Cuando se acerca el calor veraniego, este Doctor no puede resistir la tentación de dejar temporalmente la búsqueda de nuevas joyas mudas inéditas para emigrar a climas mediterráneos. Ahí uno puede pasar las tardes refrescándose en la piscina, al igual que otros ilustres colegas suyos de origen germánico como los de la imagen superior mientras charlan sobre las bondades del cine de la República de Weimar o sobre cuál es la nueva moda de colchonetas para el agua este año (Herr Lang me informa que son las que tienen forma de unicornio).

En todo caso, no se preocupen, porque con la llegada del otoño el Doctor Caligari volverá a acudir a la llamada del deber y estará de aquí para ofrecerles nuevas dosis de cine mudo. Les esperamos como cada año a finales de Septiembre.

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En los años de la República de Weimar el bergfilm, el género de películas de montaña era considerado de poco interés, básicamente se veía como obras protagonizadas por personajes planos y apoyadas en paisajes. Pero eso no quitaba que gozara un enorme éxito entre el público de la época. Y uno de los espectadores que quedó impactado con este tipo de obras era una bailarina llamada Leni Riefenstahl, que se sintió tan impresionada por uno de esos filmes que se las arregló para contactar con el director del mismo, Arnold Fanck, y ofrecerse a protagonizar su próximo proyecto. Así sin más, teniendo una experiencia nula como actriz. No obstante, Fanck debió ver algo especial en esa joven ambiciosa, porque no sólo decidió contratarla sino que de hecho escribió el guión de su siguiente cinta pensando expresamente en ella. La película sería La Montaña Sagrada (1926), cuyo rodaje sería una pesadilla para la pobre Riefenstahl de la que no obstante logró salir airosa.

El argumento es bastante simple y se centra en el triángulo amoroso entre la bailarina Diotima y dos escaladores enamorados de ella: Vigo y su amigo Karl. Ambos desconocen que están enamorados de la misma mujer, y mientras Diotima corresponde abiertamente a Karl, Vigo piensa erróneamente que él también es correspondido sin sospechar que ella lo ve más como un hermano menor.

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En 1958 una de las grandes películas del año fue sin duda la francesa Mi Tío (Mon Oncle) del cómico Jacques Tati, que recaudó entre muchos otros premios el Oscar a la mejor película de habla no inglesa. Se trataba de una nostálgica obra maestra que rescataba el espíritu del slapstick clásico eficazmente adaptado al cine de aquellos años, de modo que resultaba lógico que en su discurso de agradecimiento Tati rindiera homenaje a los viejos maestros del género que tan claramente le habían influenciado.

A raíz de haber sido el ganador del premio, la Academia le ofreció a Tati en su visita a Hollywood un trato especial y le dieron al director la oportunidad de concederle cualquier petición que tuviera. Y aquí fue donde los miembros de la Academia se llevaron una sorpresa. Porque en circunstancias normales, lo que uno pediría en este caso sería conocer a las estrellas y directores más de moda o acudir a alguna de lujosa fiesta. Pero lo que Tati pidió fue que le presentaran a sus viejos ídolos del slapstick. Una cosa era tenerles en cuenta en su discurso, otra realmente preferir pasar un rato de charla con estos ancianos antes que con Paul Newman.

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Lo que sucede es lo siguiente: un conserje se bebe una botella de crecepelo pensándose que es alcohol y al día siguiente se despierta con el cuerpo cubierto de pelo. ¡Horror! ¿Qué hacer en una situación así? Pues obviamente montar un número de vodevil con su mujer haciéndote pasar por un hombre mono.

Esta es la absurda y divertida premisa de La Vérité sur l’Homme-Singe (1906) de la cineasta Alice Guy, un corto que quizá no acaba de aprovechar del todo el prometedor argumento – que Marco Ferreri exploraría más a fondo medio siglo después en Se Acabó el Negocio (1964) – en parte porque el actor no tiene las virtudes físicas de por ejemplo un Buster Keaton para explotar las posibilidades cómicas de un hombre encarnando a un simio:

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En su autobiografía, Buster Keaton insiste en presentarse a sí mismo no como un artista, sino como un mero cómico que buscaba entretener a su público, un punto de vista que curiosamente es diametralmente opuesto al de Charles Chaplin, mucho más consciente y preocupado por la dimensión artística de su obra. Pero me temo que alguien que no fuera más que un cómico no habría dirigido algunas de las mejores películas de la historia del cine, como es el caso de El Maquinista de la General (1926), una obra que demuestra que por mucho que Keaton se viera a sí mismo como un artista de vodevil que se había trasladado al cine, en realidad era uno de los mejores directores de su época.

Producida en su mayor momento de popularidad, El Maquinista de la General (1926) era con diferencia el proyecto más ambicioso en que se embarcó Keaton. El punto de partida era un libro titulado The Great Locomotive Chase que narraba un hecho real sucedido durante la Guerra de Secesión, cuando unos soldados del bando confederado se infiltraron en territorio enemigo para secuestrar una locomotora y con ella ir destruyendo vías y puentes por el camino. El plan no obstante se vino abajo gracias a dos conductores de tren que les persiguieron y les pararon los pies. A Keaton, un fanático de los trenes, le encantó la premisa y decidió adaptarla al cine con algunos pequeños cambios.

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La actriz Bebe Daniels, que se hizo célebre interpretando a la chica en los primeros cortos de Harold Lloyd y luego desarrolló una carrera por su cuenta de la mano de directores como Cecil B. De Mille, tenía una afición muy particular: le encantaba conducir a toda velocidad. Posteriormente ella se justificaría de forma bastante discutible diciendo que era una afición inocente porque nunca tuvo ningún percance, que simplemente le gustaba la sensación de velocidad. En todo caso, como es de esperar Daniels acumuló numerosas multas a causa de ese hobby, pero no es algo que le preocupara. Y no solo porque con el dinero que tenía podía permitirse pagarlas holgadamente, sino porque su tío Jack era alguien importante con conexiones en el departamento de policía de Los Angeles que estaba siempre sacándola de apuros.

Un día de 1921, la señorita Daniels estaba conduciendo a la muy respetable velocidad de 115 kilómetros por hora (que era toda una marca en esos años) por Orange County cuando le paró la policía. La pobre excusa que le dio al agente era que el radiador se estaba sobrecalentando y yendo lo más rápido posible hacia el taller de reparaciones más cercano, pero obviamente no coló. Así pues, Bebe llamó una vez más a su tío Jack para pedir ayuda, pero cuando ésta le dijo dónde se encontraba, el bueno de Jack le hizo saber que se había metido en un buen lío. Porque Orange County era el territorio del Juez Cox.

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En 1986 la Cinemateca de Sâo Paulo hizo un descubrimiento histórico entre sus archivos cuando dieron por casualidad con dos de las cuatro películas dirigidas por Fritz Lang consideradas perdidas, concretamente La Imagen Errante (1920) y Corazones en Lucha (1921), de forma que conseguíamos tener casi íntegramente su filmografía como director rellenando los pocos huecos que hay en su primera etapa – las otras dos siguen desaparecidas, de modo que si tienen en casa alguna copia de Halbblut (1919) o de Der Herr der Liebe (1919), por favor, háganmelo saber.

Personalmente no me entusiasma demasiado La Imagen Errante (1920) pese a ser la primera colaboración con la guionista (y futura esposa) Thea von Harbou, y me parece más una obra para fanáticos completistas, lo cual no quita que tenga sus logros (más concretamente el uso de paisajes exteriores de montaña, que tanto protagonismo alcanzarían años después en el cine germano). Corazones en Lucha, también conocida como Cuatro alrededor de la Mujer, ya es otro tema. Aunque no esté a la altura de sus grandes obras es una pieza clave de su carrera sin la cual literalmente no pueden entenderse sus grandes películas posteriores.

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Rescued by Rover (1905) es uno de los cortometrajes clave del cine de los orígenes, y no solo por incluir la primera estrella canina del séptimo arte (el collie protagonista, que ya se adelantaba en unas cuantas décadas a la más célebre Lassie), sino por la forma tan impecable como Cecil Hepworth narró esta sencilla historia.

La trama se basa en ese temor tan frecuente y extendido en aquellos años hacia gitanos que robaran bebés de familias burguesas. Son numerosas las historias de niños secuestrados que se criaban entre gitanos y, años más tarde, se reencontraban con su familia real gracias a un objeto o una marca de nacimiento que los hacía reconocibles. En este caso por suerte no hace falta esperar tanto tiempo para solucionar el conflicto gracias a una oportuna intervención canina. El bebé de una familia es secuestrado por una anciana alcohólica aprovechando un momento de distracción de una niñera. La familia queda desconsolada, pero su perro Rover parte en su búsqueda y da con él. Regresa a casa, convence a su amo para que le siga y éste consigue por fin recuperar a su hijo.

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Como sucede con todos los cineastas que iniciaron su prolífica carrera en los años 10, por desgracia hay multitud de películas de la primera etapa de Raoul Walsh que han desaparecido. Aunque la más pintoresca de todas es su biopic sobre Pancho Villa – The Life of General Pancho Villa (1914) – filmado en colaboración con el propio general, la que tiene fama de ser su gran joya perdida es sin duda The Honor System (1917), considerada por nada menos que John Ford como una de sus películas favoritas.

El argumento se basaba en un innovador programa ideado en un centro penitenciario de Arizona, donde se permitía a ciertos prisioneros breves salidas de la cárcel sin vigilancia después de que éstos hubieran dado la palabra de que regresarían. El impulsor de esa atrevida idea era el gobernador de Arizona George Hunt, quien estaba en contra de la idea tradicional de entender las cárceles como sitios degradantes y que defendía firmemente que los presos también debían ser tratados como seres humanos.

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He aquí un pequeño corto bastante desconocido dedicado especialmente a aquellos de ustedes que de niños solían sumergirse en todo tipo de aventuras a través de libros como los del célebre Jules Verne. Esto es lo que le sucede al protagonista de nuestra historia, que sueña que vive una serie de peripecias muy en la línea del universo Verne, como un viaje en globo y una excursión al fondo del mar, donde conocerá una serie de bellas sirenas.

La premisa es una excusa para utilizar algunos efectos especiales, que si bien no son especialmente remarcables (basta con compararlos con los cortos de Méliès de esa época), tienen el encanto de lo artesanal. Un detalle pequeño que me gusta es cuando el niño al final destroza una almohada llenando la habitación de plumas y algunas de éstas siguen volando por todo el escenario (incluso en primer plano) mientras la madre le increpa, que le dan un toque especial a la escena. Un corto muy entrañable.

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