una obra vanguardista. Él no buscaba experimentar con el lenguaje cinematográfico, simplemente fue fiel al recurso que pensaba que mejor le permitiría transmitir el avance del juicio. Y en ese sentido, La Pasión de Juana de Arco es ante todo una de las más grandes muestras del poder expresivo del rostro humano. Sirviéndose solo de la imagen (¡qué diferente habría sido el efecto de esta película de haberse hecho en el sonoro! ¿habría funcionado filmarla así solo unos años después?) Dreyer consigue con esta concatenación de primeros planos transmitir las sensaciones que sentía la protagonista y conmovernos profundamente sin darnos nada más a que agarrarnos: no se nos presenta previamente al personaje para que lo conozcamos mejor, ni se utilizan apenas trucos cinematográficos para romper la posible monotonía del juicio (flashbacks, sobreimpresiones que reflejen el estado mental de la protagonista…), lo cual le da al filme una pureza especial.

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No estábamos haciendo un filme. Estábamos viviendo un drama, el de Juana, y fuimos enviados para salvarla“. Ralph Holm (asistente de Dreyer)

La Pasión de Juana de Arco (1928) es sin ningún lugar a dudas una de las obras más míticas de la era muda, uno de esos filmes como Nosferatu (1922) o El Acorazado Potemkin (1925) que se han convertido por sí mismos en iconos del cine de los años 20. No es por tanto tarea fácil desgranar una obra tan legendaria y de la que se ha escrito tanto, pero este Doctor se propone hacerle justicia como Dios manda en un especial dividido en dos partes, la primera de las cuales se centra en su complejo rodaje y todas las desventuras que sufrió el filme una vez finalizado.

El mito alrededor del filme

Hay películas que han pasado a la historia no solo por su calidad, sino también por el halo mítico que las rodea y las leyendas que han generado. Con esto no estoy infravalorando ni mucho menos su valor como películas, sino resaltando que en el imaginario cinéfilo han llegado a ser “algo más” que obras maestras, y que suscitan fascinación no solo por su contenido sino por lo que rodeó al filme en sí. Me refiero por ejemplo a todos los mitos que rodearon a El Gabinete del Doctor Caligari (1920) – que ya traté en este post – o a Nosferatu (1922) – los símbolos ocultos que hay en la película, lo problemático de los derechos del filme y la leyenda alrededor del actor protagonista, que tiempo atrás oí decir en más de una ocasión que era un tipo misterioso e inquietante (¿quizá un vampiro de verdad?) cuando en realidad era un actor teatral.

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