Las películas de episodios, es decir, que narraban varias historias breves, tuvieron una cierta popularidad en la era muda, quizá por ser una forma fácil de condensar varios cortometrajes en un solo largometraje, como ya había demostrado Griffith en la monumental Intolerancia (1916). En el caso de Historias Tenebrosas (1919) de Richard Oswald me imagino que su génesis viene apoyada por el éxito que había tenido su anterior obra Los Cuentos de Hoffmann (1916), que adaptaba con bastante solvencia tres historias de E.T.A. Hoffmann.

En este caso las cinco historias que conforman el filme no comparten el mismo autor pero tienen en común la temática de intriga y los mismos actores protagonistas. De hecho los créditos iniciales nos regalan un simpatiquísimo plano en que se nos muestra a los dos actores principales, Conrad Veidt y Reinhold Schünzel, sonriendo en plan colegueo junto al director Richard Oswald. Ellos dos y Anita Berber (excluida de ese acto de camaradería inicial eminentemente masculino) son el nexo entre las cinco historias, que vienen precedidas de un prólogo situado en una vieja librería de noche. De tres cuadros emergen tres tenebrosas figuras: la Muerte, el Diablo y, a falta de un equivalente femenino de una figura diabólica análoga a esas dos, una prostituta. Los tres se sientan y empiezan a leer algunas historias que cobran vida en la pantalla.

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No hay nada como una saludable dosis de cine de los orígenes para alegrarle el día a uno, y más cuando su responsable es ni más ni menos que el genial Segundo de Chomón. Ante todo debo reconocer que tengo ciertas dudas sobre su autoría, ya que investigando un poco en algunos sitios se le atribuye la dirección a Ferdinand Zecca siendo Chomón el responsable de los efectos especiales, mientras que en otros se atribuye a Chomón la dirección completa del filme. Yo, para no comprometerme y hacer enfadar a ninguno de estos dos magníficos cineastas, he optado por la opción que han escogido muchos de citar a ambos como directores. Después de todo en el cine de los orígenes el tema de las autorías es sumamente complicado y de hecho ya cité por aquí un caso personal también con Chomón.

En todo caso, sea quien sea el director, no nos queda ninguna duda de que el autor de los efectos especiales de Le Voleur Invisible (1909) es el cineasta de origen aragonés, y son precisamente esos trucajes lo mejor de la película. Tal y como dice el título, un ladrón se hace con una copia de El Hombre Invisible de H.G. Wells y utiliza la fórmula para la invisibilidad que se cita en el libro para cometer sus robos, un pretexto magnífico para los clásicos trucajes de Chomón en que parece que los objetos se mueven solos.

 

Imagen: Valerio Greco

Entramos ya en la recta final del festival y uno no puede evitar soltar el tópico de qué rápido han pasado estos días y lamentarse de que en breve habrá que volver a la rutina del trabajo (en mi caso, ya saben, pasear por pueblos haciendo mi numerito de sonámbulo con Cesare para que luego vaya apuñalando a gente por las noches), pero supongo que tiene que ser así ni que sea para recuperar una cierta normalidad de horarios. Así pues, antes de lamentarnos de que hayan acabado las Giornate, disfrutemos de estos tres días que vienen más que cargados.

10 de octubre – El día de Reginald Denny

Ayer nos comentó el director del festival, Jay Weissberg, que el 9 de octubre era el día oficial de Reginald Denny (desconozco por qué ese día concreto, algún truco publicitario de la Universal). Es una maravillosa casualidad que el día oficial de Reginald Denny coincidiera con el festival de Pordenone que le está dedicando un ciclo… aunque también es mala pata que justo el 9 de octubre no hubiera ninguna película suya en el programa, de modo que Weissberg dijo que en Pordenone celebraríamos su día oficial el 10 de octubre, coincidiendo con la proyección de su película What Happened to Jones (1926) con la presencia de su nieta entre el público.

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Imagen: Valerio Greco

Entrando en el ecuador del festival uno empieza a notar ya cierto agotamiento acumulado y los primeros síntomas de que el cuerpo está implorando a gritos salir de esa sala oscura. Es en este punto del festival cuando más lamento que casi ninguna de las proyecciones que tengo previsto saltarme sean a primera o última hora del día, que son los horarios que a uno le permitirían dormir unas horas más. Pero qué le haremos, este feliz estrés consistente en que uno tiene demasiadas cosas por ver en una semana es una de las características de festivales como Pordenone, donde además si uno se salta ciertas sesiones no tiene la seguridad de que pueda cazar esa película en otra ocasión.

8 de octubre – Travestismo a gogó

Les voy a hacer una pequeña confesión: aunque me gustan las películas de William S. Hart, no estaba seguro de ser tan fan del célebre cowboy como para disfrutar de un programa entero dedicado a él. Pero de momento la cosa está yendo bien en gran parte por dos motivos: porque aunque hay cierto tipo de argumentos o situaciones que suelen repetirse sus películas están siendo medianamente variadas, y porque el ciclo se centra sobre todo en su primera época, que son cortos y mediometrajes que se digieren mejor y permiten observar cómo va dando forma a su estilo. El mejor de esta tanda fue The Sheriff’s Streak of Yellow (1915), en que Hart es un sheriff admirado por todo el pueblo hasta que un día deja escapar expresamente a un criminal, ya que le debía un favor del pasado. Eso provoca que le obliguen a resignar de su puesto, pero al final vuelven a aceptarle cuando impide un robo al banco cometido por la banda de ese mismo forajido. Sin una mujer que le redima aquí tenemos al Hart más duro y viril en esta historia que trata sobre lo cambiante que es la actitud de la gente hacia nuestro héroe (un detalle sutil pero interesante: cuando todos acuden a ver qué ha sucedido en el banco una vez Hart ha matado a toda la banda, éste inicialmente se muestra algo desconfiado hacia los lugareños seguramente por temor a que piensen que él tuvo algo que ver con el robo, pero por suerte no es así).

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Ah, no hay nada como los primeros días de Pordenone. Todo el mundo está todavía fresco y despejado. Las sesiones de las 9 de la mañana nunca están tan llenas como en estos días y uno aún mantiene el optimismo de ver todas las películas que se había propuesto. En el fondo la experiencia de un festival viene a ser encontrar un equilibrio entre verlo todo y darse las horas adecuadas de reposo. Y nunca parece tan factible y realista el plan semanal que se hace uno como en los primeros días.

5 de octubre – Once hombres y una mujer sin piedad + el anuncio más largo del mundo

Los protagonistas de la primera jornada de Pordenone han sido dos franceses… con permiso, claro está, del señor Charles Chaplin, cuya obra maestra El Chico (The Kid, 1921) ha sido escogida como plato fuerte de la sesión de inauguración del festival acompañada por la Orquesta de San Marco de Pordenone. Pero si me disculpan, dejaremos por una vez a Chaplin de lado (habrá numerosas ocasiones para hablar de El Chico) y pasemos a las otras sesiones del día.

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Como ya sabrán nuestros lectores más veteranos, Octubre es sinónimo de Le Giornate del Cinema Muto o, lo que es lo mismo, de un festín de cine mudo que dura una semana entera en el pueblo italiano de Pordenone, donde tiene lugar el festival de cine silente más importante del mundo. Este Doctor acude por sexto año consecutivo (abajo tienen los links de las ediciones anteriores) y durante la semana que viene irá periódicamente comentando todo lo que ha podido ver, de modo que estén atentos a sus pantallas estos días. Veamos lo que nos ofrecen en esta edición:

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Aunque hoy día ha quedado relegado al olvido, Raymond Griffith fue un cómico que tuvo cierta popularidad en la era muda encarnando personajes en la onda de Max Linder y Charley Chase: hombres elegantes que deben enfrentarse a situaciones humorísticas manteniendo la compostura lo mejor que pueden. No obstante, cuando llegó el cine sonoro resultó obvio que Griffith no podría continuar su carrera como actor a causa de un pequeño gran problema: apenas tenía voz, de hecho solo podía hablar en un susurro. Según él, perdió la voz de pequeño cuando trabajó en un melodrama teatral en que su personaje tenía que gritar muy a menudo y, tras muchas representaciones en que el joven Griffith se empeñó en darlo todo sobre el escenario, acabó quedándose sin voz. El motivo real seguramente fuera una enfermedad como una bronquitis.

El caso es que antes de que abandonara su carrera como actor definitivamente tuvo la oportunidad de hacer una última aparición memorable en el célebre drama bélico Sin Novedad en el Frente (1930) de Lewis Milestone, donde encarna al soldado francés que el protagonista mata en mitad de un combate y con cuyo cadáver se ve obligado a vivir en una trinchera durante varios días. Es una de las escenas más angustiosas del filme que refleja a la perfección lo absurdo de la guerra: lo fácil que es aniquilar a un enemigo inconcreto y “abstracto” y lo angustioso que resulta cuando uno lo humaniza al tenerlo de cerca y se da cuenta de que, en el fondo, ha matado a un padre de familia. Pero dejando de lado esa consideración, que Milestone le diera ese papel sin diálogo a un actor de comedia es una perversa muestra de humor negro o, si se quiere, una forma muy curiosa de jugar con las expectativas del espectador, introduciendo un elemento asociado a otro género (la comedia) en un duro drama bélico.

El efecto obviamente se ha perdido a día de hoy al ser Raymond Griffith un actor completamente olvidado, pero para que se hagan una idea, ¿se imaginan si en mitad de la película apareciera el cadáver de Buster Keaton en una trinchera? Ciertamente éste sea uno de los cierres de carrera más originales e inusuales de un actor cómico.

Ayer se cumplieron 100 años del estreno de El Tesoro de Arne (1919), no solo la mejor película de Mauritz Stiller y una de las obras cumbre del cine mudo escandinavo, sino directamente una de las grandes obras maestras de la historia del cine. Se trata de uno de esos filmes en que se combina una absoluta maestría técnica junto a un tratamiento muy especial y lleno de sensibilidad de la historia, que hacen que el filme destaque no sólo por su calidad sino por ese tono, ese ambiente, esas sensaciones indescriptibles con palabras que sólo los grandes maestros del cine sabían añadir a sus obras.

La trama tiene lugar en el siglo XVI, cuando una serie de mercenarios escoceses escapan de la cárcel e intentan volver a su país. Tras una larga caminata por la nieve, los tres llegan hambrientos y desesperados a la mansión de Sir Arne, un hombre que ha hecho su fortuna gracias a los monasterios del país que cayeron en desgracia con la última reforma protestante. Los tres escoceses asesinan a Sir Arne y toda su familia, roban su fortuna y huyen después de prender fuego a la casa. La única superviviente es una hija adoptiva de la familia, Elsahill, que queda a cargo de una anciana. Tiempo después, los escoceses deambulan de incógnito por el pueblo a la espera de que pase la helada y puedan coger un barco de retorno. Uno de ellos, Sir Archie, conoce a Elsahill y se enamora de ella sin que ésta sospeche que él fue uno de los asesinos.

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Aunque los fanáticos del cine mudo seguramente tengamos fama de ser viejos aburridos cuyo concepto de diversión es revisionar por centésima vez una película de Murnau, tampoco somos ajenos a otros placeres más comunes y populares como ver películas sonoras (!!) e incluso disfrutar de planes típicamente veraniegos en buena compañía.

Esto es lo que tiene pensado hacer el Doctor Caligari en los próximos meses, en los que piensa disfrutar de las playas del Mediterráneo junto a su buena amiga Louise Brooks, al lado de la cual es imposible aburrirse. Les invitamos a que ustedes también se den un tiempo de vacaciones al aire libre en compañía de su estrella de cine mudo favorita hasta el retorno del Doctor Caligari a finales de Septiembre.

En Cuerpo y Alma (1925) posee de entrada el aliciente de ser uno de los pocos filmes mudos que han sobrevivido a día de hoy del director afroamericano Oscar Micheaux, además de suponer el debut cinematográfico de Paul Robeson, uno de los actores negros más importantes surgidos en Estados Unidos en aquella época.

Tanto Oscar Micheaux como Paul Robeson son dos figuras fundamentales a la hora de hablar de cine afroamericano que darían por sí solos para un extenso artículo, y de hecho en su momento ya escribimos uno dedicado al primero. Hoy nos centraremos en la que fue su única colaboración juntos.

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