Éste es uno de esos cortometrajes que apenas precisa de explicación porque su impagable premisa lo dice todo: una mujer lleva a su bebé a una incubadora milagrosa (“12 meses de crecimiento en una hora”, asegura el cartel; por otro lado no se pierdan los otros carteles de fondo que muestran el antes y el después de su uso), pero lo acaba dejando por error más tiempo del indicado… con resultados calamitosos. Uno de esos divertidísimos cortometrajes que muestran lo imaginativo que era el cine de los orígenes.

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Como nuestros lectores más veteranos ya sabrán, una de las tradiciones anuales de este rincón silente es dedicar un post a las mejores películas que se estrenaron justo hace 100 años (abajo del todo tienen los links a ediciones anteriores). Así pues, mientras las webs que siguen la actualidad cinéfila compartirán en unos meses las listas de mejores estrenos del 2019, el ilustre Doctor Caligari en cambio rescatará de sus viejos archivos el top que elaboró en el ya lejano 1919 y que compartió en el cineclub que frecuentaba por entonces las noches que no estaba de juerga en un cabaret en compañía de su inseparable Cesare.

Nos encontramos pues a solo un año del cambio de década decisivo en el que se encuentran la mayor parte de clásicos de la era muda. A causa de ello y de que la finalidad de estas listas no es tanto ser selectivas como dar a conocer títulos, en esta ocasión el Doctor Caligari ha decidido ampliar el Top10 a los 15 mejores filmes de 1919, para no dejar fuera algunas obras también dignas de mención. Pero antes de pasar a la lista, hagamos un repaso a algunos datos importantes sobre 1919 a nivel cinematográfico.

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Por extraño que pueda parecerles a algunos de nuestros lectores, durante la primera mitad de los años 10 Dinamarca fue una de las cinematografías más importantes del mundo, un estatus que desde entonces no ha vuelto a alcanzar. El principal motivo está en que dicho país fue de los primeros en producir de forma masiva largometrajes (o al menos lo que hoy día consideraríamos mediometrajes) y en preocuparse por los aspectos más artísticos de las películas, de modo que si comparamos muchas de las obras producidas allá en esos años con las de otros países notaremos la diferencia.

Y para demostrarlo no hace falta que recurramos a las grandes obras en mayúsculas, ya que podemos comprobarlo incluso en películas menores bien realizadas como El Circo Ambulante (1912) de Alfred Lind. La trama no presenta ningún misterio, combinando un triángulo amoroso con algunos números circenses para atraer al público. A saber: un funambulista de un circo ambulante salva a la hija del alcalde de morir abrasada en una casa en llamas, ambos se enamoran pero la encantadora de serpientes (encaprichada de él) y el padre de ella se oponen al idilio.

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Que Charles Chaplin era un absoluto perfeccionista rozando lo obsesivo no es algo nuevo, como bien atestiguan las crónicas del rodaje de Luces de la Ciudad (1931). Pero que llevara esa mentalidad al extremo de eliminar una de sus escenas favoritas de la película, es algo que puede parecer incluso chocante. Este divertidísimo sketch en que Charlot se pelea absurdamente con un palo atrancado en unas rejas quedó fuera del montaje final aun cuando el propio Chaplin consideraba que era de los mejores gags que había hecho. ¿Por qué? Consideraba que en el conjunto de la película entorpecía el avance del flujo narrativo, y para él era preferible sacrificar una gran escena a mantenerla y que en el global entorpeciera la narrativa. Hay que ser muy bueno para poder permitirse algo así. Otro maestro como Orson Welles diría décadas después una frase perfectamente aplicable al caso que nos atañe: “Un director ha de tener realmente el rigor de saber tirar al cesto sus planos más hermosos (…) Una película se hace tanto con lo que se tira como con lo que se queda“.

Como curiosidad, el extraño personaje de apariencia entre atontada y alucinada que aparece a media escena es Charles Lederer, sobrino de la actriz Marion Davies y futuro guionista de prestigio que escribiría algunos de los mejores guiones de comedia del Hollywood clásico como Un Gran Reportaje (1931) y Luna Nueva (1940). Su pequeña aportación como actor al mundo del cine es sin duda breve pero inolvidable.

Reconozco que mi opinión sobre el debut de Hitchcock, El Jardín de la Alegría (1925), ha sido bastante variable a lo largo de los años. Quizá me influyó la opinión negativa del propio Hitchcock hacia el filme, pero también lo achaco a que la versión que circuló del mismo durante muchos años estaba mutilada. Afortunadamente, los amigos del British Film Institute nos sorprendieron hace poco restaurando la película añadiéndole media hora más (90 minutos en total). Y realmente la diferencia se nota, en su versión completa creo que puedo lanzarme a la piscina y afirmar que, sin ser una gran película, el debut de Hitchcock es una película más que competente.

Lo que más falla es, como sería habitual la mayor parte de su era muda, su argumento tan poco interesante: dos chicas que trabajan como bailarinas en un club nocturno, Jill y Patsy, se hacen amigas. La primera es una inocente chica recién llegada a la gran ciudad cuyo prometido, Hugh, espera casarse con ella en un par de años, cuando haya hecho fortuna en Oriente. Hugh se trae consigo a su amigo Levet, que no le quita ojo a Patsy, y aquí se produce el inevitable conflicto: mientras Hugh está en Oriente, Jill se divierte con un tal Príncipe Iván; por otro lado, después de que se casen Patsy y Levet, este último engañará a su mujer.

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Hoy les proponemos rescatar este simpático cortometraje de Edwin S. Porter con un argumento de lo más sencillo: el dependiente de una zapatería atiende a una bella cliente que va acompañada de su madre y, tras atarle un zapato, no puede evitar permitirse una familiaridad con ella que no será bien vista por la madre en cuestión.

El motivo por el que lo he escogido es el único primer plano que hay en todo el corto: el de las manos del dependiente atando los cordones del zapato. Pero la razón de ser del plano no es eso, sino que ahí vemos el indicio de que la clienta siente un interés especial por ese dependiente. ¿Cómo? Porque vemos como se va subiendo poco a poco la falda dejando al descubierto su pierna hasta la rodilla, solo tapada por una media. ¡Qué atrevimiento! ¿A qué niveles de descaro van a llegar estas jovencitas de hoy día?

La historia del cine está repleta de historias de rodajes que fueron un absoluto caos y en que el mero hecho de que la película en cuestión llegara a terminarse es en sí mismo una victoria al margen de su calidad o su éxito comercial. En la era muda el ejemplo más paradigmático es seguramente el de la adaptación de Ben-Hur (1925) producida por la Metro-Goldwyn-Mayer, que pese a ser uno de los mayores taquillazos de esa época resultó una experiencia agotadora y en algunos casos hasta traumática para muchos de sus participantes. Pónganse cómodos, porque la historia que hay tras este Ben-Hur es larga y repleta de anécdotas.

En el comienzo de todo fue la novela. Luego vino la obra de teatro. Y como los productores de Hollywood vieron que todo eso era exitoso pensaron que sería buena idea hacer una película. ¡Pobres de ellos! El libro en cuestión era Ben-Hur: una Historia de Cristo (1880), que en su momento se convirtió en la novela americana más vendida de la historia hasta que fue superada por Lo que el Viento se Llevó (1936) de Margaret Mitchell, que como sabrán inspiró otra película de rodaje más bien tumultuoso. Pero no nos desviemos del tema: el libro fue obra de Lew Wallace, un personaje de convicciones religiosas muy arraigadas (¡la novela de hecho había sido bendecida ni más ni menos que por el Papa León XII!) que le predisponían en contra de permitir que fuera trasladado al teatro. No obstante, las ofertas económicas que recibió fueron muy tentadoras y al final cedió. La versión de la novela en Broadway fue un éxito apabullante que se representó durante la friolera de 25 años (con el futuro célebre actor de westerns William S. Hart encarnando a Messala en algunas de esas versiones) y el mundo del cine no tardó en expresar interés por comprar los derechos para la gran pantalla. Por entonces Wallace ya había fallecido, pero su hijo tenía las mismas reticencias que su padre. Sin embargo, la historia volvió a repetirse y finalmente se abrió la veda de ofertas astronómicas para conseguir los derechos, que estaban también controlados por el productor de la obra de teatro, Abraham Erlanger, que acabó vendiéndoselos a Samuel Goldwyn por un millón de dólares (una cantidad impensable en esa época) y con la condición de poder dar su aprobación a todos los aspectos de la película.

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Como es de sobras conocido, en los orígenes del cine el simple concepto de “remake” no tenía sentido, puesto que todos los cineastas copiaban libremente las ideas de otros sin que ello tuviera ningún tipo de repercusión legal. En una época en que la distribución y exhibición de películas era un absoluto caos, a menudo eso implicaba que el propio público no supiera (ni le importara) cuál era la “original”. Teniendo en cuenta esas circunstancias, era de lo más normal que un productor decidiera aprovechar alguna película que había sido especialmente exitosa para copiar su idea, como es el caso que nos ocupa hoy.

Vean en primer lugar al inicio del post este divertido cortometraje del gran mago del cine, Georges Méliès, titulado Le Deshabillage Impossible (1900), que utiliza sus célebres trucajes para mostrarnos a un pobre hombre que intenta quitarse la ropa antes de ir a dormir y no lo consigue, porque a cada pieza de ropa que se quita, otra vuelve a aparecérsele mágicamente puesta.

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Realizada en los últimos años de la era muda, Las Ruinas de un Imperio (1929) es uno de esos pequeños clásicos del cine soviético que han emergido no por su importancia histórica o ser obra de uno de los grandes cineastas de la época (el nombre de Fridrikh Ermler difícilmente le será familiar al cinéfilo medio), sino por su innegable calidad.

El protagonista es Filimonov, un exoficial que perdió la memoria durante la I Guerra Mundial al recibir un cañonazo de sus propios superiores por compartir un cigarro amistosamente con un soldado alemán en su puesto de vigilancia. Los años han pasado, la guerra terminó y tras la revolución llega la era socialista. Filimonov mientras tanto trabaja en una estación de ferrocarril totalmente ajeno a lo que ha sucedido. Pero entonces un día reconoce en un tren a su antigua mujer y le vuelve la memoria. Decidido a recuperarla, se embarca hacia San Petersburgo ignorante de todos los cambios que ha sufrido el país.

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Uno de los rasgos más curiosos de la era muda es que en esos años no era nada inhabitual que los actores, incluso los más célebres, corrieran auténticos riesgos rodando sus escenas. Ello era debido en parte a la falta de regulación que existía en aquellos tiempos al respecto y, también es cierto, al genuino entusiasmo que muchos de ellos sentían hacia su profesión, que les llevaba a entender estos riesgos como algo normal, un gaje del oficio para conseguir que la película fuera lo mejor posible.

Un caso paradigmático es el de Gloria Swanson en Macho y Hembra (Male and Female, 1919) de Cecil B. De Mille. La película narraba una historia contemporánea sobre las relaciones de clase, pero siendo De Mille se inventó una excusa para colar un flashback ambientado en la Antigua Babilonia que no viene absolutamente a cuento de nada, pero le sirve para colar unos minutos de fastuosa decoración y vestuario, además de ofrecer un impactante desenlace en que la Swanson era finalmente ofrecida de comida a los leones (pueden verlo en el vídeo de abajo).

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