Una cuestión de acentos

Una de las cualidades más interesantes del cine mudo era que, al no conocer las voces de los actores que aparecían en la pantalla, éstos tenían un aire casi fantasmal o irreal. En el momento en que hablaban se perdía ese rasgo único y pasaban a ser seres de carne y hueso. Un periodista de la época desarrolló la idea de esta manera:

El pueblerino que se imaginaba que, en caso de que la Señorita X le susurrara «Te quiero», sonaría como una mandolina, ahora escucha a su diosa hablar como una dependienta de tienda masticando chicle. El devoto del seductor carácter inocente de la Señorita Y ahora la mira bajo la triste luz de los «talkies» como una mujer de mediana edad con la voz de una mujer de mediana edad. El granjero que antaño soñaba con la Señorita Z como una exótica y misteriosa dosis de polvo de cantárida ahora la verá simplemente como una inmigrante obesa con músculos sobredesarrollados asistiendo en la negociación de un inglés «pidgin»«.

microfono horror

Ante la novedad del sonido, los grandes actores de Hollywood sin experiencia teatral se encontraron en la desesperada situación de tener que entrenar su dicción para dar correctamente el salto al sonoro, y en poco tiempo los profesores expertos en pronunciación estuvieron cotizadísimos, especialmente por las actrices.

Pero el problema no era solo el saber leer correctamente los diálogos, sino el delicado asunto del acento. Chaplin ya lo había predicho cuando se lamentaba sobre el hecho de que su personaje Charlot se había hecho tan universal que era imposible ponerle voz, cada espectador le imaginaría hablando en el idioma de su región y con su acento, ¿cómo iba ahora a romper esa ilusión con su inglés británico?

En Hollywood tenían el problema añadido de que el inglés es un idioma con multitud de acentos y variaciones, por lo que la plantilla de actores de moda acabaría siendo un catálogo de diferentes variedades de inglés, algunas más aceptables que otras. Desde el inicio se tomó como ideal el tener un leve acento británico, sin exagerar pero que aportara la elegancia propia de esa variación del inglés. Por tanto, la colonia británica de Hollywood estaba de enhorabuena si eran capaces de contener un poco su ramalazo británico. El ejemplo de actor ideal en ese sentido era Ronald Colman, cuyo acento encajaba con su porte elegante y sofisticado, no en vano fue uno de los actores más populares en aquella época.

Escena de Horizontes Perdidos (1937) de Frank Capra en la que se puede escuchar el elegante acento de Ronald Colman, considerado el estándar de acento inglés ideal en aquel entonces.

No siempre funcionó bien, claro está. Muchos actores y actrices cayeron en desgracia no por su voz (o al menos no únicamente por eso) sino porque tantas clases de locución mataron su espontaneidad, haciendo que sus actuaciones fueran amaneradas y absolutamente impostadas, con un acento falsamente británico que rozaba el ridículo. Algunos directores intentaron luchar contra ello insistiendo en el valor de la espontaneidad. Una broma muy típica sobre el tema era la siguiente: «Una actriz entra en un restaurante, pide una taza de café y se pregunta dónde podrá encontrar a alguien que le enseñe cómo pedir una taza de café en una escena en un restaurante en una película«.

Finalmente la tendencia dominante fue, con toda la lógica del mundo, no buscar un ideal de voz y acento, sino que cada intérprete tuviera una voz y acento adecuados a su apariencia y al tipo de papeles que iban a interpretar. Un actor que se especializara en papeles de cowboy no tenía por qué ser capaz de hablar con absoluta corrección británica. En lo que respecta a los muchos actores de origen extranjero, esto sirvió para salvar muchas carreras. No cabe olvidar que en la era muda había en Hollywood docenas de actores que literalmente no sabían hablar inglés y que empezaron a tomar clases aceleradas en los inicios del sonoro para salvar sus carreras. En algunos casos no funcionó, por ejemplo el alemán Emil Jannings, uno de los actores más respetados del mundo, tenía un acento demasiado exagerado y decidió volver a su Alemania natal. Pero en otros sí que hubo más suerte. Por ejemplo Maurice Chevalier tenía un acento francés que le iba como anillo al dedo a sus papeles de pícaro galán.

En el minuto 22:20 podemos oír a Emil Jannings defendiéndose con su rudimentario inglés para hablar con Marlene Dietrich en una escena de El Ángel Azul (1930) de Josef von Sternberg. Nótese que, para justificar su acento a nivel de guión, primero se dirige a ella en alemán y ésta le pide que le hable en inglés.

La sueca Greta Garbo, una de las más temerosas a hablar en la pantalla por el estatus casi mítico del que gozaba, también superó la prueba: su acento europeo le daba cierto exotismo que encajaba con los papeles que solía interpretar. Escuchándola se nos hace imposible imaginarla sin ese acento. De hecho me atrevería a decir que parte de lo que hace tan especial a Garbo es ese acento – años más tarde, Ingrid Bergman también logró triunfar en Hollywood pese a tener en sus primeros films un acento bastante marcado, pero de nuevo eso era lo que la diferenciaba del resto de actrices norteamericanas y le daba cierto exotismo muy atractivo. No todas las estrellas consiguieron seguir adelante igual que ella, pero el caso de Garbo demuestra que al fin y al cabo no era imposible seguir teniendo éxito aún acarreando contigo un molesto acento.

Greta Garbo junto al mexicano Ramón Novarro en una escena de Mata Hari (1931) de George Fitzmaurice. Dos estrellas cuyos acentos les delatan.

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