Mikheil Chiaureli fue uno de los primeros grandes nombres del cine georgiano que, al igual que muchos contemporáneos suyos, empezó en el teatro, luego pasó a actuar en el mundo del cine y de ahí se dedicó a la dirección. Activo entre los años 20 y los 60, quizá el filme por el que más se le recuerda es la épica La Caída de Berlín (Padeniye Berlina, 1950), una obra de descarada propaganda estalinista que luego provocaría su caída en desgracia con la muerte del dictador. Pero si echamos la mirada atrás a sus producciones mudas nos podremos encontrar con sorpresas como Saba (1929), que es un filme que exhibe todas las virtudes del cine soviético de la época.
La premisa es una obra teatral de Boris Sigal, El Proceso de Stepan Korolev, de la cual lo que hace es sobre todo centrarse en la biografía de su personaje protagonista y, obviamente, mover la acción a Tbilisi. El hombre que da título a la película, Saba, es un conductor de tranvía alcohólico casado y con un hijo pequeño. Aunque su esposa hace todo lo posible por alejarle de la botella, Saba acabará volviendo a sucumbir arrastrando a su familia en su desgracia. A causa de sus continuas borracheras, Saba perderá su trabajo y a su mujer, quien se separará de él para huir de sus malos tratos.
Saba es obviamente un filme con propósitos aleccionadores sobre los peligros del alcohol, algo que es obvio no solo en la trama sino en el mensaje que transmite de forma tan explícita en su desenlace. Pero más allá de que sus intenciones sean tan visibles cabe destacar dos cosas de ella. La primera es lo bien que transmite los peligros del alcohol y lo difícil que resulta huir de él para alguien con problemas de alcoholismo como Saba a causa de la presión social, que prácticamente le fuerza a beber con sus compañeros de trabajo. Además, la forma como Saba pasa de ser un padre cariñoso en sus momentos de sobriedad a convertirse en un bruto, maltratador y egoísta cuando ha vuelto a caer en las garras del alcohol está muy bien reflejado por parte del actor Aleqsandre Jaliashvili.
Pero el segundo rasgo a destacar del filme y su mayor cualidad con diferencia es su trabajo técnico. Qué cosa tan maravillosa es el cine soviético de finales de la era muda cuando estaba influenciado por las vanguardias de la época. Incluso en obras como ésta, que no han sido creadas por un cineasta-teórico ni tienen ninguna pretensión vanguardista, podemos disfrutar de todas las proezas técnicas de la época: montaje rápido, encuadres realizados desde ángulos inusuales, trucos visuales… Todo ello al servicio de la historia, algo que queda especialmente patente en la forma como se utiliza el lenguaje cinematográfico para reflejar las borracheras de los personajes.
Otro rasgo realmente remarcable y que, siendo muy característico del cine soviético, no suele citarse tanto, es el trabajo con los actores. Hay en los cineastas soviéticos un trabajo extraordinario del rostro humano y sus expresiones. No es sobreactuado ni excesivo, ya que el montaje utiliza esos primeros planos tan expresivos como fogonazos que transmiten las sensaciones de los personajes. No solo el cine soviético de esos años se nutría de rostros que parecían realmente auténticos y de la calle, sino que sabe cómo sacarles partido sin caer en el exceso. Logra que la película sea especialmente intensa y no quede ahogada por la técnica.
De hecho, no es Saba una obra técnicamente exhibicionista sino que todos esos recursos están perfectamente integrados en la película, que además al ser de corta duración (apenas 70 minutos) puede centrarse en esa premisa y personaje concretos sin tener que alargar excesivamente la acción ni divagar más de la cuenta. Esos son algunos de los rasgos que hacen de la era muda un periodo especialmente apasionante para muchos de nosotros. Da la sensación de ser una época muy libre, en que no estaba tan estandarizado cuánto debía durar una película ni había una limitación (muchas veces autoimpuesta) sobre el tono y los recursos técnicos a emplear, algo que da resultados especialmente remarcables cuando se hacen de forma coherente, como es el caso de esta pequeña joya georgiana que les invitamos a descubrir.



