El Sexto Sentido (1929) de Nemesio Manuel Sobrevila

No es ningún secreto que España estuvo muy lejos de ser un país destacado en la era muda, y más cuando algunos de sus principales exponentes (Segundo de Chomón, Marcel Pérez) no tardaron en emigrar al extranjero para desarrollar su carrera. Sin embargo si exploramos un poco en su cinematografía nos podremos encontrar algunas agradables sorpresas como este singularísimo filme de Nemesio Manuel Sobrevila: El Sexto Sentido (1929).

Para entender las virtudes de esta obra y su cualidad de rara avis en una industria fílmica poco dada a excentricidades primero debemos tener en cuenta a su autor: un arquitecto, inventor y cineasta de inquietudes culturales que estaba muy al tanto de las últimas tendencias artísticas fuera del país. De modo que más que trabajar en la industria cinematográfica española, Sobrevila era un tipo bien conectado con el mundo cultural y vanguardista que se acercó al cine con ganas de explorar sus posibilidades (no es algo tan raro este tipo de «intrusiones», de hecho en el cine vanguardista francés era de lo más habitual). Y después de un primer filme hoy desaparecido, Al Hollywood Madrileño (1927), se lanzó con esta película que en su momento pasó inadvertida pero hoy día ha sido rescatada como obra de culto.


Se ha afirmado en más de una ocasión de forma equivocada que El Sexto Sentido es una película vanguardista o que combina un melodrama convencional con elementos vanguardistas. No es cierto, para ser más exactos deberíamos decir que es una obra que está influenciada por las ideas de las vanguardias de la época, pero más en el contenido que en la forma.

La cinta se inicia con un pomposo rótulo en que nos habla de las posibilidades del cine como medio infalible para captar la realidad mejor de lo que nos permiten nuestros sentidos, siendo por tanto un «sexto sentido». A partir de aquí se nos narra una historia más bien convencional a medio camino entre la comedia y el drama en que se nos contrapone a dos amigos de caracteres totalmente contrarios: Carlos, siempre optimista y risueño, y León, pesimista y malhumorado. La cosa se complica cuando la prometida de Carlos, Carmen, decide vender el anillo que su novio le ha regalado por una buena causa: darle a su padre dinero para ir a los toros, ya que ese día torea «el Tripita» ¿Quién no habría hecho lo mismo en su lugar? Volvemos a Carlos y León: ambos tienen una amigable discusión sobre la visión tan contraria que tienen de la vida y Carlos recomienda a su amigo que vaya a ver al sabio Kamus.

El tal Kamus (interpretado por el artista Ricardo Baroja, hermano de Pío Baroja) es un excéntrico intelectual que le habla de las maravillas del cine y como éste puede captar la realidad con mucha mayor precisión que nuestros propios sentidos, y como muestra de ello le enseña una serie de filmes que ha realizado. Esta secuencia es uno de los momentos más interesantes de la cinta, en que vemos una serie de vídeos caseros que hacen gala de un estilo de dirección y montaje muy vanguardistas. Es por este momento que la película ha sido tildada equivocadamente de vanguardista en más de una ocasión, pero nada más lejos de la realidad: el resto del filme en el fondo explica una historia convencional y estos planos tan llamativos solamente son un breve instante que además está justificado argumentalmente como un experimento fílmico de Kamus. En todo caso lo que nos muestran estas imágenes es que Sobrevila conocía las vanguardias cinematográficas de la época, aunque se mostraba muy escéptico con las teorías de Dziga Vertov y Walter Ruttman sobre posibilidades cine, lo cual le da una interesante ambigüedad a su postura, que por un lado se deja influenciar por este tipo de cinematografías pero al mismo tiempo no suscribe muchos de sus preceptos.

En todo caso, la trama sigue avanzando cuando entre las imágenes que Kamus le muestra se encuentra una grabación de Carmen dándole a su padre dinero para los toros y mostrándose cariñosa con él. León malinterpreta esas imágenes y se piensa que Carmen está engañando a su amigo con un amante. La resolución del conflicto llega cuando Carlos más tarde ve esas imágenes y reconoce al padre. ¿Cuál es la conclusión que sacamos de todo esto? Que si bien puede que las imágenes captadas por una cámara captan la realidad de forma objetiva, cuando nosotros las vemos inevitablemente las estamos interpretando desde nuestra subjetividad: el pesimista León era incapaz de darle una interpretación inocente a esa imagen de Carmen siendo cariñosa con un hombre mayor que ella, desde su punto de vista eso representaba una infidelidad. Es curioso pero en el fondo viene a ser la misma idea que décadas después se explotaría en obras maestras como Blow Up (1966) de Michelangelo Antoinioni y La Conversación (1974) de Francis Ford Coppola, en que los protagonistas descubren que ese pedazo de realidad que han captado con sus cámaras en realidad no es lo que parecía a primera vista.

No obstante el filme de Sobrevila no va tan lejos ni indaga demasiado en esa idea. Su intención parece ser más bien burlarse del cine de vanguardia y de algunas teorías de la época sobre el poder del cine para captar la realidad mejor que el ojo humano. Eso se nota tanto en los cortos que Kamus le muestra a León como en el mismo personaje de Kamus, que inicialmente se nos presenta como un sabio pero que al final acaba siendo más bien ridículo: entre sus imágenes que teóricamente captan la realidad de forma objetiva se encuentran numerosas piernas de mujeres grabadas a escondidas, y en dos ocasiones recibe sendas palizas de una vecina y del padre de Carmen tras las cuales el pobre hombre se lamenta sobre que la gente no está preparada para aceptar la realidad.

Sobrevila de hecho definiría El Sexto Sentido como una obra de «retaguardia», que por tanto cuestionaba e ironizaba los movimientos vanguardistas de la época. Al combinar esa idea con una sencilla historia más bien costumbrista seguramente confiaba darle viabilidad comercial al proyecto, pero lo cierto es que en su época no pudo llegar siquiera a estrenarla y que hoy día su parte más convencional resulta un tanto decepcionante, no porque no esté bien hecha (de hecho está muy bien realizada y resulta entretenida) sino porque nos aleja de esa idea tan interesante del cine visto como un «sexto sentido». La película queda por tanto en una curiosa rareza con buenas ideas pero que su autor no parece haber querido explorar a fondo sino simplemente dejar a un nivel más anecdótico.

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