Como sucede con todos los cineastas que iniciaron su prolífica carrera en los años 10, por desgracia hay multitud de películas de la primera etapa de Raoul Walsh que han desaparecido. Aunque la más pintoresca de todas es su biopic sobre Pancho Villa – The Life of General Pancho Villa (1914) – filmado en colaboración con el propio general, la que tiene fama de ser su gran joya perdida es sin duda The Honor System (1917), considerada por nada menos que John Ford como una de sus películas favoritas.

El argumento se basaba en un innovador programa ideado en un centro penitenciario de Arizona, donde se permitía a ciertos prisioneros breves salidas de la cárcel sin vigilancia después de que éstos hubieran dado la palabra de que regresarían. El impulsor de esa atrevida idea era el gobernador de Arizona George Hunt, quien estaba en contra de la idea tradicional de entender las cárceles como sitios degradantes y que defendía firmemente que los presos también debían ser tratados como seres humanos.

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He aquí un pequeño corto bastante desconocido dedicado especialmente a aquellos de ustedes que de niños solían sumergirse en todo tipo de aventuras a través de libros como los del célebre Jules Verne. Esto es lo que le sucede al protagonista de nuestra historia, que sueña que vive una serie de peripecias muy en la línea del universo Verne, como un viaje en globo y una excursión al fondo del mar, donde conocerá una serie de bellas sirenas.

La premisa es una excusa para utilizar algunos efectos especiales, que si bien no son especialmente remarcables (basta con compararlos con los cortos de Méliès de esa época), tienen el encanto de lo artesanal. Un detalle pequeño que me gusta es cuando el niño al final destroza una almohada llenando la habitación de plumas y algunas de éstas siguen volando por todo el escenario (incluso en primer plano) mientras la madre le increpa, que le dan un toque especial a la escena. Un corto muy entrañable.

Ya hemos hablado en más de una ocasión de la enorme importancia de la escuela cinematográfica danesa de los años 10, por entonces uno de los países más avanzados a nivel fílmico en todo el mundo hasta que a finales de la década se le avanzaron otros países. A raíz de eso, hoy rescatamos una obra de uno de los cineastas clave de dicha nación, August Blom, en concreto Temptations of a Great City (1911), que cuenta con la gran estrella cinematográfica del momento, Valdemar Psilander.

El argumento no es especialmente interesante, se trata de la clásica historia aleccionadora sobre un joven de clase alta dado a la mala vida y a dar disgustos a su señora madre con enormes deudas de juego. No obstante, en esta ocasión les proponemos hacer algo diferente, y en lugar de hacer un comentario del film, el Doctor Caligari ha seleccionado cuatro planos concretos que cree que reflejan la pericia del señor Blom tras la cámara. Obviamente, hay muchos aspectos que se podrían resaltar de Blom, como la dirección de actores (mucho más naturales que sus coetáneos de otros países) o detalles de puesta en escena mucho más sutiles que los aquí seleccionados; pero estos cuatro ejemplos sirven como ilustración rápida de cómo Blom y el cine danés iban muy avanzados para la época.

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Ciertamente, vista hoy día Escamotage d’une Dame au Theatre Robert Houdin (1896) no parece una de las películas más destacadas del genial Georges Méliès, pero tenemos un buen motivo para dedicarle una entrada, y es ser la primera obra en que el conocido como mago del cine utilizó sus famosos trucajes cinematográficos.

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Vuelve un año más el post clásico de este Doctor dedicado a las mejores películas que cumplen 100 años este 2018 para aquellos de ustedes que no recuerdan cómo fue 1918 cinematográficamente hablando o, incluso, que no habían nacido aún. No olviden por cierto que abajo del todo tienen los links a las listas de otros años.

El gran acontecimiento de 1918 como sabrán fue el fin de la desastrosa Gran Guerra, que había inspirado ya unas cuantas películas y que sirvió de base para algunos de los films que mencionamos aquí. Pero centrándonos en el cine, uno de los rasgos más interesantes de estos años es que se hacen especialmente visibles las diferencias entre aquellos cineastas que ya dominaban el lenguaje cinematográfico clásico tal y como se desarrollaría posteriormente y los que todavía tenían un estilo que hoy día nos parece más arcaico.

Esto no quiere decir que las películas de estos últimos sean peores sino que es una época apasionante por encontrarse aún a medio camino entre el estilo de cine de los años 10 y el de los años 20. Y lo más curioso es que esa diferencia de estilos no era algo que necesariamente diferenciara los grandes cineastas (Griffith, Tourneur) del resto. Tomen por ejemplo a Marshall Neilan, un notable director hoy día virtualmente olvidado que era un eficiente artesano de películas comerciales de estudio, pero no un artista excepcional o especialmente destacable. Y no obstante si ven la película suya que hemos seleccionado en esta lista comprobarán que tiene un dominio excepcional para la época del montaje, el ritmo y la puesta en escena. Por tanto no nos sirve la distinción entre el cine más artístico y avanzado, obras de artistas geniales, y el más comercial despreocupado por la forma. Y eso hace que todo sea aún más interesante.

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Si tuviera que escoger una película que reflejara la imaginación y libertad de inventiva que había en la era muda y que hacen de ésta una época tan única y especial, Le Brasier Ardent (1923) sería sin duda una de mis más firmes candidatas. Una película extraña e inclasificable que fluctúa libremente entre comedia, drama y surrealismo, y que impresionó a un jovencísimo Jean Renoir, quien aparentemente salió entusiasmado del cine por haber visto “por fin” una gran película francesa.

Y de paso, Le Brasier Ardent es también una excelente excusa para hablar de su creador, Ivan Mosjoukine, uno de los mejores actores de la era muda que aquí asume también las labores de dirección y escritura del guión de la que sería su segunda y última obra como realizador.

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Siempre resulta fascinante ver cómo se imaginaban el futuro en películas antiguas, incluso aunque sean puramente fantasiosas, como es el caso. En este curioso filme titulado The Pirates of 1920 (1911) se especula con la idea de que en un futuro cercano podría haber piratas aéreos que cometerían todo tipo de atrocidades con la ayuda de un zepelín (a saber: abordar un barco y secuestrar una bella damisela).

Esta simpática película de la que nos falta el desenlace es tan entrañable como absurda en todos los sentidos, pero ahí radica gran parte de su encanto. ¡No se la pierdan!

Cada vez que veo alguna de las películas mudas de Frank Borzage me acaban viniendo a la cabeza más o menos la misma serie de preguntas. ¿Cuál es su gran secreto para hacer films tan bonitos y repletos de sensibilidad? ¿Cómo logra que historias en principio tan poco atrayentes o prototípicas nos conmuevan tanto? ¿Y cómo logra emocionar tanto sin llegar a resultar empalagoso, quedándose siempre en el límite justo? Es por ello que las obras mudas de Borzage suelen ser una debilidad de muchos aficionados al cine silente, porque atesoran una magia especial sirviéndose básicamente en el poder de las imágenes para conmover al espectador.

El film que hemos escogido hoy, El Tumbón (1925), no es una de sus creaciones más famosas ni está a la altura de sus obras cumbre, pero igualmente es otro magnífico ejemplo de la maestría de Borzage tras la cámara. El argumento del film es en principio muy simple: Steve Tuttle es un hombre que vive con su madre en un pequeño pueblecito y que se ha ganado con justicia la fama de ser el más vago del pueblo, puesto que se pasa el día tumbado en su jardín de brazos cruzados, aún pese a la insistencia de su novia Agnes porque intente hacer algo de provecho. Un día, Steve se encuentra con la hermana de Agnes, Ruth, que vuelve al pueblo para casarse en un matrimonio de conveniencia orquestado por su madre. En sus años de ausencia, Ruth se ha casado con otro hombre que la ha dejado viuda y con un bebé, pero nadie conoce la historia y teme que su madre no le permita quedárselo. Steve, un hombre perezoso pero de bondadoso corazón, accede a adoptar a la niña sin desvelar quién es su madre, aun cuando eso provoca un escándalo en el pueblo y provoca su ruptura con Agnes.

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Reconozco que siento debilidad por las películas antiguas ambientadas en el mundo del cine, más aun las que pertenecen a las primeras décadas del medio, por ser una muestra (por irreal o exagerada que sea) de cómo funcionaba la industria cinematográfica en una época de la que apenas contamos con testimonios visuales. Así pues, Les Débuts de Max au Cinéma (1910) puede que no sea una de las mejores comedias de Max Linder, pero ya solo por el tema que trata tiene un extra de interés para mí.

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En episodios anteriores de este blog ya les hablamos de la fascinación que había en Estados Unidos a principios del siglo XX hacia la cultura oriental, algo que queda patente en el hecho de que en el Hollywood de los años 10 se produjera una obra tan insólita como La Ira de los Dioses (1914), con un reparto compuesto casi íntegramente por japoneses. Y aunque es cierto que en la mayoría de películas los personajes orientales quedaban relegados a los tópicos rasgos de siempre, ciertamente resulta curioso que una industria como Hollywood, tan poco dada a salirse de los parámetros estándares, se atreviera a hacer películas como ésa o, años más tarde, La Buena Tierra (1937)  Desde entonces este tímido avance hacia films con historias y personajes orientales ha quedado tan atrás que cuando Clint Eastwood estrenó Cartas de Iwo Jima (2006) con un reparto exclusivamente oriental daba la sensación de que estaba haciendo algo realmente rompedor. Volviendo a la época muda, esa breve atracción hacia la cultura oriental se vio reflejada también en el surgimiento de estrellas de cine orientales como Sessue Hayakawa, Tsuru Aoki o Anna May Wong. Y ahora piensen: ¿cuántos actores orientales se les ocurre que llegaran al estatus de estrellas en Hollywood durante las décadas siguientes?

Centrándonos en el caso de Hayakawa éste llegó a tener tanto éxito en aquellos años que se animó a formar una productora propia, Haworth Pictures, en la que se realizarían sus películas y que, obviamente, le permitiría por una vez encarnar el tipo de personajes y temas que le vinieran en gana, sin imposiciones raciales. Según parece, la mayor parte de ese material está perdido, lo cual es una lástima porque sería un material historiográfico interesantísimo: películas americanas con actores y temática orientales dirigidas a un público general, es decir, que buscaban aportar una visión más auténtica de Japón. Afortunadamente alguna ha acabado sobreviviendo al paso de los años, como es el caso de El Pintor de Dragones (1919).

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