Como es bien sabido, aunque son muchos los pioneros que se atribuyen la autoría de la invención del cine, a efectos prácticos la cosa suele quedar entre los hermanos Lumière y Edison, teniendo una clara ventaja los primeros en gran parte por plantear el cine como un medio de exhibición público, a diferencia del célebre inventor norteamericano. No obstante, otro factor determinante a favor de los Lumière fue su forma de encarar el acto de filmar.
Edison realizaba sus cortometrajes en un estudio apodado Black Mary, mientras que los Lumière apostaron desde el principio por filmar en espacios reales. Eso tiene como consecuencia que los cortos de Edison, realizados sobre fondos negros impersonales, fomenten la sensación de número de feria y de fantasmagoría, mientras que los entornos naturales de los Lumière daban una mayor sensación de realismo.
Esto queda más que patente en uno de los primeros cortometrajes que filmaron, La Comida del Bebé, en que se ve a Auguste Lumière junto a su esposa dando de comer a su hija. La elección del tema ya dice bastante del propósito de los Lumière: su intención en la mayoría de sus primeros cortometrajes era retratar la vida diaria, no eventos extraordinarios, salvo excepciones puntuales como El Regador Regado (1895) que servían como pequeño contrapunto cómico para su programa.
Hoy día podría considerarse este film como el primer vídeo doméstico, en que los Lumière decidieron escoger como objeto de filmación su propio hogar burgués. La elección del tema infantil obviamente responde a que eran conscientes de que mostrar ante las cámaras a un tierno bebé era algo que nunca fallaría, pero además creo que le da una especial espontaneidad al no poder controlar cuál sería su reacción – de hecho mi momento favorito es cuando en el segundo 23 el bebé ofrece su galleta al cámara.
Pero lo más interesante de este cortometraje es que en su época lo que más alabaron los críticos de él no fue la tierna escena familiar que se nos evoca sino algo tan (teóricamente) intrascendente como que el espectador podía ver cómo las hojas del fondo se movían al viento.
¿Por qué resaltar algo así cuando había delante una bucólica escena familiar que era sin duda el centro de atención? El hecho de que las hojas se mecieran al son del viento fomentaba la sensación de realismo, hacía que la escena pareciera aún más real al estar enmarcada en un entorno que tenía vida propia. Puede que los Lumière escenificaran esta viñeta familiar, pero detrás de ellos el paisaje seguía su curso de forma independiente y eso también quedaba retratado por la cámara. Los cortos de Edison podían dar la sensación de que el genial inventor aplicaba su «magia» a unas escenas que había recreado en condiciones muy concretas en un estudio. Los de los Lumière daban la sensación de que habían capturado la realidad tal cual era. La prueba es que el fondo tenía vida propia aun cuando no era el centro de atención de la película. Ellos no podían controlar esos detalles como el viento, pero el hecho de que la cámara también los grabara (y que se notara que ellos no habían puesto especial atención a ese fondo casi oculto) fomentaba la impresión de que su invento permitía capturar toda la realidad, incluso la parte que quizá no les interesara.
A la hora de visualizar estos cortometrajes hoy día, más acostumbrados al cine, tendemos a pasar por alto pequeños detalles como éstos que para los espectadores de la época eran cruciales. Por ello no está de más pararse de vez en cuando a analizar con cierto detenimiento estas películas, puesto que todavía siguen aportándonos información sobre la fascinación que provocaba el cine por entonces.

Lo que más admiraba la gente en las primeras películas es muy interesante. Efectivamente el movimiento de las hojas, pero también el oleaje. Las reseñas de los periódicos de la época insisten en que «hacen un gran efecto» los movimientos del agua en el río, en el mar… por eso vemos tantas películas primitivas consistentes en ir a darse un chapuzón, o en atravesar un río.
Otra cuestión que llamaba la atención muchísimo era ver cosas cercanas o conocidas en pantalla: ver su ciudad, ver gente conocida (toreros famosos, artistas) o incluso verse a ellos mismos.
Hasta tal punto que hay películas que desde nuestro punto de vista contribuyeron más al desarrollo del lenguaje del cine que en su época tenían poco interés, porque en cuanto se aplicaba una historia de ficción conocida por las tiras de periódico de la época, la ilusión de realidad, de vida, se aminoraba.
Hola Escarlati,
Estos efectos «de fondo» como las hojas que se movían o las olas es comprensible que fascinaran tanto a los espectadores porque daban aún más realismo a esos cortometrajes y, sobre todo, demostraban la principal utilidad de este invento en esos primeros años: captar el exterior, el mundo real. Para entendernos, un corto de ficción con dos personajes bufonescos peleándose era algo que seguramente podía verse en el mismo teatro donde se representaban las películas. Pero captar el mar o el movimiento de las hojas y «traerlo» a la oscuridad de un teatro… hoy día no somos conscientes de ello, pero eso debía ser casi magia para esos primeros espectadores.
Lo mismo va por todas las películas que no eran más que panorámicas de ciudades, que era un género casi obsesivo en los primeros años, pero que era una forma de que la gente pudiera ver por primera vez ciudades lejanas captadas con cinematógrafo… y por descontado a los habitantes de la misma ciudad les debía resultar impagable reconocer ahí esos rincones que tan bien conocían.
Es una época fascinante que invita a repensar la concepción que tenemos del acto de ver películas.
Un saludo.