Como es de sobras conocido, en los orígenes del cine el simple concepto de “remake” no tenía sentido, puesto que todos los cineastas copiaban libremente las ideas de otros sin que ello tuviera ningún tipo de repercusión legal. En una época en que la distribución y exhibición de películas era un absoluto caos, a menudo eso implicaba que el propio público no supiera (ni le importara) cuál era la “original”. Teniendo en cuenta esas circunstancias, era de lo más normal que un productor decidiera aprovechar alguna película que había sido especialmente exitosa para copiar su idea, como es el caso que nos ocupa hoy.

Vean en primer lugar al inicio del post este divertido cortometraje del gran mago del cine, Georges Méliès, titulado Le Deshabillage Impossible (1900), que utiliza sus célebres trucajes para mostrarnos a un pobre hombre que intenta quitarse la ropa antes de ir a dormir y no lo consigue, porque a cada pieza de ropa que se quita, otra vuelve a aparecérsele mágicamente puesta.

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Realizada en los últimos años de la era muda, Las Ruinas de un Imperio (1929) es uno de esos pequeños clásicos del cine soviético que han emergido no por su importancia histórica o ser obra de uno de los grandes cineastas de la época (el nombre de Fridrikh Ermler difícilmente le será familiar al cinéfilo medio), sino por su innegable calidad.

El protagonista es Filimonov, un exoficial que perdió la memoria durante la I Guerra Mundial al recibir un cañonazo de sus propios superiores por compartir un cigarro amistosamente con un soldado alemán en su puesto de vigilancia. Los años han pasado, la guerra terminó y tras la revolución llega la era socialista. Filimonov mientras tanto trabaja en una estación de ferrocarril totalmente ajeno a lo que ha sucedido. Pero entonces un día reconoce en un tren a su antigua mujer y le vuelve la memoria. Decidido a recuperarla, se embarca hacia San Petersburgo ignorante de todos los cambios que ha sufrido el país.

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Uno de los rasgos más curiosos de la era muda es que en esos años no era nada inhabitual que los actores, incluso los más célebres, corrieran auténticos riesgos rodando sus escenas. Ello era debido en parte a la falta de regulación que existía en aquellos tiempos al respecto y, también es cierto, al genuino entusiasmo que muchos de ellos sentían hacia su profesión, que les llevaba a entender estos riesgos como algo normal, un gaje del oficio para conseguir que la película fuera lo mejor posible.

Un caso paradigmático es el de Gloria Swanson en Macho y Hembra (Male and Female, 1919) de Cecil B. De Mille. La película narraba una historia contemporánea sobre las relaciones de clase, pero siendo De Mille se inventó una excusa para colar un flashback ambientado en la Antigua Babilonia que no viene absolutamente a cuento de nada, pero le sirve para colar unos minutos de fastuosa decoración y vestuario, además de ofrecer un impactante desenlace en que la Swanson era finalmente ofrecida de comida a los leones (pueden verlo en el vídeo de abajo).

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En 1949, el crítico cinematográfico James Agee publicó en la revista Life un artículo titulado “Comedy’s Greatest Era” que tuvo una enorme importancia en el proceso de revalorización del slapstick como uno de los grandes géneros a recuperar de las primeras décadas del cine. En dicho texto Agee se centraba en los que él consideraba los cuatro grandes genios de la comedia muda y analizaba con detalle qué hacía que cada uno de ellos fuera tan especial. Dos de ellos eran de sobras conocidos por el gran público, Charles Chaplin y Harold Lloyd, pero los otros dos habían caído en el olvido desde hacía tiempo y comenzarían a ser rescatados en parte impulsados por este artículo. Uno de ellos era Buster Keaton, que desde la era sonora llevaba años subsistiendo en pequeños papeles de todo tipo o como escritor de gags y que, con el tiempo, no solo recuperó su pasada popularidad sino que incluso acabaría sobrepasando a Harold Lloyd. Pero el cuarto en cambio nunca recuperó dicho estatus salvo entre críticos y fanáticos de la era muda, de forma que aunque el artículo de James Agee menciona a los “cuatro grandes de la comedia”, a la práctica se ha acabado considerando que fueron tres los grandes del slapstick, dejando fuera a este cuarto personaje, que no es otro que Harry Langdon.

Y no obstante, en su momento cumbre, en la segunda mitad de los 20, Langdon era tan inmensamente popular en Estados Unidos que casi llegaba a los niveles de Chaplin. De hecho su descubridor, Mack Sennett, el productor de la Keystone (el  estudio de comedias slapstick más célebre de la época), diría que era el mejor cómico que había visto jamás, más incluso que Chaplin. El suyo es quizá el caso más exagerado que conozco de auge y caída tan repentinos en un periodo de tiempo tan breve: en 1923 era un actor de experiencia en el mundo del vodevil pero un auténtico desconocido de la gran pantalla, en 1926 era uno de los cómicos más exitosos del mundo, en 1928 su carrera estaba acabada. ¿Qué sucedió? Por desgracia, durante muchos años la única versión conocida de los hechos fue la que comentaron dos de las personas que dieron forma a su carrera cinematográfica: Mack Sennett y el célebre director Frank Capra. Ambos publicaron sendas autobiografías – El Rey de la Comedia y El Nombre delante del Título – que si bien son muy interesantes y amenas de leer, también están plagadas de inexactitudes y de un nada disimulado egocentrismo que, a la hora de tratar el caso Langdon, dejan a éste en muy mal lugar. Langdon había muerto en 1944, mucho tiempo antes de que ambos libros se publicaran, y no pudo por tanto dar su versión de los hechos, pero por suerte con el tiempo algunos biógrafos han rebatido muchas de las afirmaciones de Sennett y Capra. Desde este pequeño rincón silente intentaremos también aportar una versión más fidedigna sobre qué le sucedió al bueno de Harry Langdon para de paso reivindicarle como se merece.

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Si Asta Nielsen merece un lugar destacado en la historia del cine es no solo por ser una de las primeras grandes actrices del medio sino también una de las primeras sex symbols. Su actuación en El Abismo (Afgrunden, 1910) de Urban Gad fue algo absolutamente inédito para el público de la época: de un naturalismo que contrastaba con las interpretaciones más exageradas propias de la época – ¡estamos hablando todavía de 1910! – y desbordante de erotismo. Es natural pues que a Nielsen y Urban Gad les llegara una jugosa oferta de Alemania para que continuaran allá su carrera. Y no menos natural que ellos aceptaran, ya que en dicho país tenian la oportunidad de trabajar en un estudio propio y con más recursos a su disposición.

Una de las primeras obras que ambos realizaron allá fue una atrevida producción que se escapaba de sus típicos papeles de femme fatale para tratar un tema bastante controvertido: Die Suffragette (1913). El movimiento sufragista, por entonces todavía batallando por sus derechos, fue todo un shock para la sociedad británica, que vio como muchas mujeres – tradicionalmente asociadas al papel de madres y pacíficas amas de casa – estaban dispuestas a rebelarse en serio para conseguir el derecho a voto. De las iniciales protestas y huelgas de hambre se pasó a actos más contundentes como pintadas en las paredes, destrucción de sitios públicos (siempre procurando evitar causar heridos) e incluso el uso de bombas.

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Bill Morrison es uno de los artistas actuales que mejor ha sabido aprovechar las posibilidades del cine mudo dentro de lo que se conoce como found footage, es decir, películas montadas a partir de material fílmico ya existente. En este campo Morrison ha destacado por su uso de fragmentos de películas perdidas o en alto proceso de deterioro dándoles una nueva vida, mostrándonos cómo estas imágenes descontextualizadas o casi convertidas en abstracciones pueden funcionar cómo cine experimental.

Su proyecto más célebre es el largometraje Decasia (2002) compuesto íntegramente por fragmentos de películas desaparecidas junto al acompañamiento musical del compositor Michael Gordon. No obstante, como primera aproximación a los que no conozcan su obra yo recomendaría este cortometraje, Light Is Calling (2004), creado a partir de una escena de una película que por suerte sí se conserva – The Bells (1926) de James Young – pero tomando como referencia una copia muy deteriorada que convierte la imagen en una abstracción que adquiere vida propia ayudado por la música del ya citado Michael Gordon.

Si tienen ganas de descubrir más sobre este interesantísimo artista, no dejen de visitar su canal de Vimeo.

Un día me gustaría escribir más ampliamente sobre la curiosa experiencia de ver fragmentos de películas perdidas. Visionar minutos sueltos de una obra mucho más larga que no necesariamente corresponden a sus mejores escenas o las más representativas, sino las que por pura arbitrariedad han llegado a nuestros días. Reconstruir a partir de ahí esa película incompleta en nuestras mentes imaginándonos las partes que faltan a partir de lo que sabemos de ella (sinopsis, fotogramas sueltos, críticas de la época) de forma que cada uno de nosotros se la imagina a su manera. Es una irreparable pérdida que estas obras se hayan perdido, pero tiene también su interés este ejercicio de imaginación.

Partiendo de esta reflexión: ¿es The Divine Woman (1928) de Victor Sjöstrom un sensible y exquisito melodrama romántico? ¿O es más bien el clásico producto impersonal holllywoodiense al servicio de sus dos estrellas? Ambas hipótesis podrían ser válidas, pero a no ser que alguien descubra milagrosamente una copia completa del filme nunca lo sabremos.

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Aunque tradicionalmente el cine chino clásico ha estado bastante olvidado en occidente salvo contadísimas excepciones, en las últimas décadas ha habido un interesante proceso de reivindicación y, sobre todo, de difusión de algunas de las grandes películas de dicho país. En lo que respecta a su era muda, no son muchas las obras chinas que han llegado a mis manos, pero sin duda una de las más míticas es La Diosa (1934) de Wu Yonggang.

La protagonista es una joven prostituta cuyo principal objetivo en la vida es cuidar de su bebé. Para su desgracia, una noche conoce a un matón que se encapricha con ella y que la toma como si fuera su posesión, quitándole buena parte del dinero que ella gana y negándole el derecho a escapar. Ella aguanta estoicamente esa situación por el bien de su hijo y esconde parte de su dinero para enviarle al colegio. Pero ahí se topará con los prejuicios de los padres de otros niños.

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Una vez que a principios del siglo XX se hizo evidente el enorme éxito del cine entre las clases populares, no faltó quien viera este medio como una forma de educar a los espectadores, es decir, ofrecerles historias de tono moralizante como la que nos ocupa, de título bastante explícito: Les Victimes de l’Alcoolisme (1902).

La película ostenta el honor de ser la primera adaptación que se conoce de Émile Zola (en este caso L’Assommoir) si bien la historia está tan sintetizada, en tan solo cinco planos, que podría ser perfectamente cualquier argumento similar relacionado con el alcoholismo: una familia humilde pero feliz, el padre es tentado en la calle por unos amigos para irse a tomar unas copitas de nada, la madre acude a buscarle alarmada por el descenso al alcoholismo de su marido y finalmente un desenlace trágico con la familia abocada a la miseria y el protagonista encerrado en un manicomio, víctima de un delirium tremens.

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Un filme como La Marca de Fuego (1915) puede ser afrontado desde muy diversos puntos de vista. Puede verse como uno de los primeros grandes logros de Cecil B. De Mille, tanto a nivel comercial como artístico; puede analizarse también como ejemplo de la madurez a la que estaba llegando el cine en esos años tan cruciales, y por último es además una obra que se presta a debatir sobre su polémico contenido.

A nivel cinematográfico no puede suscitar ninguna duda o debate: La Marca de Fuego es una gran película marcadamente moderna para la época. Aunque De Mille solo llevaba un año en el mundo del cine, el agitado ritmo de trabajo que seguía (filmó más de 10 películas en 1914, y otras tantas en 1915) le permitió coger el punto en relativamente poco tiempo a ese invento tan sofisticado. Aunque aún quedaban algunas marcas del cine primitivo (como cierto estatismo a la hora de basarse principalmente en planos generales) cuando uno ve La Marca de Fuego ya tiene la sensación de que su contenido sigue una estética fílmica: los decorados y la iluminación están muy cuidados, las interpretaciones son menos exageradas y el montaje deja discurrir fluidamente la historia.
Hay incluso algunos momentos visualmente brillantes, como la escena del disparo en que De Mille juega con las sombras de los personajes tras las paredes de tela. En ese sentido se trata de una película absolutamente fundamental.

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