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El slapstick es un mundo que por su naturaleza es especialmente proclive a dar pie a accidentes tragicómicos, un universo en que un hombre puede morir a causa de las heridas provocadas por una manada de avestruces (y si no, que se lo digan a Billie Ritchie) y una prometedora carrera puede acabar truncada por jugar literalmente con dinamita. Y eso fue lo que le sucedió a Harold Lloyd.

Pongámonos en situación. En 1917 Harold ya se había hecho un nombre como cómico en realizando una serie de cortometrajes en que encarnaba a un personaje llamado Lonesome Luke, que era una mala copia de Chaplin. Lloyd, que era un actor ambicioso, se cansó pronto de ser un imitador y decidió transformar su carrera creando un nuevo personaje bautizado simplemente “The Boy”, cuyo mayor rasgo característico serían sus gafas. Ni que decir tiene que el estudio quedó horrorizado ante la idea: ¿para qué arriesgarse cambiando si con Lonesome Luke ya les iba bien? Pero Lloyd acabó teniendo razón: los nuevos cortos que realizó a partir de entonces como The Boy gustaron al público y esta vez sin copiar a nadie.

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Cuando Douglas Fairbanks inició la producción de La Máscara de Hierro (1929) ya sabía que ésta sería la última película muda de su carrera. No solo eso, sino que seguramente sospechaba que con el paso al sonoro moriría una forma de hacer cine para siempre y por tanto que este último film sería su particular canto del cisne a una forma de arte. En realidad, La Máscara de Hierro sería también la última gran obra de uno de los cineastas más importantes de la era muda, y aunque luego protagonizó algunas películas sonoras menores, realmente éste film es el epitafio perfecto al cine de Douglas Fairbanks y a lo que significaba para el público.

Al igual que había hecho con uno de sus mayores éxitos, su encarnación de El Zorro (1920), Fairbanks decidió hacer una secuela sobre una de sus más famosos personajes, D’Artagnan, que de hecho era su favorito personal. La idea de que fuera su última película muda no es en absoluto anecdótica, de hecho los que colaboraron en esta obra coinciden en que pocas veces Fairbanks se esforzó tanto en la producción de un film, y que su nivel de perfeccionismo llegó a límites inauditos para la época (la película acabó costando la friolera de un millón de dólares). Para ello se rodeó de un equipo de primera calidad e incluso contrató como asesor a Maurice Leloir, un artista francés experto en la época de Louis XIV que había ilustrado algunos libros de Dumas. Leloir estuvo durante toda la producción y Fairbanks le consultó sobre literalmente cualquier aspecto del film: el vestuario, los decorados, las normas de comportamiento de la época, etc. Su obsesión era que el resultado fuera fidedigno con la época que representaba.

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En su afán por llevar a la gran pantalla clásicos populares de la literatura, el estudio de Edison no podía olvidarse del célebre Cuento de Navidad de Charles Dickens. Se le pasó el encargo al eficiente director J. Searle Dawley, que quizá les sea familiar por haber adaptado otra célebre historia muy navideña y el resultado es una de las primeras versiones que se conocen de este relato.

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Evidentemente a estas alturas el prototípico tema de la prostituta con corazón de oro es algo que tenemos más que visto. No obstante permitan que igualmente llame su atención respecto a esta pequeña joya, un film checo filmado en los últimos años del mudo llamado Tonka of the Gallows (1930).

La protagonista es una joven que regresa a su casa en un pequeño pueblo después de un largo tiempo ausente. Ahí la recibe entusiasmada su madre, que se alegra de que las cosas le vayan tan bien en la ciudad, y su prometido, que le da a entender de forma bastante directa que ya va siendo hora de que se casen. Pero Tonka, pese a la alegría inicial, oculta cierto poso de tristeza y se niega a la petición de matrimonio. El motivo no es difícil de intuir: en la gran ciudad Tonka ha tenido que dedicarse a la prostitución para sobrevivir e, incapaz de seguir engañando a ambos, decide volver allá resignada a ese modo de vida.

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Siempre es un buen momento para rescatar un film de ese magnífico cómico llamado Max Linder, uno de los más importantes de la era muda admirado por maestros de la talla de Charles Chaplin.

Hoy les proponemos visionar Max, Professeur de Tango (1912), un corto con un argumento bastante sencillo: el bueno de Max se luce en un cabaret berlinés como bailarín de tango y un barón le ofrece su tarjeta para que vaya a su mansión a darle unas lecciones a su familia. Pero el bueno de Max se pasa toda la noche bebiendo con sus amigos y llega a la casa borracho.

No es una de sus películas más vistosas pero merece la pena por ese impagable plano final de la lección de baile, en que toda la familia imita los incoherentes gestos de un Max totalmente ebrio (que, vistos hoy día, no se alejan mucho de las coreografías que uno podría ver en una discoteca actual…).

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En un post reciente les narramos las desventuras de la actriz y futura realizadora Leni Riefenstahl cuando tuvo que trabajar a las órdenes del director Arnold Fanck protagonizado algunos de los más míticos bergfilm de la época. Hoy les ofrecemos la segunda parte de sus sufridas experiencias en otras dos películas filmadas en condiciones especialmente difíciles.

Der grosse Sprung  (1927)

“‘Leni – me dijo [Arnold] Fanck un día – mientras yo hago las tomas de invierno, tú irás con nuestro superescalador y superesquiador Pulga de Nieve [apodo del operador de cámara Schneeberger] a los Dolomitas y dejarás que te enseñe a escalar, ¿de acuerdo? (…) ‘Sobre todo tienes que escalar descalza, tal como lo exige el papel’, me dijo Fanck cuando nos despedíamos.

Como punto de partida para nuestros ejercicios de alpinismo habíamos elegido la caña del collado de la Sella. Ante la larga cima había rocas de diversos tamaños. Empecé a escalar con entusiasmo, primero todavía con zapatos. No solo me gustaba, sino que se me daba tan bien como si escalara montañas desde hacía tiempo. Gracias a los ejercicios de danza se había desarrollado mi sentido del equilibrio y, al bailar con las puntas, tenía fuerza en los dedos de los pies. Pulga de Nieve estaba tan satisfecho con mis progresos que propuso intentar un verdadero viaje de alpinismo, de modo que escogió las Torres de Vajolette.”

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26_0La película que hemos seleccionado hoy, Nathan el Sabio (1922), es la adaptación fílmica de una obra de teatro de mismo título publicada por Gotthold Ephraim Lessing en 1779. Pero pese a su antigüedad, su contenido, una apología a la tolerancia entre diferentes religiones, seguía siendo tan necesario y de actualidad en el momento de su versión fílmica como en el siglo XVIII.

El film se sitúa en Jerusalén en la época de las cruzadas medievales, y tiene como protagonistas a una serie de personas de credo cristiano, judío y musulmán. Un príncipe musulmán que se había convertido al cristianismo para casarse con su mujer amada, se ve envuelto en una cruel batalla con los sarracenos; y antes de que él y su esposa fallezcan, pide a uno de sus sirvientes que salve a sus dos hijos. Finalmente Jerusalén es conquistada por su hermano, el Sultán Saladino, y con el paso de los años los dos hermanos crecen por separado bajo credos diferentes. Él, Assad von Filneck, se ha hecho templario; ella, Recha, ha sido criada bajo el judaísmo por el sabio Nathan, quien la ha adoptado como hija propia. Cuando los templarios son derrotados por los musulmanes, Saladino libera a Assad de la pena de ejecución al darse cuenta de su verdadera identidad, pero no le hace saber que es su sobrino. Por otro lado, Assad y Recha se conocen y se enamoran, mientras en paralelo él empieza a sentir respeto hacia el judaísmo por influencia de Nathan.

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En uno de los posts que abrí hace un mes sobre Le Giornate del Cinema Muto 2016 mencioné un maravilloso programa dedicado al pionero británico Robert W. Paul, pero dada la cantidad de películas que vi por entonces no pude dedicarle espacio más allá de un párrafo, y creo que dicho autor se merece un post con más detenimiento.

Paul debe ser recordado como uno de los grandes nombres de la primera década del cine gracias a una serie de cortometrajes que realizó en esos años donde daba rienda suelta a todo tipo de trucajes muy ingeniosos. Históricamente algunos de esos cortos han sido atribuidos a Walter Robert Booth, un artista que aparece en muchos de ellos como protagonista. Probablemente, Booth trajo consigo algunos de sus trucos como mago y Paul utilizó medios cinematográficos para darles forma, en todo caso como la autoría de los films en esos primeros años es muy difícil de dilucidar, sigue siendo un tema algo dudoso.

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En uno de mis numerosos viajes por oriente, encontré en un pequeño bazar de rarezas de segunda mano una interesante colección de DVDs llamada “Japanese Anime Classic Collection”, dedicada a los inicios de la animación en Japón. Ciertamente no podía dejar escapar algo así, de modo que me hice con él después de un largo rato regateando con su vendedor, un astuto anciano que al notar mi interés intentó vendérmelo a un precio abusivo (luego descubrí que el DVD también estaba en Amazonn…).

Este pack de cuatro DVDs ofrece varios cortos de animación japoneses de la década de los 20 hasta los 40, pero poniendo mucho énfasis en una época que nos interesa especialmente en este rincón: los años 20 y 30, es decir, la era muda e inicios del sonoro. Les ofrezco pues una selección de diez de esos cortometrajes con referencias a otros que se pueden encontrar en ese mismo pack. Muchos de los links de Youtube que comparto no tienen subtítulos, pero no se desanimen, la mayoría se pueden disfrutar igualmente habiendo leído previamente el argumento.

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El famoso relato de Robert Louis Stevenson publicado en 1886 ciertamente se prestaba tarde o temprano a una versión cinematográfica. Aunque la más famosa de la era muda es la protagonizada por John Barrymore, ya existen otras anteriores como la que rescatamos hoy de 1912.

De entrada, al igual que sucedió con otras adaptaciones de la época como la del primer Frankenstein (1910), el punto de partida no es tanto el relato original como la obra teatral que se hizo del mismo, en este caso adaptada por Thomas Russel Sullivan en 1887, y que gozó de una enorme fama. Eso implicaba por ejemplo que se enfatizaba más el contraste entre Jekyll y Mr. Hyde, haciendo de éste prácticamente una encarnación del mal, y que se desvela desde el principio la transformación de Jekyll y Hyde (algo que de todos modos no tiene sentido dejar como sorpresa final, puesto que el público ya estaba familiarizado con la historia).

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