Cuando Jacques Tati rindió pleitesía a sus maestros

En 1958 una de las grandes películas del año fue sin duda la francesa Mi Tío (Mon Oncle) del cómico Jacques Tati, que recaudó entre muchos otros premios el Oscar a la mejor película de habla no inglesa. Se trataba de una nostálgica obra maestra que rescataba el espíritu del slapstick clásico eficazmente adaptado al cine de aquellos años, de modo que resultaba lógico que en su discurso de agradecimiento Tati rindiera homenaje a los viejos maestros del género que tan claramente le habían influenciado.

A raíz de haber sido el ganador del premio, la Academia le ofreció a Tati en su visita a Hollywood un trato especial y le dieron al director la oportunidad de concederle cualquier petición que tuviera. Y aquí fue donde los miembros de la Academia se llevaron una sorpresa. Porque en circunstancias normales, lo que uno pediría en este caso sería conocer a las estrellas y directores más de moda o acudir a alguna de lujosa fiesta. Pero lo que Tati pidió fue que le presentaran a sus viejos ídolos del slapstick. Una cosa era tenerles en cuenta en su discurso, otra realmente preferir pasar un rato de charla con estos ancianos antes que con Paul Newman.

Leer más »

La Verdad sobre el Hombre Mono (La Vérité sur l’Homme-Singe, 1906) de Alice Guy

Lo que sucede es lo siguiente: un conserje se bebe una botella de crecepelo pensándose que es alcohol y al día siguiente se despierta con el cuerpo cubierto de pelo. ¡Horror! ¿Qué hacer en una situación así? Pues obviamente montar un número de vodevil con su mujer haciéndote pasar por un hombre mono.

Esta es la absurda y divertida premisa de La Vérité sur l’Homme-Singe (1906) de la cineasta Alice Guy, un corto que quizá no acaba de aprovechar del todo el prometedor argumento – que Marco Ferreri exploraría más a fondo medio siglo después en Se Acabó el Negocio (1964) – en parte porque el actor no tiene las virtudes físicas de por ejemplo un Buster Keaton para explotar las posibilidades cómicas de un hombre encarnando a un simio:

Leer más »

El Maquinista de la General (The General, 1926) de Buster Keaton y Clyde Bruckman

En su autobiografía, Buster Keaton insiste en presentarse a sí mismo no como un artista, sino como un mero cómico que buscaba entretener a su público, un punto de vista que curiosamente es diametralmente opuesto al de Charles Chaplin, mucho más consciente y preocupado por la dimensión artística de su obra. Pero me temo que alguien que no fuera más que un cómico no habría dirigido algunas de las mejores películas de la historia del cine, como es el caso de El Maquinista de la General (1926), una obra que demuestra que por mucho que Keaton se viera a sí mismo como un artista de vodevil que se había trasladado al cine, en realidad era uno de los mejores directores de su época.

Producida en su mayor momento de popularidad, El Maquinista de la General (1926) era con diferencia el proyecto más ambicioso en que se embarcó Keaton. El punto de partida era un libro titulado The Great Locomotive Chase que narraba un hecho real sucedido durante la Guerra de Secesión, cuando unos soldados del bando confederado se infiltraron en territorio enemigo para secuestrar una locomotora y con ella ir destruyendo vías y puentes por el camino. El plan no obstante se vino abajo gracias a dos conductores de tren que les persiguieron y les pararon los pies. A Keaton, un fanático de los trenes, le encantó la premisa y decidió adaptarla al cine con algunos pequeños cambios.

Leer más »

El día que Bebe Daniels fue a la cárcel

La actriz Bebe Daniels, que se hizo célebre interpretando a la chica en los primeros cortos de Harold Lloyd y luego desarrolló una carrera por su cuenta de la mano de directores como Cecil B. De Mille, tenía una afición muy particular: le encantaba conducir a toda velocidad. Posteriormente ella se justificaría de forma bastante discutible diciendo que era una afición inocente porque nunca tuvo ningún percance, que simplemente le gustaba la sensación de velocidad. En todo caso, como es de esperar Daniels acumuló numerosas multas a causa de ese hobby, pero no es algo que le preocupara. Y no solo porque con el dinero que tenía podía permitirse pagarlas holgadamente, sino porque su tío Jack era alguien importante con conexiones en el departamento de policía de Los Angeles que estaba siempre sacándola de apuros.

Un día de 1921, la señorita Daniels estaba conduciendo a la muy respetable velocidad de 115 kilómetros por hora (que era toda una marca en esos años) por Orange County cuando le paró la policía. La pobre excusa que le dio al agente era que el radiador se estaba sobrecalentando y yendo lo más rápido posible hacia el taller de reparaciones más cercano, pero obviamente no coló. Así pues, Bebe llamó una vez más a su tío Jack para pedir ayuda, pero cuando ésta le dijo dónde se encontraba, el bueno de Jack le hizo saber que se había metido en un buen lío. Porque Orange County era el territorio del Juez Cox.

Leer más »