Ya hemos hablado en más de una ocasión de la enorme importancia de la escuela cinematográfica danesa de los años 10, por entonces uno de los países más avanzados a nivel fílmico en todo el mundo hasta que a finales de la década se le avanzaron otros países. A raíz de eso, hoy rescatamos una obra de uno de los cineastas clave de dicha nación, August Blom, en concreto Temptations of a Great City (1911), que cuenta con la gran estrella cinematográfica del momento, Valdemar Psilander.

El argumento no es especialmente interesante, se trata de la clásica historia aleccionadora sobre un joven de clase alta dado a la mala vida y a dar disgustos a su señora madre con enormes deudas de juego. No obstante, en esta ocasión les proponemos hacer algo diferente, y en lugar de hacer un comentario del film, el Doctor Caligari ha seleccionado cuatro planos concretos que cree que reflejan la pericia del señor Blom tras la cámara. Obviamente, hay muchos aspectos que se podrían resaltar de Blom, como la dirección de actores (mucho más naturales que sus coetáneos de otros países) o detalles de puesta en escena mucho más sutiles que los aquí seleccionados; pero estos cuatro ejemplos sirven como ilustración rápida de cómo Blom y el cine danés iban muy avanzados para la época.

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Ciertamente, vista hoy día Escamotage d’une Dame au Theatre Robert Houdin (1896) no parece una de las películas más destacadas del genial Georges Méliès, pero tenemos un buen motivo para dedicarle una entrada, y es ser la primera obra en que el conocido como mago del cine utilizó sus famosos trucajes cinematográficos.

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Vuelve un año más el post clásico de este Doctor dedicado a las mejores películas que cumplen 100 años este 2018 para aquellos de ustedes que no recuerdan cómo fue 1918 cinematográficamente hablando o, incluso, que no habían nacido aún. No olviden por cierto que abajo del todo tienen los links a las listas de otros años.

El gran acontecimiento de 1918 como sabrán fue el fin de la desastrosa Gran Guerra, que había inspirado ya unas cuantas películas y que sirvió de base para algunos de los films que mencionamos aquí. Pero centrándonos en el cine, uno de los rasgos más interesantes de estos años es que se hacen especialmente visibles las diferencias entre aquellos cineastas que ya dominaban el lenguaje cinematográfico clásico tal y como se desarrollaría posteriormente y los que todavía tenían un estilo que hoy día nos parece más arcaico.

Esto no quiere decir que las películas de estos últimos sean peores sino que es una época apasionante por encontrarse aún a medio camino entre el estilo de cine de los años 10 y el de los años 20. Y lo más curioso es que esa diferencia de estilos no era algo que necesariamente diferenciara los grandes cineastas (Griffith, Tourneur) del resto. Tomen por ejemplo a Marshall Neilan, un notable director hoy día virtualmente olvidado que era un eficiente artesano de películas comerciales de estudio, pero no un artista excepcional o especialmente destacable. Y no obstante si ven la película suya que hemos seleccionado en esta lista comprobarán que tiene un dominio excepcional para la época del montaje, el ritmo y la puesta en escena. Por tanto no nos sirve la distinción entre el cine más artístico y avanzado, obras de artistas geniales, y el más comercial despreocupado por la forma. Y eso hace que todo sea aún más interesante.

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Si tuviera que escoger una película que reflejara la imaginación y libertad de inventiva que había en la era muda y que hacen de ésta una época tan única y especial, Le Brasier Ardent (1923) sería sin duda una de mis más firmes candidatas. Una película extraña e inclasificable que fluctúa libremente entre comedia, drama y surrealismo, y que impresionó a un jovencísimo Jean Renoir, quien aparentemente salió entusiasmado del cine por haber visto “por fin” una gran película francesa.

Y de paso, Le Brasier Ardent es también una excelente excusa para hablar de su creador, Ivan Mosjoukine, uno de los mejores actores de la era muda que aquí asume también las labores de dirección y escritura del guión de la que sería su segunda y última obra como realizador.

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Siempre resulta fascinante ver cómo se imaginaban el futuro en películas antiguas, incluso aunque sean puramente fantasiosas, como es el caso. En este curioso filme titulado The Pirates of 1920 (1911) se especula con la idea de que en un futuro cercano podría haber piratas aéreos que cometerían todo tipo de atrocidades con la ayuda de un zepelín (a saber: abordar un barco y secuestrar una bella damisela).

Esta simpática película de la que nos falta el desenlace es tan entrañable como absurda en todos los sentidos, pero ahí radica gran parte de su encanto. ¡No se la pierdan!

Cada vez que veo alguna de las películas mudas de Frank Borzage me acaban viniendo a la cabeza más o menos la misma serie de preguntas. ¿Cuál es su gran secreto para hacer films tan bonitos y repletos de sensibilidad? ¿Cómo logra que historias en principio tan poco atrayentes o prototípicas nos conmuevan tanto? ¿Y cómo logra emocionar tanto sin llegar a resultar empalagoso, quedándose siempre en el límite justo? Es por ello que las obras mudas de Borzage suelen ser una debilidad de muchos aficionados al cine silente, porque atesoran una magia especial sirviéndose básicamente en el poder de las imágenes para conmover al espectador.

El film que hemos escogido hoy, El Tumbón (1925), no es una de sus creaciones más famosas ni está a la altura de sus obras cumbre, pero igualmente es otro magnífico ejemplo de la maestría de Borzage tras la cámara. El argumento del film es en principio muy simple: Steve Tuttle es un hombre que vive con su madre en un pequeño pueblecito y que se ha ganado con justicia la fama de ser el más vago del pueblo, puesto que se pasa el día tumbado en su jardín de brazos cruzados, aún pese a la insistencia de su novia Agnes porque intente hacer algo de provecho. Un día, Steve se encuentra con la hermana de Agnes, Ruth, que vuelve al pueblo para casarse en un matrimonio de conveniencia orquestado por su madre. En sus años de ausencia, Ruth se ha casado con otro hombre que la ha dejado viuda y con un bebé, pero nadie conoce la historia y teme que su madre no le permita quedárselo. Steve, un hombre perezoso pero de bondadoso corazón, accede a adoptar a la niña sin desvelar quién es su madre, aun cuando eso provoca un escándalo en el pueblo y provoca su ruptura con Agnes.

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Reconozco que siento debilidad por las películas antiguas ambientadas en el mundo del cine, más aun las que pertenecen a las primeras décadas del medio, por ser una muestra (por irreal o exagerada que sea) de cómo funcionaba la industria cinematográfica en una época de la que apenas contamos con testimonios visuales. Así pues, Les Débuts de Max au Cinéma (1910) puede que no sea una de las mejores comedias de Max Linder, pero ya solo por el tema que trata tiene un extra de interés para mí.

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En episodios anteriores de este blog ya les hablamos de la fascinación que había en Estados Unidos a principios del siglo XX hacia la cultura oriental, algo que queda patente en el hecho de que en el Hollywood de los años 10 se produjera una obra tan insólita como La Ira de los Dioses (1914), con un reparto compuesto casi íntegramente por japoneses. Y aunque es cierto que en la mayoría de películas los personajes orientales quedaban relegados a los tópicos rasgos de siempre, ciertamente resulta curioso que una industria como Hollywood, tan poco dada a salirse de los parámetros estándares, se atreviera a hacer películas como ésa o, años más tarde, La Buena Tierra (1937)  Desde entonces este tímido avance hacia films con historias y personajes orientales ha quedado tan atrás que cuando Clint Eastwood estrenó Cartas de Iwo Jima (2006) con un reparto exclusivamente oriental daba la sensación de que estaba haciendo algo realmente rompedor. Volviendo a la época muda, esa breve atracción hacia la cultura oriental se vio reflejada también en el surgimiento de estrellas de cine orientales como Sessue Hayakawa, Tsuru Aoki o Anna May Wong. Y ahora piensen: ¿cuántos actores orientales se les ocurre que llegaran al estatus de estrellas en Hollywood durante las décadas siguientes?

Centrándonos en el caso de Hayakawa éste llegó a tener tanto éxito en aquellos años que se animó a formar una productora propia, Haworth Pictures, en la que se realizarían sus películas y que, obviamente, le permitiría por una vez encarnar el tipo de personajes y temas que le vinieran en gana, sin imposiciones raciales. Según parece, la mayor parte de ese material está perdido, lo cual es una lástima porque sería un material historiográfico interesantísimo: películas americanas con actores y temática orientales dirigidas a un público general, es decir, que buscaban aportar una visión más auténtica de Japón. Afortunadamente alguna ha acabado sobreviviendo al paso de los años, como es el caso de El Pintor de Dragones (1919).

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En los últimos años hemos estado asistiendo a una más que necesaria reivindicación del papel de la mujer en el cine, especialmente de aquellas cineastas que consiguieron abrirse paso en una industria que históricamente ha estado dominada por hombres en algunos de sus roles más importantes (el de director y productor). Este pequeño rincón dedicado al cine mudo no quiere ser menos, y por ello el Doctor Caligari ha decidido escribir un artículo recordando a algunas de las directoras más remarcables de estos primeros años.

De entrada un dato que puede parecer chocante: en la era muda había más mujeres trabajando en la industria del cine que en cualquier otra época posterior. ¿Cómo puede ser que hubiera tantas directoras en los años 10 y 20 pero que en los años 30 y 40 cueste encontrar ni que sea ejemplos sueltos de realizadoras femeninas? El motivo es más que probablemente el hecho de que en las primeras décadas del cine imperaba una especie de caos que facilitaba esta situación. Y no solo en lo que respecta a las mujeres que pasaron a la dirección, si indagan un poco descubrirán que en la era muda resultaba de lo más normal que muchos actores dirigieran también algún que otro film (teniendo a veces como consecuencia que el actor en cuestión decidiera quedarse en su rol de director, como es el caso de Frank Borzage, Ernst Lubitsch o Tod Browning entre muchos otros), algo que en las décadas siguientes se volvió mucho más raro. En definitiva, en los años 10 y 20 no era demasiado difícil para un profesional del cine tener la ocasión de dirigir algún que otro film y, si la cosa funcionaba, especializarse en ese rol. Cuando en los años 30 se estandarizó el sistema (sobre todo en Hollywood con el sistema de estudios) los roles se volvieron más inamovibles y la lógica de la industria alejó a las mujeres de un puesto de poder tan importante como el de directora.

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Como seguramente sabrán, Irlanda no fue un país especialmente destacado por su cinematografía durante muchas décadas. Por ello, no son muchos los ejemplos que se pueden encontrar de cine silente irlandés y debemos echar mano de películas americanas como Come Back to Erin (1914) de Sidney Olcott, que está ambientada parcialmente en Irlanda y de hecho fue rodada allá por la zona de Cork.

El título del film proviene de una popular canción del siglo XIX (¡curiosamente escrita por una inglesa, Charlotte Arlington Barnard!) sobre un hombre que añora a su amada, puesto que ésta ha emigrado a Inglaterra. Con las masivas migraciones de irlandeses a Estados Unidos, el tema pasó a representar el sentimiento de melancolía de muchos de esos emigrantes hacia su tierra natal y se hizo muy popular.

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