Ahora que definitivamente ya se ha asentado el verano (al menos en el hemisferio en que se encuentra este Doctor) y que parece ser que por fin podemos salir libremente a chapotear a la playa es un buen momento para rescatar uno de los maravillosos cortos que hicieron el genial dúo Leo McCarey y Charley Chase. El primero, como ya sabrán, acabaría siendo un prestigioso director de Hollywood, pero en la época muda destacó sobre todo por dirigir algunos divertidísimos cortos de slapstick para gente como Laurel y Hardy o Charley Chase. En cuanto al bueno de Chase, es uno de los cómicos favoritos de este rincón silente al que nunca nos cansamos de reivindicar.

Hoy les traemos No Father to Guide Him (1925), una divertida comedia en que nuestro protagonista intenta recuperar la custodia de su hijo pese a los intentos de su temida suegra de separarles. El momento cumbre sucede en una playa donde Charley pierde su ropa, dando pie a varias situaciones de caos y confusión que vistas hoy día resultan doblemente divertidas: ¿no les parece maravilloso que las mujeres se muestren tan consternadas al ver al bueno de Charley con la ropa interior de la época, que hoy día no escandalizaría ni al más mojigato?

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Nada en el mundo se puede comparar con el rostro humano. Es un terreno que uno nunca se cansa de explorar. No hay una mejor experiencia en un estudio que presenciar la expresión de un rostro sensible bajo el misterioso poder de la inspiración, ver cómo se anima desde el interior y se vuelve poesía” Carl Theodor Dreyer

Una de las cosas que más me fascinan de Carl Theodor Dreyer como cineasta es su capacidad de conseguir que en sus películas funcione aquello que en la teoría no debería hacerlo. Por ejemplo, en Vampyr (1932) realizar una película de terror con un protagonista que evidentemente no sabe actuar y un argumento que no se sostiene por ningún lado, o en Ordet (1955) filmar de forma creíble y emotiva una resurrección que emocionaría hasta al ateo más convencido. ¿Cuántos cineastas habrían salido airosos de retos así, consiguiendo no solo buenos resultados sino algunas de las mejores películas de la historia del cine? Y esto es precisamente uno de los aspectos que más me intriga de La Pasión de Juana de Arco (1928). ¿Cómo puede funcionar una película muda que adapta un juicio real y que por tanto contiene multitud de rótulos y hace un uso abusivo de los primeros planos? Pues he aquí lo más inaudito de todo, ¡funciona!

Ya comentamos anteriormente todos los elementos que hacen de esta obra una de las películas más míticas de la era muda, pero más allá de esos detalles extrafílmicos, resulta una obra fascinante. Aunque retrospectivamente se ha clasificado el filme dentro de las vanguardias de la época, Dreyer siempre negó tajantemente que La Pasión de Juana de Arco fuera una obra vanguardista. Él no buscaba experimentar con el lenguaje cinematográfico, simplemente fue fiel al recurso que pensaba que mejor le permitiría transmitir el avance del juicio. Y en ese sentido, La Pasión de Juana de Arco es ante todo una de las más grandes muestras del poder expresivo del rostro humano. Sirviéndose solo de la imagen (¡qué diferente habría sido el efecto de esta película de haberse hecho en el sonoro! ¿habría funcionado filmarla así solo unos años después?) Dreyer consigue con esta concatenación de primeros planos transmitir las sensaciones que sentía la protagonista y conmovernos profundamente sin darnos nada más a que agarrarnos: no se nos presenta previamente al personaje para que lo conozcamos mejor, ni se utilizan apenas trucos cinematográficos para romper la posible monotonía del juicio (flashbacks, sobreimpresiones que reflejen el estado mental de la protagonista…), lo cual le da al filme una pureza especial.

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No estábamos haciendo un filme. Estábamos viviendo un drama, el de Juana, y fuimos enviados para salvarla“. Ralph Holm (asistente de Dreyer)

La Pasión de Juana de Arco (1928) es sin ningún lugar a dudas una de las obras más míticas de la era muda, uno de esos filmes como Nosferatu (1922) o El Acorazado Potemkin (1925) que se han convertido por sí mismos en iconos del cine de los años 20. No es por tanto tarea fácil desgranar una obra tan legendaria y de la que se ha escrito tanto, pero este Doctor se propone hacerle justicia como Dios manda en un especial dividido en dos partes, la primera de las cuales se centra en su complejo rodaje y todas las desventuras que sufrió el filme una vez finalizado.

El mito alrededor del filme

Hay películas que han pasado a la historia no solo por su calidad, sino también por el halo mítico que las rodea y las leyendas que han generado. Con esto no estoy infravalorando ni mucho menos su valor como películas, sino resaltando que en el imaginario cinéfilo han llegado a ser “algo más” que obras maestras, y que suscitan fascinación no solo por su contenido sino por lo que rodeó al filme en sí. Me refiero por ejemplo a todos los mitos que rodearon a El Gabinete del Doctor Caligari (1920) – que ya traté en este post – o a Nosferatu (1922) – los símbolos ocultos que hay en la película, lo problemático de los derechos del filme y la leyenda alrededor del actor protagonista, que tiempo atrás oí decir en más de una ocasión que era un tipo misterioso e inquietante (¿quizá un vampiro de verdad?) cuando en realidad era un actor teatral.

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Hoy les ofrecemos una película histórica: Momijigari (1899), el filme de ficción más antiguo que se conserva filmado en Japón y que pueden visionar entero aquí (la versión que circula por Youtube es más corta). Si tenemos en cuenta el bajísimo ratio de supervivencia de la producción cinematográfica japonesa antes de la II Guerra Mundial  debemos sentirnos privilegiados de que algunas como ésta hayan conseguido sobrevivir milagrosamente hasta nuestros días, ya que apenas se conserva material fílmico realizado en la Era Meiji (1868-1912).

Momijigari es una de las primeras películas de ficción que se filmaron en el país, consistentes a menudo de fragmentos de famosas obras de teatro. Este caso no es una excepción, lo que vemos son dos trozos de la obra kabuki Momijigari interpretados por dos de los más grandes actores de la época: Ichikawa Danjuro IX y Onoe Kikugoro V. Y no se piensen que la idea le hacía mucha gracia al veterano Danjuro de 60 años. Como muchos artistas reputados de la época, pensaba que ese invento del cine (llegado a Japón hacía solo dos años) era una burda forma de entretenimiento y no quería tener nada que ver con él, pero finalmente le convencieron con el argumento irrebatible de que una grabación suya podría servir para hacerle pasar a la posteridad (el mismo argumento con el que años después se convencería a otros actores de prestigio como Sarah Bernhardt). Así pues, consintió en filmar dos escenas de la obra kabuki que estaba representando a condición de que no se hicieran públicas hasta después de su muerte, para evitar que esta grabación pudiera hacerle la competencia a sus propias actuaciones.

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En 1926 se estrenó en Berlín Misterios de un Alma (Geheimnisse einer Seele) de G.W. Pabst, la primera película de la historia en tratar el tema del psicoanálisis. El filme fue un éxito de público y crítica que se convirtió enseguida en un clásico del cine mudo alemán. Pero hay una pregunta que resulta inevitable hacerse: ¿qué pensaba al respecto Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis? ¿Él también compartía el entusiasmo hacia ese filme?

El proyecto nació tiempo atrás cuando la UFA tuvo la idea de hacer una película que explicara al gran público la teoría del psicoanálisis, que en aquellos momentos estaba teniendo cada vez más renombre, y por ello pensaron que sería buena idea involucrar a Freud en el proyecto para darle más prestigio. Desafortunadamente el gran hombre no estaba muy por la labor. Como muchos otros intelectuales y científicos de la época, Freud consideraba el cine como una especie de sofisticado espectáculo de feria, aun cuando en 1925 ya se estaba empezando a erigir como una forma de arte por derecho propio. De hecho antes de que la UFA le contactara ya le había llegado una oferta de Hollywood, más concretamente de Samuel Goldwyn, ofreciéndole una generosa suma para que colaborara en un filme sobre los grandes amores de la historia aportando sus conocimientos científicos sobre las pulsiones erotico-amorosas. Freud rechazó la oferta.

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En su cortometraje El Polo Norte (1922) Buster Keaton protagonizaba una escena que quizá al espectador actual se le haga extraña en una comedia, en que el protagonista descubría que su mujer le ha engañado con otro hombre y se ponía a llorar. En realidad eso era un gag en que parodiaba uno de los recursos más recurrentes de una de las grandes estrellas del western de la época, William S. Hart, como podemos comprobar en una dramática escena de Wagon Tracks (1919) en que el protagonista descubre que su hermano menor ha sido asesinado y llora junto a su cuerpo; algo que desde nuestra visión actual del western nos podría parecer muy poco propio de un cowboy.

Aquí Hart encarna a Buckskin Hamilton, un vaquero que debe conducir una caravana de carromatos por el desierto después de reunirse con su hermano. Por desgracia, la noche antes de su encuentro éste recibe un disparo en la espalda durante una partida de póker cuando descubre que sus oponentes hacían trampas. Para complicar más las cosas, el autor del crimen hace creer a su hermana, que se ha visto involucrada accidentalmente en la refriega, que en realidad es ella quien le ha matado accidentalmente. Aunque ella admite ante Hamilton ser la autora del crimen, éste tiene sus dudas. Así pues, cuando durante la travesía por el desierto confirme sus sospechas intentará vengarse del auténtico asesino de su hermano.

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Amor pedestre de la Fondazione Cineteca Italiana en Vimeo.

Amigos lectores, hoy les ofrecemos uno de los cortometrajes más originales de la era muda: Amor Pedestre (1914), una típica historia de seducción que tiene la particularidad de estar narrada íntegramente… ¡desde el punto de vista de los pies de los protagonistas! Su autor es Marcel Pérez, actor y director de origen madrileño que se labró una carrera cinematográfica en todo el mundo, especialmente Italia y Estados Unidos. En este caso obviamente la historia es lo de menos, la gracia está en ver cómo Pérez da a intuir solo con el recurso de los pies el proceso de seducción, el enfrentamiento con el marido y el desenlace con eróticas consecuencias.

Un filme muy ingenioso que nos vuelve a confirmar otra vez más cómo la época silente está llena de obras imaginativas esperando a ser descubiertas.

Que Napoleón (1927) de Abel Gance es una de las obras cumbre no solo de la era muda sino de la historia del cine creo que es algo que está fuera de toda duda. Pero hoy en lugar de hablar de sus innumerables méritos artísticos el Doctor Caligari ha pensado que sería interesante dedicar un post a todo el caos que rodeó a la película tras su estreno. Y no solo porque resulta algo curioso de leer a nivel anecdótico, sino porque se han montado y estrenado tantas versiones diferentes de esta obra maestra que creo que toda esta información es esencial para apreciar el largo camino que se ha hecho para que hoy día podamos disfrutarla, siendo conscientes de lo que se perdió en las diferentes versiones y de lo que se logró recuperar.

De entrada hay un aspecto esencial para entender todo el caos que rodeó a Napoleón, y es conocer la personalidad de su creador: Abel Gance. Porque si hubo un director ambicioso y megalómano en la historia del cine es él. Gance empezó a hacer cine a mediados de los años 10, cuando se empezaron a descubrir muchos de los recursos de montaje y puesta en escena que permetían a las películas llegar más lejos de lo que nunca se había imaginado. Pónganse en su lugar: en aquellos años el cine era un terreno por explorar, una nueva forma de arte que aún estaba buscándose a sí misma, de modo que un cineasta ambicioso con grandes ideas tenía a su disposición la capacidad de probar cosas nuevas que, si funcionaban, abrirían caminos nuevos al resto. Y Gance fue uno de los grandes pioneros de su momento.

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No sé cuántas veces he dicho algo similar en este humilde rincón silente, y espero poder decirlo otras muchas más en el futuro, pero es alucinante cómo a estas alturas uno puede seguir descubriendo películas que le obligan a replantearse la versión clásica de la historia del cine. Algún día espero que se le haga justicia a André Antoine, uno de los grandes directores del cine mudo francés que incomprensiblemente permaneció durante años en el olvido y que solo en las últimas décadas empieza a ser reivindicado, pero no mucho más allá de los círculos especializados de seguidores del cine mudo.

Que el neorrealismo italiano no surgió de la nada en los años 40 es algo que creo que a estas alturas está más que demostrado con la constante reivindicación de referentes como la soberbia Toni (1935) de Jean Renoir y algunas obras de los años 30 del infravaloradísimo Alessandro Blasetti. Pero me extraña que se mencionen tan poco los referentes que existen en la era muda, especialmente el caso del cineasta francés André Antoine, quien tiene en su haber películas como La Tierra (1921) o el filme que nos ocupa que presentan varias de las características que se asociaron a ese movimiento… pero 20 años antes.

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Como seguramente ya sabrán, el ambicioso director Cecil B. De Mille no era alguien que hiciera las cosas a medias. Y cuando decidió realizar su adaptación de la vida de Cristo se tomó el proyecto muy en serio, incluso para sus estándares. Su mayor preocupación de cara a lo que acabaría siendo El Rey de Reyes (1927) era mantener lo máximo posible la pureza y la santidad en lo que respecta a la figura de Jesucristo. Por ello a la hora de escoger al actor que lo encarnaría tomó la extraña decisión de decantarse por H.B. Warner, quien no solo era demasiado mayor para el papel (¡50 años!) sino que en aquella época había caído en el olvido, ya que su momento de popularidad fue a finales de los años 10. Lo que pretendía De Mille era darle el papel a un actor que el público no conociera, es decir, cuyo rostro no pudieran asociar a otras películas para que resultara más auténtico como Jesucristo (de ahí el escoger un actor olvidado); pero al mismo tiempo no quería dárselo a un actor carente de experiencia (de ahí el escoger un veterano que tenía más años de los que Jesucristo llegó a cumplir).

Pero eso no fue todo: De Mille estaba tan sumamente preocupado porque su película fuera lo más respetuosa posible y que no ofendiera a nadie que puso a todos los miembros del reparto la condición de que, cuando estuvieran caracterizados como sus personajes, se comportaran siempre de forma ejemplar y no hicieran nada que pudiera “estropear” el efecto, incluso aunque no estuvieran filmando. De Mille argumentaba que todos los ojos estarían puestos en una producción tan grande y con una temática tan especial como ésta, y que si por un casual uno de los actores se sentaba en un descanso a fumar un cigarro entre tomas y alguien le hacía una fotografía, ésta podría difundirse y ofender potencialmente al público y quitarle seriedad al filme.

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