«Rex» en latín quiere decir «rey», y Rex Ingram en los años 20 era considerado todo un rey en Hollywood. Erich von Stroheim lo consideraba el mejor director de cine del mundo y fue a quien pidió ayuda para remontar su obra maestra Avaricia (Greed, 1924). Michael Powell dio sus primeros pasos en el cine de su mano, tal y como explicó en su autobiografía, y siempre lo consideró una de sus grandes influencias. Tras el apabullante éxito de Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis (The Four Horsemen of the Apocalypse, 1921) se convirtió en uno de los cineastas más prestigiosos de Hollywood y muchos le tildaban de genio. Si Ingram no ha trascendido tanto hoy día puede deberse a que tenía un carácter ferozmente independiente, que le llevó a dejar Hollywood a mediados de década para establecerse en la Riviera francesa para filmar en la zona mediterránea, de modo que su carrera en Estados Unidos no fue tan longeva como cabría esperar. Además, con la llegada del sonoro Ingram perdió el interés en el cine y abandonó su carrera para centrarse en otras ocupaciones.
The Three Passions (1928) fue la última obra muda de su carrera, combinando exteriores filmados en Reino Unido (donde sucede la historia) con interiores realizados en el estudio que Ingram tenía en Niza. El punto de partida era la última novela de un escritor amigo de Ingram, Cosmo Hamilton, cuyo título puede inducir a confusión esperando una historia mucho más apasionada (valga la redundancia) de lo que realmente es.
En realidad el título hace referencia a las que en teoría son las tres pasiones más comunes en el hombre: el dinero, el amor y la religión, que entran en juego a través de la historia de Philip, el joven hijo del acaudalado dueño de una empresa constructora de barcos. Pese a tener una vida acomodada y estar comprometido con una atractiva joven llamada Victoria, con el tiempo Philip se da cuenta de que no todo es dinero, fiestas alcoholizadas y muchachas bonitas, de modo que decide hacerse sacerdote para ayudar a los más desfavorecidos. Su padre se siente consternado ya que adora a su hijo y contaba con que éste se convertiría en su socio, pero Victoria planea «recuperarlo» trabajando como camarera en el mismo centro social en que suele colaborar Philip.
The Three Passions es una película algo extraña y que creo que sale perjudicada por la ausencia de metraje de la copia alemana que ha llegado hasta nosotros. Los personajes aparecen desdibujados y tanto sus motivaciones como sus relaciones entre sí no son muy sólidas. El hecho decisivo que lleva a Philip a abandonar ese estilo de vida es un accidente en la fábrica de su padre que mata a un obrero padre de familia, pero apenas se profundiza en el sentimiento religioso de Philip y la forma como se le pretende «reencauzar» es de lo más banal.
¿Qué es lo que hace que el filme valga la pena? Ni más ni menos que el trabajo de Ingram tras la cámara en complicidad con el genial director de fotografía francés Léonce-Henri Burel (colaborador habitual de Abel Gance), y eso que no podemos disfrutar de su trabajo tanto como nos gustaría por la mala calidad de la copia. Las escenas donde mejor se nota el toque Ingram son aquellas que suceden en locales abarrotados de gente, ya que al director le encantaba buscar rostros con personalidad propia para llenar esos espacios y darles unos minutos de protagonismo. De hecho, la escena más famosa de su carrera, el tango de Los Cuatros Jinetes del Apocalipsis, contaba con numerosos planos de figurantes que le daban un rico colorido local a la secuencia, y aquí no se queda corto. En las escenas del centro social Ingram nos ofrece primeros planos de personajes extravagantes pero que rebosan autenticidad, gente que parece de la calle y seguramente tienen alguna curiosa historia tras sus espaldas, y a algunos incluso se les permite protagonizar algunos gags.
De hecho el momento más recordado del filme, hasta el punto de que aparece reflejado en el cartel pese a ser un instante secundario de la trama, tiene que ver con uno de esos secundarios: el ruso Andrews Engelmann, que aquí encarna a un hombre calvo, alto e imponente que al final de la película intenta violar a Victoria. Es todo un hallazgo que demuestra la pericia de Ingram para captar personajes peculiares que dejan huella, ya que se aparta por completo del estereotipo de malo de película y resulta más inquietante por ser una persona de apariencia extraña y amenazante. Dicha escena cargada de suspense es sin duda el mejor momento de la cinta, en que la actriz Alice Terry (por cierto, también mujer de Ingram), consigue brillar en lo que hasta ahora era un personaje un tanto superficial.
A nivel de argumento, no obstante, el filme es poco satisfactorio. Incluso la huelga de los trabajadores de la fábrica del padre se resuelve de forma vaga y otorgando una importancia nula al sindicalismo. Parece como si la historia quisiera tratar varios grandes temas pero no lo hace con suficiente profundidad, aparte de perjudicarle la falta de metraje (la copia existente apenas dura una hora). Lo que la destaca por encima de otros filmes es sin duda el trabajo de Ingram, que además maneja muy hábilmente la cámara (véase el travelling en que el protagonista descubre junto al espectador a Alice siendo atacada por el misterioso hombre calvo).
Como última curiosidad, Harpo Marx aseguró en su autobiografía que hizo un cameo junto a George Bernard Shaw jugando al billar, algo que sucedió de forma improvisada cuando fueron a visitar a Ingram en su estudio. Desafortunadamente dichos planos se cortaron del montaje final seguramente porque no colarían como extras. Es una lástima porque habría sido un detalle que le habría dotado de un extra de interés.





Totalmente de acuerdo. La película, muy agradable de ver y seguir, no acaba de convencer en su totalidad por culpa de ese engarce general, que la sustente. Pero las escenas aisladas, en general, son muy buenas y hay dos o tres de altísimo nivel, más la que comenta que me parece una obra maestra absoluta en si misma. La combinación de elementos de una crudeza notable, de impacto, y otros de mucho más sutiles (ese cerrar la luz en plano general, con el calvo de espaldas) igualmente sobresaltantes, son dignas de aplauso. La escena del acoso para mi se empareja a la equivalente de Haevnens nat (1916), de Benjamin Christensen, para mi incluso más creativa a pesar de tener 12 años menos (todo lo de la cerradura, el travelling a través de la ventana…) pero Ingram consigue meter miedo de verdad, subiendo la tensión con mano firme, de maestro. Realmente, no era solo un fabricante de bellas postales oscuras sino un narrador que lo tenía claro, aunque es cierto tendía a cuidar más el detalle que la totalidad (en ésta película eso se hace más evidente)
¡Muchas gracias por este artículo!
Hola Florenci,
Concuerdo con sus apreciaciones. Solo nos queda esperar que se produzca el milagro y algún día aparezca una copia más completa y a más calidad que nos permita hacerle más justicia al filme, aun cuando es obvio que no es una obra maestra.
Un saludo.