Buceando entre los títulos menos conocidos de la filmografía de Germaine Dulac me llevé una sorpresa al encontrar lo que aparentemente debía ser un filme de aventuras llamado Princesse Mandane (1928) filmado justo en su época más involucrada en el cine vanguardista. Pero hay trampa.
Se trata de una adaptación de Pierre Benoît, novelista por entonces muy en boga por sus historias ambientadas en reinos imaginarios y que a menudo contenían tramas que implicaban conspiraciones entre miembros de la nobleza (¿recuerdan los ciclos de Ruritania de Pordenone?). Ya se habían adaptado libros suyos en producciones ambiciosas como L’Atlantide (1921) de Jacques Feyder o Koenigsmark (1923) de Léonce Perret, de modo que a primera vista este filme de Dulac podría parecer otra entrega más de este ciclo, pero no es del todo así.
Porque lo que hizo Dulac fue tomar una historia original con las típicas aventuras en territorios ruritanos (en este caso una princesa prisionera en su propio reino que es rescatada por el protagonista) y darle un contexto general totalmente distinto. De forma que aquí lo que se nos narra es la historia de dos jóvenes que trabajan en una fábrica y, pese a estar emparejados, tienen caracteres totalmente distintos. Étienne es soñador y ambicioso, quiere ser alguien importante y vivir aventuras, mientras que Anna solo piensa en tener una apacible vida hogareña. Tras el visionado del Michel Strogoff (1926) protagonizado por Ivan Mosjoukine, Étienne queda impactado (¿y quién no al ver a Mosjoukine en acción?) y quiere buscar la manera de convertirse en un héroe como el de la película.
La oportunidad surge cuando la fábrica organiza una expedición para explorar unos terrenos en un país recóndito, donde vive una princesa atrapada por los miembros de su gobierno. Étienne se une encantado a la iniciativa esperando vivir todo tipo de aventuras. Un día en que se adelanta al resto del grupo para explorar unos terrenos se queda dormido y tiene un sueño donde se convierte en el héroe salvador de la princesa Mandane.
Fíjense qué propuesta de adaptación tan divertida nos propone Dulac: coge una novela de aventuras y en lugar de trasladarla tal cual hace que la aventura en sí sea la fantasía de un joven que en realidad lleva una vida aburrida. De forma que más que sumergirnos en ese universo prototípico de Benoît lo explora desde una distancia irónica entendiéndolo como una fantasía prototípicamente masculina. Y ni siquiera engaña al espectador con el recurso (ya por entonces típico) de no hacerle saber que lo que está viendo es un sueño hasta el epílogo del filme: se dice desde el principio. Este enfoque le otorga una ventaja: le permite recrearse en los aspectos más jugosos de este tipo de filmes de aventuras (el fabuloso trabajo de ambientación oriental, las tramas prototípicamente novelescas, las escenas de suspense), pero llevándolo además a su terreno y manteniendo una mirada irónica hacia ese material, haciéndolo suyo. Podría verse como que en el fondo está haciendo trampas, pero funciona muy bien.
De hecho el Étienne de la película es abiertamente antipático por mucho que podamos entender sus ansias de hacer algo especial (la forma como despacha la nota tan cariñosa que su chica le ha dejado en una caja de bombones es horrorosa), y lo que hace aquí Dulac y que resulta muy característico suyo es burlarse de esa masculinidad tan artificial.
El otro aspecto por el que destaca Princesse Mandane es su trabajo visual, mucho más trabajado que sus anteriores obras no vanguardistas y que se nota que viene ya influenciado por esa etapa de su carrera en que estaba explorando más a fondo las posibilidades de la imagen. ¿Cómo dar a entender que la pareja protagonista vive en dos mundos distintos? A ella la define con un plano de unas manos escogiendo un manojo de verduras en el mercado, a él con el plano de unos libros que son los que alimentan sus fantasías. Ambos viven en el mismo bloque de pisos, pero ella en la planta baja y él en el último piso, el de los soñadores como el protagonista de El Séptimo Cielo (7th Heaven, 1927) de Frank Borzage.
Por otro lado, en la escena en la sala de cine, Dulac usa unas sobreimpresiones sobre el halo de luz que llega a la pantalla para enfatizar cómo ese invento está fomentando los deseos e ilusiones de Étienne. Mi detalle favorito de todos es cómo se da a entender la despedida de los dos amantes no con una escena narrativa tradicional sino concatenando una serie de imágenes que transmiten esa idea de separación. Es por eso que Princesse Mandane resulta un filme en todo momento estimulante, que si bien no se encuentra entre las grandes obras de Dulac a cambio destila buenas ideas y ganas de explotar el poder de las imágenes.
Por último cabe destacar que la película ofrece dos desenlaces igual de engañosos y ambos fieles al estilo de Dulac. En la fantasía de Étienne, éste logra escapar con la princesa y su doncella, pero una vez se acaba el peligro descubre cómo en realidad Mandane siente poco interés por él y le recompensa no queriendo emparejarse con él sino ofreciéndole una corona de diamantes. Y aquí intuimos entonces un giro inesperado: la princesa y su doncella destilan una gran complicidad y se nota lo mucho que celebran el por fin estar libres las dos. El subtexto es obvio: el interés amoroso de la princesa es esa chica y ha utilizado a Étienne con subterfugios, fingiendo sentimientos hacia él que eran falsos. De este modo el héroe de aventuras es doblemente ridículo: no solo es el fruto de la fantasía de un joven obrero sino que encima en esa misma fantasía ha sido utilizado con mucha picardía.
Una vez Étienne despierta del sueño tiene lugar el final auténtico de la historia en que vuelve con Anna. Pero si algo caracteriza muchos de los filmes de Dulac es la ambigüedad de sus desenlaces. La esposa que ha sido engañada en La Belle Dame sans Merci (1921) y se reconcilia con su marido, pero a costa de no haber podido hacer realidad su fantasía de dejarlo todo y huir a una vida más excitante con su amante. En una línea muy similar está la protagonista de Antoinette Sabrier (1927), que salva a su esposo y logra darle de nuevo fuerzas para retomar su negocio, pero se nos deja claro cómo es a costa de volver a asumir su papel de mujer desatendida. O la científica de La Mort du Soleil (1922), constantemente obligada a escoger entre su carrera y su papel de madre, sin que parezca que los hombres que la han forzado a convertir eso en una disyuntiva reconozcan abiertamente haber estado equivocados. Aquí Étienne y Anna se abrazan y aparentemente se nos ofrece un final feliz, pero la primera reacción de Étienne al encontrar por sorpresa a su amada no resulta muy esperanzadora, y lo que descubre en el fondo es que no podrá escapar de un tipo de vida aburrido y mediocre. El plano final no es tan amargo como el de los otros ejemplos citados, pero no hay que ser muy astuto para intuir que este es uno de esos finales felices sin mucho futuro.






Casualmente estos días he revisado Aelita (1924), donde el ingeniero Los también tiene ensoñaciones en los que imagina la historia de la reina de Marte, que acabará influyendo en su propia realidad. La película de Protazanov creo que ha sido infravalorada, porque muchos se acercan a ella esperando ver una película de ciencia-ficción al uso, pero la película del gran director ruso es mucho más. Es un estudio de la sociedad soviética al comienzo de su andadura una vez acabada la guerra civil que se desencadenó en 1917 y que no acabó hasta el definitivo triunfo de los bolqueviques. Justo en el momento en que rodaba Protazanov su película, Rusia estaba destruida materialmente pero con la gran ilusión de comenzar una nueva era, con sus dificultades y su complejidad social y psicológica, que es lo que verdaderamente intentó contar el autor de Aelita y otras obras maestras del cine ruso. Es muy interesante la narrativa onírica de Dulac y Protazanov en estas sus respectivas películas.