A veces creo que no somos conscientes de hasta qué punto dentro de ese amplio cajón de sastre que es la «cinefilia» hay infinidad de subgrupos y comunidades con intereses variados que, por tanto, celebran pequeños acontecimientos que al resto les resultarían indiferentes. Lo hemos visto aquí en este pequeño rincón silente cuando he hablado de las pocas novedades que nos ha deparado últimamente este tipo de cine pero que, no obstante, para locos como un servidor eran acontecimientos tan relevantes como el gran estreno del año para el resto de cinéfilos: el descubrimiento del único filme perdido de Jean Epstein o de un corto perdido de Méliès, la tan esperada restauración de Raskolnikow (1923) de Robert Wiene… o, en el caso que nos atañe, la filtración por internet de filmes que sabíamos que existían e incluso habían sido restaurados pero no había forma de dar con ellos.
Esto no es algo exclusivo de los seguidores del cine mudo. El año pasado los fanáticos de Hiroshi Shimizu nos llevamos una enorme alegría a raíz de la filtración en la red de varios largometrajes suyos hasta entonces inaccesibles… ¡y con subtítulos! ¡Y alguno de ellos además resultaba ser una de sus mejores obras!
Todo este preámbulo viene a cuento de que, para un servidor (y sé que no soy el único), una de las grandes noticias cinéfilas del año es que la Cinemathèque Française ha colgado en su web un filme que llevaba décadas queriendo ver: Thaïs (1917) de Anton Giulio Bragaglia, del cual la única copia que circulaba hasta ahora era a tan mala calidad que ni me molesté en visionarla. ¿Por qué tantas expectativas hacia una película que, como veremos, en realidad siendo estrictos no es de una gran calidad? Básicamente eso se debe a dos elementos que le otorgan una importancia histórica enorme: ser el único exponente que se conserva de cine futurista y haberla visto citada varias veces en mis investigaciones sobre cine expresionista como un precedente del movimiento al usar decorados de inspiración vanguardista.










