Roscoe Arbuckle y su salto al largometraje: The Round-up (1920) de George Melford

Se ha escrito mucho sobre cómo fue el salto de cortometrajes a largometrajes en lo que respecta a los grandes del slapstick. Los casos de Chaplin, Keaton y Lloyd se sucedieron en un intervalo de tiempo muy similar (si no contamos El Romance de Charlot (Tillie’s Punctured Romance, 1914), que es más un ambicioso proyecto de Mack Sennett con Chaplin y otros actores de la Keystone que una película de Chaplin propiamente dicha), mientras que en lo que respecta a Keaton y Pasión y Boda de Pamplinas (The Saphead, 1920) esto sería más bien un encargo, y el cómico volvería durante unos años al formato corto antes de verse preparado para probar con largos teniendo él plena libertad. Pero, ¿qué pasa con Roscoe «Fatty» Arbuckle? La historia le ha dejado tristemente olvidado por el escándalo que acabó con su carrera, pero eso no es excusa para que hoy día, conociendo además su inocencia, no rescatemos sus películas y le reivindiquemos como uno de los grandes pioneros de la comedia. O al menos así es como se le consideraba en su momento.

Teniendo en cuenta pues lo poco que se sabe de Arbuckle en comparación con sus coetáneos, contemplar su primer largometraje ha sido un auténtico shock por no ser en absoluto lo que esperaba. Porque The Round-Up (1920), basado en una obra teatral que curiosamente había protagonizado el primo mayor del propio Arbuckle, no es una comedia, sino un western con tintes de melodrama y unas pequeñas dosis de comedia en que el célebre cómico ni siquiera era el protagonista absoluto de la acción. ¿Qué sucedió?

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La Escuela de Brighton en diez películas esenciales

En este rincón silente se han comentado varias películas de la conocida como Escuela de Brighton, pero creo que sus autores siguen sin ser tan recordados como merecen en la historia del cine y que, por tanto, no les vendría mal un post extra de reconocimiento. De modo que para los que no estén al tanto les ofrecemos aquí este artículo con diez cortometrajes esenciales para entender no solo a estos pioneros sino sobre todo su importancia en las orígenes del cine a nivel universal.

De entrada hay que hacer una aclaración que podrá resultar chocante de entrada, y es que en realidad nunca existió una «Escuela de Brighton» como tal. Esa denominación la utilizaron posteriormente historiadores como Georges Sadoul (que fue quien la popularizó pero no estoy seguro de que fuera el primero en emplearla) para englobar a una serie de cineastas británicos – en realidad dos, lo cual tiene recochineo por el uso tan pomposo del nombre – que destacaron a finales del siglo XIX y principios del XX por sus innovaciones técnicas en algunos de los cortos que realizaron.

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El impactante desenlace de Djanki Guriashi (1928) de Aleksandre Tsutsunava

Hace poco mi ayudante Cesare me sorprendió llegando del videoclub con una película georgiana de la que nunca había oído hablar: Djanki Guriashi (1928) de Aleksandre Tsutsunava. Y lo curioso no es que la desconociese – hasta este Doctor tiene enormes lagunas en sus conocimientos de la era silente – sino que se trata de una gran epopeya que, aunque solo fuera por tamaño y pretensiones, uno pensaría que sería más tenida en cuenta. El filme nos narra a lo largo de tres horas (que no se hacen nada pesadas) el alzamiento que tuvo lugar en los años 40 del siglo XIX por parte de unos campesinos de la zona de Guria (Georgia) para rebelarse contra el cruel tratamiento que estaban sufriendo a manos de los delegados del zar en la zona.

Me imagino que la mayoría de ustedes, evidentemente familiarizados con la historia de Georgia, conocerán el final o, al menos, sabrán intuirlo. El alzamiento fue aplastado y no fue hasta el siglo XX cuando los dirigentes zaristas fueron derrocados en mitad de la Revolución Soviética. Este hecho permitió pues al director narrar un momento clave en la historia de su país al mismo tiempo que, de cara al régimen soviético, adscribía el filme dentro de las muchas obras de propaganda política de la época.

No voy a ofrecerles aquí una reseña completa de la película sino a resaltarles un par de escenas de su desenlace que me llamaron poderosamente la atención por su fuerza simbólica, y que espero que les animen a buscar el filme.

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Regalo de Boda (Paths to Paradise, 1925) de Clarence G. Badger

Cuando se dice que la era muda fue la edad de oro de la comedia cinematográfica no es solo por los grandes del slapstick que todos conocemos, sino porque en esos años hubo decenas de cómicos hoy día olvidados que también hicieron su contribución al noble arte del humor con películas francamente divertidas. Y si uno se pone a explorar más allá de los nombres conocidos se llevará grandes sorpresas, como que Reginald Denny fuera en esos años el actor británico mejor pagado de Hollywood solo por detrás de Chaplin a causa de sus inmensamente populares comedias, o que nombres que asociábamos al término «secundarios de oro» como Edward Everett Horton en aquellos años tuvieran su propia serie de películas como actores principales.

Hoy les proponemos rescatar a Raymond Griffith, un actor de comedia que tuvo una gran popularidad en la época y vio su carrera truncada por la llegada del cine sonoro. Aquí hemos comentado a menudo lo mucho que se suele exagerar con el tópico de que el sonoro acabó con las estrellas de la era muda por no saber adaptarse a esa novedad tecnológica, pero en el caso de Griffith es estrictamente cierto por un detalle: apenas tenía voz. Cuando hablaba solo podía hacerlo en susurros a causa de una enfermedad que padeció de pequeño (probablemente una neumonía bronquial). De modo que su único papel en la era sonora fue el del soldado muerto de Sin Novedad en el Frente (All Quiet on the Western Front, 1930), que debe ser uno de los cameos más grotescos y macabros de la historia del cine teniendo en cuenta que el público lo reconocería pero asociándolo a sus papeles ligeros de comedia.

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Laveuses sur la Rivière (1897) de Louis Lumière

Cuando uno revisiona las películas de los hermanos Lumière desde nuestra perspectiva actual es fácil e incluso algo inevitable hacerlo con algo de condescendencia, casi como si fueran más fotografías que películas al ser básicamente planos generales estáticos. Pero, cosa curiosa, décadas después surgiría una tendencia en el cine moderno a realizar películas compuestas principalmente por planos generales estáticos en que todo el trabajo de puesta en escena está focalizado en la composición del plano y la organización de lo que sucede en su interior, algo que abarca nombres tan diversos como el armenio Sergei Parajanov de El Color de la Granada (Sayat Nova, 1969) en adelante o el sueco Roy Andersson en los filmes que realizó en el siglo XXI.

Este extraño desvío viene a cuento de reivindicar el trabajo de los Lumière como algo con valor realmente cinematográfico, más allá de su cualidad de pioneros, ya que no es tan fácil como podría parecer lograr el encuadre perfecto. Y pocos ejemplos más claros encontrarán de ello que esta obra maestra de los orígenes del cine: Laveuses sur la Rivière (1897).

En teoría no es más que un plano de unas lavanderas limpiando la ropa, pero fíjense en la exactitud de la composición para captar hasta cuatro niveles diferentes: abajo del todo, el reflejo de las lavanderas (un detalle irrelevante narrativamente pero que los Lumière consideraron suficientemente importante como para asegurarse de que entraba en el plano); encima, las lavanderas, que en circunstancias normales serían el único foco de atención; por encima de ellos, unos hombres mirando curiosos a cámara; arriba del todo, la carretera con algunos vehículos de caballos pasando. Hasta cuatro niveles diferentes y tres lugares con acciones sucediendo a la vez. No está nada mal para un filme «primitivo», ¿verdad?

Sanz y el Secreto de su Arte (1918) de Maximiliano Thous y Francisco Sanz

Una de las muchas virtudes del cine silente es que nos permite llegar a rincones inesperados de la sociedad y los artistas de esa época, conocer celebridades o detalles famosos en su momento hoy virtualmente olvidados, ya sea un popular personaje de cómic llamado Foxy Grandpa, las danzas serpentinas… o un famoso ventrílocuo de la época. Hoy les presento a Francisco Sanz Baldoví, también conocido como Paco Sanz, un ventrílocuo célebre a nivel internacional que en aquellos años realizaba con éxito giras por toda España, Portugal y América. Según he podido averiguar, su capacidad para emular diferentes voces era sorprendente y en su momento de mayor celebridad su espectáculo llegaba a contar hasta con 28 muñecos

Como es lógico, a Sanz le tentaba la idea de utilizar el cine para promocionar su espectáculo, y quiso la providencia que una afonía que sufrió en 1917 le obligara a suspender temporalmente su actividad… pero al mismo tiempo le proporcionara la oportunidad perfecta para llevar adelante su proyecto de película, donde lógicamente la voz no haría falta – si se están preguntando qué sentido tiene una película muda sobre un ventrílocuo, les diré que el mismo que un programa de radio con un ventrílocuo, y ahí fue donde Edgar Bergen y su célebre muñeco Charlie McCarthy tuvieron un éxito arrollador en los años 30 y 40… yo tampoco lo entiendo, pero es así.

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Especial centenario Avaricia (Greed, 1924) de Erich von Stroheim (IV): los diferentes montajes

Este artículo forma parte dentro de un especial temático dedicado a Avaricia (Greed, 1924) de Erich von Stroheim con motivo de su centenario. Éstos son los otros posts que pueden leer sobre la película:


El rodaje de Avaricia (1924) fue más o menos bien dentro de los parámetros de Erich von Stroheim. Sí, el coste acabó siendo casi el doble del presupuesto estipulado y uno de los protagonistas se pasó meses en un hospital recuperándose de una insolación por haber filmado una escena en el desierto en pleno verano, pero eso en términos Stroheim entraba dentro de lo esperable. Por lo demás, el coste no fue muy elevado y no hubo imprevistos ni peleas con el equipo. El problema vino con el montaje. Porque Stroheim había filmado 85 horas que debía convertir en un largometraje. Y aquí es donde las cosas se torcieron y nació la leyenda negra de Avaricia, que la convertiría en una de las grandes películas malditas de la historia del cine.

La historia de los diferentes montajes de la película es algo confusa, así que intentaremos tratarlos por separado. Pónganse cómodos, porque este parte del proceso fue larga y en ella se involucraron algunos de los nombres más importantes del Hollywood del momento:

Primer montaje de Stroheim (entre 42 y 45 rollos / unas 9 o 9 horas y media)

Lo cierto es que, aunque Stroheim era un hombre muy seguro de si mismo, a mitad del proceso de montaje empezó a atascarse. Había filmado demasiado material y llegó un punto en que no sabía cómo reducirlo más. Así pues, tuvo la idea organizar una proyección privada de un primer montaje aún en proceso de refinarse. Esta proyección tenía dos finalidades: por un lado mostrar al estudio la calidad del material, es decir, tranquilizarlos para que pudieran ver algo por fin, y por otro lado, empezar a vender la idea de que Avaricia debería ser una película de una duración muy por encima de lo habitual. Stroheim había llegado a un punto en que no se veía capaz de reducir mucho más el metraje, pero sabía que el estudio Goldwyn no aceptaría un filme de una duración tan inverosímil. Mostrándoles lo bien que quedaba y consiguiendo recolectar opiniones positivas de periodistas y colegas de profesión invitados confiaba poder hacer presión para que el estudio cediera de forma excepcional. Esta versión es la que a menudo se ha citado como «el montaje del director», pero no es una apreciación exacta puesto que todavía era un «work in progress» sobre el que Stroheim tenía que seguir trabajando. Lo que sí es cierto es que la copia más cercana a la visión que tenía Stroheim de la película que pudo llegar a verse.

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Especial centenario Avaricia (Greed, 1924) de Erich von Stroheim (III): el rodaje de una obra maestra

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La novela McTeague de Frank Norris llevaba tiempo siendo una obsesión para Erich von Stroheim. Aunque éste había llegado a Hollywood pretendiendo tener un pasado ilustre en Europa lo cierto en que sus primeros años de emigrante en Estados Unidos pasó muchas penurias, y seguramente se sintió muy cercano a la descripción que la novela hacía de la vida de sus personajes principales – eso sin olvidar que Stroheim estuvo viviendo también un tiempo en San Francisco y conocía el entorno en que sucedía la acción. Así pues, desde sus inicios como director para la Universal estuvo intentando varias veces que le dieran luz verde para llevar adelante una adaptación de la novela, pero sin éxito.

Merece mencionarse un dato muy curioso, y es que Avaricia (1924) es una película muy diferente a las otras que había hecho y haría Stroheim a lo largo de su carrera, mayormente situadas en Europa y con una presencia constante de prototípicos personajes de clase alta y/o del ejército. La única otra excepción sería esa rareza que es Hello, Sister! (1933) – también conocida como Walking Down Broadway – que constituiría el único filme sonoro que dirigió y el último de su carrera, que además fue completado por tres directores más dado los problemas que hubo en el rodaje. Es comprensible por tanto que el estudio no viera con buenos ojos un cambio de temática y escenario tan diferentes al tipo de filmes por los que su rebelde cineasta se había hecho famoso.

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Especial centenario Avaricia (Greed, 1924) de Erich von Stroheim (II)

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Avaricia (Greed, 1924) de Erich von Stroheim es una de esas películas que, más allá de toda la leyenda que hay a su alrededor, al verla uno tiene la sensación de estar viendo algo realmente grande. Y no me refiero solamente en términos de longitud, que confirman la enorme ambición del proyecto, sino literalmente en todo: la forma como se desarrolla la historia tomándose su tiempo en que conozcamos los personajes y su evolución, el detallismo tan cuidado, la ambientación que captura tan bien los diferentes espacios, el tono empleado… Más allá de su aura de obra maldita, Avaricia es una auténtica obra maestra incluso en las versiones mutiladas que nos han llegado hoy día, pero no es fácil hacerle justicia en un texto.

Más allá de lo difícil que resulta captar en simples palabras la grandeza de películas tan inabarcables, el problema está en que nunca podremos juzgar Avaricia tal cual la concibió Stroheim. Una parte de la reseña de esta película es inevitable que se base en supuestos, en lo que intuimos pero no hemos podido llegar a ver más que en fotogramas sueltos. Teniendo eso en cuenta, haré lo posible por no dejarme llevar por fantasías sobre cómo habría sido Avaricia en su concepción original y centrarme en lo que se ve, tanto en el metraje superviviente como en los fotogramas congelados.

Como habrán intuido, esta reseña se basa en la versión de 4 horas. Si no la han visto o no conocen las dos versiones que circulan hoy día del filme, les aconsejo que antes echen un vistazo al primer post de este especial en que trato este tema. Las circunstancias del rodaje y las diferentes mutilaciones que sufrió la película las trataremos en futuros posts.

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Especial centenario Avaricia (Greed, 1924) de Erich von Stroheim (I): la gran obra maldita de la historia del cine

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El término «obra maldita» es uno de esos conceptos como «obra de culto» que se han sobreexplotado tanto que prácticamente ya casi carecen de sentido. Pero si hay una película que justifica el uso de dicho término, si hay un filme para el cual el adjetivo «maldito» está justificado de sobras, ése es Avaricia (Greed, 1924) de Erich von Stroheim. Considerada hoy día como una de las grandes obras maestras del cine, Avaricia ha simbolizado durante décadas la lucha del artista contra el sistema, la tragedia del autor que ve cómo la gran obra de su vida es destrozada por los imperativos comerciales, el paso del Hollywood dominado por los directores a la era de los productores. Fue el primero de una larga serie de catastróficos casos de cineastas geniales que tuvieron que ver como los productores destrozaban obras muy personales en las que ellos habían trabajado con tanto ahínco. La primera de una lista que incluye episodios célebres como El Cuarto Mandamiento (The Magnificent Ambersons, 1942) de Orson Welles y otros menos conocidos pero no por ello menos dramáticos, como la película de animación The Thief and the Cobbler (1993) de Richard Williams.

Avaricia es también uno de esos ejemplos que a mí me gusta tildar de películas «kamikaze» en que su autor estuvo dispuesto a todo con tal de ser fiel a su visión, sin importarle las consecuencias que eso tendría para su carrera (otro ejemplo paradigmático sería Playtime (1967) de Jacques Tati). Célebre por su estilo tan impactantemente realista y crudo para los estándares de la época y por su desmesurada duración, Avaricia era una obra que no podía tener cabida en Hollywood. Pero Stroheim creyó tanto en ella que estuvo dispuesto a ir hasta el final. En cierto sentido no fue una decisión astuta, porque se exponía a que buena parte de sus esfuerzos resultaran en vano, a que la mayor parte de lo que filmó quedara suprimido – como acabó sucediendo. Era pues un impulso creativo en el sentido más estricto de la palabra.

¿Por qué Avaricia está hoy día considerada una de las grandes joyas de la era muda? ¿Está justificada su fama? ¿Cómo se las ingenió Stroheim para sacar adelante una película así y qué sucedió exactamente en el laborioso proceso de montaje? Aprovechando que este 2024 se cumplen 100 años del estreno de esta obra extraordinaria, el Doctor Caligari les ofrecerá a lo largo del mes de enero un especial en varios posts dedicado a la película en que espera responder a algunas de esas preguntas. De entrada en este primer post introductorio nos centraremos en resolver una duda concreta que me han formulado en muchas ocasiones: ¿qué versiones hay hoy día de Avaricia y cuál deberían ver?

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