Legado Trágico (Hangman’s House, 1928) de John Ford

Pese a que empezó su extensísima carrera en una fecha tan temprana como 1917, parece haber unanimidad entre los fans de John Ford respecto a que su etapa muda está lejos de ser una de las más brillantes de su filmografía, funcionando más bien como un periodo de aprendizaje con algunos logros puntuales dignos de ser recordados. Teniendo eso en cuenta, Legado Trágico (1928) sería uno de esos ejemplos a destacar, aunque no a la altura de sus mayores logros silentes, como la algo sobrevalorada El Caballo de Hierro (1924), la muy reivindicable Tres Hombres Malos (1926) y, sobre todo, mi favorita, Cuatro Hijos (1928). El filme que nos ocupa ciertamente posee suficientes cualidades que la convierten en una obra notable, pero también algunas carencias que hacen que no termine de redondearse lo que de entrada era una historia con todos los ingredientes necesarios para dar una gran película.

«Ciudadano Hogan» es un irlandés expatriado que un día recibe una carta con una mala noticia que le incita a volver a su tierra natal a llevar a cabo una venganza pese a que está en búsqueda y captura (suponemos que por actos contra el ejército británico). Allá nos encontramos con el juez O’Brien, tristemente famoso por haber enviado a muchos hombres a la horca y cuya hija Connaught está enamorada del honrado pero pobre Dermot. Su padre, a quien le quedan días de vida, se asegura de que ésta se case con el mejor posicionado John D’Arcy, un déspota hipócrita que pronto descubriremos que la persona de la que Ciudadano Hogan quiere vengarse.

Empecemos por las buenas noticias. Legado Trágico es una película que demuestra el dominio que había adquirido Ford en esos 10 años tras las cámaras. La ambientación irlandesa y de la tenebrosa casa de los O’Brien es sensacional, y el filme está lleno de detalles visuales típicos de la era muda que lo enriquecen, como la visión de las víctimas que el juez ha llevado a la horca en la chimenea de su sala de estar. Además, aunque se trata más bien de un drama, Ford no pierde la ocasión de colar una escena de acción muy bien filmada de una carrera de caballos. Por otro lado, Victor McLaglen está perfecto en el papel de Ciudadano Hogan, compensando un poco el sosainas de Dermot.

Por otro lado, resulta muy interesante ver cómo en este filme ya anticipaba el tema de una de sus películas más célebres, El Delator (1935), aunque irónicamente en aquella obra McLaglen, que aquí es el héroe que ha sido entregado a la justicia, encarnaría al chivato.

Todos esos elementos son los que hacen de Legado Trágico una obra digna de interés, pero hay otros que es innegable que juegan en su contra, sobre todo en lo que se refiere a la historia. Aun siendo benévolos respecto a ciertos tópicos y prototipos de personajes por convenciones de la época, D’Arcy resulta un canalla tan absolutamente mezquino y desvergonzado que roza lo inverosímil. Del mismo modo, la boda de Connaught es demasiado forzada: ésta le confía a su padre que detesta a D’Arcy, a lo que éste insiste que le da igual y que debe casarse con él porque le hará morir feliz (¿?)… ¡un diálogo que por cierto tienen delante del interfecto como si fuera la cosa más natural del mundo! Por otro lado, el esperadísimo duelo final acaba siendo bastante decepcionante y da la sensación de que Ford, consciente de ello, decida compensarlo con un espectacular incendio que resulta un desenlace mucho más vistoso.

De todos modos, la historia está narrada con suficiente fluidez y se nos permite disfrutar de la cuidada ambientación. Además, Legado Trágico posee otro aliciente, y es contar con la primera aparición de John Wayne ante las cámaras. Por aquel entonces, Wayne (aún Marion Morrison por entonces), era un ayudante de atrezzo en el que Ford se estaba fijando dándole pequeños papeles. Aquí se le distingue perfectamente en la carrera de caballos como un ansioso espectador que destroza una valla de los nervios. Curiosamente, el primer papel protagonista de Wayne no vendría de la mano de Ford sino de Raoul Walsh en el western épico La Gran Jornada (1930). Pero por desgracia el fracaso de dicha película en taquilla mantuvo a Wayne durante toda la década de los 30 estancado en westerns de serie B. Más extraño aún (o no tanto conociendo su difícil carácter), Ford, que parecía haber sentido cierta afinidad por el actor, pasó a ignorarle por completo durante años hasta que lo rescató para darle el papel protagonista de La Diligencia (1939). Con este filme, Ford iniciaría su edad de oro como director y comenzaría la leyenda de Wayne. Pero eso es otra historia…

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.