Hoy rescatamos para ustedes un corto del estudio de Edison protagonizado por un niño que vive en pésimas condiciones en una gran ciudad y que es maltratado por su abuela. Un día consigue unirse a una excursión infantil en el campo organizada por un centro parroquial, que le permite descubrir un mundo totalmente diferente en mitad de la naturaleza. En cierto momento del día, una de las organizadoras explica a los niños un cuento sobre un joven que para escapar de una bruja es conducido por unas hadas en una barca a una tierra donde podrá ser feliz. Nuestro protagonista obviamente se siente muy identificado con esta historia.

The Land Beyond the Sunset (1912) puede parecer el clásico melodrama que denuncia la pobreza infantil, pero más allá de eso se trata de una de las películas más bonitas que he visto de esa época. Encantadoramente inocente en muchos detalles y con un final abierto que es una maravilla. Una pequeña joya a descubrir.

Filmar un homenaje al cine mudo recreando ese mismo lenguaje es un ejercicio que puede entrañar unos pequeños riesgos. La película puede acabar convirtiéndose en una obra entrañable que contaría con la simpatía de todos los que compartimos esa pasión, pero que quizá no tendría vida propia más allá que como bonito homenaje. Lo interesante (y lo más difícil) es hacer un film que homenajee a esa época y no busque ser una simple copia de un lenguaje que ya no se utiliza, sino que de alguna manera le dé vida propia. Y eso es lo que consigue maravillosamente To Sleep So As To Dream (1986).

En su debut como realizador, Kaizo Hayashi decidió homenajear al cine mudo japonés con una película misteriosa, que lejos de permitir al espectador recrearse cómodamente en su maravillosa estética, le conduce hacia una trama confusa y en ocasiones abiertamente cómica. Los protagonistas son dos detectives a quienes les llega el encargo de localizar a una mujer secuestrada por un tal M. Pathé (¿han captado ya uno de los guiños más obvios de la trama?), el cual reclama un rescate de un millón de yens. Siguiendo las pocas pistas a su alcance se verán envueltos en un confuso entramado de callejones sin salida.

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Es innegable que Monsieur Gance era un tipo megalómano. Muy megalómano. Como prueba de ello tienen el gran proyecto de su vida, una biografía sobre otra figura megalómana, Napoleón, que duraba más de cinco horas; que solo abarcaba hasta cuando el protagonista consigue el mando del ejército porque el director tenía previsto rodar cinco secuelas más y que, además, tenía como título Napoleón vu par Abel Gance (Napoleón visto por Abel Gance)… Después de todo, ¿no era Abel Gance lo suficientemente importante como para ocupar el título de la película junto a ese tal Napoleón?

Como ven, Monsieur Gance iba a por todas, pero lo más interesante es que Napoleón (1927) es una obra que está realmente a la altura de sus ambiciones: un film monumental, cinematográficamente impecable y técnicamente tan apabullante como adelantado a su época. Ya les hablamos hace un año de algunas de las innovaciones que Gance introdujo en mi película favorita de su carrera, La Rueda (1923), pero en esta ocasión nos centraremos en una de las innovaciones más llamativas de Napoleón: la triple pantalla.

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Where Are My Children? (1916) es una de esas películas que hoy día quizá resulten de más interés por su temática que por el film en sí mismo. No quiere decir eso que este film de Lois Weber y Phillips Smalley carezca de cualidades cinematográficas, pero el hecho de tratar hace 100 años un tema aún hoy día controvertido como el aborto lo dota de un enorme interés.

El protagonista es el Fiscal del Distrito Walton, un hombre respetable y justo que se siente desdichado por no haber podido tener hijos con su esposa. Pero poco sospecha éste que la causa no son problemas de esterilidad sino que su mujer ha abortado a sus espaldas. Un día una joven amiga de la familia se deja seducir (eufemismo) por un hombre y éste pide consejo a la señora Walton para poder detener el embarazo. Ella les encomienda al Doctor Malfit, que ha recomendado en numerosas ocasiones a sus amigas para lances similares (¡en serio!), pero por desgracia en este caso hace un mal trabajo y la joven muere después del aborto provocado. Antes de morir ésta confiesa lo sucedido a su madre, y el Fiscal Walton se encarga de llevar al Doctor Malfit a juicio sin sospechar la relación de éste con su esposa.

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Un astrónomo que se pasa horas contemplando el espacio descubre un buen día que no solo hay vida en Marte, sino que allá vive la mujer de sus sueños. Casualmente (porque este tipo de casualidades pueden suceder), ella también se entera de la existencia del astrónomo terrícola y surge el flechazo. Él le envía un telegrama declarándole su amor y el padre de la futura novia acepta el matrimonio siempre y cuando se encuentren en un punto intermedio… digamos la luna, por ejemplo.

Oh venga, seguro que ustedes conocen historias de amor más raras que ésta. Matrimonio Interplanetario (1910) es un  bonito corto de fantasía excelentemente realizado y muy cuidado: las primeras imágenes de Marte están muy bien hechas mediante animación y los decorados obviamente tienen el encanto cartón piedra de la época pero son muy solventes, al igual que los efectos especiales (los dos cohetes que van a encontrarse en la luna).

La película está obviamente inspirada en las fantasías de Méliès, copiando incluso la idea de los selenitas aun cuando no vengan muy a cuento en la trama. Entrañable y bien acabada, merece la pena echarle un vistazo.

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Siguiendo con las buenas costumbres, el Dr. Caligari vuelve a su post anual dedicado a rescatar las mejores películas que cumplen 100 años. De modo que les invitamos a viajar al pasado y revivir durante un rato cómo fue el año 1917 a nivel cinematográfico.

1917 está considerado a nivel histórico uno de los años clave en que se consolidó el estilo de lo que conocemos como cine clásico, pero además resulta muy interesante porque, en paralelo a ello, surgieron bastantes novedades interesantes. Por ejemplo, tenemos el primer film en Technicolor (hoy día perdido), The Gulf Between (1917), o el primer largometraje de animación de la historia (también perdido), El Apóstol (1917) del argentino Quirino Cristiani.

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Como ya hemos comentado en alguna ocasión, la mayor parte de las obras de los inicios del cine japonés están desaparecidas, indudablemente una de las mayores desgracias de la historia de este medio dado lo apasionante que son los primeros pasos fílmicos de ese país. Es por eso que la gran mayoría de películas mudas que podemos ver de esta cultura pertenecen a finales de los años 20 y primera mitad de los 30, con solo unas pocas muestras (además difíciles de conseguir a día de hoy) del cine anterior.

Una de las pocas obras anteriores a este periodo que ha sobrevivido a nuestros días y que, afortunadamente, puede verse con cierta facilidad es Souls on the Road (1921) de Minoru Murata. Y no se trata de una película cualquiera: está considerada la primera gran obra de la historia del cine japonés. No podemos constatar la enorme influencia que se dice que tuvo en films posteriores al no haber más obras de la época con las que comparar, pero los historiadores coinciden en subrayar su decisiva contribución a la evolución de la cinematografía nipona.

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Como ya sabrán, la Meca del cine estuvo desde siempre plagada de emigrantes provenientes de los más diversos países europeos, los cuales traían con ellos un currículum más o menos vistoso de sus aventuras cinematográficas antes de llegar a la Tierra Prometida. Hay multitud de grandes nombres de Hollywood que tienen en sus inicios una carrera hoy día absolutamente desconocida por estar alejada de lo que harían luego, de modo que si uno rescata algunas enciclopedias o biografías puede encontrarse algunas sorpresas.

Vean la que les hemos preparado hoy: Michael Curtiz, director emblema de la Warner Brothers recordado por clásicos como Casablanca (1942) y la serie de films de aventuras que realizó junto a Errol Flynn, no solo nació en Hungría (un dato que quizá ya conocían) sino que empezó ahí su carrera. De hecho entre mediados y finales de los años 10 era uno de los directores de más renombre de la no muy prolífica industria cinematográfica húngara, un país que en la era clásica ha aportado más ilustres emigrantes que películas (el magnate Adolph Zukor, el productor Alexander Korda o el guionista Emeric Pressburger).

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A lo largo de la historia del cine se han realizado varias adaptaciones cinematográficas de la célebre novela Crimen y Castigo de Fyodor Dostoievski, desde la clásica versión hollyoowdiense realizada en 1935 por Josef von Stenberg a la más canónica de origen ruso dirigida por Lev Kulidzhanov en 1970, eso sin olvidar interpretaciones más libres como la de Aki Kaurismäki en 1983.

Una de las que encuentro más interesantes es la que ideó el director de El Gabinete del Doctor Caligari (1920), Robert Wiene, rebautizándola como Raskolnikow (1923), nombre del protagonista. La historia de Dostoievski, sobre un empobrecido estudiante que comete un asesinato y se hunde por los remordimientos y el terror a ser atrapado, se prestaba especialmente para ser realizada bajo una óptica expresionista, y el resultado es ciertamente magnífico.

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Uno de los problemas inmediatos que trajo la llegada del sonido a Hollywood fue la exportación de esos films al mercado extranjero. Desde siempre para Estados Unidos fue importantísima la recaudación que tuvieran sus películas en el resto del mundo. En la época muda el intercambio de películas entre países era muy sencillo, bastaba con cambiar los rótulos traducidos al idioma que tocara et voilà. Sin embargo con el sonido se enfrentaban a un problema nuevo: ¿cómo iban los espectadores de otros países a entender las películas inglesas?

La opción de doblarlas no era muy viable por entonces, ya que el equipamiento que había en aquella época todavía era muy primitivo para diseñar un sistema de doblaje en masa. De hecho casi siempre las bandas de sonido incluían diálogos, música y efectos de sonido juntos, y no por separado. Por lo tanto, la solución a la que se recurrió fueron las multiversiones: es decir volver a rodar la misma película en otros idiomas.

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