La Casa De La Plaza Trubnaya (Dom Na Trubnoy, 1928) de Boris Barnet

casa de la plaza trubnaya

Existe una tendencia bastante generalizada en el estudio de la historia del cine a encasillar todas las películas producidas en un contexto determinado dentro del movimiento predominante de su época. En el caso del cine mudo el caso más típico es el del expresionismo alemán, una corriente artística que tuvo tal importancia que ha acabado generando la costumbre de clasificar todas las películas alemanas de la época como expresionistas, dando lugar a algunas críticas o estudios que se empeñan en buscar ese expresionismo en cualquier detalle film por muy rebuscado que sea.

El caso que nos ocupa podría ser un perfecto ejemplo de película realizada en un contexto fílmico muy concreto pero que en realidad tira por otros derroteros, ya que La Casa de La Plaza Trubnaya (1928) es una película que pese a su origen soviético no tiene que ver – al menos directamente – ni con las vanguardias soviéticas ni con el cine político de la época. Se trata simplemente de una comedia que tiene, entre otros intereses, mostrarnos una alternativa al cine soviético predominante de entonces.

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Lo que hizo Boris Barnet en esta película fue servirse de ese estilo tan libre y moderno al que cineastas como Eisenstein o Kuleshov habían dado forma en su voluntad de experimentar para crear un cine revolucionario… pero empleándolos para narrar una entrañable comedia sobre las visicitudes de una pueblerina, Parasha, a su llegada a Moscú para trabajar como criada.

Es cierto que esos rasgos tan llamativos típicos del cine soviético de la época aparecen aquí, pero lo hacen como recursos que dotan a la película de un estilo más ágil y virtuoso. Un ejemplo sería el inicio del film cuando Parasha pierde su pato en mitad de la ciudad de Moscú y es casi atropellada por un tranvía. En el momento en que el conductor del tranvía salta del aparato se congela la imagen y un rótulo nos dice que quizá sería mejor rebobinar y ver cómo ha llegado esta campesina hasta ahí. Seguidamente un flashback nos remonta al inicio de la acción, cuando Parasha deja su pueblo para visitar a su tío en la ciudad… justo en el momento en que éste llega en un tren. Este salto temporal es un ejemplo de cómo Barnet se apropia de ciertos rasgos modernos o directamente vanguardistas para la época, pero no los utiliza para explorar el lenguaje cinematográfico del modo en que lo hacen sus contemporáneos más recordados, sino para dotar de mayor dinamismo a la comedia. La dirección en ese sentido es claramente hija de su contexto, sirviéndose de recursos de montaje y de utilización de la cámara que denotan el origen de su autor.

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Examinando la película como comedia sin detenerse en sus aspectos formales para mi gusto destaca el magnífico inicio en que se ve la bulliciosa escalera de un bloque de pisos en que vemos los problemas diarios de cada vecino. Teniendo en cuenta lo exigente que era el gobierno soviético en cuanto al contenido de las películas, es remarcable que no vieran en una escena como ésta una crítica paródica a las supuestas bondades de la vida en comunidad y camaradería.

Por otro lado, sí que encaja más con la ideología oficial el mensaje que transmite la película: una humilde chica campesina que llega a la ciudad y consigue ascender como representante de un comité sin pretenderlo siquiera, únicamente gracias a su honestidad y su duro trabajo. Inicialmente ésta es reclutada como cocinera por un perezoso peluquero, que la explota a conciencia aprovechando que no está sindicada, pero más que resolver su situación mediante la rebeldía es el natural curso de los acontecimientos el que hace que Parasha acabe con un final feliz. Es decir, el sistema funcionaba, el gobierno soviético sabía cuidar a sus obreros.

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El film está lleno de pequeños momentos encantadores como las divertidas escenas de la escalera o la espantosa obra teatral en la que Parasha acaba irrumpiendo movida por los sentimientos que le han provocado sin ser consciente de que es una ficción. Cabe mencionar también la eficaz interpretación de Vera Marezhkaya llena de frescura y de Vladimir Fogel como el cínico peluquero.

En definitiva una muy eficaz comedia que nos muestra otra perspectiva del cine mudo soviético.

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