El Espía [The Thief] (1952) de Russell Rouse

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Sí se pensaban que esto del cine mudo es una forma fílmica anclada a una época concreta del pasado… tienen razón, pero aún así ha seguido habiendo algunos experimentos muy interesantes en décadas posteriores para volver a esa forma de cine, como el ejemplo que nos ocupa hoy.

El Espía destaca sobre todo por partir de una premisa muy curiosa: hacer una película entera sin diálogos en plenos años 50. No puede calificarse de cine mudo porque cuenta con banda sonora y efectos de sonido, pero es una idea muy arriesgada e interesante. Desconozco cómo consiguió su impulsor llevar adelante un proyecto de este tipo, pero el caso es que el resultado final es muy bueno.

La historia lógicamente es bastante arquetípica, ya que es una tarea bastante difícil llevar adelante un film sin la ayuda de diálogos o rótulos con los que sí contaba el cine sonoro (la película de hecho ni siquiera abusa de la aparición de textos escritos), por lo que se hace necesario recurrir a lugar comunes ya conocidos por el espectador. El protagonista es un físico nuclear que se dedica a fotografiar documentos top secret para una organización de espías. Un día desafortunadamente uno de los espías muere en un accidente con el microfilm en la mano, por lo que el FBI inicia una investigación para descubrir quién está vendiendo esos secretos de estado.

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La película es un ejemplo perfecto de cómo llevar adelante una historia de suspense sin diálogos. El propio Hitchcock era bastante partidario de este estilo y de hecho su filmografía está llena de grandes escenas apoyadas en la imagen, pero nunca llegó tan lejos como esta película – sería interesante conocer la opinión del maestro del suspense sobre este film, pero no me consta que la mencionara en ninguna entrevista. Su influencia sobrevuela por todo el metraje en la forma como se planifican las escenas de suspense, como la angustiosa persecución en el Empire State o la escena en que entra en el despacho de otro científico a fotografiar sus documentos.

Estoy evitando utilizar la expresión «película muda» a propósito, porque de hecho sí se apoya mucho en los efectos sonoros. En escenas de suspense como las ya mencionadas se hace notorio el uso del sonido, como las pisadas del perseguidor en el Empire State o las del intruso que cruza por el pasillo cuando el protagonista intenta entrar. También adquieren especial fuerza dramática elementos como el teléfono, cuyos insistentes timbrazos tienen una connotación importante: significan la obligación de acudir a la cita, son el recordatorio de que es un traidor. En la escena de la pesadilla de hecho son el elemento sonoro que se repite más insistentemente.

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Aparte de estos detalles el film se apoya en la excelente interpretación de Ray Milland. De hecho, sin un buen actor realmente convincente, la película no habría podido funcionar. Los otros elementos que acaban de darle fuerza son la banda sonora que remarca los elementos dramáticos y de suspense, y la fotografía en blanco y negro, especialmente remarcable para acentuar el tono angustioso y paranoico.

Para mí El Espía, sin ser una obra imprescindible, es una valiosa lección de cine sobre cómo hacer una película sin necesidad de la palabra, demostrando cómo se puede narrar una historia completa (sencilla, es cierto) sólo con la fuerza de las imágenes, acompañada de los efectos sonoros y la música. Tomen nota, jóvenes realizadores excesivamente apoyados en los diálogos.

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