He Nacido, Pero… (Umarete wa Mita Keredo, 1932) de Yasujiro Ozu

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Ozu fue uno de esos cineastas que a lo largo de su carrera no tuvo ningún reparo en hacer remakes de sus propias películas, como por ejemplo Historia de una Hierba Errante (1934), que filmó al final de su etapa muda y la retomó 25 años después en La Hierba Errante (1959); o Primavera Tardía (1949), cuyo argumento es muy similar al de su última obra, El Sabor del Sake (1962). Lo mismo sucede con una de sus películas más populares, la comedia Buenos Días (1959), que cuenta con un clarísimo precedente en la era muda, He Nacido, Pero… (1932). Es cierto que en este caso los argumentos son distintos, pero existen demasiados puntos en común entre las dos como para no hacer la inevitable comparación.

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En ambos films los protagonistas son dos hermanos pequeños que viven en un suburbio y, que tarde o temprano, se enfrentan a sus padres. En este caso son Keiji y Ryoichi, que se han mudado a un barrio de las afueras donde deberán hacerse respetar entre las pandillas de niños de la zona. Durante la primera parte de la película, Ozu consigue introducirnos en ese mundo infantil basado en las típicas rivalidades y rencillas entre niños, utilizando un estilo mucho más fluido del que normalmente asociamos a su cine.

De hecho, la etapa muda de Ozu tiene un ritmo mucho más vivaz y ágil que el de sus famosos obras posteriores a la II Guerra Mundial, caracterizadas por el estatismo de sus encuadres. Resulta por tanto muy curioso ver en su primera etapa cómo ya se perciben algunos rasgos identificativos suyos (el tratamiento del tema escogido o el tipo de planos que prefiere utilizar) pero con un estilo que se escapa al que solemos asociar al Ozu clásico. Por ello, a la hora de comparar estas obras mudas con sus «remakes» uno de los mayores alicientes que encontramos es ver cómo el mismo argumento y el inconfundible universo de Ozu se manifiestan con un estilo diferente según corresponde a cada etapa. Cómo ese Ozu que en la década de los 30 daba rienda suelta a un estilo más dinámico (dentro de lo que es su forma de filmar, obviamente) acabó al final de su carrera depurando su estilo en sus obras más célebres donde cada vez más perfeccionaba el arte del encuadre.

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Inicialmente Ozu tenía pensado hacer una película sobre niños, pero al final se dio cuenta de que había acabado convirtiéndose en un film sobre niños y su visión del mundo adulto, a quienes en la primera parte de la película vemos solo en momentos sueltos, como en ese divertido travelling de la oficina en que todos los trabajadores bostezan aburridos. El momento crucial llega cuando los dos protagonistas acuden a una proyección de vídeos domésticos en casa de un amigo suyo, que casualmente es hijo del jefe de su padre. La escena en sí misma me encanta porque siento debilidad por los momentos en que se muestra el visionado de películas dentro de una misma película, pero ésta además tiene un aliciente extra: podemos ver cómo el serio padre de los niños, Kennosuke, hace el tonto continuamente para divertimento de su jefe y sus compañeros de trabajo. Aquí es donde nace el conflicto, cuando se sucede ese momento tan tenso en que un niño descubre que la figura paternal, que antaño era sinónimo de respeto y autoridad indiscutibles, también es humana. Tal y como sería característico de su cine, Ozu extrae de una pequeña anécdota que puede parecer trivial una reflexión sobre un tema mucho más universal, como es la relación entre padres e hijos.

La discusión que sigue a continuación entre el padre y los niños es para mí el momento culminante del film. La encuentro de hecho más interesante que la primera parte más humorística porque refleja muy bien la mentalidad infantil puesta a prueba contra la realidad: su admirado padre, que les obliga a ir a la escuela, no es más que un subordinado a las órdenes de un jefe. Un aspecto crucial de este punto del film es la actuación extraordinaria como padre de Tatsuo Saito (un habitual de la primera etapa de Ozu), quien consigue dar vida literalmente a su personaje, manteniendo su severidad pero sin dejar de parecer humano. Nunca flaquea ante sus hijos ni parece avergonzado de su estatus ni del vídeo, pero a solas con su mujer no puede evitar dar a entrever cierta incomodidad ante esa violenta situación.

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Al día siguiente, el padre intenta reconciliarse con ellos, no con gestos amables, sino empujándoles a la misma rutina cotidiana. Al fin y al cabo no dejamos de estar en una película de Ozu y la resolución de este pequeño conflicto no pasa por grandes aspavientos sino por la sencilla asimilación de la realidad. Los hijos acaban entendiendo por sí mismos que así funcionan las cosas, y animan incluso a su padre a que vaya a saludar a su jefe cuando se lo encuentran camino al colegio. Es entonces cuando seguramente entienden que esa rutina diaria subordinados al poder de alguien (ahora el profesor, en el futuro su jefe) va a ser su futuro. Pero Ozu, siendo fiel al que sería su estilo en décadas posteriores, no expone esa situación con dramatismos ni como si fuera una revelación, sino con sencillez, dejando que seamos los espectadores los que extraigamos de lo que parece un pedazo de vida insustancial una reflexión más profunda.

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