Posts Tagged ‘John S. Robertson’

No se asusten, ni el Doctor Caligari se ha vuelto loco ni el blog ha sido temporalmente invadido por melenudos hippies. Aquellos de nuestros lectores que sean aficionados al rock clásico seguramente conocerán este tema country-rock de los Byrds, una de las bandas americanas más importantes de los 60. Pero lo que seguramente desconozcan es el origen de la letra de la canción:

Old John Robertson he wore a Stetson hat
People everywhere would laugh behind his back
No one cared to take any time to find out
What he was all about, fear kept them out

Children laughed and played and didn’t know his name
They could tell when he was coming just the same
Walking slow with old John’s crippled wife by his side
Then she sighed, then she died

Magic words from him would charm some children’s ears
But they laughed at him when he hid behind his tears
All in vain was no game for he’d lost an old friend
In the end, in the end

Old John Robertson he wore a Stetson hat
People everywhere would laugh behind his back
No one cared to take any time to find out
What he was all about, fear kept them out

El viejo John Robertson al que hace referencia la letra es ni más ni menos que el director de cine mudo John S. Robertson, al que seguramente conozcan por su adaptación de Dr. Hekyll y Mr Hyde (1920) o por la película Captain Salvation (1927), que fue uno de los descubrimientos más remarcables de la edición del Festival de Pordenone del año pasado. Robertson fue uno de esos directores que gozó de un gran éxito en su época pero que, después de retirarse del cine en 1935 acabó cayendo en el olvido por parte de historiadores y cinéfilos.

Parece ser que el bajista de los Byrds, Chris Hillman, se crió en un pueblo de San Diego cerca de donde Robertson se había instalado con su mujer, la actriz Josephine Lovett, que se retiró del cine en las mismas fechas que su marido. La letra explica cómo los niños de la zona solían hacer burla del anciano señor Robertson por su llamativo aspecto, que daba la imagen de ser alguien salido del viejo oeste con su anticuado sombrero y su vistoso bigote. Por otro lado, la referencia a su mujer lisiada se refiere obviamente a Lovett, hacia la que se sentía muy unido y cuya muerte le dejó muy apenado. No deja de ser curioso que ese personaje desconocido a quien los niños de un pequeño pueblo no tenían más que por un excéntrico anciano hubiera sido años atrás un exitoso director de cine. Pero ya se sabe, en los 60 nadie se acordaba de los cineastas mudos y la juventud ya no respeta nada.

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6 de octubre – Cuando Lotte Reiniger hacía anuncios de Nivea

Las primeras proyecciones del festival siempre se me hacen un poco extrañas. Quiero decir, la ceremonia de inauguración, donde se presenta el evento y se nos da la bienvenida, es el sábado por la noche. De modo que las sesiones que hay ese mismo sábado por la tarde, antes de que se haya inaugurado oficialmente el festival, siempre me han parecido un poco que están en tierra de nadie, pero deben ser tonterías de este Doctor.

Ah, no hay nada como reencontrarse de nuevo con el Teatro Verdi después de un año (su olor, sus butacas demasiado estrechas para la gente de piernas largas, el timbre avisando del inicio de cada sesión…). Me encantan las primeras proyecciones de cine primitivo de Pordenone, cuando uno todavía no se ha habituado al estilo y las convenciones de ese tipo de obras y las recibe con cierta frescura. Con esto no digo que más adelante uno se canse de ver películas mudas (¿qué clase de monstruo se cansaría de ver cine mudo?) sino que tras varios días de empacho silente llega un momento en que uno se acostumbra a los tics y el estilo de estas obras viéndolos casi como algo normal, y no con la fascinación inicial que nos suscita ese tipo de cine y que se hace patente sobre todo en las primeras sesiones a las que uno asiste.

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A medida que esto va llegando a su fin, uno piensa en las cosas que echará de menos del festival, y una de ellas es el público. Porque la ventaja de ser un festival que va dirigido a una audiencia muy concreta es que los habituales que nos congregamos en la sala somos todos amantes del cine, y eso se nota en las proyecciones. La gente no solo aplaude al acabar la película sino también al inicio cuando se menciona el nombre del pianistao. Y aunque es cierto que cuando vemos obras tan antiguas siempre encontraremos algunos detalles, frases o gestos tan anticuados que hacen reír por lo desfasados que han quedado, aquí la gente no se ríe siempre a la mínima (como sí sucede por ejemplo en muchas proyecciones de la Filmoteca), buscando con condescendencia burlarse de esos actores que entendían otra forma de interpretación. Del mismo modo que cuando un actor hacía un gesto excesivamente sobreactuado o el guión tomaba un giro demasiado absurdo a veces nos reíamos, también aplaudimos espontáneamente a Colleen Moore cuando hizo una imitación brillantemente cómica o cuando Douglas Fairbanks consiguió tomar el barco de los piratas.

Aparte de ser un marco excelente para conocer muchas películas difíciles de visionar en otros medios, el festival de Pordenone es un sitio ideal para disfrutar del placer del cine mudo rodeado de gente que, como uno mismo, entiende esos códigos y los aprecia. Y antes de que este viejo Doctor se ponga melancólico, demos paso al final de la crónica.

pordenonecartel

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