Posts Tagged ‘curiosidades’

Este post forma parte de un especial dedicado a Greta Garbo que incluye los siguientes artículos:


Greta Garbo fue en su momento una de las empleadas más valiosas de la Metro-Goldwyn-Mayer pero al mismo tiempo una de las que más quebraderos de cabeza le dio al estudio a nivel contractual. Pese a su juventud e inexperencia, la Garbo fue desde el principio una actriz que tenía claro hacia dónde quería orientar su carrera, y de no haber sido por su tenacidad y por sus constantes luchas seguramente no habría podido protagonizar muchas de las grandes obras que hoy han pervivido como clásicos. Es por eso que la historia de los enfrentamientos de la Garbo con la Metro nos sirven para valorar aún más los logros artísticos de su carrera y para entender cómo lidiaban los grandes estudios con las estrellas de la época.

A diferencia de la mayoría de actrices provenientes del viejo continente, Greta Garbo no entró en Hollywood por su carrera, que hasta entonces solo se reducía a dos papeles importantes en el cine – aunque, eso sí, en dos de las películadas más destacadas de esos años: La Saga de Gösta Berling (1925) y Bajo la Máscara del Placer (1925) – sino como una especie de “pack” que venía con el director sueco Mauritz Stiller, que es a quien la Metro-Goldwyn-Mayer realmente quería. Stiller había realizado algunas de las obras más importantes de esos años, y tras el éxito de su compatriota Victor Sjöstrom en Hollywood la Metro decidió hacerse con el segundo gran nombre del cine sueco. Stiller se interesó por la oferta pero insistió en llevarse consigo a la joven Greta Garbo, a quien él había descubierto y que estaba convencido de que tenía un gran talento por delante. Pese a la inexperiencia de la joven actriz, tras ver una copia de La Saga de Gösta Berling Louis B. Mayer pensó que no era mala idea contratar también a esa joven promesa y aceptó incluirla en el trato.

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Estocolmo, 1920

La Sociedad Cooperativa de Consumidores de Estocolmo decide rodar un corto promocional mostrando varias de las opciones de ocio que ofrecía la capital sueca, una película aparentemente de escaso interés más allá de ese momento y lugar que acabaría pasando a la historia por un plano concreto. En una de sus escenas vemos a un grupo de jovencitas tomando el té en la terraza del Strand Hôtel entre las que se encontraba Greta Gustaffson, una jovencita de 15 años que por entonces trabajaba como dependienta en unos grandes almacenes.

Y por una de esas casualidades que jamás nos creeríamos si la encontráramos en una película de ficción, la cámara realiza una panorámica hasta mostrarnos el ocupante de la mesa de al lado, que era ni más ni menos que Lars Hanson, uno de los actores más populares de Suecia. En solo dos años, esa desconocida Gustaffson (que ya se habría cambiado de apellido por el de “Garbo”) estaría protagonizando junto a Hanson La Saga de Gösta Berling (1924) dirigida por uno de los directores más importantes del país, Mauritz Stiller; y en seis años los dos actores estarían trabajando en Hollywood coincidiendo juntos en otros filmes. Pero en esa mañana de 1920 poco podía imaginar esa desconocida dependienta que en tan poco tiempo su destino tendría tanto en común con el del prestigioso ocupante de la mesa de al lado.

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Ben Turpin es uno de los cómicos más icónicos del cine slapstick por un rasgo físico muy concreto que salta a primera vista: sus ojos bizcos. No obstante uno se formula inevitablemente la pregunta: ¿era Ben Turpin bizco de verdad o formaba parte del papel?

Indagando un poco he descubierto que en realidad no nació bizco, y de hecho se puede verificar con algunas de las pocas fotografías que existen de él de joven (como la que hay más abajo) o las que comparte en este blog el autor de su biografía. Resulta pues innegable que la bizquera de Turpin surgió como un recurso humorístico que le distinguiera de otros actores cómicos. Pero entonces, ¿por qué no existen fotografías de él de su época como actor de slapstick sin bizquear? Incluso Buster Keaton, que cuando veía una cámara se quedaba serio para mantenerse en su personaje en todo momento, tiene algunas imágenes en que se le ve riendo, después de todo no es posible mantenerse siempre en personaje o evitar que te hagan una fotografía relajado en el ámbito personal.

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Como ya sabrán nuestros lectores más antiguos uno de los nombres que más nos gusta reivindicar en este humilde rincón dedicado al cine mudo es el del gran cineasta francés Maurice Tourneur, terriblemente olvidado desde hace décadas pese a ser uno de los creadores más importantes de la era silente además de ser el orgulloso ganador de la primera lista que hicimos de películas que cumplían 100 años el 2014. De cara a revalorizar su figura y darle a conocer como se merece, hemos pensado hacer este post con diez curiosidades sobre su vida y obra que esperemos que les motiven a profundizar en su cine y a apreciar aún más a este director esencial.

1) Su verdadero apellido no era Tourneur

Aunque se llamaba Maurice Thomas, éste decidió cambiar su apellido a Tourneur en sus inicios como actor de teatro, seguramente porque “Thomas” era demasiado vulgar como para que le ayudara a darse a conocer, pero también para romper el vínculo con su padre, con quien tuvo muy mala relación. Al final su carrera como actor no fue especialmente destacada pero le permitió viajar por todo el mundo (incluyendo Sudamérica) y conocer al director André Antoine, que sería el que le introduciría en el mundo del cine.

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No estábamos haciendo un filme. Estábamos viviendo un drama, el de Juana, y fuimos enviados para salvarla“. Ralph Holm (asistente de Dreyer)

La Pasión de Juana de Arco (1928) es sin ningún lugar a dudas una de las obras más míticas de la era muda, uno de esos filmes como Nosferatu (1922) o El Acorazado Potemkin (1925) que se han convertido por sí mismos en iconos del cine de los años 20. No es por tanto tarea fácil desgranar una obra tan legendaria y de la que se ha escrito tanto, pero este Doctor se propone hacerle justicia como Dios manda en un especial dividido en dos partes, la primera de las cuales se centra en su complejo rodaje y todas las desventuras que sufrió el filme una vez finalizado.

El mito alrededor del filme

Hay películas que han pasado a la historia no solo por su calidad, sino también por el halo mítico que las rodea y las leyendas que han generado. Con esto no estoy infravalorando ni mucho menos su valor como películas, sino resaltando que en el imaginario cinéfilo han llegado a ser “algo más” que obras maestras, y que suscitan fascinación no solo por su contenido sino por lo que rodeó al filme en sí. Me refiero por ejemplo a todos los mitos que rodearon a El Gabinete del Doctor Caligari (1920) – que ya traté en este post – o a Nosferatu (1922) – los símbolos ocultos que hay en la película, lo problemático de los derechos del filme y la leyenda alrededor del actor protagonista, que tiempo atrás oí decir en más de una ocasión que era un tipo misterioso e inquietante (¿quizá un vampiro de verdad?) cuando en realidad era un actor teatral.

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Hoy les ofrecemos una película histórica: Momijigari (1899), el filme de ficción más antiguo que se conserva filmado en Japón y que pueden visionar entero aquí (la versión que circula por Youtube es más corta). Si tenemos en cuenta el bajísimo ratio de supervivencia de la producción cinematográfica japonesa antes de la II Guerra Mundial  debemos sentirnos privilegiados de que algunas como ésta hayan conseguido sobrevivir milagrosamente hasta nuestros días, ya que apenas se conserva material fílmico realizado en la Era Meiji (1868-1912).

Momijigari es una de las primeras películas de ficción que se filmaron en el país, consistentes a menudo de fragmentos de famosas obras de teatro. Este caso no es una excepción, lo que vemos son dos trozos de la obra kabuki Momijigari interpretados por dos de los más grandes actores de la época: Ichikawa Danjuro IX y Onoe Kikugoro V. Y no se piensen que la idea le hacía mucha gracia al veterano Danjuro de 60 años. Como muchos artistas reputados de la época, pensaba que ese invento del cine (llegado a Japón hacía solo dos años) era una burda forma de entretenimiento y no quería tener nada que ver con él, pero finalmente le convencieron con el argumento irrebatible de que una grabación suya podría servir para hacerle pasar a la posteridad (el mismo argumento con el que años después se convencería a otros actores de prestigio como Sarah Bernhardt). Así pues, consintió en filmar dos escenas de la obra kabuki que estaba representando a condición de que no se hicieran públicas hasta después de su muerte, para evitar que esta grabación pudiera hacerle la competencia a sus propias actuaciones.

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En 1926 se estrenó en Berlín Misterios de un Alma (Geheimnisse einer Seele) de G.W. Pabst, la primera película de la historia en tratar el tema del psicoanálisis. El filme fue un éxito de público y crítica que se convirtió enseguida en un clásico del cine mudo alemán. Pero hay una pregunta que resulta inevitable hacerse: ¿qué pensaba al respecto Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis? ¿Él también compartía el entusiasmo hacia ese filme?

El proyecto nació tiempo atrás cuando la UFA tuvo la idea de hacer una película que explicara al gran público la teoría del psicoanálisis, que en aquellos momentos estaba teniendo cada vez más renombre, y por ello pensaron que sería buena idea involucrar a Freud en el proyecto para darle más prestigio. Desafortunadamente el gran hombre no estaba muy por la labor. Como muchos otros intelectuales y científicos de la época, Freud consideraba el cine como una especie de sofisticado espectáculo de feria, aun cuando en 1925 ya se estaba empezando a erigir como una forma de arte por derecho propio. De hecho antes de que la UFA le contactara ya le había llegado una oferta de Hollywood, más concretamente de Samuel Goldwyn, ofreciéndole una generosa suma para que colaborara en un filme sobre los grandes amores de la historia aportando sus conocimientos científicos sobre las pulsiones erotico-amorosas. Freud rechazó la oferta.

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Como seguramente ya sabrán, el ambicioso director Cecil B. De Mille no era alguien que hiciera las cosas a medias. Y cuando decidió realizar su adaptación de la vida de Cristo se tomó el proyecto muy en serio, incluso para sus estándares. Su mayor preocupación de cara a lo que acabaría siendo El Rey de Reyes (1927) era mantener lo máximo posible la pureza y la santidad en lo que respecta a la figura de Jesucristo. Por ello a la hora de escoger al actor que lo encarnaría tomó la extraña decisión de decantarse por H.B. Warner, quien no solo era demasiado mayor para el papel (¡50 años!) sino que en aquella época había caído en el olvido, ya que su momento de popularidad fue a finales de los años 10. Lo que pretendía De Mille era darle el papel a un actor que el público no conociera, es decir, cuyo rostro no pudieran asociar a otras películas para que resultara más auténtico como Jesucristo (de ahí el escoger un actor olvidado); pero al mismo tiempo no quería dárselo a un actor carente de experiencia (de ahí el escoger un veterano que tenía más años de los que Jesucristo llegó a cumplir).

Pero eso no fue todo: De Mille estaba tan sumamente preocupado porque su película fuera lo más respetuosa posible y que no ofendiera a nadie que puso a todos los miembros del reparto la condición de que, cuando estuvieran caracterizados como sus personajes, se comportaran siempre de forma ejemplar y no hicieran nada que pudiera “estropear” el efecto, incluso aunque no estuvieran filmando. De Mille argumentaba que todos los ojos estarían puestos en una producción tan grande y con una temática tan especial como ésta, y que si por un casual uno de los actores se sentaba en un descanso a fumar un cigarro entre tomas y alguien le hacía una fotografía, ésta podría difundirse y ofender potencialmente al público y quitarle seriedad al filme.

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Nuestros lectores más veteranos que pertenezcan a la generación del Doctor Caligari sin duda tendrán la sensación de que la pandemia que estamos viviendo últimamente les resulta familiar. Y es que aquellos de nosotros que ya estábamos activos en la era muda aún recordamos la que fue una de las pandemias más devastadoras de la era contemporánea: la gripe española, que entre 1918 y 1920 llegó a infectar a 500 millones de personas (una cuarta parte de la población mundial) y que mató entre 17 y 50 millones de personas, cobrándose más víctimas que la I Guerra Mundial. No es la intención de este Doctor despertar dolorosos recuerdos entre aquellos de nuestros lectores más ancianos, pero sí que le ha parecido interesante dedicar un post para relatar cómo afectó al mundo de Hollywood, ya que quizá encuentren algunos interesantes paralelismos a la situación actual aunque (por suerte) la pandemia que estamos sufriendo hoy día no sea tan devastadora.

De entrada quizá convendría contextualizar un poco. Pese a su nombre, la gripe española no tuvo su origen en España. En realidad se la bautizó así por un motivo de lo más curioso: cuando empezó a causar muertes de forma masiva muchos países se hallaban enfrascados en la I Guerra Mundial y, para no bajar más aún la moral de una población de por sí hundida tras tantos años de muertes y atrocidades en las trincheras, se escondió al gran público los efectos devastadores que estaba teniendo esa enfermedad. España no tenía motivos para esconder dicha noticia, ya que era un país neutral en dicha contienda, y por tanto la prensa del país se hizo especial eco de lo que estaba sucediendo, sobre todo cuando el rey Alfonso XIII contrajo también la enfermedad. Eso dio la impresión en el exterior de que la enfermedad había empezado a cobrar fuerza sobre todo en dicho país, lo cual provocó que se la bautizara popularmente con ese nombre.

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En la era muda cuando, por muy increíble que les pueda parecer, no existía la posproducción digital por ordenador, la calidad de unos buenos efectos especiales dependía de la imaginación del cineasta y la pericia de su equipo técnico. Eso quería decir que los efectos especiales más destacados no venían necesariamente de aquellas producciones que tuvieran más medios, y que por tanto conseguir un efecto sorprendente era un motivo de orgullo, porque demostraba la capacidad de inventiva y los conocimientos técnicos de sus creadores.

Uno de los países que más destacó en ese campo fue Alemania, quien en los años 20 se llevó la fama de ser uno de los países más avanzados técnicamente del mundo. En 1921 una joven promesa de apenas 30 años llamada Fritz Lang deslumbró con su brillante trabajo de dirección en la película de episodios Las Tres Luces (1921). (más…)

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