Fotografía cortesía de Valerio Greco

11 de octubre – John M. Stahl se pasa a la comedia

Después de un miércoles un tanto agotador (la película de Mizoguchi acabó más tarde de lo normal) y viendo que el viernes iba a ser un día intenso, casi que agradecí que el jueves fuera una jornada más bien tranquila. Supongo que a estas alturas ya sabrán cómo empecé el día, con una saludable sesión de Lincoln-manía que no obstante hoy llegó a su fin, puesto que Under the Stars (1917) es el último capítulo del serial que se emitió en Pordenone. Nuestro amigo Benjamin Chapin vuelve a interpretar al abuelo de Lincoln, narrando una historia que argumentalmente no veo demasiado conectada con el conflicto que debe afrontar el presidente en el episodio más contemporáneo, en que el estado de Kentucky quiere permanecer neutral en la Guerra de Secesión. Pero en fin, es un buen entretenimiento con el que despedirnos ya del señor Chapin, cuya obsesión por encarnar a Lincoln llevó al actor Lionel Barrymore a burlarse de él diciendo que “no estará del todo satisfecho hasta que lo asesinen a él también“.

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9 de octubre – El día de Victor Sjöstrom

Hoy yo tenía clarísimo cuál era la película que más ganas tenía de ver: The Price of Betrayal (Judaspengar, 1915) de Victor Sjöstrom, uno de los momentos que más esperaba de esta edición del festival, ya que no todos los años se descubre una película considerada perdida de uno de tus directores predilectos. No obstante, es cierto que el destino es caprichoso, y a veces la películas que se recuperan no son necesariamente remarcables, de modo que fui con expectativas medianas. Bien, pues me equivoqué: Judaspengar es un grandísimo filme que a día de hoy añadiría sin dudarlo a mi lista de obras favoritas de 1915 y que confirma cómo ya en esa fecha tan temprana Sjöstrom se vislumbraba como un excelente director y especialmente avanzado para su tiempo. Dado que me gustaría hablar con más calma de este filme, me reservo escribir un post aparte sobre él tan pronto retorne a mi guarida después del festival. Simplemente añadir que el martes fue sin duda el día de Victor Sjöstrom, ya que a continuación pudimos ver en pantalla grande una de sus mayores obras maestras, La Carreta Fantasma (1921) dentro del ciclo Canon Revisited, dedicado a recuperar clásicos de la era muda.

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6 de octubre – Cuando Lotte Reiniger hacía anuncios de Nivea

Las primeras proyecciones del festival siempre se me hacen un poco extrañas. Quiero decir, la ceremonia de inauguración, donde se presenta el evento y se nos da la bienvenida, es el sábado por la noche. De modo que las sesiones que hay ese mismo sábado por la tarde, antes de que se haya inaugurado oficialmente el festival, siempre me han parecido un poco que están en tierra de nadie, pero deben ser tonterías de este Doctor.

Ah, no hay nada como reencontrarse de nuevo con el Teatro Verdi después de un año (su olor, sus butacas demasiado estrechas para la gente de piernas largas, el timbre avisando del inicio de cada sesión…). Me encantan las primeras proyecciones de cine primitivo de Pordenone, cuando uno todavía no se ha habituado al estilo y las convenciones de ese tipo de obras y las recibe con cierta frescura. Con esto no digo que más adelante uno se canse de ver películas mudas (¿qué clase de monstruo se cansaría de ver cine mudo?) sino que tras varios días de empacho silente llega un momento en que uno se acostumbra a los tics y el estilo de estas obras viéndolos casi como algo normal, y no con la fascinación inicial que nos suscita ese tipo de cine y que se hace patente sobre todo en las primeras sesiones a las que uno asiste.

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Para los amantes del cine mudo el lugar donde estar a principios de octubre es en el pueblo italiano de Pordenone, que se convierte durante una semana en la sede de Le Giornate del Cinema Muto, el festival más importante dedicado a este apasionante mundo.

Ésta es ya la quinta vez que el Doctor Caligari acude a este evento (más abajo podrán ver los enlaces a las ediciones de años anteriores), que en esta ocasión presenta una de las selecciones más interesantes de películas que ha visto este Doctor desde que empezó a acudir. Veamos lo que nos ofrecerá:

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Uno de los subgéneros predilectos de los directores de los orígenes del cine era el que mostraba a algún jovencito cometiendo todo tipo de gamberradas que acababan invariablemente derivando en una persecución. Hoy les ofrecemos un ejemplo de uno de los grandes pioneros del cine británico, James Williamson, en el que emplea a su propio hijo como protagonista. Esperamos por su propio bien que el angelito no fuera igual en la vida real…

Las películas que muestran el funcionamiento de Hollywood por dentro siempre han sido un género bastante agradecido a nivel de público – véanse obras tan diversas como Cantando bajo la Lluvia (1952), The Artist (2011) o las dos versiones de Ha Nacido una Estrella – que además se lleva explotando desde la era muda, como se puede ver en la simpática comedia Espejismos (1928) de King Vidor, que ofrece una visión amable sobre los entresijos de la Meca del cine. No obstante, cinco años antes Hollywood necesitaba más que nunca una película como ésa para un lavado de imagen. Los recientes escándalos relacionados con el caso Arbuckle o la célebre muerte de Wallace Reid a causa de sus problemas con las drogas provocaron que Hollywood fuera visto como una especie de Sodoma y Gomorra donde los excesos estaban a la orden del día, dando munición de sobras a todos los lobbies que veían el cine como una influencia perjudicial.

Aquí entró entonces en escena el célebre (en su época al menos) escritor Rupert Hughes, tío de un tal Howard que quizá les sea familiar, que decidió adaptar a la gran pantalla una novela que había escrito bajo el título de Souls for Sale (1923). La película era la clásica historia de una chica humilde (la cual por algún extraño motivo se llama Remember) que llega a Hollywood como una completa desconocida y consigue convertirse en una estrella. Como es de esperar, Remember consigue dos pretendientes que están enamorados de ella pese a su absurdo nombre, un director y un actor que parece modelado a partir de Rodolfo Valentino. Pero, oh desgracia, resulta que ella está ya casada con un hombre al que abandonó en un impulso afortunado, puesto que se trata de una especie de Barbazul que se dedica a matar a sus esposas, y teme que si la verdad sale a la luz el escándalo acabaría con su carrera.

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Cuando se acerca el calor veraniego, este Doctor no puede resistir la tentación de dejar temporalmente la búsqueda de nuevas joyas mudas inéditas para emigrar a climas mediterráneos. Ahí uno puede pasar las tardes refrescándose en la piscina, al igual que otros ilustres colegas suyos de origen germánico como los de la imagen superior mientras charlan sobre las bondades del cine de la República de Weimar o sobre cuál es la nueva moda de colchonetas para el agua este año (Herr Lang me informa que son las que tienen forma de unicornio).

En todo caso, no se preocupen, porque con la llegada del otoño el Doctor Caligari volverá a acudir a la llamada del deber y estará de aquí para ofrecerles nuevas dosis de cine mudo. Les esperamos como cada año a finales de Septiembre.

En los años de la República de Weimar el bergfilm, el género de películas de montaña era considerado de poco interés, básicamente se veía como obras protagonizadas por personajes planos y apoyadas en paisajes. Pero eso no quitaba que gozara un enorme éxito entre el público de la época. Y uno de los espectadores que quedó impactado con este tipo de obras era una bailarina llamada Leni Riefenstahl, que se sintió tan impresionada por uno de esos filmes que se las arregló para contactar con el director del mismo, Arnold Fanck, y ofrecerse a protagonizar su próximo proyecto. Así sin más, teniendo una experiencia nula como actriz. No obstante, Fanck debió ver algo especial en esa joven ambiciosa, porque no sólo decidió contratarla sino que de hecho escribió el guión de su siguiente cinta pensando expresamente en ella. La película sería La Montaña Sagrada (1926), cuyo rodaje sería una pesadilla para la pobre Riefenstahl de la que no obstante logró salir airosa.

El argumento es bastante simple y se centra en el triángulo amoroso entre la bailarina Diotima y dos escaladores enamorados de ella: Vigo y su amigo Karl. Ambos desconocen que están enamorados de la misma mujer, y mientras Diotima corresponde abiertamente a Karl, Vigo piensa erróneamente que él también es correspondido sin sospechar que ella lo ve más como un hermano menor.

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En 1958 una de las grandes películas del año fue sin duda la francesa Mi Tío (Mon Oncle) del cómico Jacques Tati, que recaudó entre muchos otros premios el Oscar a la mejor película de habla no inglesa. Se trataba de una nostálgica obra maestra que rescataba el espíritu del slapstick clásico eficazmente adaptado al cine de aquellos años, de modo que resultaba lógico que en su discurso de agradecimiento Tati rindiera homenaje a los viejos maestros del género que tan claramente le habían influenciado.

A raíz de haber sido el ganador del premio, la Academia le ofreció a Tati en su visita a Hollywood un trato especial y le dieron al director la oportunidad de concederle cualquier petición que tuviera. Y aquí fue donde los miembros de la Academia se llevaron una sorpresa. Porque en circunstancias normales, lo que uno pediría en este caso sería conocer a las estrellas y directores más de moda o acudir a alguna de lujosa fiesta. Pero lo que Tati pidió fue que le presentaran a sus viejos ídolos del slapstick. Una cosa era tenerles en cuenta en su discurso, otra realmente preferir pasar un rato de charla con estos ancianos antes que con Paul Newman.

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Lo que sucede es lo siguiente: un conserje se bebe una botella de crecepelo pensándose que es alcohol y al día siguiente se despierta con el cuerpo cubierto de pelo. ¡Horror! ¿Qué hacer en una situación así? Pues obviamente montar un número de vodevil con su mujer haciéndote pasar por un hombre mono.

Esta es la absurda y divertida premisa de La Vérité sur l’Homme-Singe (1906) de la cineasta Alice Guy, un corto que quizá no acaba de aprovechar del todo el prometedor argumento – que Marco Ferreri exploraría más a fondo medio siglo después en Se Acabó el Negocio (1964) – en parte porque el actor no tiene las virtudes físicas de por ejemplo un Buster Keaton para explotar las posibilidades cómicas de un hombre encarnando a un simio:

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