Una de las muchas cosas que me encantan del cine de los orígenes es su capacidad por darnos a conocer detalles, costumbres, modas y personalidades de esa época que hoy día la mayoría desconocemos. Por ejemplo, un tipo de cortos que siempre me han llamado la atención y que son muy típicos de los primeros años del cine son las «danzas serpentinas», que además eran especialmente apropiadas para los sistemas de coloreado de la época. Vean un ejemplo filmado por Alice Guy aunque en este caso sin color:
Mes: noviembre 2023
Hace 100 años: las mejores películas de 1923
¿Se pensaban que este Doctor se había olvidado de uno de los grandes clásicos de este rincón silente? ¡Para nada! Aunque un poco justos de fechas, aquí tienen el listado que todos estaban esperando: las mejores películas que cumplen 100 años, es decir, los mejores filmes de 1923. Si les parece que este año les cuesta elaborar los clásicos Top10 de mejores estrenos de 2023… ¡imagínense lo complicado que era en plena edad de oro del silente!
En 1923 Alemania seguía imponiéndose como una de las mayores potencias cinematográficas del mundo, como verán con la selección de varios títulos del listado, que van mucho más allá del ya conocido expresionismo. La otra gran potencia cinematográfica europea comprobarán que es Francia. En estos años hay innumerables ejemplos de películas que combinan una enorme sensibilidad y un sentido muy visual de la puesta en escena con las influencias de las vanguardias de la época, que se manifestaban sobre todo en cortometrajes como Le Retour à la Raison (1923) de Man Ray. Pocas cosas hay mejores en la era muda que los filmes franceses de este periodo que conjugan ambos elementos.
Léonce Perret, Koenigsmark (1923) y sus reflexiones sobre el acto de filmar
Que Léonce Perret fue uno de los mejores y más avanzados directores de la década de los 10 a nivel técnico y narrativo es algo que me parece innegable y en lo que no entraremos hoy. Pero aparte de ello hay un aspecto de él que me parece también apasionante, y es cómo en algunas de sus películas reflexiona sobre el aparato cinematográfico y lo que conlleva el actor de filmar/proyectar. El ejemplo más claro es el de uno de sus filmes más celebrados, Le Mystère des Roches de Kador (1912).
En él, la protagonista se encuentra amnésica después de un hecho traumático sobre el que no recuerda ningún detalle. Un especialista la examina y tiene entonces una idea muy avanzada a la época para recuperarle la memoria: grabar una recreación de lo que creen que le ha sucedido y hacérsela proyectar. Al enfrentarse a esa recreación entra en shock y recuerda todo. El cine se propone aquí no solo como una forma de reconstruir la realidad sino como un medio curativo, que consigue restablecer aquello a lo que la memoria no puede dar forma: ya que la protagonista no consigue recordar esas imágenes, el cine se las puede proporcionar para que restablezca el resto del relato. Pero aparte de este ejemplo, me resulta también muy interesante otra escena de un filme bastante posterior del mismo director: Koenigsmark (1923).
Arsenal (1929) de Aleksandr Dovzhenko
De todos los grandes cineastas soviéticos de la era muda, Aleksandr Dovzhenko es el que me genera una mayor fascinación. No solo es un grandísimo director sino que además posee una cualidad que lo hace muy especial a mis ojos: una forma de narrar películas tan libre y particular que a veces cuestan de seguir. Tras haber revisionado varias veces algunas de sus grandes obras debo reconocer que aún hay multitud de detalles sobre éstas que no acabo de comprender. De hecho, puestos a sincerarme, a estas alturas aún sigo sin saber qué me parece su filme Aerograd (1935) pese a haberlo visto ya unas cuantas veces. No estoy seguro de qué pretendía ni de si el hecho de que me parezca tan raro y a ratos incomprensible es a propósito o no. Pero precisamente es este aspecto aparentemente tan ingrato el que hace de su cine una experiencia tan particular.
Fijémonos por ejemplo en el inicio de Arsenal (1929). Durante varios minutos Dovzhenko encadena toda una serie de imágenes sin que lleguemos a entender a dónde nos quiere llevar. Un hombre sin brazo arando un campo, una mujer triste en su casa, otra en la calle que sufre el abuso de un guarda que le acaricia un pecho, un hombre escribiendo su diario… No solo no hay aparente conexión entre dichas imágenes, sino que además Dovzhenko alarga mucho los planos, creando una cierta tensión no resuelta: queremos entender de qué va la cosa, quién es el protagonista, el nexo de unión entre dichas escenas. Pero nada de eso se nos aclarará. Más adelante unos planos de las trincheras en la I Guerra Mundial parece que nos van a resolver la cuestión, pero entonces se pone de manifiesto otro aspecto muy característico suyo: su gusto por lo grotesco y lo extraño. Porque presenciamos un panorama terrible y caótico entre las trincheras en que, extrañamente, un soldado sufre un ataque de risa a causa del efecto que le provoca un gas que han lanzado los enemigos. Ni siquiera cuando parece que el director nos va a mostrar imágenes de carácter antibélico se rige por un enfoque convencional.




