Chicas Japonesas en el Puerto (Minato no nihon musume, 1933) de Hiroshi Shimizu

Chicas Japonesas en el Puerto (1933) podría ser perfectamente una de las películas más melancólicas de la era muda. Es una de esas obras que, más allá de su contenido, transmiten perfectamente esa sensación de leve tristeza por unos tiempos ya pasados en que los personajes tienen la sensación de que no tomaron las decisiones correctas, y por culpa de las cuales no podrán ser realmente felices. Es ese tono de tristeza contenida que tan bien han sabido reflejar directores japoneses como Yasujiro Ozu o, en el caso que nos ocupa Hiroshi Shimizu.

De hecho, para el que escribe Shimizu es el gran director olvidado del cine japonés clásico, si bien en su momento gozaba de una gran fama y era más que respetado entre sus colegas de profesión (Ozu dijo que él no podía filmar películas como las que hacía Shimizu, mientras que Kenji Mizoguchi afirmaba que «Gente como yo y Ozu hacemos películas trabajando duro, pero Shimizu es un genio«). Quizá este olvido al que ha sido relegado tenga que ver con la engañosa simplicidad de sus películas, que por sus argumentos y estilo pueden parecer pequeñas pero bajo esa superficie revelan a un cineasta mayúsculo detrás.

El argumento de Chicas Japonesas en el Puerto de hecho puede hacer pensar de forma equivocada en un mero melodrama sobre un triángulo amoroso. Sunako y Dora son dos jóvenes estudiantes que se sienten atraídas por un mismo hombre, Henry, quien se mueve en ambientes delictivos. Cuando Henry muestra cierta preferencia por Sunako, Dora no se interpone en el destino de la pareja y les desea que sean felices. Pero por desgracia Henry está coqueteando también con otra mujer, lo cual provoca los celos de Sunako, que los pilla in fraganti y dispara contra su rival. Pasan los años. Sunako se ha marchado después de ese incidente y se ha convertido en geisha. Cuando regresa y se reencuentra con Henry, éste se ha casado con Dora y ambos llevan una vida tranquila y respetable.

Un primer aspecto a remarcar de la película es, como bien anuncia el título, el énfasis que se da a los personajes femeninos respecto a los masculinos. Son ellas las que acarrean los dilemas morales y quienes deben tomar las decisiones que condicionarán sus relaciones, mientras que ellos (Henry y un pintor enamorado de Sunako que la sigue dócilmente a todos lados) simplemente acatan dichas decisiones. No es poca cosa para una película japonesa de los años 30.

Pero más que poner énfasis en dichos dilemas morales y en su posible resolución, Shimizu se centra sobre todo en el clima, en esa sensación que mencionaba antes de tristeza resignada. No, no habrá ninguna solución mágica que permitirá que la historia acabe bien… o incluso mal, simplemente el convencimiento de que los tres se encuentran en una situación desdichada puesto que no tiene solución: Henry en el fondo sigue amando a Sunako, algo que ellas descubren enseguida, pero al mismo tiempo Sunako se ve incapaz de reencauzar su vida después del error que cometió en el pasado, y Dora no se ve capaz de renunciar a él entre otras cosas porque está a punto de ser madre. De hecho, desde una cierta mentalidad más fría y pragmática, el retorno de Sunako no supondrá ningún cambio efectivo en sus vidas, puesto que al final todo seguirá igual a gran escala; lo que se habrá visto afectado es el interior de los personajes y el convencimiento de que la forma como se desarrollaron los acontecimientos no es la que más les hará felices, pero al mismo tiempo – y eso es quizá lo más importante de todo – la aceptación de dicha situación.

Shimizu filma la historia con estilo reposado dejando que nos contagiemos de esa sensación melancólica desde las escenas iniciales, cuando las protagonistas pasean juntas al salir de clase («Nos hemos quedado solas«, «Siempre estaremos solas«) y van a mirar los barcos al puerto, quizá fantaseando con el mundo que les espera (irónicamente la única de ellas que cogerá un barco será Sunako cuando se vea obligada a cambiar de vida y hacerse geisha). Estos planos de paseos son las típicas escenas que pueden parecer insustanciales pero que para Shimizu tienen una gran importancia. Tal es así que cuando años después Sunako repite ese mismo paseo pero con Henry pasa a evocar las caminatas que hacían ella y Dora, y seguidamente Shimizu nos muestra una serie de planos de todas esas calles vacías por las que antes solían ir juntas – ¿soy el único al que le ha recordado a la famosa escena final de El Eclipse (L’Eclisse, 1962) de Michelangelo Antonioni? Para Shimizu es importante recalcar la idea de esos paisajes ahora vacíos o de esas presencias que se convierten en ausencias, que éste evoca a veces con el curiosísimo recurso de hacer desaparecer algunos personajes del plano en que se encuentran disolviéndolos.

También se sirve de pequeños detalles para dar a entender ideas mucho más profundas. Por ejemplo, en una escena doméstica vemos a Henry ayudando a Dora sosteniendo un ovillo de lana que ella está usando para coser. Cuando Sunako les hace una visita de cortesía, Dora se ausenta y, al volver al comedor, vemos el ovillo de lana medio deshecho y moviéndose por el suelo. Durante un rato no entendemos qué está pasando. Entonces Shimizu pasa a un plano general: Henry y Sunako están bailando alegremente y se han enredado con los hilos del ovillo. Ese objeto que representaba la paz doméstica acaba desbaratado. Para acabar de enfatizar la idea, más tarde se nos da a conocer qué estaba cosiendo Dora: un patuco para su futuro hijo. La idea de que la presencia de Sunako está desbaratando la paz doméstica al deshacer ese ovillo se vuelve aún más acentuada.

El cine de Shimizu es sobre todo un cine de pequeños detalles como éste, películas de apariencia modesta pero que contienen multitud de ideas interesantes a recoger por el espectador, incluyendo algunas que van más allá de la trama principal (por ejemplo la marcada influencia occidental en la vida de los personajes, que va desde sus nombres – Henry o Dora – a la iglesia católica a la que acuden en un par de escenas). No son por tanto películas destinadas a impresionar al espectador sino a saborear esos pequeños detalles y emociones.

5 comentarios en “Chicas Japonesas en el Puerto (Minato no nihon musume, 1933) de Hiroshi Shimizu

  1. Hola!

    quiero agradecerte tanto esta reseña como las demás que has dedicado a Shimizu, que es un director que, la verdad, solo conocía de nombre de cuando he «estudiado» a Ozu, del que soy pelín friki, y hasta ahora no había visto ninguna de sus obras, por lo que me fustigo.

    Aparte de todo lo que tan bien explicas, me ha llamado mucho la atención que aparezcan en esta peli muchos de los tópicos asignados habitualmente al estilo de Ozu. En especial varios «planos-almohada», aunque breves y si tanta carga narrativa como en el Ozu posterior. Incluso está el icónico plano de la ropa tendida. Es normal, porque ambos trabajaron y aprendieron el oficio juntos en aquellos años de juventud en la Sochiku. Sin embargo, por curiosidad, he alargado la sesión y me he montado una «doble» viendo Una mujer fuera de la ley, esa curiosa incursión de Ozu en el género del hampa, porque es de este mismo 1933, con la intención de comparar.

    Pues bien, resulta que es una película mucho menos «Ozu» que esta. Por ejemplo apenas hay planos almohada, y el estilo es menos contemplativo que el de Shimizu en esta maravilla portuaria que, me parece, supera en mucho a la peli del gran maestro.

    Bueno, perdón por el tostón, pero quería agradecerte y compartir estos pensamientos. Nos leemos en VO (soy Manuel Pozo, llevo por allí un par de meses) estaré bien atento a tus dos blogs, que te agradezco.

  2. Hola Manu,

    Nada de tostón, siempre es un placer hablar de cine japonés clásico y más con un friki de Ozu (yo soy muy fan suyo pero aún me falta bastante por descubrir de su maravillosa obra).

    Me alegra muchísimo que hayas descubierto a Shimizu, es uno de los cineastas que más nos gusta reivindicar aquí y sobre todo en nuestro blog hermano El Gabinete del Dr. Mabuse, y confío que en un futuro se le acabe reconociendo como se merece.

    Muy interesante lo que comentas de los «planos almohada», y ahora me has hecho dudar porque en las dos películas de Ozu que he visto anteriores a ésta (He suspendido, pero… y He nacido, pero…) no recuerdo si Ozu los utilizaba. Estoy casi seguro que en las posteriores Historia de la hierba errante y sobre todo El albergue de Tokio ya los empleaba, pero de todos modos es curioso constatar cómo el Ozu mudo conjugaba algunas de sus futuras marcas de estilo con otras que luego abandonaría por completo (la cámara es más dinámica por ejemplo).

    Lo dicho, un placer compartir impresiones contigo. Creo que en uno de los próximos números de la revista ambos escribiremos sobre Ozu. ¡Un saludo!

  3. ¡Que maravilla todo (la película, el blog, la entrada)! Como supongo habrá hecho todo amante del cine mudo en sus pesquisas, documentaciones, etc, uno acaba cayendo una y otra vez en algún lugar de este blog magnífico, que ya lleva acumulado un trabajazo enorme con un corpus espectacular, que casi asusta y siempre resulta utilísimo. Hasta hoy no me he dedicado en serio a intentar publicar (no tengo WordPress y soy un desastre en estos temas, me desanimo fácilmente, y todo comentario me era rebotado y borrado) algún me gusta por aquí y por allá (sobre temas en los que en estos momentos estoy metido, sobretodo, claro) y este comentario que no lleva a ningún sitio, pero debería ponerlo a todo lo que hay escrito por aquí. Por fin puedo darle un enorme GRÀCIAS. Es muy duro ser fan de Charley Chase, matarse a defender Clarence Brown o entusiasmarse con descubrimientos com Evgene Bauer y no encontrar con quien intercambiar pareceres y descubrimientos (o, en este caso, directamente aprender) GRACIAS de nuevo, por si el otro ha salido con una caligrafía inferior.

    • Pues muchísimas gracias por este comentario, celebro que por fin consiguieras enviarlo porque me anima mucho leer cosas como ésta. Mi propósito de esta web, que a lo tonto ya lleva bastantes años acumulando material, era crear un lugar de refugio para los locos que amamos el cine mudo y de paso dar a conocer todo lo que da de sí una época muy injustamente olvidada. De modo que te devuelvo los agradecimientos, porque por este comentario entiendo que he logrado mi propósito, y le animo a seguir en esa cruzada reivindicando a Charley Chase, Bauer y todos estos maravillosos cineastas. ¡Un saludo cordial!

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