Algo que me maravilla del cine de Ozu y que podemos apreciar ya en algunas de sus primeras obras como ésta es su capacidad para retratar la cotidianedad, centrarse en argumentos aparentemente banales, y de ahí extraer instantes especialmente conmovedores que consiguen hacer reflexionar al espectador.

Tomemos por ejemplo una escena fundamental de Un Albergue de Tokio (1935). Un hombre pobre que no consigue dar con un empleo observa como sus dos niños juegan con la hija de una mujer que está en su misma situación. La escena está llena de ternura y Ozu alterna los planos de los niños con los padres, que observan sonrientes. Ellos inician un diálogo intrascendente: “La infancia es la mejor época de la vida”, “Puede parecer una tontería, pero a mí me gustaría ser una niña”, “A ambos nos gustaría empezar de nuevo”.

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El plano final de Centauros del Desierto (1956) de John Ford es sin duda uno de los más famosos de la historia del cine. En él vemos cómo Ethan (John Wayne), después de años buscando a su sobrina secuestrada por los indios, la trae sana y salva a un hogar y entonces, consciente de que él no corresponde a ese mundo hogareño en el que se adentran todos, se da la vuelta para continuar su vida errante y solitaria en el desierto. Este maravilloso desenlace contiene además un pequeño gesto que acaba de engrandecerlo: justo antes de retirarse, Wayne se agarra del brazo mientras mira cómo todos entran en casa. Dicho detalle fue una brillante improvisación de Wayne como homenaje a uno de sus héroes: el actor de westerns mudos Harry Carey, quien solía hacer ese gesto a menudo. Pero lo mejor de este acto es que no solo funciona como tributo personal a Carey, sino que además servía como guiño autorreferencial tanto a John Ford como a la viuda de Harry Carey, Olive, que también participaba en esa escena:

Lo hice porque su viuda estaba al otro lado de esa puerta, y él era el hombre de quien Pappy [Ford] decía que le había enseñado su oficio“.

Harry Carey (a la derecha) haciendo el gesto que Wayne emularía 40 años más tarde.

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Hace tiempo que este Doctor le quería dedicar una entrada como Dios manda a The Wishing Ring (1914), una de las películas más maravillosas realizadas antes de El Nacimiento de una Nación (1915) de Griffith, que es el filme que marca el antes y el después en la era muda.

De entrada cabe decir que la cinta que nos ocupa hoy es una de las más importantes de uno de los nombres clave del cine americano de la segunda mitad de los 10: Maurice Tourneur, hoy día algo eclipsado por su hijo Jacques, pero en su momento considerado uno de los cineastas más importantes de América (junto a John Ford y su hermano mayor Francis, éste es uno de los casos más significativos que conozco de un hijo/hermano menor de un director de gran prestigio que lograra eclipsar por completo a su mentor). Si Griffith era el gran innovador sobre todo en términos narrativos y de puesta en escena, Tourneur merece un sitio en toda historia del cine por el enorme cuidado que ponía en la composición de los planos y la ambientación de sus films. Lo cual no quiere decir que Griffith no cuidara esos detalles ni que los films de Tourneur no estuvieran excelentemente narrados, pero es innegable que el francés iba por muy delante de sus contemporáneos en ese aspecto.

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¿Alguna vez se han preguntado cómo nació el recurso cómico tan típico del slapstick de lanzar una tarta a la cara de un personaje? ¿Ese clásico gag que se convirtió en algo tan prototípico que Laurel y Hardy decidieron llevarlo al extremo en The Battle of the Century (1927)? Pues aparentemente el primer ejemplo que se conoce es el de Mr. Flip (1909), un corto dirigido por el famoso actor y director de películas del oeste Broncho Billy Anderson y protagonizado por el no menos célebre cómico bizco Ben Turpin.

El corto en sí es bastante simple todavía muy lejos de las grandes obras del slapstick que llegarían pocos años después. Su argumento nos cuenta básicamente cómo el bueno de Turpin intenta en diferentes contextos ligar con varias mujeres empleando métodos tan directos que hoy día le habrían valido una orden de alejamiento. Pero no teman, cada una de las mujeres logra librarse de una manera u otra, y la última de ellas lo hace efectivamente estampándole una tarta en la cara. El recurso luego se convirtió casi en una forma de arte dentro del slapstick.

Asta Nielsen fue una de las primeras grandes actrices de la historia del cine, adquiriendo además una gran popularidad internacional mucho antes que otras intérpretes europeas de la era muda. En su caso la fama le llegó con El Abismo (1910), dirigida por su marido Urban Gad, donde su actuación naturalista y desbordante de erotismo la convirtió en un icono de la época. No obstante, a diferencia de otras actrices europeas, Nielsen no aprovechó su popularidad para emigrar a Hollywood sino que se trasladó junto a su cónyuge de su Dinamarca natal a Alemania, donde desarrolló la mayor parte de su carrera hasta que volvió a su tierra huyendo del nazismo.

Das Mädchen ohne Vaterland (1912) fue una de las películas más célebres que produjeron Gad y Nielsen. En ella encarna a una gitana que es convencida por un espía para que seduzca a un teniente de una fortificación cercana y se haga con unos planes secretos. La estrategia funciona, pero resulta que nuestra amiga Asta también tiene sentimientos y cuando el teniente es procesado por traición saldrá en su defensa por sentirse culpable.

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Uno de los fenómenos que más popularidad tuvieron en la era muda y que hoy día ha quedado algo en el olvido son las películas de niños. Había una absoluta locura hacia este tipo de films en que a veces los protagonistas a veces no tenían ni cinco años de edad y no obstante podían convertirse en absolutas estrellas. Y si ya es complicado para un adulto tener que lidiar con todo lo que conlleva la fama, como supondrán más aún debía serlo para estos niños que a menudo estaban totalmente desprotegidos ante la ley. Hay muchas historias con finales más bien tristes de estrellas infantiles que pasaron en cuestión de años de la más absoluta popularidad al olvido absoluto y a tener que vivir en condiciones económicas más bien precarias. En este post les daremos a conocer algunas de ellas.

Empezaré por la actriz que me dio la idea inicial: Baby Peggy, quien a día de hoy ostenta el récord de ser una de las poquísimas intérpretes de la era muda que aún sigue con vida a sus 99 años. Su entrada en el cine fue a través de su padre, que trabajaba como extra en películas de vaqueros. En una visita que hizo en el estudio llamó la atención de un director que propuso contratarla en una serie de cortometrajes protagonizados junto a un perro, Brownie. Las películas funcionaron tan bien que cuando su compañero canino falleció decidieron continuar utilizándola solo a ella. Por entonces tenía únicamente año y medio de edad. Le siguieron más de 150 cortos y largometrajes que la convirtieron en una de las estrellas más grandes de la época, con todo tipo de merchandising asociado a ella, como muñecas Baby Peggy, y más de un millón de cartas al año de fans de todo el mundo. En su mejor momento esta niña de apenas 6 años tenía un contrato de un millón y medio de dólares al año situándola entre los intérpretes mejor pagados de Hollywood. Por desgracia a mediados de década su padre tuvo una discusión con el estudio y a partir de ahí la carrera de Baby Peggy se vino abajo. No tenía más de 7 años.

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Hace tiempo les hablamos de uno de los cortos más importantes de los primeros años del cine: Grandma’s Reading Glass (1900) de George Albert Smith, que incluía de forma muy innovadora unos primeros planos que venían justificados por el elemento de la lupa.

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Cuando en 1920 se estrenó El Gabinete del Doctor Caligari supuso un enorme impacto debido a su innovador estilo influenciado por el arte expresionista, poniendo de moda entre círculos artísticos la idea del cine expresionista como una forma vanguardista de jugar con este medio. Poco tiempo después vería la luz otra obra que llevaba dicho estilo a unos niveles que sobrepasaban por completo al film de Robert Wiene, pero que a cambio apenas tuvo difusión en su momento. De la Mañana a la Medianoche (1922) es en realidad la película más radicalmente expresionista que se realizó en la época, llevando esa influencia a unos extremos que pocas veces se han repetido en el cine. Obviamente, El Gabinete del Dr. Caligari era una obra innovadora, pero combinaba sus ambiciones artísticas con una base más tradicionalmente narrativa. En cambio el film que nos ocupa hoy presentaba un estilo que hacía casi imposible su comercialización.

Se trata de una adaptación de una de las obras de teatro expresionistas más famosas de la época escrita por Georg Kaiser y puesta en producción en 1917. Para llevar esto a cabo se recurrió al director teatral Karl Heinz Martin, que tenía experiencia en producciones de este tipo y optó por hacer una versión muy teatral que fuera lo más fiel posible al estilo de la original.

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Hace ya un tiempo mi colega el Dr. Mabuse comentó en su blog esa maravillosa película que es Soledad (1928) de Paul Fejos. Hoy volvemos a ella pero solo para destacar una escena concreta que me resulta muy interesante por su uso del sonido.

Soledad se trató en su momento como un part-talkie, es decir, una película muda a la que se le incluyeron algunos diálogos hablados para aprovechar la moda del cine sonoro, que hacía que los productores temieran que el público viera a los films totalmente mudos como algo obsoleto. No solo eso, sino que además se le añadieron algunos efectos de sonido. Esto último podría parecer algo anecdótico, pero lo cierto es que el guión aprovecha muy inteligentemente este recurso.

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Hoy compartimos con ustedes un magnífico ejemplo de cine de los orígenes realizado por uno de los autores más importantes de esos primeros años, Ferdinand Zecca. Se trata de Histoire d’un Crime (1901), un relato sobre un asesino que es detenido por la policía y condenado a la guillotina.

El cortometraje presenta el estilo tan característicamente teatral de los orígenes del cine, pero Zecca aporta un detalle sumamente valioso e innovador: mientras el asesino duerme en la celda, éste recuerda en flashback su pasado y los hechos que le llevaron a cometer el crimen, que se ven superimpuestos en la pared de la prisión. Solo por ese detalle Histoire d’un Crime merece un lugar en las historia del cine, pero además resulta un corto muy bien realizado dentro del estilo teatral de los orígenes del medio, y en la época la escena de la guillotina era considerada tan fuerte que a menudo se pedía a mujeres y niños que salieran de la sala para que no la vieran (no nos cabe ninguna duda de que los niños seguramente se esconderían para no perderse precisamente esa escena). Merece mucho la pena que le echen un vistazo.

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