La sonrisa de Buster Keaton

He decidido escribir este post como coda al especial dedicado a la primera etapa sonora de Buster Keaton por un motivo tan tonto como el que sigue: me sabía mal acabar un especial sobre uno de mis artistas favoritos y que más admiro de una forma tan anticlimática, esto es, hablando de sus flojos cortometrajes sonoros. Por ello decidí hacer este pequeño post-epílogo que es en cierto manera un homenaje a este grandísimo cómico y artista.

Como todos sabemos, el rasgo característico de Buster Keaton por excelencia es que nunca reía en sus películas. Él mismo define en sus memorias su rostro inexpresivo como «su marca de fabrica» y también explica cómo fue algo que surgió espontáneamente siendo un niño en sus actuaciones en el mundo del vodevil con sus padres. El número que protagonizaba consistía sobre todo en algo tan burdo como su padre haciéndole todo tipo de perrerías como lanzarle por el escenario. Aunque podía parecer que estaba maltratando a su hijo, este en realidad jamás se hacía daño porque aprendió instintivamente a caer bien, y de hecho en algunas ocasiones se reía de lo mucho que se estaba divirtiendo. Pero entonces se dio cuenta de que al público le parecía menos divertido su espectáculo si veía que él también reía. Es un principio básico del humor: necesitamos creer que el cómico está haciendo o sufriendo algo en serio, si se nos desvela que se está divirtiendo como nosotros, dejamos de creernos lo que estamos viendo, se hace obvio que es todo una representación y resulta menos gracioso. A partir de entonces el pequeño Buster tomaría la costumbre de mantener siempre su rostro inexpresivo mientras actuaba.

Una imagen promocional de «The Three Keatons» con un sonriente Buster a la izquierda.

Esto en si mismo no es nada llamativo, muchos artistas tienen un rasgo especial que sirve como marca personal. Pero hay algo que hace que el caso de Keaton sea tan especial, y es que mantuvo esta característica incluso fuera de los escenarios y las cámaras. Si hubiéramos tenido a nuestro alcance multitud de fotografías y grabaciones de Keaton riendo, el famoso rostro «cara de palo» no nos resultaría tan significativo, entenderíamos que es la «máscara» que se pone cuando actuaba y que fuera del escenario volvía a ser él mismo. Pero Keaton decidió mantener esa ilusión siempre de cara a su público.

Como explica la gente que le conocía, Keaton no era para nada alguien serio o inexpresivo. Al contrario, le gustaba mucho reír, son conocidas sus bromas en los rodajes y era muy sociable. Pero tan pronto veía una cámara, su rostro se transformaba y se volvía serio con una rapidez asombrosa. No obstante, al no tener la mayoría de mortales acceso al Buster Keaton «normal», la gran mayoría de imágenes que nos han llegado de él son las del rostro cara de palo. Eso ha hecho que esa ilusión sea tan potente y fascinante, porque se ha mantenido con una increíble coherencia incluso fuera del escenario o los sets de rodaje.

Buster Keaton en el día de su boda con Eleanor Norris en 1940. Keaton tenía motivos para sonreír, ya que su tercer matrimonio sería el más largo y feliz de todos.

Hay que tener en cuenta que en la era muda el público no siempre hacía la distinción entre el actor y los personajes que solía encarnar. Tal es así que por ejemplo la vampiresa Theda Bara era mirada con miedo o repugnancia en sitios públicos, como si esa mujer fuera la misma devora-hombres y destroza-hogares que aparecía en las películas. Keaton entró en ese juego decidiendo que el gran público no debía verle sonreír jamás, en absoluta coherencia con su personaje. Esto puede parecer una imposición agotadora, que implica estar siempre en guardia, pero debemos tener en cuenta que fue una decisión del propio Keaton y que la mantuvo incluso cuando su carrera estaba en su peor momento. Era, como hemos citado antes, su «marca de fábrica». Y, no lo olvidemos, Buster Keaton era un fanático de su trabajo. De hecho vivía para trabajar como cómico. El tener que estar siempre alerta en ese aspecto para mantener la coherencia con su personaje no creo que fuera algo que viera con amargura sino como el precio a pagar por haber creado un personaje tan icónico.

Yo aún recuerdo cómo en los primeros tiempos de internet una de las cosas que busqué incansablemente como fanático suyo eran imágenes de él riendo. ¿Existían? Por supuesto que sí, y cuando se difundieron masivamente sus primeros cortos en el cine pudimos contemplar multitud de ejemplos de él riendo. Pero hasta que eso sucedió la idea de ver a Buster Keaton riendo era algo que se hacía extraño, porque todas las imágenes suyas que encontraba, incluso aquellas en que se le veía envejecido, le mostraban con ese rostro impávido. Es por eso que una de las primeras películas que bajé de internet fue El Rey de los Campos Elíseos (Le Roi des Champs-Élysées, 1934), ya que contenía una escena final en que Buster sonreía, y eso era algo que merecía verse al margen de la calidad del filme. No obstante, si profundizamos un poco más veremos cómo este rasgo, que parece anecdótico, tiene mucha más miga de la que parece.

Hoy día no es nada difícil conseguir imágenes de Buster riendo, y de hecho la finalidad de este post no es recopilarlas porque es algo que ya se ha hecho muy bien en otros sitios. La gran mayoría de estas imágenes de Keaton riendo pertenecen a los primeros cortometrajes que realizó en el cine bajo las órdenes de Roscoe Arbuckle, y hay un hecho esencial relacionado con esto que me sorprende que no se comente más. Keaton adquirió su rostro inexpresivo desde pequeño trabajando en el vodevil, pero cuando entró en el cine con Arbuckle no utilizó esa «marca de fábrica». Y una cosa que uno aprende viendo los cortos con Arbuckle es que el futuro rasgo característico de Keaton no es tanto que no ría como que sea inexpresivo. Porque hay momentos en que pone expresiones diferentes a la risa (por ejemplo, enfado o consternación) que también nos resultan chocantes porque no estamos acostumbrados a verlas. Fíjense en este gran matiz: en sus futuros cortos y largometrajes Keaton lograría expresar sus emociones siendo inexpresivo, por contradictorio que parezca, y eso dice muchísimo de sus infravaloradas dotes de actor.

Pero volvamos a esos cortos con Arbuckle. El hecho de que en ellos actuara de forma expresiva o natural solo puede significar dos cosas. La primera es que Keaton entendía que estaba trabajando como actor en genérico para Arbuckle y que, por tanto, su rasgo característico inexpresivo estaba fuera de lugar, porque entendía que su función era interpretar a otros personajes cumpliendo las necesidades de guion, no seguir manteniendo su cara de palo, es decir, fomentar «su marca de fábrica». La segunda es que simplemente en ese punto de su carrera no estuviera pensando en mantener ese recurso de cara de palo y prefiriera tantear otro tipo de personajes más variados. Yo me inclino más por la primera hipótesis, sobre todo porque luego volvió a recuperar su rostro inexpresivo y porque, conociendo a Keaton, estoy seguro de que era tan modesto que pensó que estaba fuera de lugar pedir a su nuevo jefe que le dejara mantener su «marca de fábrica» cuando le estaba haciendo el favor de hacerle un hueco en sus cortos y enseñarle cómo funcionaba este medio.


Escena de Good Night Nurse (1918) en que podemos ver a Keaton mostrando una expresividad que luego sería rara en él, más allá de su famosa norma de no sonreír nunca.

Esta peculiaridad y sus posibles causas me parece algo tan crucial para entender el Keaton de esa época que me sorprende que no se haya escrito más al respecto, o al menos yo no me he encontrado con textos comentando la posible explicación de esta «incoherencia» temporal con su premisa de permanecer siempre serio. Echando un vistazo a sus cortos con Arbuckle yo diría que empieza a mostrarse algo más inexpresivo a partir de The Cook (septiembre de 1918), donde apenas sonríe, si bien aún mantiene algo de expresividad. Es cierto que ya en Out West (enero de 1918) mantenía una pose seria pero creo que respondía más al personaje que encarnaba, ya que en los tres cortos posteriores le veremos riendo de nuevo. Ese fue su último trabajo antes de alistarse al ejército por la I Guerra mundial. Ya en los tres cortometrajes que realizó con Arbuckle al volver se seguiría manteniendo esa pose inexpresiva salvo excepciones puntuales (en The Hayseed (septiembre de 1919) hay un momento en que llora).

Entonces la pregunta que nos hacemos es: ¿qué sucedió entre Good Night, Nurse! (julio de 1918), donde hace el payaso y es muy abiertamente expresivo y The Cook (septiembre de 1918), donde empieza a contener sus expresiones? ¿De quién fue la sugerencia/idea de que volviera a su pose inexpresiva? ¿Por qué se decidió rescatarla? En esos últimos cortos Keaton ya no era un secundario sino que tenía un protagonismo casi parejo al de Arbuckle, por tanto quizá ese paso se debía a una voluntad de lanzar a Keaton como cómico cinematográfico. Al no ser ya un mero secundario más sino un cómico con entidad propia quizá se consideró buena idea que volviera a ese personaje o pose que le había hecho célebre en los escenarios. Pero todo esto son suposiciones.

La carcajada más sonora que Keaton jamás mostró en una película se encuentra en el corto Coney Island (1917)

A partir de aquí Keaton se mantendría inexpresivo durante el resto de su carrera y convertiría eso en su rasgo por excelencia, llegando incluso a hacer bromas al respecto. En el western paródico The Frozen North (1922) hay un momento en que un pistolero le obliga a sonreír a punta de pistola. El gag está en que si le obedece, romperá con su personaje, pero si no lo hace, le disparará. Como única escapatoria, Keaton estira sus labios usando los dedos formando una falsa sonrisa.

Obviamente, fueron muchos los que quisieron explotar ese rasgo suyo en su beneficio teniendo una película que pudiera venderse de una forma similar al famoso «Garbo ríe» de Ninotchka (1939), es decir, con el aliciente de mostrar a Keaton rompiendo su propio personaje y sonriendo ante la cámara. Charles Reisner le convenció para que sonriera al final de El Héroe del Río (Steamboat Bill Jr., 1928) pero, según Keaton, al público no le gustó y se eliminó ese plano del final. Aparentemente la Metro también le quiso obligar a sonreír al final de alguna de sus películas como El Cameraman (The Cameraman, 1929), pero de nuevo el cómico se salió con la suya.

Tristemente se consiguió que Keaton rompiera esa norma aprovechándose de su momento más bajo. Cuando fue a Francia a filmar El Rey de los Campos Elíseos, el contrato especificaba que Keaton estaba obligado a sonreír en un plano de la película. En ese momento, recién declarado en bancarrota y sin apenas ofertas para protagonizar otros largometrajes, ya no tenía poder ni fuerzas para negarse. De modo que en una triste ironía del destino, el único largometraje suyo en que le vemos sonriendo es en uno que hizo en la peor época de su vida y forzado por las circunstancias. Ni que decir tiene que ese gancho publicitario no sirvió para evitar que el filme pasara más o menos desapercibido.

En los años venideros, cuando fue redescubierto en su época de vejez, ocasionalmente se le puede ver dejar escapar alguna sonrisa en entrevistas en que bajaba un poco la guardia o en que no estaba muy por la labor de ser estricto manteniendo el personaje. Pero aun así hasta el final intentó de forma estricta ser fiel a ese rostro inexpresivo. Cuando vio que en el documental sobre el rodaje de The Railrodder (1965), Buster Keaton Rides Again (1965), salían algunas imágenes suyas riendo, se enfadó porque no quería que el público las viera. Pese a esas pequeñas excepciones, lo consiguió y falleció siendo todavía para el gran público el genial cómico de rostro impasible.

Sirva este artículo como homenaje a uno de los cómicos que más nos ha hecho reír y que, paradójicamente, menos ha querido mostrar al mundo su risa, reservándola solo para unos pocos que pudieron disfrutar del privilegio de ver la sonrisa de Buster Keaton.


Dos escenas de Buster Keaton Rides Again en que podemos disfrutar del raro privilegio de verle sonreír en público.

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