Aparentemente, Harold Lloyd ya tenía prácticamente acabada su película ¡Qué Fenómeno! (Welcome Danger, 1929) cuando la realidad del cine sonoro se impuso y le hizo darse cuenta de que lanzar un filme mudo en 1929 era un suicidio comercial. Así pues, pese al desembolso económico que suponía, Lloyd volvió a filmar la película con diálogos aprovechando solo unas pocas escenas de la versión muda con efectos de sonido y doblaje. El célebre cómico no era alguien que le temiera al sonoro: su dicción era más que buena y tenía una buena voz. Y sus esperanzas se confirmarían con el que sería uno de sus más grandes éxitos de taquilla, motivado sobre todo porque el público se moría de curiosidad por oírle hablar.
Como película, no obstante, ¡Qué Fenómeno! supone un gran bajón respecto a sus maravillosos largometrajes anteriores. Narrativamente es extrañamente torpe viniendo de un perfeccionista como Lloyd, mezclando de forma confusa una historia de amor, un protagonista botánico obsesionado con recoger huellas dactilares y una trama de intriga en Chinatown. Pero hoy no nos interesa el filme por ese motivo sino porque es un ejemplo perfecto de obra que tiene un pie en el mudo y otro en el sonoro. Y como prueba de ello les propongo rescatar dos de sus mejores escenas, una de las cuales todavía conserva la belleza del silente y otra ya anticipa las posibilidades del sonoro.







