Cuatro Hijos (Four Sons, 1928) de John Ford

cuatro hijos

Pese a que no tuvo demasiada fortuna en taquilla, no se debe infravalorar el profundo impacto que causó en su momento la primera película que realizó F.W. Murnau en Hollywood, Amanecer (1927), así como la influencia que tuvo en otros cineastas americanos. Tal es así que incluso John Ford, quien por entonces ya tenía una extensa carrera como director, también aportó su Amanecer con Cuatro Hijos (1928), aunque logrando el éxito que le fue negado al cineasta alemán.

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El film cuenta además con el mérito extra de situarse durante la I Guerra Mundial pero desde el bando germano, adelantándose unos años a la célebre Sin Novedad en el Frente (1930) de Lewis Milestone. Pero pese a ese contexto argumental, la película es más un drama sobre las consecuencias de la guerra que un film bélico propiamente dicho. La familia protagonista vive felizmente en un pueblecito de Bavaria y está formada por la anciana madre Bernle y sus cuatro hijos: Franz, Joseph, Johann y Andreas. Como ya sospecharán, su idílica vida se vendrá abajo cuando los hijos son llamados a combatir en el frente. Sólo uno de ellos escapa a esa obligación, Joseph, quien emigra a Estados Unidos en busca de trabajo.

No dudo que muchos espectadores actuales reprocharán al inicio de Cuatro Hijos el ofrecer una visión excesivamente bucólica de la vida en Alemania antes de la guerra. Y no les faltará razón pero ¿cómo puede uno no dejarse contagiar por el encanto de ese escenario tan plácido que evoca Ford? El director en ningún momento pretende ofrecer un retrato realista de lo que era el país en los años 10 sino que, al igual que hacía Murnau en la segunda parte de Amanecer, se sirve de la puesta en escena para crear un ambiente bucólico que sirva de contrapunto al conflicto de la película. Esta visión pastoral no se libra, eso hay que reconocerlo, de caer en ciertos tópicos, pero por otro lado no está muy alejada de futuras obras de Ford como ¡Qué Verde Era Mi Valle! (1941) o El Hombre Tranquilo (1952).

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A modo de curiosidad, la imagen del cartero uniformado es un guiño directo y nada disimulado a El Último (1924) del ya citado Murnau, que es la inspiración directa de todo el film. Aún siendo un personaje secundario, la variación de su comportamiento sirve de hilo conductor que muestre los cambios que ha sufrido el pueblecito: del alegre cartero que entra en las casas con buenas noticias y se toma una cerveza, al sufrido portador de malas noticias. La imagen de su sombra con la fatídica carta en la mano es una de las muchas imágenes tomadas directamente del cine expresionista.

La puesta en escena es una de las más vistosas que recuerdo haber visto en una película de John Ford y se nutre de dos felices circunstancias: la ya mencionada influencia directa de Amanecer (1927) – hasta el punto de que las escenas de la ciudad se rodaron en los mismos decorados – y el contexto cinematográfico de la época. Como ya sabrán muchos aficionados al cine mudo, los últimos años de la década de los años 20 fueron el momento cumbre de este tipo de cine: fue cuando las películas consiguieron una mayor riqueza visual, un mayor potencial expresivo y alcanzaron su perfección. Amanecer, quizá la mejor película de la era muda, no es más que la representación por excelencia de una tendencia global que hace que visionar películas mudas de esos años sea un placer inigualable para todo cinéfilo. Cuatro Hijos se nutre de esa tendencia e incluso el director se permite algunos planos llamativamente virtuosos (algo no muy propio de Ford) como el travelling siguiendo la llegada del tren en que la cámara pasa a través de las personas del andén, o la única y brevísima escena que recrea el campo de batalla en que los dos hermanos se encuentran por última vez.

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Si anteriormente hablamos de esa visión tan idealizada de la Alemania de pre-Guerra, algo parecido sucede con la imagen que se da de los Estados Unidos, que no deja ninguna duda sobre la nacionalidad del film que estamos viendo. Puede que la película se muestre amable con el pueblo alemán rompiendo los prejuicios negativos que había hacia ellos en la postguerra, pero la imagen que se da de los Estados Unidos no se queda corta. Joseph explica que su mayor sueño es emigrar allá porque es el país «donde todo el mundo es igual», y pronto quedará demostrado que cualquier persona trabajadora y con buenas intenciones puede triunfar en el maravilloso país de las libertades: a los años de llegar, Joseph ha conseguido un próspero negocio propio y una bonita esposa norteamericana. No está mal. Por otro lado el contraste entre la Alemania rural y la América metropolitana resulta un tanto tramposa si tenemos en cuenta que Berlín era ya por entonces una gran ciudad, pero tampoco se lo echaremos en cara a Ford, puesto que no insiste mucho en esa idea salvo en los planos de la llegada de Joseph a la gran ciudad rodeado de coches.

Contra lo que uno esperaría, el film no insiste especialmente en el tema bélico ni en el conflicto que puede suponer que Joseph vaya a luchar al frente con el riesgo de acabar matando a uno de sus propios hermanos. El guión curiosamente evita esos temas y los trata de pasada aunque dejando caer algunas ideas muy interesantes (por ejemplo, el empleado alemán de Joseph, que al principio se muestra totalmente a favor del ejército de su país natal y que, con la entrada de Estados Unidos en la guerra, se vuelve hipócritamente antialemán). A cambio el tramo final opta por una línea argumental en la que no hay casi conflicto, simplemente expone cómo la madre acaba emigrando a Estados Unidos para reunirse con su hijo. Me recuerda en cierto modo, una vez más, al segmento central de Amanecer en que el conflicto se deja de lado para centrarse simplemente en la relación de los dos personajes. Aunque Ford no llega tan lejos, puesto que la pobre madre se encontrará con algunos problemas por el camino, resulta significativo que para el tramo final se deje de lado el gran conflicto (la I Guerra Mundial) a favor del pequeño conflicto humano (el reencuentro de una madre con su único hijo vivo). Esto dice mucho de las intenciones de la película y de la especial sensibilidad de su director.

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