The Heart of the World (2000) de Guy Maddin

Si quieren saber cuál es en mi opinión la película moderna que mejor ha sabido homenajear el estilo de la era muda, no es ni The Artist (2011) de Michel Hazanavicius, ni Blancanieves (2012) de Pablo Berger ni siquiera Juha (1999) de mi admiradísimo Aki Kaurismäki. Todos ellos son muy buenos filmes pero creo que palidecen al lado de este alucinante corto del cineasta canadiense Guy Maddin llamado The Heart of the World (2000).

El origen de la película fue un encargo del Festival de Cine de Toronto, que pidió a algunos cineastas canadienses como David Cronenberg, Atom Egoyan y el propio Maddin que realizaran un cortometraje que se proyectaría antes de las películas del festival. Maddin, un cineasta inclasificable que hacía películas medio experimentales muy influenciadas por la estética de la era muda y de inicios del sonoro, decidió crear un filme que fuera un homenaje a las vanguardias soviéticas. Montada a un ritmo absolutamente vertiginoso, The Heart of the World explica la historia de dos hermanos, un sepulturero y un actor que interpreta a Jesucristo, enamorados de la misma mujer, una mujer científica que estudia el corazón de la Tierra y que descubre que está a punto de colapsar. El mundo está a punto de llegar a su fin y ya no hay casi tiempo, ¿a cuál de los dos va a elegir?

Lo que me fascina de The Heart of the World es la forma como Maddin consiguió recrear de una forma tan absolutamente fidedigna el estilo visual de la era muda: la textura de la fotografía, el montaje que tan bien emula las vanguardias soviéticas, el tipo de trucajes, la caracterización y elección de los actores (la protagonista es todo un descubrimiento, tiene el tipo de rasgos prototípicos de las actrices de la era muda como esos ojos tan expresivos), etc. Si uno ve la película sin conocer el contexto podría colar perfectamente como un filme de la era muda de no ser por su humor tan disparatado y un instante muy concreto (la entrada en escena del personaje del banquero) que delata que se trata de una película moderna por el uso del zoom y un par de planos muy cerrados de los rostros de los personajes perfectamente enfocados.

Si todo eso le sumamos el humor tan excéntrico típico de Maddin y el inteligente uso de la pieza «Tiempo, adelante» de Georgy Sviridov como banda sonora nos queda una cinta inmejorable, que el propio Maddin llegó a calificar como la única obra de su carrera que quedó exactamente tal cuál él había planeado.

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