Piccadilly (1929) de E.A. Dupont

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Pónganse en situación: Londres, años 20. Un club de moda cuya mayor atracción son una pareja de bailarines que actúa cada noche: Mabel y Victor (¿le reconocen? es el actor Cyril Ritchard, que encarnaba al pintor en La Muchacha de Londres de Hitchcock). La película se embriaga del ambiente nocturno, de la animación que se vive en el club, y eso se nota en la dirección tan dinámica y atractiva. Tras la cámara se encuentra el director alemán E.A. Dupont, quien se había hecho un nombre internacionalmente gracias al éxito avasallador de Varieté (1925). Dupont sabía perfectamente lo que el público y la crítica esperaban de él: si el cine alemán se había hecho famoso era por la fama que tenía de ser técnicamente muy superior, de emplear trucos de cámara apabullantes. Por tanto, él ofrece a los espectadores lo que se espera de él, y mientras Mabel y Victor hacen su número, la cámara baila literalmente con ellos, con unos travellings maravillosos que giran por todo el club. ¿No opinan que los travellings resultan doblemente atrayentes en el cine mudo?

Piccadilly (1)

Pero desafortunadamente, no todo el film va a resultar tan maravilloso como augura su prometedor inicio, ya que una vez que pasamos de esta presentación a conocer el argumento nos damos cuenta de que en ese aspecto el film no parece que vaya a ofrecernos muchas alegrías. Valentine, el dueño del club y amante de Mabel, decide contratar como artista a una lavaplatos china, Shosho, a la que había echado poco antes por bailar en horas de trabajo. Obviamente Valentine se acabará sintiendo atraído hacia Shosho, y Mabel se sentirá desplazada en el aspecto sentimental y también el profesional, puesto que el número exótico de su rival es infalible (vean el cartel de la película, aunque, como es habitual, ofrece más erotismo del que hay en la película).

Y como suele suceder con los guiones flojos, el autor del mismo acaba recurriendo a uno de esos comodines que se suele creer desacertadamente que hacen que cualquier historia acabe resultando interesante: introducir un juicio que además cuenta con un desenlace muy poco creíble.

Piccadilly (5)

Hasta aquí las malas noticias. Las buenas son que Piccadilly es una obra visualmente apabullante y que su magnífico reparto hace el resto (la protagonista es ni más ni menos que Anna May Wong, una de las pocas actrices orientales que alcanzó el estatus de estrella en la era clásica del cine). Por tanto, he aquí mi consejo: olvídense del argumento, tómenlo como una excusa para que podamos disfrutar de los actores y, sobre todo, del trabajo de Dupont.

Si consiguen una copia de la película en buena calidad como la que ha visionado este Doctor podrán disfrutar aun más de los méritos de la cinta, que está plagada de planos excelentemente elaborados: desde el espectáculo de baile de Shosho, al asesinato tras el biombo que solo nos permite ver las sombras. Hay también planos menos espectaculares pero que merecen nuestra atención. Uno que me gusta especialmente es cuando Mabel llega al piso de Shosho y vemos una cortina en primer plano de forma nítida hasta que la cámara la desenfoca para que podamos ver al fondo al personaje.

Piccadilly (2)

Piccadilly se trata pues de una obra menor, incluso dentro de una cinematografía que no suele considerarse muy destacable en esa época como la británica (aunque cada vez más se está reivindicando como merece). Pero el film posee esa cualidad que hace que muchos sintamos una predilección especial por el cine mudo, y es ese maravilloso sentido de la composición visual, el mimo con el que se tratan los planos, sabiendo que la imagen lo es todo. Estos detalles hacen que incluso buenas películas no destinadas a sobresalir como ésta tengan su razón de ser.

Oh, por cierto, no se pierdan tampoco el cameo que hace Charles Laughton en su primera actuación cinematográfica, con un papel muy breve pero – como no podía ser menos – excelentemente interpretado.

  Piccadilly (3)

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