Imagen: Valerio Greco

Entramos ya en la recta final del festival y uno no puede evitar soltar el tópico de qué rápido han pasado estos días y lamentarse de que en breve habrá que volver a la rutina del trabajo (en mi caso, ya saben, pasear por pueblos haciendo mi numerito de sonámbulo con Cesare para que luego vaya apuñalando a gente por las noches), pero supongo que tiene que ser así ni que sea para recuperar una cierta normalidad de horarios. Así pues, antes de lamentarnos de que hayan acabado las Giornate, disfrutemos de estos tres días que vienen más que cargados.

10 de octubre – El día de Reginald Denny

Ayer nos comentó el director del festival, Jay Weissberg, que el 9 de octubre era el día oficial de Reginald Denny (desconozco por qué ese día concreto, algún truco publicitario de la Universal). Es una maravillosa casualidad que el día oficial de Reginald Denny coincidiera con el festival de Pordenone que le está dedicando un ciclo… aunque también es mala pata que justo el 9 de octubre no hubiera ninguna película suya en el programa, de modo que Weissberg dijo que en Pordenone celebraríamos su día oficial el 10 de octubre, coincidiendo con la proyección de su película What Happened to Jones (1926) con la presencia de su nieta entre el público.

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Imagen: Valerio Greco

Entrando en el ecuador del festival uno empieza a notar ya cierto agotamiento acumulado y los primeros síntomas de que el cuerpo está implorando a gritos salir de esa sala oscura. Es en este punto del festival cuando más lamento que casi ninguna de las proyecciones que tengo previsto saltarme sean a primera o última hora del día, que son los horarios que a uno le permitirían dormir unas horas más. Pero qué le haremos, este feliz estrés consistente en que uno tiene demasiadas cosas por ver en una semana es una de las características de festivales como Pordenone, donde además si uno se salta ciertas sesiones no tiene la seguridad de que pueda cazar esa película en otra ocasión.

8 de octubre – Travestismo a gogó

Les voy a hacer una pequeña confesión: aunque me gustan las películas de William S. Hart, no estaba seguro de ser tan fan del célebre cowboy como para disfrutar de un programa entero dedicado a él. Pero de momento la cosa está yendo bien en gran parte por dos motivos: porque aunque hay cierto tipo de argumentos o situaciones que suelen repetirse sus películas están siendo medianamente variadas, y porque el ciclo se centra sobre todo en su primera época, que son cortos y mediometrajes que se digieren mejor y permiten observar cómo va dando forma a su estilo. El mejor de esta tanda fue The Sheriff’s Streak of Yellow (1915), en que Hart es un sheriff admirado por todo el pueblo hasta que un día deja escapar expresamente a un criminal, ya que le debía un favor del pasado. Eso provoca que le obliguen a resignar de su puesto, pero al final vuelven a aceptarle cuando impide un robo al banco cometido por la banda de ese mismo forajido. Sin una mujer que le redima aquí tenemos al Hart más duro y viril en esta historia que trata sobre lo cambiante que es la actitud de la gente hacia nuestro héroe (un detalle sutil pero interesante: cuando todos acuden a ver qué ha sucedido en el banco una vez Hart ha matado a toda la banda, éste inicialmente se muestra algo desconfiado hacia los lugareños seguramente por temor a que piensen que él tuvo algo que ver con el robo, pero por suerte no es así).

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Ah, no hay nada como los primeros días de Pordenone. Todo el mundo está todavía fresco y despejado. Las sesiones de las 9 de la mañana nunca están tan llenas como en estos días y uno aún mantiene el optimismo de ver todas las películas que se había propuesto. En el fondo la experiencia de un festival viene a ser encontrar un equilibrio entre verlo todo y darse las horas adecuadas de reposo. Y nunca parece tan factible y realista el plan semanal que se hace uno como en los primeros días.

5 de octubre – Once hombres y una mujer sin piedad + el anuncio más largo del mundo

Los protagonistas de la primera jornada de Pordenone han sido dos franceses… con permiso, claro está, del señor Charles Chaplin, cuya obra maestra El Chico (The Kid, 1921) ha sido escogida como plato fuerte de la sesión de inauguración del festival acompañada por la Orquesta de San Marco de Pordenone. Pero si me disculpan, dejaremos por una vez a Chaplin de lado (habrá numerosas ocasiones para hablar de El Chico) y pasemos a las otras sesiones del día.

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Como ya sabrán nuestros lectores más veteranos, Octubre es sinónimo de Le Giornate del Cinema Muto o, lo que es lo mismo, de un festín de cine mudo que dura una semana entera en el pueblo italiano de Pordenone, donde tiene lugar el festival de cine silente más importante del mundo. Este Doctor acude por sexto año consecutivo (abajo tienen los links de las ediciones anteriores) y durante la semana que viene irá periódicamente comentando todo lo que ha podido ver, de modo que estén atentos a sus pantallas estos días. Veamos lo que nos ofrecen en esta edición:

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Aunque hoy día ha quedado relegado al olvido, Raymond Griffith fue un cómico que tuvo cierta popularidad en la era muda encarnando personajes en la onda de Max Linder y Charley Chase: hombres elegantes que deben enfrentarse a situaciones humorísticas manteniendo la compostura lo mejor que pueden. No obstante, cuando llegó el cine sonoro resultó obvio que Griffith no podría continuar su carrera como actor a causa de un pequeño gran problema: apenas tenía voz, de hecho solo podía hablar en un susurro. Según él, perdió la voz de pequeño cuando trabajó en un melodrama teatral en que su personaje tenía que gritar muy a menudo y, tras muchas representaciones en que el joven Griffith se empeñó en darlo todo sobre el escenario, acabó quedándose sin voz. El motivo real seguramente fuera una enfermedad como una bronquitis.

El caso es que antes de que abandonara su carrera como actor definitivamente tuvo la oportunidad de hacer una última aparición memorable en el célebre drama bélico Sin Novedad en el Frente (1930) de Lewis Milestone, donde encarna al soldado francés que el protagonista mata en mitad de un combate y con cuyo cadáver se ve obligado a vivir en una trinchera durante varios días. Es una de las escenas más angustiosas del filme que refleja a la perfección lo absurdo de la guerra: lo fácil que es aniquilar a un enemigo inconcreto y “abstracto” y lo angustioso que resulta cuando uno lo humaniza al tenerlo de cerca y se da cuenta de que, en el fondo, ha matado a un padre de familia. Pero dejando de lado esa consideración, que Milestone le diera ese papel sin diálogo a un actor de comedia es una perversa muestra de humor negro o, si se quiere, una forma muy curiosa de jugar con las expectativas del espectador, introduciendo un elemento asociado a otro género (la comedia) en un duro drama bélico.

El efecto obviamente se ha perdido a día de hoy al ser Raymond Griffith un actor completamente olvidado, pero para que se hagan una idea, ¿se imaginan si en mitad de la película apareciera el cadáver de Buster Keaton en una trinchera? Ciertamente éste sea uno de los cierres de carrera más originales e inusuales de un actor cómico.

Ayer se cumplieron 100 años del estreno de El Tesoro de Arne (1919), no solo la mejor película de Mauritz Stiller y una de las obras cumbre del cine mudo escandinavo, sino directamente una de las grandes obras maestras de la historia del cine. Se trata de uno de esos filmes en que se combina una absoluta maestría técnica junto a un tratamiento muy especial y lleno de sensibilidad de la historia, que hacen que el filme destaque no sólo por su calidad sino por ese tono, ese ambiente, esas sensaciones indescriptibles con palabras que sólo los grandes maestros del cine sabían añadir a sus obras.

La trama tiene lugar en el siglo XVI, cuando una serie de mercenarios escoceses escapan de la cárcel e intentan volver a su país. Tras una larga caminata por la nieve, los tres llegan hambrientos y desesperados a la mansión de Sir Arne, un hombre que ha hecho su fortuna gracias a los monasterios del país que cayeron en desgracia con la última reforma protestante. Los tres escoceses asesinan a Sir Arne y toda su familia, roban su fortuna y huyen después de prender fuego a la casa. La única superviviente es una hija adoptiva de la familia, Elsahill, que queda a cargo de una anciana. Tiempo después, los escoceses deambulan de incógnito por el pueblo a la espera de que pase la helada y puedan coger un barco de retorno. Uno de ellos, Sir Archie, conoce a Elsahill y se enamora de ella sin que ésta sospeche que él fue uno de los asesinos.

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Aunque los fanáticos del cine mudo seguramente tengamos fama de ser viejos aburridos cuyo concepto de diversión es revisionar por centésima vez una película de Murnau, tampoco somos ajenos a otros placeres más comunes y populares como ver películas sonoras (!!) e incluso disfrutar de planes típicamente veraniegos en buena compañía.

Esto es lo que tiene pensado hacer el Doctor Caligari en los próximos meses, en los que piensa disfrutar de las playas del Mediterráneo junto a su buena amiga Louise Brooks, al lado de la cual es imposible aburrirse. Les invitamos a que ustedes también se den un tiempo de vacaciones al aire libre en compañía de su estrella de cine mudo favorita hasta el retorno del Doctor Caligari a finales de Septiembre.

En Cuerpo y Alma (1925) posee de entrada el aliciente de ser uno de los pocos filmes mudos que han sobrevivido a día de hoy del director afroamericano Oscar Micheaux, además de suponer el debut cinematográfico de Paul Robeson, uno de los actores negros más importantes surgidos en Estados Unidos en aquella época.

Tanto Oscar Micheaux como Paul Robeson son dos figuras fundamentales a la hora de hablar de cine afroamericano que darían por sí solos para un extenso artículo, y de hecho en su momento ya escribimos uno dedicado al primero. Hoy nos centraremos en la que fue su única colaboración juntos.

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Hoy les proponemos este divertido corto cómico, Rincasare non è Sempre Facile (1912), protagonizado por uno de los principales actores y directores de los primeros años del cine italiano: Ernesto Vaser. Proveniente de una familia de raíces teatrales, Vaser dio exitosamente el salto al cine en la primera década de siglo trabajando en filmes de todo tipo de géneros.

Ésta es una de las muchas comedias que realizó encarnando al personaje de Fringuelli, quien en este caso es un hombre que quiere hacer una escapadita a París pero a su mujer y temible suegra les hace creer que viaja a otro paraje más inofensivo. A su retorno, descubre horrorizado que el tren en que supuestamente debía haber vuelto se ha retrasado un día por una nevada y que, para que no se descubra la mentira, debe ocultarse en su propia casa hasta el día siguiente, lo cual no resultará especialmente fácil.

Un cortometraje sencillo y divertido para lucimiento de Vaser. A mí me resulta especialmente gracioso cuando, oculto en lo alto de un armario, nos da a entender que se muere de hambre con un par de gestos lastimosos, ¿quién podría ser tan cruel como para no empatizar con este pobre hombre que solo ha querido echar una cana al aire? Disfruten pues de la película y no teman si no entienden los rótulos, ya que conociendo la premisa se sigue perfectamente.

El “Product Placement” o “Emplazamiento publicitario” es una de las técnicas de marketing más utilizadas en el cine, consistente en colocar un producto de una determinada marca de forma visible dentro de la película. Aunque este tipo de publicidad más o menos encubierta empezó a desarrollarse de forma masiva a partir de los años 80, en realidad se ha utilizado desde los orígenes del cine… ¡no hay casi nada que no se haya inventado antes o que no tenga un clarísimo precedente en el pasado!

El que se considera el primer ejemplo es la versión de Barbazul (Barbe Bleue, 1901) de Georges Méliès, donde en la escena del banquete aparece una gigantesca botella de champagne de la marca Mercier, aunque desconozco si es por motivos publicitarios o simplemente para apelar al espectador mostrando una marca que conocería y le resultaría más cercana.

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