Pese a que empezó su extensísima carrera en una fecha tan temprana como 1917, parece haber unanimidad entre los fans de John Ford respecto a que su etapa muda está lejos de ser una de las más brillantes de su filmografía, funcionando más bien como un periodo de aprendizaje con algunos logros puntuales dignos de ser recordados. Teniendo eso en cuenta, Legado Trágico (1928) sería uno de esos ejemplos a destacar, aunque no a la altura de sus mayores logros silentes, como la algo sobrevalorada El Caballo de Hierro (1924), la muy reivindicable Tres Hombres Malos (1926) y, sobre todo, mi favorita, Cuatro Hijos (1928). El filme que nos ocupa ciertamente posee suficientes cualidades que la convierten en una obra notable, pero también algunas carencias que hacen que no termine de redondearse lo que de entrada era una historia con todos los ingredientes necesarios para dar una gran película.

“Ciudadano Hogan” es un irlandés expatriado que un día recibe una carta con una mala noticia que le incita a volver a su tierra natal a llevar a cabo una venganza pese a que está en búsqueda y captura (suponemos que por actos contra el ejército británico). Allá nos encontramos con el juez O’Brien, tristemente famoso por haber enviado a muchos hombres a la horca y cuya hija Connaught está enamorada del honrado pero pobre Dermot. Su padre, a quien le quedan días de vida, se asegura de que ésta se case con el mejor posicionado John D’Arcy, un déspota hipócrita que pronto descubriremos que la persona de la que Ciudadano Hogan quiere vengarse.

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Ya les hablamos en alguna ocasión de Alfred Machin, uno de los grandes pioneros del cine belga y holandés, del que hoy rescatamos uno de sus cortometrajes más sobresalientes, De Molens die juichen en weenen (1912), en que una familia feliz se ve acosada por un vagabundo que, al no recibir ayuda del padre, promete vengarse. Una vez más, Machin vuelve a utilizar como lugar de acción el gran emblema característico del país, un molino, y de hecho no deja de parecerme entrañable que el hijo de la familia le muestre ilusionado a su padre su gran trabajo de artesanía: un pequeño molino hecho por él.

Si le echan un vistazo a la película entenderán por qué Machin es uno de los grandes nombres a rescatar del cine europeo de esos años: la composición de planos es magnífica (la imagen del vagabundo observando el molino desde el puente, el impactante plano final con el reflejo del río…) y la versión que les ofrecemos es una de esas impecables restauraciones de nuestros amigos de Eye que nos permiten poder disfrutar de esta joya en su plenitud. No la dejen escapar, les aseguro que les dejará boquiabiertos.

Hoy hace exactamente 90 años tuvo lugar la primera proyección de una de las obras más importantes de la historia del cine. Era en Le Studio des Ursulines y se trataba de un doble programa de dos cortos donde paradójicamente la obra perteneciente a un cineasta debutante y absolutamente desconocido eclipsó por completo al supuesto filme principal de la noche. Su autor era un aragonés que según dice la leyenda asistió al estreno con los bolsillos llenos de piedras para arrojárselos a la audiencia en caso de que abuchearan su obra. Se trataba de Un Perro Andaluz (1929) y su creador era Luis Buñuel en colaboración con el pintor Salvador Dalí. Para homenajear la que acabó siendo la gran obra del movimiento surrealista, hemos decidido ofrecerles todos los pormenores relacionados con su gestación incluyendo varios testimonios de los implicados. Pónganse cómodos y disfruten, éste va a ser un post largo pero el tema vale la pena.

A principios de los años 20 Luis Buñuel había ido a cursar estudios universitarios a Madrid, y en la Residencia de Estudiantes trabó amistad con bastantes jóvenes que también seguirían una carrera artística, especialmente Salvador Dalí y Federico García Lorca. En aquellos años nuestro protagonista empezó también a mostrar inclinaciones artísticas pero tuvo que aceptar que no tenía talento para la pintura o la poesía como sus compañeros. En cambio, empezó a mostrar un interés cada vez mayor por el cine, sobre todo a raíz del expresionismo alemán y películas como Las Tres Luces (1921) de Fritz Lang, y al poco tiempo se marchó a Francia donde empezó ejerciendo pequeños trabajos para el cineasta Jean Epstein. Cuando rompió su relación con Epstein éste le advertiría “Tenga cuidado. Advierto en usted tendencias surrealistas. Aléjese de esa gente“. Por suerte no seguiría su consejo.

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Cada vez más se está reivindicando el papel de las mujeres cineastas en ámbitos tan diversos como el guion, la edición y la realización. Aquí no quisimos ser menos y hace tiempo dedicamos un post a las directoras más importantes de la era muda, entre las cuales destacan especialmente dos nombres: Alice Guy y Lois Weber, que es la que nos ocupa hoy.

No obstante, la necesidad de recuperar a estas pioneras puede acabar, paradójicamente, volviéndose en su contra, porque puede llevar a la idea equivocada de que Lois Weber necesita un apoyo especial para destacar su nombre, que lo que la hace digna de mención es la rareza de ser una mujer en un mundo de hombres; y en realidad las películas de Lois Weber se reivindican por sí solas, al margen de que las haya dirigido una mujer. En otras palabras, su nombre debería ser recordado a la hora de repasar las primeras décadas del cine sin necesidad de hacer una reivindicación feminista (que nunca está de más, obviamente), ya que su importancia histórica como directora, al margen de su género, se sustenta por sí sola – no en vano en cierto momento de su carrera fue la directora mejor pagada de Hollywood.

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Éste es uno de esos cortometrajes que apenas precisa de explicación porque su impagable premisa lo dice todo: una mujer lleva a su bebé a una incubadora milagrosa (“12 meses de crecimiento en una hora”, asegura el cartel; por otro lado no se pierdan los otros carteles de fondo que muestran el antes y el después de su uso), pero lo acaba dejando por error más tiempo del indicado… con resultados calamitosos. Uno de esos divertidísimos cortometrajes que muestran lo imaginativo que era el cine de los orígenes.

Como nuestros lectores más veteranos ya sabrán, una de las tradiciones anuales de este rincón silente es dedicar un post a las mejores películas que se estrenaron justo hace 100 años (abajo del todo tienen los links a ediciones anteriores). Así pues, mientras las webs que siguen la actualidad cinéfila compartirán en unos meses las listas de mejores estrenos del 2019, el ilustre Doctor Caligari en cambio rescatará de sus viejos archivos el top que elaboró en el ya lejano 1919 y que compartió en el cineclub que frecuentaba por entonces las noches que no estaba de juerga en un cabaret en compañía de su inseparable Cesare.

Nos encontramos pues a solo un año del cambio de década decisivo en el que se encuentran la mayor parte de clásicos de la era muda. A causa de ello y de que la finalidad de estas listas no es tanto ser selectivas como dar a conocer títulos, en esta ocasión el Doctor Caligari ha decidido ampliar el Top10 a los 15 mejores filmes de 1919, para no dejar fuera algunas obras también dignas de mención. Pero antes de pasar a la lista, hagamos un repaso a algunos datos importantes sobre 1919 a nivel cinematográfico.

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Por extraño que pueda parecerles a algunos de nuestros lectores, durante la primera mitad de los años 10 Dinamarca fue una de las cinematografías más importantes del mundo, un estatus que desde entonces no ha vuelto a alcanzar. El principal motivo está en que dicho país fue de los primeros en producir de forma masiva largometrajes (o al menos lo que hoy día consideraríamos mediometrajes) y en preocuparse por los aspectos más artísticos de las películas, de modo que si comparamos muchas de las obras producidas allá en esos años con las de otros países notaremos la diferencia.

Y para demostrarlo no hace falta que recurramos a las grandes obras en mayúsculas, ya que podemos comprobarlo incluso en películas menores bien realizadas como El Circo Ambulante (1912) de Alfred Lind. La trama no presenta ningún misterio, combinando un triángulo amoroso con algunos números circenses para atraer al público. A saber: un funambulista de un circo ambulante salva a la hija del alcalde de morir abrasada en una casa en llamas, ambos se enamoran pero la encantadora de serpientes (encaprichada de él) y el padre de ella se oponen al idilio.

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Que Charles Chaplin era un absoluto perfeccionista rozando lo obsesivo no es algo nuevo, como bien atestiguan las crónicas del rodaje de Luces de la Ciudad (1931). Pero que llevara esa mentalidad al extremo de eliminar una de sus escenas favoritas de la película, es algo que puede parecer incluso chocante. Este divertidísimo sketch en que Charlot se pelea absurdamente con un palo atrancado en unas rejas quedó fuera del montaje final aun cuando el propio Chaplin consideraba que era de los mejores gags que había hecho. ¿Por qué? Consideraba que en el conjunto de la película entorpecía el avance del flujo narrativo, y para él era preferible sacrificar una gran escena a mantenerla y que en el global entorpeciera la narrativa. Hay que ser muy bueno para poder permitirse algo así. Otro maestro como Orson Welles diría décadas después una frase perfectamente aplicable al caso que nos atañe: “Un director ha de tener realmente el rigor de saber tirar al cesto sus planos más hermosos (…) Una película se hace tanto con lo que se tira como con lo que se queda“.

Como curiosidad, el extraño personaje de apariencia entre atontada y alucinada que aparece a media escena es Charles Lederer, sobrino de la actriz Marion Davies y futuro guionista de prestigio que escribiría algunos de los mejores guiones de comedia del Hollywood clásico como Un Gran Reportaje (1931) y Luna Nueva (1940). Su pequeña aportación como actor al mundo del cine es sin duda breve pero inolvidable.

Reconozco que mi opinión sobre el debut de Hitchcock, El Jardín de la Alegría (1925), ha sido bastante variable a lo largo de los años. Quizá me influyó la opinión negativa del propio Hitchcock hacia el filme, pero también lo achaco a que la versión que circuló del mismo durante muchos años estaba mutilada. Afortunadamente, los amigos del British Film Institute nos sorprendieron hace poco restaurando la película añadiéndole media hora más (90 minutos en total). Y realmente la diferencia se nota, en su versión completa creo que puedo lanzarme a la piscina y afirmar que, sin ser una gran película, el debut de Hitchcock es una película más que competente.

Lo que más falla es, como sería habitual la mayor parte de su era muda, su argumento tan poco interesante: dos chicas que trabajan como bailarinas en un club nocturno, Jill y Patsy, se hacen amigas. La primera es una inocente chica recién llegada a la gran ciudad cuyo prometido, Hugh, espera casarse con ella en un par de años, cuando haya hecho fortuna en Oriente. Hugh se trae consigo a su amigo Levet, que no le quita ojo a Patsy, y aquí se produce el inevitable conflicto: mientras Hugh está en Oriente, Jill se divierte con un tal Príncipe Iván; por otro lado, después de que se casen Patsy y Levet, este último engañará a su mujer.

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Hoy les proponemos rescatar este simpático cortometraje de Edwin S. Porter con un argumento de lo más sencillo: el dependiente de una zapatería atiende a una bella cliente que va acompañada de su madre y, tras atarle un zapato, no puede evitar permitirse una familiaridad con ella que no será bien vista por la madre en cuestión.

El motivo por el que lo he escogido es el único primer plano que hay en todo el corto: el de las manos del dependiente atando los cordones del zapato. Pero la razón de ser del plano no es eso, sino que ahí vemos el indicio de que la clienta siente un interés especial por ese dependiente. ¿Cómo? Porque vemos como se va subiendo poco a poco la falda dejando al descubierto su pierna hasta la rodilla, solo tapada por una media. ¡Qué atrevimiento! ¿A qué niveles de descaro van a llegar estas jovencitas de hoy día?

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