El Maquinista de la General (The General, 1926) de Buster Keaton y Clyde Bruckman

En su autobiografía, Buster Keaton insiste en presentarse a sí mismo no como un artista, sino como un mero cómico que buscaba entretener a su público, un punto de vista que curiosamente es diametralmente opuesto al de Charles Chaplin, mucho más consciente y preocupado por la dimensión artística de su obra. Pero me temo que alguien que no fuera más que un cómico no habría dirigido algunas de las mejores películas de la historia del cine, como es el caso de El Maquinista de la General (1926), una obra que demuestra que por mucho que Keaton se viera a sí mismo como un artista de vodevil que se había trasladado al cine, en realidad era uno de los mejores directores de su época.

Producida en su mayor momento de popularidad, El Maquinista de la General (1926) era con diferencia el proyecto más ambicioso en que se embarcó Keaton. El punto de partida era un libro titulado The Great Locomotive Chase que narraba un hecho real sucedido durante la Guerra de Secesión, cuando unos soldados del bando confederado se infiltraron en territorio enemigo para secuestrar una locomotora y con ella ir destruyendo vías y puentes por el camino. El plan no obstante se vino abajo gracias a dos conductores de tren que les persiguieron y les pararon los pies. A Keaton, un fanático de los trenes, le encantó la premisa y decidió adaptarla al cine con algunos pequeños cambios.

El más importante de todos fue intercambiar los bandos de los personajes, ya que creía que el público no aceptaría como los malos de la película al bando sureño. Además redujo los dos protagonistas a uno y le añadió a la película el personaje de la chica así como un conflicto inicial antes de que se desarrolle el secuestro. Él encarnaría a Johnnie Gray, un conductor de tren que al estallar la Guerra de Secesión es rechazado como soldado porque se considera que tendrá un papel más importante siguiendo en el ferrocarril. No obstante su prometida Annabelle Lee cree que no se ha alistado por cobardía y le rechaza. Más adelante, cuando los espías de la Unión roban el tren, Gray tendrá que recuperar a los dos amores de su vida: su locomotora y Annabelle, que viajaba en él.

Keaton nunca había hecho hasta entonces una película de tal envergadura, no solo por los enormes costes que suponían todas las escenas con trenes, sino por la cuidadosa ambientación de época que implicaba – es cierto que en Las Tres Edades (1923) había historias ambientadas en tiempos remotos, pero no había aún esa voluntad de recrear el momento histórico con el máximo de verosimilitud posible. De hecho Keaton hizo tal esfuerzo por capturar la ambientación y el espíritu de la Guerra de Secesión que Orson Welles, un gran admirador del filme («La mejor comedia jamás hecha, el mejor filme jamás hecho sobre la Guerra de Secesión y quizás el mejor filme jamás hecho»), lo comparó con las célebres fotografías de Mathew Brady que documentaron esta guerra civil. En su afán de verosimilitud, Keaton intentó utilizar en la película la locomotora auténtica que protagonizó este suceso y que estaba conservada como reliquia, pero se le negó el permiso cuando sus propietarios supieron que se iba a usar para algo tan burdo como una comedia.

El productor de Keaton, Joseph M. Schenck, también compartió el entusiasmo del cineasta y le cedió el inaudito presupuesto de 400.000 dólares, una cifra enorme para la época y más siendo «solo» una comedia. Hay que tener en cuenta que no solo harían falta numerosos trenes además recrear una escena de batalla con todos los extras que eso supone, sino que además se hacía necesaria tener construida una segunda vía de tren en paralelo a aquella en la cual pensaba rodar las escenas: una era para el tren que saldría en la película y otra era para un segundo desde el cual las cámaras podían filmar a Keaton en sus numerosas secuencias con el tren en marcha. Pero la escena más costosa de todas fue con diferencia aquella en que uno de los trenes atraviesa un puente en llamas que acaba derrumbándose bajo su peso. Fue el plano más costoso de toda la era muda (42.000 dólares) y era una tan espectacular que se declaró día de fiesta en el pueblo donde estaba asentado el equipo técnico para que todos sus habitantes pudieran presenciar el acontecimiento en vivo. A modo de curiosidad, los restos del tren quedarían en el río durante décadas, convirtiéndose en una pequeña atracción turística hasta que se retiraron tiempo después.

El pequeño pueblo donde se rodó la película tuvo que adaptarse a los inconvenientes del rodaje, que implicaba parar el servicio de trenes durante todo el día mientras estuvieran filmando, algo que sus habitantes asumieron encantados dado la gran cantidad de dinero que todo el equipo técnico tuvo que invertir en la población durante esas semanas. No obstante, eso no quitó que fuera un rodaje complicado y plagado de accidentes, algo normal dado las enormes virguerías que se realizaron: en una ocasión Keaton quedó inconsciente porque un cañón estalló demasiado cerca suyo y a menudo la locomotora provocaba incendios, uno de los cuales se extendió tanto entre la vegetación de la zona que obligó a paralizar el rodaje.

El esfuerzo no obstante mereció la pena. El Maquinista de la General es una película absolutamente extraordinaria en todos los sentidos que se basa en la clásica premisa keatoniana: el inadaptado cuya única forma de hacerse valer es demostrar su dominio de una situación compleja que escapa a su control. La escena en que intenta en vano ser reclutado refleja claramente esa idea de querer ser aceptado como uno más, pero para mí el momento que mejor demuestra el aura patética del personaje (triste pero también cómica) es cuando avisa a unos lugareños de que le han robado la locomotora y sale corriendo pidiendo que le sigan. Tiempo después vemos al pobre Johnny corriendo solo por las vías haciendo aún gestos a una multitud que hace tiempo que le dejó solo. En ese sentido, el plano más melancólico de la película es además uno de los más peligrosos que jamás filmó Keaton pese a no aparentarlo: cuando, rechazado por su chica, se sienta en la biela de un tren con mirada triste y éste se pone en marcha mientras Buster sigue sentado, corriendo el riesgo de haber sido arrojado a la vía con los movimientos de la barra.

No obstante, lejos de amedrentarse, Johnny como buen héroe keatoniano demuestra ser un hombre de recursos que nunca se rinde y siempre sigue adelante con una nueva idea. Y la manera que tiene Keaton de reflejarlo son sus célebres escenas de humor físico que, como de costumbre, hacía siempre él mismo sin trucajes de ningún tipo. Ver a Keaton saltando con tanta agilidad y ligereza por los vagones de tren es todo un espectáculo que se complementa con algunos de los gags más ingeniosos de su carrera, como aquel en que intenta atacar a sus enemigos con un cañón. En cierto momento, una vez ha encendido la mecha, la punta del cañón acaba bajando accidentalmente apuntando a los vagones en que se encuentra Johnny. Éste intenta escapar, pero inicialmente se le engancha un pie, después huye hasta situarse en la parte delantera de la locomotora. En ese instante se puede ver un pequeñísimo detalle que no obstante es quizá el que más me hace reír de toda la película: cuando Johnny huye muerto de miedo del cañón por el vagón que contiene las maderas y, en cierto momento, le lanza de forma absolutamente ridícula un pequeño trozo de madera como queriendo defenderse de esta forma. La magia de Keaton estaba en su facilidad para los gags físicos junto a pequeños detalles de este tipo.

La estructura de la película por otro lado es redonda, basándose en dos persecuciones (primero del sur al norte y luego del norte al sur) en las que cambian los perseguidores. En la primera Johnny fracasa en todos sus intentos por detener a los enemigos, pero en la segunda a cambio todos sus planes funcionan. De hecho, hay ciertos detalles que vuelven a repetirse entre ambas secuencias funcionando casi como rimas: el conducto de agua que empapaba a Johnny y luego a sus perseguidores, los recursos que usan primero los norteños para evitar que les atrapen y que después Johnny vuelve a emplear pero de forma más perfeccionada, etc.

Y no obstante, pese a eso el filme fue un sonoro fracaso de taquilla en su momento. Los costes de producción se habían disparado hasta los 750.000 dólares haciendo que fuera bastante difícil recuperarlos. Eso además llevó a que muchos críticos ya acogieran la película de forma suspicaz, como un proyecto egocéntrico y caro por parte de un cómico que de repente se había tomado a sí mismo demasiado en serio, en la línea de El Mago de Oz (1925) de Larry Semon que arruinó la carrera del cómico. ¿Qué hacía de repente Keaton filmando una película situada en la Guerra de Secesión?

La impresión general en la época era que a la película le faltaban risas y que no acababa de encajar la ambientación de época con la comedia. Keaton había hecho una recreación tan cuidada y realista de esos años, en que además los contrincantes no eran los estereotipos malos de slapstick (grandes, obesos y de grandes bigotes) sino generales que parecían de carne y hueso, que el público de la época no estaba preparado para asimilarla en el contexto de una comedia. Un detalle que se le reprochó mucho por ejemplo es que hubiera hecho un filme humorístico en que murieran personajes, pero a mi parecer el gag de la escena de la batalla en que van cayendo los soldados de alrededor de Keaton sin que éste sepa de donde vienen los tiros es uno de los más divertidos del filme. Probablemente en 1926 este tipo de humor se consideraba demasiado negro y la Guerra de Secesión era algo todavía no tan lejano en el tiempo como para tomarlo en broma.

También creo que jugó en contra de Keaton lo difícil que se hacía situar su peculiar personaje en un contexto como ése. Por ejemplo, Harold Lloyd el año siguiente también dio el salto definitivo de sus comedias slapstick a una producción de corte más serio (aun siendo una comedia) con El Hermanito (1927) y no tuvo ningún problema pese a ser también una producción ambiciosa donde había más elementos de drama que en el filme de Keaton. Pero el personaje que encarnaba Harold era más humano, y por tanto resultaba más factible verle de repente convertido en un héroe. Keaton en cambio siempre interpretaba a ese extraño hombrecillo inadaptado que no se sabía de donde había salido (esto creo que también jugó en su contra cuando llegó el sonoro aunque Keaton tenía buena voz, porque humanizaba a su alter ego fílmico y producía cierta extrañez en el público).

Todo ello llevó a que efectivamente la película fuera en su momento un fracaso de taquilla especialmente doloroso debido a sus desmesurados costes. A causa de ello, Keaton nunca volvió a tener plena libertad en sus próximas obras, de hecho en pocos años pasaría de estar a cargo de una producción de este calibre a no poder dirigir nunca más. De modo que la que ha acabado siendo la obra más mítica de su carrera fue también la que propició su caída en desgracia, lo cual no impidió que el propio Buster siempre siguiera considerándola su mejor película. Durante décadas el filme cayó en el más absoluto olvido hasta que fue rescatado en los años 50 en paralelo al redescubrimiento de Keaton como cineasta. Y si bien éste era muy reticente a la nostalgia (le ponía nervioso que la gente le calificara de gran artista y le siguiera hablando de sus películas antiguas, ya que él insistía en no verlas más que como un trabajo que hizo en el pasado… aunque quizá fuera una pose) no pudo evitar sentirse orgulloso cuando su filme predilecto fue redescubierto por el gran público. Seguramente él no la veía como una obra maestra del cine sino como su trabajo mejor acabado, pero aun así eso también era un motivo para sentirse orgulloso.

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