Le Giornate del Cinema Muto de Pordenone 2021 (III)

Crédito: Photo 12/7 e Art/Vita-Film

Es una sensación curiosa estar en Pordenone y, por una vez, comprobar que tienes tiempo de sobras para todo. Que no tienes que empalmar película tras otra y, en ocasiones, tener que ingeniártelas para comer algo en cinco minutos si quieres asistir a alguna de las conferencias que tiene lugar al mediodía. Esta edición más light con menos proyecciones y mucho más tiempo libre tiene sin duda sus ventajas, pero uno echa de menos el Pordenone de siempre, con tantas películas y actividades entre las que escoger que uno no da abasto y acaba escribiendo sus crónicas como puede a altas horas de la madrugada. No garantizo que de aquí a un año no me esté retractando de estas palabras si tengo la doble suerte de poder volver a venir y de que el festival haya vuelto a su formato de antaño.

Lunes 4 de octubre – La vida es un carnaval

La sesión matinal de hoy ha tenido un carácter más bien juvenil. Empezamos con un curioso cortometraje alemán, In den Dschulgeln Afrikas realizado entre 1921 y 1924 de la directora Ilka Schütze, que explica una pequeña historia con muñecos usando la técnica de stop motion. Un pequeño viaje a África que incluye enfrentamientos contra leones y caníbales hecho de forma algo rudimentaria pero con su encanto.

El cine mudo era un terreno muy apropiado para que ex-deportistas profesionales exhibieran sus dotes físicas. El hecho de no tener diálogo podía ocultar ciertas deficiencias de estos actores no profesionales a la hora de enunciar sus frases, y como en la época silente se llevaban mucho las acrobacias y proezas atléticas (sin ir más lejos ayer Doug nos hizo toda una exhibición) es natural que algunos deportistas probaran suerte en ese medio. Ya lo comprobamos en la edición del 2015 con el programa titulado «Strong Men» y este año lo veremos con el ciclo dedicado a Snowy Baker.

Baker fue un atleta australiano todoterreno que representó a su país en los Juegos Olímpicos de 1908 en ¡tres categorías! ganando una medalla de plata en boxeo. Diez años después inició una carrera como actor en donde interpretaba personajes heroicos que le permitían exhibir sus cualidades físicas. Baker era un hombre que hacía las cosas en serio: en 1919 viajó a Hollywood a estudiar la industria y hacer contactos, y se trajo consigo al director Wilfred Lucas, la guionista Bess Meredyth, la actriz Brownie Vernon y el director de fotografía Robert V. Doerrer. ¿Su objetivo? Poner Australia en el mapa cinematográfico internacional con películas comerciales y de calidad, algo que el país necesitaba desesperadamente ya que la producción autóctona estaba en una grave crisis engullida por el cine americano. Baker no logró su propósito y, tras tres filmes hechos con ese equipo que fueron un éxito en su país pero no en el extranjero, viajaría de nuevo a Hollywood para continuar allá su carrera. Ahí la suerte no le sonrió como actor pero consiguió establecerse como stunt, instructor de actores para montar a caballo y otras actividades que desarrolló por la zona que demuestran que era un emprendedor nato.

Snowy Baker junto a Charles Chaplin en una de sus primeras visitas a Hollywood
Crédito: ⓒ Roy Export Company Ltd

The Man from Kangaroo (1920) es la primera de esas tres películas que realizó con ese equipo traído de América. Aquí encarna a John Harland, un ex-boxeador reconvertido a vicario (¡toma ya!) que no solo se dedica a predicar sino que enseña a los niños a pelear. Tras varias quejas de la comunidad, se ve obligado a dejar el pueblo por otro donde los predicadores no son bien recibidos. Allá se reencontrará casualmente con Muriel, la chica de la que estaba enamorado que también ha huido a esa zona recóndita para escapar de su tutor, que le está robando su herencia y quiere casarse con ella.

La película en sí no es nada especial, con un argumento muy inocentón que entra en ese subgénero tan excéntrico de sacerdotes enrollados que luego explotarían Leo McCarey y Bing Crosby décadas después con mucho éxito. Desde luego la idea de un ex-boxeador metido a sacerdote es bastante poco creíble, aunque Baker (que tiene un parecido inquietante con el actor Lon Chaney) hace lo que puede para interpretarlo con encanto pese a sus limitaciones. Donde sale mejor parado es obviamente en sus exhibiciones atléticas, incluyendo varias escenas de riesgo interpretadas por él mismo como saltos desde puentes. De hecho hay un momento en que la trama se detiene y estamos literalmente varios minutos viéndole hacer diferentes saltos desde una roca a un río para impresionar a un grupo de chavales y, presuntamente, al espectador – no en vano también había competido en los Juegos Olímpicos en la categoría de salto de trampolín y cualquier excusa es buena para mostrárnoslo. La película es bastante correcta y tiene el pequeño aliciente de hacernos disfrutar de los paisajes australianos, tan poco vistos en la era muda, pero es de esos filmes para ver más con ojos de niño que con espíritu crítico o simplemente adulto.

Crédito: National Film & Sound Archive of Australia, Canberra

Mejor parada salió Ellen Richter, que ya les adelanto que va a ser la gran protagonista de las Giornate de este año por el número de filmes suyos que hay en el programa.  Ella misma consideraba Lola Montez, die Tänzerin des Königs (1922), dirigida de nuevo por su marido Willi Wolff, como su mayor logro. Y a falta de conocer más a fondo su carrera  cabe reconocer que es un gran salto cualitativo respecto a las películas suyas que vimos ayer. Esta obra entra dentro de un ciclo de filmes que realizó en esos años encarnando a grandes mujeres de la historia, y se nota en su acabado visual que estamos indudablemente ante una gran producción, que además incluía exteriores en varios países del mundo y que en su estreno debía durar cerca de tres horas. Pero no por ello es una fría y vacía pieza histórica (esas «películas de trajes» a las que se referirían desdeñosamente varios críticos alemanes), sino que Wolff y Richter le dan vida a la historia y consiguen que no se haga aburrida.

La trama obviamente se basa en el mito alrededor de la famosa bailarina irlandesa que fue amante de Luis I de Baviera, aquí reconvertida en una seductora gitana de origen español. La cinta va narrando los sucesos alrededor de la vida de Lola Montez en diferentes países de Europa hasta desembocar en el escándalo que la rodeó en Baviera cuando se convirtió en la amante del rey. Este carácter episódico evita que la trama se atasque demasiado y nos permite repasar diferentes conflictos políticos en países tan diversos como España, Francia o Alemania. La única pega que le puedo poner al filme ni siquiera es culpa suya: pese a sus generosas dos horas de duración, le faltan bastantes escenas de su tramo final ambientado en Baviera. Toda una lástima, porque de conservarse completa y estar el material que falta a la altura del resto quizá estaríamos hablando de una pequeña joya por descubrir.

Crédito: Deutsche Kinemathek, Berlin

Ha llegado el momento de entrar ya en materia con el ciclo de cine coreano de ficción, uno de los programas más sorprendentes de este año. Para mí y supongo que para la mayoría de cinéfilos el cine coreano conocido empieza en los 60, con películas como La Doncella (Hanyo, 1960) de Kim Ki-young o Aimless Bullet (Obaltan, 1961) de Yu Hyun-mok. Rebuscando entre mis archivos descubrí que hace tiempo vi una más antigua llamada Sweet Dream (Mimong, 1936) de Yang Ju-nam de la que confieso que apenas recuerdo nada… pero eso es todo. Si en los últimos tiempos se está rescatando cada vez más el cine clásico chino, el coreano de momento sigue siendo un misterio. Por ello creo que éste es uno de los ciclos más valiosos de esta edición al margen de la calidad de las películas. Veamos qué nos ofreció esta primera sesión de ficción.

Si les gustan las películas que en su título tienen ya la moraleja del filme, If You Work Hard, There Will Be No Poverty (Geulloui Kkeuteneun Ganani Eopda, c. 1925-1929) de Lee Gyu-seol está hecha para ustedes. Realizado bajo el colonialismo japonés, este cortometraje de 20 minutos se planteó como una forma de transmitir el valor del trabajo duro a la población coreana. La trama es mínima: seguimos el día a día de dos personajes humildes, Park Bok-geol y Song Hyo-wan, que subsisten como pueden y al final se acaban ayudando mutuamente para salir de la pobreza.

Pese a estar dirigido y fotografiado por dos figuras importantes del cine coreano, el filme tiene un look que hoy día nos parece totalmente amateur: la cámara se tambalea en los travellings de seguimiento a través de la nieve, hay algún primer plano que no se ve muy bien por estar a contraluz, los planos del sol se han recreado con un dibujo del astro… pero todo esto más que verlo como defectos para mí le da a un encanto especial. Además se nota que pese a ser un encargo hay una intención de jugar con la cámara para hacer cosas interesantes, por ejemplo empleando recursos como el montaje acelerado o la ya mencionada animación del sol. Es tan sumamente inocente en su planteamiento y su casi inexistente trama, tan sencilla a nivel técnico y tan obvia en sus intenciones que por algún motivo me resultó hasta conmovedora y la disfruté muchísimo.

Crédito: Korean Film Archive

Crossroads of Youth (Cheongchuneui sipjaro, 1934) de Ahn Jong-hwa es otra historia. Aparentemente el largometraje coreano más antiguo que se conserva, se trata de un drama en que se cruzan las vidas de varios personajes jóvenes, tomando como punto de inicio a Young-bok, que dejó su aldea cuando su prometida se dejó seducir por otro hombre. A partir de aquí nos cruzamos con otros personajes relacionados entre sí, como su hermana que le busca por la ciudad y una chica que cuida a su padre enfermo.

Al igual que sucedía con el filme anterior, si uno lo compara con las obras que se hacían en esa misma época en China o Japón, se nota que Crossroads of Youth es una obra más torpe a nivel técnico o narrativo, hasta el punto de que en ocasiones la historia me resultó algo confusa en la mezcla de personajes y subtramas. En algunas ocasiones parece que algunos planos no están muy planificados y que la cámara está improvisando sobre la marcha a quien encuadrar. En otras se nos ofrecen planos un tanto extraños (cuando el protagonista se queda pensando la cámara desciende hasta el suelo y hace una panorámica allá abajo que no parece tener mucha explicación), y de vez en cuando nos sorprende con algún encuadre muy hermoso (una de las protagonistas mirando melancólicamente a través de la ventana). Todo esto no lo veo tanto como un defecto sino como el reflejo de una industria cinematográfica menos profesionalizada que las ya mencionadas anteriormente, y eso le otorga un valor extra porque no estamos viendo una realización estándar y predecible, sino a un cineasta que en cada escena parece estar pensando cómo trabajar la puesta en escena. Sin tener el encanto del cortometraje de antes ni ser una joya por descubrir, su valor histórico es innegable y para mí fue en conjunto una de las sesiones más interesantes de esta edición.

Crédito: Korean Film Archive

La danesa Jokeren (1928) de Georg Jacoby fue una agradable sorpresa para cerrar el día. Una película que basculaba en un agradable término medio entre comedia, suspense y melodrama y que se beneficia de la excelente ambientación de los carnavales de Niza, incluyendo metraje filmado allá. La acción se inicia cuando un abogado venido a menos (el británico Miles Mander en uno de sus prototípicos personajes odiosos) da con unas cartas comprometedoras de un hombre recién fallecido que fue amante de Lady Cecilie Powder, ahora una respetable mujer casada con un hombre rico. Cuando chantajea a Cecilie, acudirán en su ayuda su hermana menor Gill y un misterioso personaje famoso en la zona apodado el Joker, un hombre tan carismático como simpático (quizá un poco demasiado, no sé si me entienden) que recibe ese apelativo porque siempre gana a las cartas y se sale con la suya.

Lo que más me gustó de Jokeren es su inicio y la forma de presentar a los personajes, como por ejemplo el abogado y sus compañeros de juerga durmiendo resacosos en un despacho ruinoso. Es de esos filmes en que te da la sensación de que cada personaje tenía vida propia antes de iniciarse la acción, y que por tanto se toma su tiempo para que todo arranque. Habría sido más fácil que el abogado se lanzara a hacer el chantaje tan pronto recibiera las cartas, pero el guion prefiere que veamos cómo intenta salvar su situación en el casino, y si al final acaba chantajeando a las protagonistas es por una mezcla de que no tiene más remedio y de que las circunstancias le ofrecen una buena ocasión para ello. También me gusta lo mucho que dice la película sobre Lady Cecilie sin ser explícita ni darnos más contexto del necesario. Simplemente en las breves escenas que comparte con su adinerado marido ya entendemos que le tiene realmente cariño (después de todo parece un buen hombre) pero que no es el hombre al que quiere de verdad. A partir de aquí es fácil intuir un matrimonio que aceptó por conveniencia para ayudar también a su hermana (que vive con ellos) antes que casarse con un humilde escultor llevando una vida más difícil, y también que el pánico a que se descubra su pasado no es solo por interés personal sino porque realmente no quiere hacer daño a un marido al que profesa sincero cariño ni a su hijo.

Crédito: Det Danske Filminstitut, Copenhagen

Solo le achaco dos cosas al filme que impiden que sea una película de mayor nivel. En primer lugar creo que a mitad de metraje se enreda mucho en ciertas situaciones e incluso se traiciona a sí mismo, haciendo por ejemplo que ese ruinoso abogado pase a ser un hombre con una villa propia y dos o tres delincuentes que le ayudan como cómplices, rompiendo así la magnífica imagen que se nos dio de éste como un pobre desgraciado. Y en segundo lugar el final es muy decepcionante y terriblemente perezoso a nivel de guion, y le lleva a uno a pensar «¿Al final tantas vueltas para solucionar todo así?«. No obstante no quiero pasarme de negativo, se trata de un muy buen filme, un entretenimiento de calidad que habría sido aún mejor recortando un poco el metraje y con un final más elaborado.

Por cierto, todos los años noto que suele haber una temática que se repite en bastantes de los filmes del festival. Éste creo que son los carnavales y fiestas de disfraces. Tuvimos una escena así en Leben um Leben (1916) y hoy hemos tenido otras tanto en Jokeren como en un cortometraje muy simpático titulado At the Masquerade Ball (1912), en que una secretaria se cuela en un baile de disfraces de la alta sociedad.

Película a destacar: Lola Montez (1922).

Pequeña reflexión: ¿son las ovejas que hemos visto en el filme australiano The Man from Kangaroo (1920) las mismas que viajarían a Corea del Norte en el cortometraje que vimos el sábado pasado?

Momento a destacar: en un plano callejero de At the Masquerade Ball (1912) hubo uno de esos detalles que tanto me gustan captar, en que un niño pasea tranquilamente por la acera hasta que, de repente, descubre la cámara y tímidamente se echa para atrás mientras observa a la actriz recogiendo del suelo la invitación al baile.

Crédito: DFF – Deutsches Filminstitut & Filmmuseum, Frankfurt.

Martes 5 de octubre – De vuelta por todo el mundo con Ellen Richter, Snowy Baker y Cecil B. DeMille

Hoy la mitad del día nos lo ha monopolizado Frau Richter con una larga película de tres horas dividida en tres partes: Die Frau mit den Millionen (1923), de nuevo dirigida por su marido Willi Wolff. Algo que me está fascinando de Ellen Richter es lo bien que se acomoda a géneros tan distintos, ya que hemos pasado de los dramas que vimos el domingo y la prestigiosa película histórica de ayer a lo que es un divertido filme de aventuras con aroma de serial. Pese a que pueda echar algo atrás por su duración, en realidad Die Frau mit den Millionen es una de las sesiones más divertidas y satisfactorias de todo lo que llevamos de las Giornate. Por un lado, hay multitud de personajes secundarios que sostienen el interés de la trama (incluyendo un par cómicos que funcionan muy bien, especialmente el célebre secundario «de peso» Karl Huszár-Puffy), por el otro, a medida que avanza la acción no paran de suceder incidentes nuevos y además hay multitud de imágenes filmadas en escenarios reales a lo largo de Europa, que como veremos es algo que tiene una intencionalidad.

Richter encarna a Smaragda Naburian, princesa de Armenia, cuyo padre ha sido encarcelado injustamente a raíz de los genocidios que sufrió su pueblo en aquellos años. La acción se inicia en París, donde en un intento por acorralar al principal conspirador, Naburian le dispara por accidente y debe huir del país acusada de intento de asesinato. Le ayudará un diplomático inglés, Stuart Hardington, así como el simpático Anatole Pigeard, que aunque inicialmente era un cómplice de los conspiradores acabará ayudando a nuestros protagonistas. Entre medio sucederán todo tipo de aventuras, como el robo de un cargamento de oro que se disputarán entre todos y el secuestro del heredero al trono en Turquía para así forzar que liberen al padre de Smaragda.

Crédito: Deutsche Kinemathek, Berlin

Die Frau mit den Millionen pertenece a una tipología de película que se convertiría en sinónimo de Ellen Richter durante muchos años para el gran público: filmes de aventuras que sucedían en países de todo el mundo y que ofrecían el doble aliciente de emociones fuertes e imágenes reales de los diferentes sitios donde fueron filmadas. Aquí mismo el rótulo inicial destaca todas las localizaciones en que se grabó la película y en algunos momentos es curioso notar cómo la cámara parece olvidarse de los protagonistas y nos regala algunas imágenes puramente documentales de algunos de esos parajes.

Aparte de eso el gran aliciente es lo desinhibidamente divertida que es, alternando momentos de suspense con otros claramente cómicos: el dueño de la prisión de un pueblo que está totalmente sordo, toda la persecución al antagonista cómico disfrazado de oso, la escena en que éste intenta escapar de un vagón de tren por un agujero y queda atrapado, etc. Conviene remarcar también lo cómoda que parece Richter en esos cambios de registro, incluso con algún momento sorprendente. En cierta escena los tres protagonistas se proponen llegar a Constantinopla usurpando al heredero del trono, y siendo dos hombres y una mujer, ¿adivinan quién deciden que se haga pasar por el príncipe? ¡Sí! ¡Nuestra querida Ellen Richter, que no tiene ningún problema en caracterizarse de forma bastante creíble como un joven príncipe! En definitiva, cine de puro entretenimiento en su mejor expresión.

Crédito: Deutsche Kinemathek, Berlin

Después de viajar por toda Europa nos trasladamos a África, donde nos espera de nuevo el atleta australiano Snowy Baker para ofrecernos una doble sesión de aventuras dirigidas por Duke Worne, ambas perteneciente a su breve etapa como actor en Hollywood antes de abandonar el mundo de la interpretación para asentarse en Los Angeles en el circuito del vodevil o como instructor. La primera, The Empire Builders (1924), está situada en la África colonial, donde nuestro héroe intenta llegar a un acuerdo pacífico con el rey de una tribu local para que acepte a los colonos ingleses, mientras en paralelo un resentido bóer intenta sabotear su plan de pacificación y, de paso, robarle la chica.

El rótulo inicial ya deja cierto mal sabor de boca cuando se define a África como un continente «salvaje e ignorante», y aunque la visión que se dará de las tribus no es negativa, en el fondo es un tanto condescendiente: son buenos luchadores de carácter fiel, pero también fáciles de engañar y se supone que la ocupación británica les ayudará a tener una vida mejor. No obstante, la película me funcionó mejor que la de ayer: su breve duración de una hora le sienta bien a una historia tan simple aunque eso suponga que presenciemos el romance más rápido de la historia del cine (Snowy le dice a la chica que no se imagina vivir sin ella… a las pocas horas de haberla conocido, ¡eso sí que es ir rápido!) y aquí los stunts de Snowy son más breves y no tan gratuitos (se lanza desde una roca a un río para salvar de morir ahogado al jefe de la tribu, y no para exhibirse ante unos críos como en el filme de ayer).


Crédito: National Film & Sound Archive of Australia, Canberra

De África subimos hasta España en The Sword of Valor (1924), donde Snowy interpreta a un capitán americano que en su paso por la Península se enamora de una bella señorita hija de un terrateniente local que pretende llevarla a la Riviera Francesa en busca de un pretendiente mejor. Snowy tendrá que competir con un hombre adinerado compinchado con un espadachín famoso porque siempre mata a sus contrincantes y con un gitano rebosante de apasionado y posesivo amor, como corresponde a todo latino.

La película me resultó igual de entretenida que la anterior y tiene algún plano bien conseguido, como ése en que, después de rescatar a la protagonista de morir ahogada, se ve el contraste entre Snowy en bañador y los otros pretendientes de la muchacha con su ropa elegante; el hombre sencillo y sin tapujos en contraste con ese mundo de apariencias y pretensiones. Son filmes bien hechos, agradables de ver y muy inocentes en los que se trasluce esa visión idealizada de la hombría: en The Empire Builders el padre de la chica rechaza a su primer pretendiente porque es un cobarde que no quiere pelear por su hija, y del mismo modo Snowy se gana al jefe guerrero después demostrar su valía en una lucha cuerpo a cuerpo, mientras que en este filme deberá batirse en duelo para demostrar que no es un cobarde. No creo que le cambie la vida a nadie estas películas pero ha sido simpático descubrirlas.


Crédito: National Film & Sound Archive of Australia, Canberra

Para acabar con este viaje por todo el mundo hemos cerrado el día en un pueblo repleto de prospecciones petrolíferas en la frontera entre México y Estados Unidos donde tiene lugar Fool’s Paradise (1921) de Cecil B. DeMille. Allá encontramos a Arthur Phelps, un joven veterano de la I Guerra Mundial que no acaba de tener suerte en su búsqueda de petróleo y que siente una fascinación rozando lo enfermizo por una bailarina francesa, Rosa Duchene. Una noche entra en su vida Poll Patchouli, bailarina de una cantina local que se enamora de él pero no es correspondida. En venganza le gasta una broma que accidentalmente le deja ciego y Arthur se sume en tal estado de depresión que piensa en suicidarse. Sintiéndose culpable por lo que ha hecho, Poll se hace pasar por Rosa Duchene y se casa con él para cuidarle. Un día lee un anuncio de un médico que puede hacer recobrar la vista a la gente ciega. ¿Qué hacer? Si Arthur la descubre probablemente la abandonará, ¿es preferible que siga ciego para quedárselo para ella misma?

No hace falta ser muy avispado para notar ya de entrada ciertas similitudes entre esta historia y la magistral Luces de la Ciudad (1931) de Chaplin, no solo por la idea de alguien que intenta hacer feliz a una persona ciega haciéndole creer en una ilusión que no existe, sino también por la forma tan hábil como el guion combina humor y melodrama. Al igual que haría Chaplin años después de forma mucho más perfeccionada, aquí se procura dar un cierto descanso a los momentos de mayor dramatismo con pequeños apuntes cómicos que de paso humanizan a los personajes: la atenta Poll que cuida con ternura a Arthur pero luego usa una imagen de esa bailarina francesa a la que tanto envidia para recoger los restos de comida, su pequeña travesura de sustituir una foto colgada en la pared de la susodicha francesita por la de una vaca (ojo al detalle: fíjense como para elegir la imagen toca la textura de la foto para que sea similar a la que hay colgada en la pared, para que así cuando Arthur la toque no note que es una imagen distinta) o cuando Arthur se piensa que han publicado sus terriblemente sensiblonas poesías lo que tiene entre manos es en realidad un libro de cocina, y en el momento de mayor tensión en que le pide a Poll que le lea el poema de la página que él está señalando la cámara nos muestra un primer plano de una receta de tortilla.

Crédito: AMPAS, Margaret Herrick Library, Los Angeles

Cecil B. DeMille es un director que ha gozado de bastante mala fama durante mucho tiempo, incluso entre compañeros de profesión, pero la verdad es que al menos en su etapa muda tiene una buena cantidad de grandes películas que justifican su fama, y para mí Fool’s Paradise es una de las mejores que le he visto, así como mi gran descubrimiento del festival hasta la fecha. Es un filme que creo que funciona a todos los niveles: tiene un inicio que engancha enseguida con esa cantina de mala muerte; el tramo central en que Poll engaña a Arthur resulta emotivísimo pero sin llegar a ser empalagoso, haciendo gala de una sensibilidad muy delicada balanceada con el humor, y por supuesto tiene algunas escenas bastante impresionantes visualmente marca de la casa. De entrada DeMille se recrea en la representación teatral de La Reina de las Nieves de Andersen con una puesta en escena tan ostentosa que resulta irreal… pero, ¿qué más da? Lo importante es que disfrutemos con todos los efectos que utiliza el director. Algo más rebuscando es el tramo final que tiene lugar en Siam (ya les dije que hoy era un día de viajar por todo el mundo), sobre todo porque para narrar el desengaño amoroso de Arthur no hacía falta ir tan lejos, pero estoy convencido que eso fue una imposición del megalómano DeMille, que no podía quedarse tranquilo sin añadir algunos decorados exóticos y alguna escena de peligro con animales (en este caso unos cocodrilos con los que parece que el actor protagonista Conrad Nagel tuvo que interactuar más de lo recomendable).

A eso sumémosle un guion habilísimo de Sada Cowan y Beulah Marie Dix, que hicieron varios cambios respecto a la historia original como añadirle algo de humor; un trabajo de cámara e iluminación excelente y una copia que es una gozada, con esos tintajes tan bien empleados en consonancia con la fotografía. Para redondear la experiencia, mencionar también el acompañamiento a piano y percusión de Gabriel Thibaudeau y Frank Bockius, que captó muy bien la sensibilidad del filme y resultó especialmente brillante en la escena final en la cantina: nunca unos segundos de silencio fueron tan elocuentes.

Película del día: Fool’s Paradise (1921).

Momento divertido a destacar: varias escenas de Die Frau mit den Millionen (1923) merecerían destacarse pero señalaré dos: el curioso invento de una balsa propulsada con un coche que mereció una ovación del público y el momento en que uno de los malos disfrazado de oso intenta subirse a un tranvía para huir de los protagonistas ante las miradas de espanto de la gente de dentro.

Rótulo del día: «Le prometo la orden del pepino agrio si deja el hotel» en Die Frau mit den Millionen (1923). La verdad es que no estoy seguro de si querría ese título nobiliario.

Detalle a destacar: confirmo que definitivamente la temática estrella de este año son los bailes de disfraces, ya que Die Frau mit den Millionen (1923) empieza y acaba con uno.

Segundo detalle a destacar: ¿será la oveja que están a punto de lanzar a los cocodrilos en Fool’s Paradise pariente de las ovejas australianas que viajaron a Corea? Después de todo Tailandia no está tan lejos de Oceanía…

Crédito: AMPAS, Margaret Herrick Library, Los Angeles

Miércoles 6 de octubre – La pesadilla fílmica de Spike Lee

Aunque mi plan inicial era tomarme el miércoles libre porque ya había visto dos de las cuatro proyecciones del día, me aconsejaron que acudiera al menos a la sesión de la tarde para ver una de las películas más peculiares de esta edición. Y eso viniendo de un año en que hemos visto un documental coreano sobre ovejas es decir mucho. Se trataba de la comedia Ham and Eggs at the Front (1927) de Roy del Ruth, indudablemente una película muy floja pero muy interesante por lo que muestra. De modo que si me lo permiten la crónica de hoy será casi exclusivamente sobre esta película, aunque al final dejaré un par de referencias sobre las otras proyecciones.

Ham and Eggs at the Front es un filme que en estos tiempos de revisión del legado cinematográfico y de airados debates sobre la representaciones de minorías raciales en obras de antaño sitúa a Pordenone sorprendentemente en medio de un tema de actualidad. Porque la película es ni más ni menos que una parodia de filmes bélicos de la época como El Precio de la Gloria (What Price Glory, 1926) de Raoul Walsh – el colegueo y las travesuras entre reclutas – o El Gran Desfile (The Big Parade, 1925) de King Vidor – el «romance» con la chica francesa – pero utilizando un reparto de actores en blackface, es decir, blancos con la cara pintada de negro. Vayamos por partes, porque el tema es complejo. En aquella época eran todavía comunes los actores cómicos que hacían espectáculos como blackface y en el cine a veces uno podía encontrárselos, aunque mayormente en papeles secundarios (por ejemplo, sin ir más lejos en algunos cortos de Buster Keaton). Pero lo que no era tan común era emplearlos en un largometraje de presupuesto respetable como éste, porque ojo al dato, Ham and Eggs at the Front no era una comedia barata de un estudio pequeño, sino un filme de la Warner Brothers en que se nota que había dinero invertido (véanse las escenas en trincheras o la del globo aerostático del final).

De hecho el estudio dio bastante publicidad a la película como una oportunidad de dar salida al humor de la comunidad afroamericana en un filme que, por primera vez, tuviera solo actores negros en lugar de relegarlos a papeles secundarios. Lo irónico es que: 1) no es cierto que no se hubieran hecho ya películas con repartos totalmente negros (había ya por entonces innumerables ejemplos realizados en estudios pequeños especializados en películas para consumo de la comunidad negra) y 2) la idea que tenía la Warner Brothers de dar salida al humor típico de cómicos afroamericanos parece ser que era… utilizar a actores blancos haciendo de blackface. Bravo. Pero esperen, aún hay más. En una muestra de lo mucho que se tomaron en serio este proyecto, Del Ruth estuvo estudiando un tiempo la mejor manera de iluminar a los actores en blackface y el mejor método para pintar sus rostros. ¿No era más sencillo contratar a actores negros directamente?

Crédito: Museum of Modern Art, NY

La película es por tanto un documento fascinante de cómo los grandes estudios de Hollywood de la época abordaban la cuestión racial y de cómo se usaban los estereotipos con motivos cómicos. Si lo entendemos así, el visionado de Ham and Eggs at the Front realmente tiene un gran valor histórico. Pero si afrontamos su visionado esperando disfrutar de una buena comedia, lo tenemos mal. En primer lugar no es especialmente graciosa y sus mejores gags los ofrece al principio de todo un perrito en una partida de póker. Y en segundo lugar resulta hasta ofensiva en su caracterización de los personajes. Los protagonistas se apodan Ham y Eggs, dos reclutas bobalicones que viven toda serie de desventuras en el frente francés durante la I Guerra Mundial. Y sí, es cierto que en el cine de la época hay multitud de ejemplos de personajes cómicos estúpidos, pero ¿por qué había la necesidad de pintarles de negro simplemente para hacer de dos soldados estúpidos? Y sobre todo, ¿es casual que todos los personajes en blackface sean cómicamente idiotas y los blancos mantengan cierta dignidad? Me temo que no, y para muestra un ejemplo: el personaje en blackface que representa la autoridad, el sargento del pelotón, protagoniza un gag en que es tan torpe que no logra desmontar un arma; pero el resto de generales, sargentos y capitanes blancos no protagonizan ningún gag.

Los actores principales, Tom Wilson y Heinie Conklin, estaban ya especializados en papeles cómicos de blackface, pero aparte de ellos podemos reconocer por ahí bajo el maquillaje negro a Noah Young (quien solía encarnar a los grandullones matones en las comedias de Harold Lloyd) y, sorpresa, a una joven Myrna Loy, quien en su autobiografía se avergonzaría profundamente de haber hecho algo así. Más allá de lo ofensivo de su contenido y sin negar su buen acabado formal (se nota que es un producto profesional y no una comedia barata), la película sencillamente no funciona como comedia. Los gags se basan en la simple estupidez de los personajes pero no son especialmente ingeniosos en si mismos. Tenemos un par de chistes con una mofeta y unos pantalones que se caen, y una escena de seducción en que lo único gracioso que hay es cómo ambos salen con expresión bobalicona del cuarto después de que Myrna Loy les haya dedicado un par de cumplidos. Para rematar la cosa, el filme ni siquiera es coherente, ya que en la escena de guerra Ham y Eggs nos sorprenden comportándose heroicamente (¿no se supone que son unos bobalicones que buscan escaquearse de todo?) y a la que nos descuidamos se nos endiña un desfile de soldados con una sobreimpresión de la cara de Lincoln de fondo. Definitivamente una película extraña que ni yo mismo sé cómo abordar más allá de su innegable valor histórico.


Crédito: Crédito: Museum of Modern Art, NY

Como aperitivo a este filme tan peculiar se nos ofreció previamente una pequeña sorpresa: un capítulo inédito del serial Who’s Guilty? (1916), que seguramente le resulte familiar a los lectores más veteranos, ya que fue uno de los ciclos principales de la edición 2016 del festival. Para los que no lo conozcan, éste era un serial en que cada capítulo explicaba una historia independiente con los mismos actores, y cuyo gancho es que al final se planteaba al espectador la pregunta retórica sobre quién de los personajes era el verdadero culpable de la tragedia que había sucedido. En su momento vimos los 10 episodios que se conservaban de los 14 que formaba el serial, pero recientemente se encontró el episodio 5 en Rusia, que es el que se proyectó hoy. La historia es un triángulo amoroso en que una chica de familia adinerada rechaza a un prometedor ingeniero para casarse con un hombre humilde que está convencido de que encontrará oro en una mina. La familia de ella le intenta convencer de que no escogió bien, mientras en paralelo el pretendiente rechazado se interesa por si la mina tiene oro de verdad. Como imaginarán, nada de esto podrá acabar bien…

Aparte de este entretenido drama y la comedia de Roy del Ruth, hoy se proyectaban dos de las películas más potentes de esta edición, pero no las reseñaré porque ya se comentaron previamente. Simplemente decir que de no haberlas visto antes habrían sido mis descubrimientos de Pordenone hasta la fecha, así que no las dejen escapar si tienen ocasión. Aquí pueden leer las dos reseñas que les dedicamos yo y mi colega el Doctor Mabuse:

  • Miss Lulu Bett (1921) de William C. DeMille (hermano mayor de Cecil): excelente drama doméstico que reivindica el papel tan poco reconocido de las mujeres atadas a sus quehaceres domésticos.
  • Erotikon (1929) de Gustav Machatý: probablemente la gran joya del cine mudo checo y una de las obras que mejor refleja los niveles de virtuosismo y perfección a los que llegó el cine silente en sus últimos años.

Nota: todos los datos históricos sobre Ham and Eggs at the Front los he tomado de las notas del festival presentes en su catálogo.


Crédito: Gosfilmofond of Russia, Moscow

2 comentarios en “Le Giornate del Cinema Muto de Pordenone 2021 (III)

    • Gracias Florenci, yo empiezo a preocuparme de esta obsesión que estoy cogiendo con las ovejas, espero que no salgan más en lo que quedan de festival. Un saludo.

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