Para los amantes del cine mudo el lugar donde estar a principios de octubre es en el pueblo italiano de Pordenone, que se convierte durante una semana en la sede de Le Giornate del Cinema Muto, el festival más importante dedicado a este apasionante mundo.

Ésta es ya la quinta vez que el Doctor Caligari acude a este evento (más abajo podrán ver los enlaces a las ediciones de años anteriores), que en esta ocasión presenta una de las selecciones más interesantes de películas que ha visto este Doctor desde que empezó a acudir. Veamos lo que nos ofrecerá:

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Uno de los subgéneros predilectos de los directores de los orígenes del cine era el que mostraba a algún jovencito cometiendo todo tipo de gamberradas que acababan invariablemente derivando en una persecución. Hoy les ofrecemos un ejemplo de uno de los grandes pioneros del cine británico, James Williamson, en el que emplea a su propio hijo como protagonista. Esperamos por su propio bien que el angelito no fuera igual en la vida real…

Las películas que muestran el funcionamiento de Hollywood por dentro siempre han sido un género bastante agradecido a nivel de público – véanse obras tan diversas como Cantando bajo la Lluvia (1952), The Artist (2011) o las dos versiones de Ha Nacido una Estrella – que además se lleva explotando desde la era muda, como se puede ver en la simpática comedia Espejismos (1928) de King Vidor, que ofrece una visión amable sobre los entresijos de la Meca del cine. No obstante, cinco años antes Hollywood necesitaba más que nunca una película como ésa para un lavado de imagen. Los recientes escándalos relacionados con el caso Arbuckle o la célebre muerte de Wallace Reid a causa de sus problemas con las drogas provocaron que Hollywood fuera visto como una especie de Sodoma y Gomorra donde los excesos estaban a la orden del día, dando munición de sobras a todos los lobbies que veían el cine como una influencia perjudicial.

Aquí entró entonces en escena el célebre (en su época al menos) escritor Rupert Hughes, tío de un tal Howard que quizá les sea familiar, que decidió adaptar a la gran pantalla una novela que había escrito bajo el título de Souls for Sale (1923). La película era la clásica historia de una chica humilde (la cual por algún extraño motivo se llama Remember) que llega a Hollywood como una completa desconocida y consigue convertirse en una estrella. Como es de esperar, Remember consigue dos pretendientes que están enamorados de ella pese a su absurdo nombre, un director y un actor que parece modelado a partir de Rodolfo Valentino. Pero, oh desgracia, resulta que ella está ya casada con un hombre al que abandonó en un impulso afortunado, puesto que se trata de una especie de Barbazul que se dedica a matar a sus esposas, y teme que si la verdad sale a la luz el escándalo acabaría con su carrera.

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Cuando se acerca el calor veraniego, este Doctor no puede resistir la tentación de dejar temporalmente la búsqueda de nuevas joyas mudas inéditas para emigrar a climas mediterráneos. Ahí uno puede pasar las tardes refrescándose en la piscina, al igual que otros ilustres colegas suyos de origen germánico como los de la imagen superior mientras charlan sobre las bondades del cine de la República de Weimar o sobre cuál es la nueva moda de colchonetas para el agua este año (Herr Lang me informa que son las que tienen forma de unicornio).

En todo caso, no se preocupen, porque con la llegada del otoño el Doctor Caligari volverá a acudir a la llamada del deber y estará de aquí para ofrecerles nuevas dosis de cine mudo. Les esperamos como cada año a finales de Septiembre.

En los años de la República de Weimar el bergfilm, el género de películas de montaña era considerado de poco interés, básicamente se veía como obras protagonizadas por personajes planos y apoyadas en paisajes. Pero eso no quitaba que gozara un enorme éxito entre el público de la época. Y uno de los espectadores que quedó impactado con este tipo de obras era una bailarina llamada Leni Riefenstahl, que se sintió tan impresionada por uno de esos filmes que se las arregló para contactar con el director del mismo, Arnold Fanck, y ofrecerse a protagonizar su próximo proyecto. Así sin más, teniendo una experiencia nula como actriz. No obstante, Fanck debió ver algo especial en esa joven ambiciosa, porque no sólo decidió contratarla sino que de hecho escribió el guión de su siguiente cinta pensando expresamente en ella. La película sería La Montaña Sagrada (1926), cuyo rodaje sería una pesadilla para la pobre Riefenstahl de la que no obstante logró salir airosa.

El argumento es bastante simple y se centra en el triángulo amoroso entre la bailarina Diotima y dos escaladores enamorados de ella: Vigo y su amigo Karl. Ambos desconocen que están enamorados de la misma mujer, y mientras Diotima corresponde abiertamente a Karl, Vigo piensa erróneamente que él también es correspondido sin sospechar que ella lo ve más como un hermano menor.

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En 1958 una de las grandes películas del año fue sin duda la francesa Mi Tío (Mon Oncle) del cómico Jacques Tati, que recaudó entre muchos otros premios el Oscar a la mejor película de habla no inglesa. Se trataba de una nostálgica obra maestra que rescataba el espíritu del slapstick clásico eficazmente adaptado al cine de aquellos años, de modo que resultaba lógico que en su discurso de agradecimiento Tati rindiera homenaje a los viejos maestros del género que tan claramente le habían influenciado.

A raíz de haber sido el ganador del premio, la Academia le ofreció a Tati en su visita a Hollywood un trato especial y le dieron al director la oportunidad de concederle cualquier petición que tuviera. Y aquí fue donde los miembros de la Academia se llevaron una sorpresa. Porque en circunstancias normales, lo que uno pediría en este caso sería conocer a las estrellas y directores más de moda o acudir a alguna de lujosa fiesta. Pero lo que Tati pidió fue que le presentaran a sus viejos ídolos del slapstick. Una cosa era tenerles en cuenta en su discurso, otra realmente preferir pasar un rato de charla con estos ancianos antes que con Paul Newman.

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Lo que sucede es lo siguiente: un conserje se bebe una botella de crecepelo pensándose que es alcohol y al día siguiente se despierta con el cuerpo cubierto de pelo. ¡Horror! ¿Qué hacer en una situación así? Pues obviamente montar un número de vodevil con su mujer haciéndote pasar por un hombre mono.

Esta es la absurda y divertida premisa de La Vérité sur l’Homme-Singe (1906) de la cineasta Alice Guy, un corto que quizá no acaba de aprovechar del todo el prometedor argumento – que Marco Ferreri exploraría más a fondo medio siglo después en Se Acabó el Negocio (1964) – en parte porque el actor no tiene las virtudes físicas de por ejemplo un Buster Keaton para explotar las posibilidades cómicas de un hombre encarnando a un simio:

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En su autobiografía, Buster Keaton insiste en presentarse a sí mismo no como un artista, sino como un mero cómico que buscaba entretener a su público, un punto de vista que curiosamente es diametralmente opuesto al de Charles Chaplin, mucho más consciente y preocupado por la dimensión artística de su obra. Pero me temo que alguien que no fuera más que un cómico no habría dirigido algunas de las mejores películas de la historia del cine, como es el caso de El Maquinista de la General (1926), una obra que demuestra que por mucho que Keaton se viera a sí mismo como un artista de vodevil que se había trasladado al cine, en realidad era uno de los mejores directores de su época.

Producida en su mayor momento de popularidad, El Maquinista de la General (1926) era con diferencia el proyecto más ambicioso en que se embarcó Keaton. El punto de partida era un libro titulado The Great Locomotive Chase que narraba un hecho real sucedido durante la Guerra de Secesión, cuando unos soldados del bando confederado se infiltraron en territorio enemigo para secuestrar una locomotora y con ella ir destruyendo vías y puentes por el camino. El plan no obstante se vino abajo gracias a dos conductores de tren que les persiguieron y les pararon los pies. A Keaton, un fanático de los trenes, le encantó la premisa y decidió adaptarla al cine con algunos pequeños cambios.

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La actriz Bebe Daniels, que se hizo célebre interpretando a la chica en los primeros cortos de Harold Lloyd y luego desarrolló una carrera por su cuenta de la mano de directores como Cecil B. De Mille, tenía una afición muy particular: le encantaba conducir a toda velocidad. Posteriormente ella se justificaría de forma bastante discutible diciendo que era una afición inocente porque nunca tuvo ningún percance, que simplemente le gustaba la sensación de velocidad. En todo caso, como es de esperar Daniels acumuló numerosas multas a causa de ese hobby, pero no es algo que le preocupara. Y no solo porque con el dinero que tenía podía permitirse pagarlas holgadamente, sino porque su tío Jack era alguien importante con conexiones en el departamento de policía de Los Angeles que estaba siempre sacándola de apuros.

Un día de 1921, la señorita Daniels estaba conduciendo a la muy respetable velocidad de 115 kilómetros por hora (que era toda una marca en esos años) por Orange County cuando le paró la policía. La pobre excusa que le dio al agente era que el radiador se estaba sobrecalentando y yendo lo más rápido posible hacia el taller de reparaciones más cercano, pero obviamente no coló. Así pues, Bebe llamó una vez más a su tío Jack para pedir ayuda, pero cuando ésta le dijo dónde se encontraba, el bueno de Jack le hizo saber que se había metido en un buen lío. Porque Orange County era el territorio del Juez Cox.

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En 1986 la Cinemateca de Sâo Paulo hizo un descubrimiento histórico entre sus archivos cuando dieron por casualidad con dos de las cuatro películas dirigidas por Fritz Lang consideradas perdidas, concretamente La Imagen Errante (1920) y Corazones en Lucha (1921), de forma que conseguíamos tener casi íntegramente su filmografía como director rellenando los pocos huecos que hay en su primera etapa – las otras dos siguen desaparecidas, de modo que si tienen en casa alguna copia de Halbblut (1919) o de Der Herr der Liebe (1919), por favor, háganmelo saber.

Personalmente no me entusiasma demasiado La Imagen Errante (1920) pese a ser la primera colaboración con la guionista (y futura esposa) Thea von Harbou, y me parece más una obra para fanáticos completistas, lo cual no quita que tenga sus logros (más concretamente el uso de paisajes exteriores de montaña, que tanto protagonismo alcanzarían años después en el cine germano). Corazones en Lucha, también conocida como Cuatro alrededor de la Mujer, ya es otro tema. Aunque no esté a la altura de sus grandes obras es una pieza clave de su carrera sin la cual literalmente no pueden entenderse sus grandes películas posteriores.

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