Todo menos Georgia: Chaplin y los rótulos de La Quimera del Oro (1925)

Hay muchos motivos por los cuales Charles Chaplin es uno de los más grandes directores de la historia, pero creo que uno de los principales es su elegancia, el conseguir que recursos o ideas que le llevaron días o incluso semanas de trabajo hasta refinarlas parezcan sencillas e incluso engañosamente obvias en la pantalla (recordemos cómo necesitó semanas para pensar en la mejor forma de hacer que el vagabundo y la florista de Luces de la Ciudad se conocieran, un momento que en la película se resuelve tan limpiamente que apenas le damos importancia). Chaplin es el gran padre de todos esos cineastas que abogaban por un estilo de realización invisible, que no se notara que había un artista detrás de la película, la antitesis del exhibicionismo. Hoy se me ha ocurrido reflejar eso simplemente con un pequeño detalle de una de sus grandes obras: La Quimera del Oro (The Gold Rush, 1925) y la forma como utilizó los rótulos para presentar al personaje de Georgia.

De entrada hay que recordar que durante un periodo de la era muda era una práctica frecuente añadir dibujos en los rótulos de las películas de cierto nivel, como una forma de embellecerlas más. El dibujo tenía que encajar con lo que explicaba el rótulo y el tono de la escena. Alguien a quien le gustaba mucho usar este recurso era Harold Lloyd:

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Le Giornate del Cinema Muto de Pordenone 2026 (IV)

Imagen: Valerio Greco

8 de octubre – Florencia, ciudad de pecado

Nadie puede negar que este jueves ha habido un nivel muy alto en el festival. Pero también es cierto que ha sido un jueves con mucha tragedia. No en vano el filme más anunciado ese día era Pest in Florenz (1919) de Otto Ripert con guion de Fritz Lang. Pocas películas hablan tan bien del clima de pesimismo y desastre absoluto que se vivía en la Alemania de posguerra como esta. Una obra desesperanzada que se recrea en esa Florencia decadente del siglo XIV, liderada por una cortesana que logra quitar el poder a los estamentos religiosos y lleva a la ciudad a abocarse a una bacanal sin fin. Incluso un ermitaño que intenta reformarla sucumbe a sus encantos. Solo la llegada de una plaga de peste acabará con este panorama matando a toda la población.

Hay dos aspectos que hacen que Pest in Florenz tenga un interés especial. El primero es un guion donde Lang condena a la humanidad pero no nos ofrece ningún contrapunto esperanzador. Los estamentos religiosos, que son los que abogan por la moralidad, son crueles y tiránicos, no dudando en torturar a la cortesana que afirma que solo tiene como religión «el amor». Y por lo demás la población se nos muestra como gente desbocada y decadente sin ningún tipo de principios. Aun ambientada en un tiempo pasado, la idea de que el ser humano está condenado sobrevuela la cinta, y en el contexto del trauma de posguerra en que se realizó la película, es muy significativo.

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Le Giornate del Cinema Muto de Pordenone 2026 (III)

6 de octubre – El cowboy con el biberón

La sesión de Griffith destinada a darnos las vitaminas necesarias para afrontar el día nos ofreció un par de cortos hechos con los recursos mínimos: uno o dos decorados para historias de apenas 10 minutos pero que funcionan muy bien y no se hacen pesadas o estáticas, demostrando que un buen trabajo de realización implica también cuidar la escenografía y saber dirigir a los actores para controlar sus movimientos. Un contraste muy interesante respecto al hallazgo que siempre se suele citar de Griffith, que es el montaje, y que nos demuestra lo bueno que era en otras facetas como cineasta.

The Wooden Leg (1909) es un corto cómico que parte de una premisa que luego reutilizaría el genial Charley Chase, en que un compromiso de boda se interrumpe al hacer creer al pretendiente que la novia tiene una pierna de madera (aún me pregunto cuál sería el problema exactamente, ¿esperarían que los hijos nacieran también con una pata de palo?). The Prussian Spy (1909) ofrece una pequeña escena de suspense con solo dos escenarios, en que una joven oculta a un espía en un armario e intenta que su criada lo salve antes de que lo descubran.

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Le Giornate del Cinema Muto de Pordenone 2026 (II)

4 de octubre – Bailarinas polacas y granjeras alemanas llevando a hombres a la perdición

Algo que me gusta de las Giornate del Cinema Muto de Pordenone es que tiene cabida todo tipo de películas mientras sean silentes. De hecho, es frecuente que antes de la proyección de un largometraje se pasen algunos cortos de temáticas y estilos de lo más variopintos, o incluso sesiones que consisten en recopilar filmes muy diferentes que tienen un punto en común. Suele ser buena idea leer sobre esos cortos antes de verlos porque algunos de ellos no se pueden apreciar o incluso entender sin saber su contexto. Pero algunas veces me gusta entrar en la sala a ciegas por el puro placer de dejarme sorprender e ir con la mente abierta a que me pueda encontrar cualquier cosa. Y así es como uno en un día normal en Pordenone uno acaba viendo un anuncio de moda animado, filmaciones hechas desde trenes elevados, grabaciones científicas y fragmentos de una película perdida de Murnau.

Mi primer día del festival estuvo dominado por las presencias femeninas empezando por Pola Negri con los 20 minutos que se conservan de Die Marchesa d’Armiani (1920) de Alfred Halm, perteneciente a su etapa alemana. La actriz polaca domina por completo con su presencia este drama en que se venga del hombre que la llevó a la perdición. Hay un plano que me encanta en que Negri recuerda las circunstancias que le llevaron a su situación actual. Se la ve a ella rodeada de su madre y el hombre con el que le obliga a casarse sobre un fondo negro abstracto, como dando a entender más la idea que un momento real. Y al poco rato el resto del contexto se materializa y se empieza a narrar el flashback propiamente dicho. Es el tipo de detalles ingeniosos y tan visuales que uno puede encontrar en filmes mudos de la época no especialmente brillantes pero sí filmados por un director competente y con buenas ideas.

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Le Giornate del Cinema Muto de Pordenone 2026 (I)

Queridos lectores, como seguramente recordarán algunos de ustedes, el Doctor Caligari no pudo asistir a las Giornate del Cinema Muto de Pordenone del año pasado. Desde el festival, desolados por mi ausencia, decidieron asegurarse de que no faltaría a la edición del 2026. Y para ello han decidido utilizar como anzuelo una serie de ciclos a los que sabían que este Doctor no podría resistirse:

  • Sabiendo que el cine alemán mudo es una de mis debilidades, este año tendremos una serie de películas de la República de Weimar realizadas en el breve periodo de tiempo en que la falta de control y censura permitieron tratar temas polémicos y tabú.
  • Como el cine japonés es uno de mis predilectos, el festival ha decidido asegurarse la presencia de este Doctor con un ciclo de filmes nipones narrados además por benshis.
  • Y teniendo conocimiento de que un servidor lleva ya un tiempo oculto en España, se ofrecerá además un ciclo de películas españolas desde los inicios hasta 1919.

Pero esto no es todo, ¡hay más!

  • El director al que se reivindicará en esta edición es Marshall Neilan, al que asociamos sobre todo a sus filmes con Mary Pickford pero del que esperamos saber más.
  • Por otro lado el intérprete estrella de esta edición será la actriz italiana Almirante Manzini.
  • Y, por supuesto, habrá cine de los orígenes, vanguardias, restauraciones y muchas sorpresas más.

¡Estén atentos porque este año promete ser muy interesante!



¿Van a asistir al festival por primera vez? Echen un vistazo a mi Manual de supervivencia para novatos.

¿Tendrán que quedarse en casa? Quizá les interese seguir la versión online de pago, que incluye una selección de algunas de las películas que veremos en Pordenone.


Consulten las ediciones de otros años aquí.

Las XXIV Jornadas de Cine Mudo de Uncastillo «Ino Alcubierre» 2026

Es una sensación realmente particular el pasearse por un pequeño pueblo de Zaragoza y de vez en cuando oír retazos de conversaciones entre sus habitantes en los que se pronuncian frases como «¿Fuiste anoche al cine mudo?» o «¿Cómo estuvo la película muda de la tarde?«. En un mundo en que las conversaciones casuales versan casi siempre sobre la última serie de moda, uno tiene la sensación de haber acabado por accidente en una especie de universo paralelo donde la gente sigue viendo cine mudo con toda naturalidad. Pero en realidad hay una explicación mucho más sencilla, y es que me encuentro en las XXIV Jornadas de Cine Mudo de UnCastillo «Ino Alcubierre».

El gran tema de esta edición han sido las odiseas espaciales, ideado a raíz del famoso eclipse solar que tendrá lugar el 12 de agosto de este año, y que vino acompañado de la exposición «Pasajeros del cosmos. Del Viaje a la Luna de Méliès al Solaris de Tarkovski: 70 años de odiseas espaciales en el cine». Tal y como indica su título es una exposición que recopilaba carteles e imágenes de 21 películas de ciencia ficción junto a textos explicativos, y que fue concebida por el periodista Antonio García Rayo. De hecho, la influencia del futuro eclipse sobre el certamen fue tan grande que, saliéndose un poco del programa, incluyó también el espectáculo teatral «Eclipse: un escondite cósmico» de Oswaldo Felipe, que combinaba explicaciones distendidas sobre el funcionamiento del universo con fotografías propias e indicaciones útiles de cara a cómo disfrutar del eclipse. Fue un ameno paréntesis entre tanto cine mudo que, además, nos sirvió para recordar lo absolutamente insignificantes que somos en el conjunto del universo… ¡incluso los genios del mal como un servidor!

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Música en el cine mudo (II): bandas sonoras e improvisaciones

   

En nuestro anterior artículo les hablamos sobre la música en la era muda, centrándonos en el falso mito de que todas las proyecciones de películas silentes tenían acompañamiento musical y en las condiciones laborales de algunos de estos músicos. En esta segunda parte nos centraremos más en el contenido, es decir, en la música que se interpretaba cuando empezó a haber un cierto interés en que ésta fuera coordinada con lo que se veía en la pantalla – recordemos lo que ya expliqué en la primera parte: en los inicios era habitual que los músicos tocaran un poco lo que les viniera en gana. Como preámbulo decir que había varias posibilidades: en el peor de los casos los músicos tenían que improvisar totalmente, en el mejor escenario existía una banda sonora compuesta previamente y se les hacía llegar, y en un término medio los intérpretes no dispondrían de dicha banda sonora pero tendrían tiempo de ver la película previamente para prepararse un poco. Como supondrán, en los cines más sencillos la opción más habitual era la primera, pero vayamos por partes.

Uno de los primeros ejemplos que se conocen de bandas sonoras compuestas para un filme mudo es una partitura para piano del compositor inglés Ezra Read para Viaje a la Luna (Voyage dans la Lune, 1902) de Georges Méliès, en que iba siguiendo la historia escena a escena adaptando por tanto la música a lo que sucedía en cada momento. No obstante, es incierto si eso fue un encargo del propio mago del cine o simplemente un divertimento que se le ocurrió a Read para acompañar algunas proyecciones de la película. El primer ejemplo que se conoce con seguridad de banda sonora compuesta expresamente para una película desde la misma concepción del filme es la de Nathaniel D. Mann para The Fairylogue and Radio-Plays (1908) de Francis Boggs y Otis Turner. Este era un curioso experimento en que se intentó traer los personajes de El Mago de Oz de Frank Baum a la gran pantalla mezclando imágenes filmadas, actores en vivo y linterna mágica. Aunque la idea era interesante, el espectáculo resultaba tan costoso que no duró mucho.

Más conocida es otra banda sonora de ese mismo año perteneciente a uno de los filmes más importantes de la época: El Asesinato del Duque de Guisa (L’Assassinat du Duce de Guise, 1908) de André Calmettes y Charles Le Bargy. Este era el principal representante del movimiento conocido como Film d’Art, cuyo nombre ya deja bien claras sus intenciones: convertir el cine en una forma de entretenimiento respetable explotando sus posibilidades artísticas para así atraer la burguesía. Resulta pues muy significativo que fuera dentro de esa tendencia que se planteara la idea de componer una banda sonora específica, en este caso escrita por Camille Saint-Saëns. Era una decisión que tenía toda la lógica del mundo: lo que buscaban estos cineastas era crear grandes películas, pero por mucho que hicieran un esfuerzo en tratar grandes temas, contratar a respetables actores de teatro y cuidar la puesta en escena, seguían estando a merced de las condiciones en que se proyectaran, y un mal acompañamiento musical podía perjudicar la cinta. El tener una banda sonora propia no solo legitimaba más la cinta sino que permitía asegurar que, al menos en las grandes salas de cine, el acompañamiento musical sería el adecuado.

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Música en el cine mudo (I): consideraciones generales y curiosidades

Queridos lectores, hace tiempo que quería preparar un especial temático dedicado a un aspecto de la era muda que no suele estudiarse tanto como merecería, que es la música aplicada al cine silente. ¿Se veían todas las películas con acompañamiento musical? ¿Era este siempre improvisado o ya se componían por entonces banda sonoras para los filmes? ¿Cómo era el trabajo de los músicos que debían desempeñar esta tarea? Este es un tema muy amplio y complejo sobre el que por suerte hay bastante bibliografía disponible para el que le interese profundizar (ver abajo del todo), pero de momento aquí intentaremos dar una visión resumida que pase por los aspectos más esenciales. Comencemos pues por lo más básico: ¿se proyectaban todos los filmes mudos con música?

Siempre se ha dicho que en la era muda todas las películas se proyectaban con un acompañamiento musical, una afirmación tantas veces repetida que se da casi por sentado. No sabemos con seguridad si ya desde las primeras proyecciones de los hermanos Lumière o Skladanowsky estaba presente la música porque no se cita en las crónicas de la época, pero no parece improbable. Dichas proyecciones tenían un componente de evento especial y espectáculo, por tanto no sería descabellado imaginar un músico creando ambiente y luego musicando las imágenes que aparecían. Además, muchas de estas primeras proyecciones tenían lugar en sitios donde había otras actuaciones con música, por tanto no era un elemento adicional que costara hacer encajar en ese ambiente. Por otro lado, en las proyecciones más humildes se sabe que a veces se empleaba un gramófono a modo de acompañamiento con un encargado del cine haciendo de improvisado «DJ».

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Gugusse et l’Automate (1897), el filme perdido de Georges Méliès recuperado recientemente

No hay que perder la fe, a veces los milagros existen. Hace tan solo unos días salió a la luz que la Librería del Congreso de los Estados Unidos había hallado una copia de un filme de Georges Méliès que se había dado por perdido durante más de un siglo, Gugusse et l’Automate (1897), que además se considera que podría ser el filme más antiguo conocido en que aparece lo que hoy día bautizaríamos como robot.

¿Cómo fue dicho descubrimiento? Tal y como relatan ellos mismos, fue gracias a una donación de un hombre de Michigan cuyo bisabuelo era un granjero que cultivaba patatas, ejercía de profesor y, por las noches, se dedicaba a ir por los pueblos con un espectáculo ambulante de linterna mágica y películas, que exhibía con el acompañamiento musical de un fonógrafo. El cine en su forma más primigenia.

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La sonrisa de Buster Keaton

He decidido escribir este post como coda al especial dedicado a la primera etapa sonora de Buster Keaton por un motivo tan tonto como el que sigue: me sabía mal acabar un especial sobre uno de mis artistas favoritos y que más admiro de una forma tan anticlimática, esto es, hablando de sus flojos cortometrajes sonoros. Por ello decidí hacer este pequeño post-epílogo que es en cierto manera un homenaje a este grandísimo cómico y artista.

Como todos sabemos, el rasgo característico de Buster Keaton por excelencia es que nunca reía en sus películas. Él mismo define en sus memorias su rostro inexpresivo como «su marca de fabrica» y también explica cómo fue algo que surgió espontáneamente siendo un niño en sus actuaciones en el mundo del vodevil con sus padres. El número que protagonizaba consistía sobre todo en algo tan burdo como su padre haciéndole todo tipo de perrerías como lanzarle por el escenario. Aunque podía parecer que estaba maltratando a su hijo, este en realidad jamás se hacía daño porque aprendió instintivamente a caer bien, y de hecho en algunas ocasiones se reía de lo mucho que se estaba divirtiendo. Pero entonces se dio cuenta de que al público le parecía menos divertido su espectáculo si veía que él también reía. Es un principio básico del humor: necesitamos creer que el cómico está haciendo o sufriendo algo en serio, si se nos desvela que se está divirtiendo como nosotros, dejamos de creernos lo que estamos viendo, se hace obvio que es todo una representación y resulta menos gracioso. A partir de entonces el pequeño Buster tomaría la costumbre de mantener siempre su rostro inexpresivo mientras actuaba.

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