Autor: Valerio Greco
8 de octubre – El Tío Sam visto por Colombia
Algo que me gusta de Pordenone es su absoluta heterogeneidad, el hecho de ser un festival que, dentro de lo que es el cine mudo, pueda incluir cualquier cosa. Tan pronto estamos viendo un filme de Uzbekistán que denuncia la situación de la mujer allá como nos encontramos bajo el mar viendo un documental submarino. Primero tuvimos dos aperitivos: Dans le Sous-Marin (1908), un corto en que varios hombres quedan atrapados en un submarino y mientras mueren recuerdan imágenes de sus hogares, para luego desembocar en un tableau vivant con varias mujeres haciendo aparecer bebés (¿?) y enarbolando un mensaje de paz, y Le Voyage Fantastique de Marius (1912), un corto animado en que un hombrecillo convierte su coche en un submarino. Luego vimos el documental Wonders of the Sea (1922) de J. Ernest Williamson, que tenía como principal aliciente mostrar imágenes del fondo del mar en una época en que no eran tan fáciles de filmar como hoy día.
Es un filme curioso, con varias tomas que captan la belleza de una nadadora sumergiéndose al fondo del mar (incluyendo algunos planos en slow motion para plasmar mejor sus movimientos), un pintor que se dedica a pintar el fondo del mar desde una cámara sumergida bajo el barco en compañía de un niño que sospecho que está de adorno y, finalmente, dos submarinistas paseándose por el fondo marino, cazando una pobre morena y enfrentándose a un temible pulpo que es descaradamente de mentira. En esta cruenta lucha entre el hombre y el pulpo de mentira, les tranquilizará saber que una vez más ganó el ser humano. Pero bromas aparte, es interesante constatar cómo Williamson cree conveniente añadir esta pequeña ficción inventada para dar un poco más de sustancia a un documental que, por si solo, yo creo que ya habría funcionado perfectamente.
Crédito: Cinémathèque française, Paris
La sección de América Latina hoy estuvo dedicada a Colombia con los cuatro filmes de ficción más antiguos que se conservan del país. Aura o las Violetas (1924) de Pedro Moreno Garzón y Vincenzo Di Domenico estaba basado en una novela muy popular en la época, pero solo se conservan unos quince minutos de esta historia sobre un joven que ve cómo la mujer que ama se casa por obligación con un hombre rico. Aunque en los pocos minutos que vimos se nota que el filme todavía es técnicamente algo pobre, a cambio se diferencia de otros ejemplos primigenios latinoamericanos en que no está filmado en planos generales estáticos, sino que los directores juegan con la gradación de planos y los ángulos de cámara, dándole un aspecto más cinematográfico.
En Madre (1924) el artista Samuel Velásquez adaptaba su propia novela situada en los entornos rurales de Antioquia sobre una joven cortejada por un primo suyo con quien su madre quiere emparejarla, mientras que la chica prefiere en su lugar a un mujeriego que también la acecha. En los 20 minutos que se conservan pudimos disfrutar sobre todo de la ambientación rural y de la naturalidad con que los personajes interactúan entre ellos. El aspecto tan casual que tiene la película aquí juega a su favor porque le da más autenticidad y resultan genuinamente divertidos los diálogos que tienen los personajes entre sí.
En contraste, La Tragedia del Silencio (1924) de Arturo Acevedo Vallarino, situada en ambientes más elegantes, se antoja más encorsetada y falta de vida. Explica la historia de un hombre que recibe un diagnóstico equivocado de unos médicos según el cual tiene lepra, lo cual le lleva a pensar en suicidarse. Su mujer, que no entiende por qué es tan frío con él, tendrá la tentación de buscarse un amante. De nuevo nos quedan solo 20 minutos de película, pero resultan aun así interesantes de ver. Me resulta curioso cómo el director emplea el recurso de encuadrar los primeros planos de los actores sobre fondos abstractos totalmente en negro, y no en el propio decorado. Tal y como indica el catálogo, la influencia de las tragedias italianas de divas es más que evidente.

Crédito: Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano
Garras de Oro (1927) ya es otra historia, porque se trata ni más ni menos que de la película más importante del cine silente colombiano, que aúna un contundente mensaje político y varias leyendas relacionadas con su producción y desaparición que le otorgan un aura misteriosa. La historia es un alegato antiestadounidense en que se echa en cara al país el haber instigado la separación de Panamá de Colombia por los intereses que la potencia tenía en la zona, así como el hecho de que el presidente Theodore Roosevelt llegara a denunciar al magnate de la prensa Joseph Pulitzer por airear el pago fraudulento de 40 millones de dólares a la compañía encargada de gestionar el Canal de Panamá. Todo esto se reflejará en la película en su imagen inicial, en que un monstruoso Tío Sam pone sus manos sobre el Canal de Panamá, y se confirma en el argumento, que gira en torno a un periodista acusado de calumnia que viaja a Colombia en busca de pruebas para defenderse.
A nivel técnico, Garras de Oro no tiene absolutamente nada que ver con los otros filmes de esta sesión. Formalmente es una película irreprochable, desde la fotografía y la puesta en escena a las actuaciones. Hay algunas escenas de baile bastante destacables, algunos tintados e incluso una bandera de Colombia pintada a mano, todo ello detalles que le dan un acabado más completo. De hecho lo único que le perjudica es lo confuso que resulta su argumento, en gran parte imagino que por la falta de metraje y, es de justicia reconocerlo, por mi desconocimiento del conflicto político al que hace referencia la trama. No obstante, es un paso adelante enorme respecto a los filmes anteriores, y eso quizá se deba a que parte del equipo técnico eran italianos, quienes provenían de una industria con mucha más experiencia.
Más allá de su importancia histórica, la película ha arrastrado consigo muchos misterios que se han aclarado con el tiempo. Por ejemplo, ahora se sabe que el pseudónimo bajo el cual está dirigida oculta al periodista y político Alfonso Martínez Velasco, y que el argumento era de José Vicente Navia, el cual demandó a la productora por hacer demasiados cambios a su historia. También sabemos hoy día que los Estados Unidos hicieron todo lo posible por evitar que el filme se distribuyera en Colombia por su mensaje tan crítico, lo cual provocó que desapareciera durante décadas. La copia que tenemos de algo menos de una hora se encontró en 1986 en un teatro a raíz del aviso de un anónimo revelando dónde se encontraba escondida. Definitivamente, todo lo que rodea a Garras de Oro lo convierte en un filme fascinante.
The Pride of the Clan (1917) fue uno de los filmes que Mary Pickford hizo con Maurice Tourneur secundado por Ben Carré como director artístico. Aquí encarna a Marget, la hija de un clan escocés asentado en un pequeño pueblo costero y que está enamorada de Jamie. Pero un día se descubre que éste proviene en realidad de una familia adinerada, y cuando reaparece su madre para llevarle de vuelta a su mundo, estallará el conflicto.
Para conseguir una ambientación lo más auténtica posible, The Pride of the Clan se filmó en exteriores reales por la costa de New England, y ahí escogieron un sitio apropiado donde Carré hizo su magia recreando este pueblecito y la barca-casa donde vive el personaje de Marget. Como en todo filme de Tourneur que se precie, la ambientación y el cuidado visual es de primera calidad, y como en todo filme de Pickford que se precie, ella está exultante, rebosando encanto pero también ese genio tan adecuado para su personaje. Para mi gusto lo mejor de la película tiene lugar en las escenas en que todavía no ha irrumpido el conflicto (un tanto manido para mi gusto) y que nos permiten disfrutar de la ambientación y de los personajes.
La película es más que notable, engrandecida además por el acompañamiento musical de Donald Sosin, y fue un éxito de taquilla que coincidió en la época más intensa de la carrera de Pickford (ese mismo año hizo otras cinco películas). Curiosamente en sus memorias no habla muy bien de ella, pero quizá se deba a un incidente que sucedió en la filmación de algunas escenas en alta mar, cuando el barco en que estaban tuvo una fuga y tuvieron que saltar al agua. Aparentemente una ola tumbó a Pickford y el director consiguió salvarla. Otro motivo para tener en tan alta consideración al gran Maurice Tourneur.
Crédito: Mary Pickford Foundation / Marc Wanamaker – Bison Archives
El siguiente filme del ciclo de Uzbekistán nos ha confirmado que éste está siendo el mejor programa de esta edición del festival. La Leprosa (Moxov Qiz, 1928) viene a ser una repetición de la temática de The Second Wife (Ikkinchi Xotin, 1927), que incluso incluye a la misma actriz protagonista, una magnífica Ra Messerer. Aquí encarna a una joven obligada a casarse con un hombre rico y déspota que la maltrata. Desesperada, envía un mensaje de auxilio a un coronel soviético con el que parecía simpatizar, pero éste usa la nota como chantaje para abusar de ella. Cuando el adulterio es descubierto, su marido devuelve a la joven mancillada a su familia, que acaba siendo señalada y repudiada por el resto de la comunidad. Rechazada por todos, escapará sin rumbo y acabará llegando a una colonia de leprosos. Eso provocará que en la escena final una caravana de hombres la tome equivocadamente por una leprosa, en lo que es una alegoría muy obvia de cómo ha acabado siendo una apestada social.
En La Leprosa el director Oleg Frelikh nos ofrece una pequeña maravilla que funciona a varios niveles. Como crítica social, la historia no ofrece ningún consuelo y retrata sin tapujos la situación de las mujeres musulmanas esclavizadas por sus maridos pero, y esto es muy interesante, tampoco deja en buen lugar a los hombres occidentales como el coronel, quien teóricamente debería simbolizar la modernidad pero no obstante también se aprovecha de ella sin compasión (del mismo modo, cuando la comunidad musulmana da las espaldas a la familia protagonista, los oficiales soviéticos que trabajan con el padre de ésta hacen lo mismo, no por convicciones religiosas, sino porque no quieren estar en contacto con gente repudiada en la ciudad).
Pero pasando a un nivel más formal, el filme es igualmente magnífico. Se inicia con unos planos preciosos de la naturaleza que dan a entender un estado inicial idílico (la protagonista de joven está correteando por el jardín perfectamente feliz antes de entrar en el mundo adulto) que luego se vendrá abajo. A veces Frelikh hace transiciones muy ingeniosas contrastando fondos o tramas sugeridas por los estampados de algunas telas. Y por otro lado en los planos de interiores consigue transmitir la sensación de agobio y de estar atrapada de la protagonista. Una obra contundente y maravillosa.
Crédito: National Film Fund of Uzbekistan
¿Qué mejor forma de acabar el día que con otra impagable sesión de fragmentos variados de películas como la de hace unos días? Un corto bellamente coloreado de Alice Guy llamado Les Fredaines de Pierrett (1900), trozos de películas indias como Bilwamangal (1919) o Madhabi Kankan (1930), mujeres boxeando, un fragmento de un film en que la diva Lyda Borelli provoca una enorme explosión y, mi favorito, The Witch and the Cyclist (Heksen og Cyclisten, 1909) de Viggo Larsen, un corto danés de trucajes en que una bruja lanza un maleficio a un ciclista que le hace la vida imposible.
Todavía teníamos un filme más para cerrar la noche, Folly of Vanity (1924) de Maurice Elvey y Henry Otto, y estuve a punto de saltármelo. Estaba cansado y esta comedia sobre un matrimonio que entra en crisis porque la mujer es seducida por un cliente del marido que tiene una gran colección de joyas no me parecía especialmente graciosa. Quizá de no estar cansado la habría acogido mejor. Pero si me quedé fue por un motivo: en el calendario del día salía un fotograma de la película que parecía bastante curioso. Y si algo me ha enseñado el llevar tantos años viendo cine mudo es que en estas películas cuando menos te lo esperas te puedes llevar una sorpresa.
Y efectivamente, hacia el final de la película la protagonista se cae de un barco y en el mar acaba en el reino de Neptuno. A partir de aquí sigue una secuencia loquísima y rebosante de imaginación sobre ese mundo subacuático, que incluye desde decorados suntuosos a numerosas jovencitas ligeras de ropa o, en algunos planos lejanos, directamente desnudas. Es una secuencia que no pega nada con el resto del filme y que a nivel argumental es un poco tonta, pero salva a la película de la mediocridad y le aporta algo especial. Y son pequeños detalles como éstos los que hacen que en la era muda incluso filmes menores puedan sorprenderte con algo fuera de lo común.

Crédito: AMPAS – Margaret Herrick Library
Descubrimiento del día: La Leprosa (Moxov Qiz, 1928).
Rótulo del día: ojo con las cartas que se intercambian los enamorados en Aura o las Violetas (1924): «¿No podríamos seguir amándonos en misterio?» o «La vida pasa, y las tormentas de dolor chocan en las rocas de la muerte«.
Plano a destacar: cualquiera de los primeros planos dedicados a la protagonista Ra Messerer.
Una noche cualquiera en Pordenone durante las Giornate.
9 de octubre – Mundos de fantasía
Lo interesante de seguir de cerca los inicios de los primeros pioneros del cine es que como llevaban un ritmo tan prolífico su evolución no era siempre gradualmente a mejor. Había veces en que tenían tiempo de hacer películas más complejas o que simplemente estaban más inspirados o con ganas de experimentar, pero en otras ocasiones lo único que buscaban era cumplir la cuota que los estudios les pedían cumplir. Eso se ve muy claramente en las sesiones matinales de D.W. Griffith, que si bien hace dos días nos sorprendía con cortos muy avanzados, los de hoy han supuesto un retroceso.
Monday Morning in a Coney Island Police Court (1908) es un filme consistente en un solo plano general que muestra varias escenas cómicas que se suceden en una comisaría de policía que, de algún modo, desembocan en un improvisado combate de boxeo. No puede ser más obvio que era un corto hecho para cumplir. Betrayed by a Handprint (1908) está mejor pero no es de lo más destacable: una mujer roba unas joyas colándose en otra habitación y es descubierta al fina. Lo más memorable: un plano detalle de la pastilla de jabón donde las esconde. El más destacado de la sesión fue The Girl and the Outlaw (1908) en que Florence Lawrence está emparejada con un bandido que raptará a una chica inocente. Aparte de beneficiarse de los exteriores, el montaje es más dinámico e incluso hay una persecución, si bien a veces es algo confuso seguir las intenciones de los personajes.
En un ciclo dedicado a Ben Carré no podía faltar El Pájaro Azul (The Blue Bird, 1918), la gran obra del equipo formado por Carré como director artístico, Maurice Tourneur a la realización y el director de fotografía John van den Broek. De hecho éste fue el filme que permitió a Ben Carré ser redescubierto cuando se proyectó en 1977 en el Festival de Cine de Telluride contando con su presencia y recibiendo una enorme ovación (lástima que Tourneur no llegara a vivir para presenciar cómo era rescatado del olvido por historiadores de cine mudo). Basado en un obra simbolista de Maeterlinck, explica la búsqueda de dos niños del pájaro azul de la felicidad ayudados por un hada que les permite ver el alma interior de los objetos y animales que les rodean.
No entraré en muchos detalles porque el filme ya lo comentó hace tiempo mi colega el Doctor Mabuse, pero ha sido toda una experiencia revisionarlo en pantalla grande y dejarse seducir por su encanto. Es casi un retorno a los primeros años del cine, más concretamente a los cortometrajes de tableaux vivants, ya que Tourneur básicamente utiliza ese viaje de los protagonistas para recrear una serie de ideas o sentimientos que vienen representados por cuadros vivientes. En ese sentido podríamos decir que es la gran obra maestra de Ben Carré como diseñador de producción, ya que aquí pudo dar rienda suelta a su vena artística y nos regaló la que podría ser la obra más bella de la era muda. Es una película de tal pureza que parece fuera de lugar en los tiempos tan cínicos que vivimos, y por ello merece ser reivindicada más que nunca y dejarse llevar por su tono ensoñador.
Para redondear la experiencia, el acompañamiento musical de Neil Brand al piano y Elizabeth-Jane Baldry al arpa supo captar la delicada belleza de la película hasta el punto de que, pese a que la tenía muy reciente, me conmovieron por completo. Una de las sesiones más especiales que he vivido en estos años en Pordenone.
Crédito: La Cinémathèque française
Una de las grandes películas del día para mí hacia la que además tenía bastantes expectativas era Vanina (1922) de Arthur von Gerlach, que contaba además con todo un duelo de titanes en los papeles protagonistas: Paul Wegener (¡otra vez!) y Asta Nielsen. El primero encarna a un tiránico gobernador que es asaltado en su castillo por unos revolucionarios que fracasan en el intento. Entre ellos se encuentra Octavio, que se enamora de su hija Vanina. A causa de eso, el gobernador se ve obligado a perdonarle y permite que se casen, pero pronto volverá a ser atrapado.
El guionista de esta adaptación de Stendhal es el gran Carl Mayer, que tenía cierta querencia por escribir historias situadas en un espacio y/o tiempo muy limitados. En este caso todo sucede en una noche y le da una concreción que beneficia mucho a la trama. Wegener está maravillosamente detestable como despótico gobernador inválido y sobre Asta Nielsen, qué decir, ¿cuándo no ha estado asombrosa en una película? Por otro lado, Gerlach aprovecha muy bien los pocos espacios en que se sitúa la acción y nos ofrece un plano final inolvidable, que Daan van den Hurk supo remarcar al piano con esas notas que poco a poco desembocan en un aterrador silencio. Una muestra más de que el cine alemán mudo es un filón inagotable.
Crédito: Deutsches Filminstitut & Filmmuseum
Había ganas de ver ya a Anna May Wong en un papel protagonista… pero qué quieren, en Hollywood estaba relegada a personajes secundarios de carácter. El hecho de ser carismática hacía que fuera un rostro recordado por el público, pero el ser de origen chino le limitaba para papeles protagonistas. De modo que tuvo que ser en Europa donde realmente le permitieran lucirse. Song (Schmutziges Geld, 1928) era una coproducción entre Reino Unido y Alemania que contaba con un director germano (Richard Eichberg) y un coprotagonista de dicho país (Heinrich George). Aquí Wong encarna a Song, una joven sin hogar que conoce a Jack, un hombre atormentado por su pasado que la salva de ser violada. Song le sigue y se queda a vivir con él, pero éste en realidad ignora sus atenciones porque está enamorado de otra mujer, que ahora es una reputada artista.
Wong aquí se luce de veras con un personaje sufrido rozando el masoquismo que, al mismo tiempo, tiene un exótico número de baile al final que permite exhibir su orientalismo. En esta película los dos hombres que rodean a Song son igual de egoístas, antipáticos e interesados, y uno no puede evitar lamentar la relación de dependencia que ésta establece con ellos. Eichberg exprime al máximo el talento y carisma de la actriz con unos primeros planos hermosísimos, pero parece olvidar que la historia se ambienta en Turquía, ya que salvo el plano inicial y las formas de algunas puertas como la del hospital, que delatan una influencia oriental, el resto del filme podría haber sucedido literalmente en cualquier otra parte (¡todos los actores, incluyendo los figurantes, tienen rasgos caucasianos!). Emotiva y muy bien acabada, tengo la impresión de que ha sido una de las favoritas del público en lo que llevamos de festival.

Crédito: Deutsches Filminstitut & Filmmuseum
Cuando les digo que una de las cualidades de la era muda es que está llena de sorpresas incluso en filmes claramente insustanciales, les aseguro que no estoy exagerando. Vean sino el caso de The Perl of the Ruins (1921), cortometraje italiano de media hora atribuido a Giovanni Vitrotti y cuyo título en su versión inglesa es tal cual lo he puesto, con la falta de ortografía. En principio la película no era gran cosa, y de haberme encontrado cansado me habría marchado a descansar un rato. Pero al igual que me sucedió anoche, pensé que siempre merece la pena quedarse por si surgía alguna sorpresa. Y aquí la hubo. La trama tiene que ver con unos documentos secretos que son robados por unos conspiradores y luego recuperados por la pareja protagonista. Así pues todo acaba bien, se casan y se despiden de su amiga mientras cogen un barco, el Helouan. Aparentemente eso sería todo… ¿o no?
Pues no. Porque entonces, en vez de salir el esperado «The End» final sucede una cosa inesperada. Vemos a los protagonistas pasearse por el Helouan y en cierto momento se acercan incluso a la cabina del capitán, que les explica lo buen barco que es y lo bien qué aguanta el oleaje. ¿Qué está sucediendo? Ni más ni menos que la película en su tramo final se metamorfosea descaradamente en un spot publicitario de la compañía Lloyd Triestino. De hecho llega un punto en que ni se usa a los actores de hilo conductor y se nos muestran planos de la sala de máquinas, del restaurante… en fin, de todos los lujos de los que dispone esta magnífica embarcación. Vaya, con decirles que a mí me ha convencido tanto que al acabar la sesión me he levantado corriendo a reservar unos pasajes.
Crédito: La Cineteca del Friuli / Archivio Vitrotti
Por la noche nos esperaba la fantasía oriental La Sultane de l’Amour (1919) de Charles Burguet y René Le Somptier, una ambiciosa producción francesa que aspiraba en su momento a competir con las grandes producciones americanas que inevitablemente estaban invadiendo el mercado europeo. Siendo una buena película con los clásicos ingredientes exóticos (sultanes crueles, un príncipe y una princesa enamorados, escenas de pelea con espadas…), si por algo destaca claramente es por su asombroso trabajo con el color, ya que es el primer filme totalmente en color de la historia del cine francés. De hecho esta versión coloreada se estrenó en 1923 después de que 50 artistas hubieran dedicado cuatro años en colorear a mano hasta 100.000 imágenes.
El resultado es extraordinario y casi diría que eclipsa el resto de cualidades del filme. Uno está acostumbrado a encontrarse con escenas tintadas a mano, pero no un largometraje de más de hora y media que utiliza sistemáticamente esa técnica. De hecho hay incluso segmentos en que el color tiene un tono más expresivo, como una pelea en un local a raíz de una bailarina en que los tonos anaranjados o rojizos sirven para marcar si los personajes se encuentran en un espacio en sombra o soleado. Muy disfrutable.
Aunque la idea era hacer una proyección especial con acompañamiento musical árabe, por motivos ajenos no pudo organizarse como estaba previsto, pero a cambio Mauro Colombis, Frank Bockius y Elizabeth-Jane Baldry ofrecieron una banda sonora igualmente excelente y muy apropiada para la temática.
Cerramos esta crónica con una pequeña curiosidad: el cortometraje cómico chileno Como por un Tubo (El Boleto de Lotería) (1919) de José Bohr. Ya desde el plano inicial, que muestra a los dos productores sonriendo desenfadadamente a cámara, se marca el tono lúdico de esta película. Me es imposible describir el argumento, si es que existe, ya que no son más que una serie de escenas slapstick improvisadas en la calle por un personaje cómico. Es de esos filmes que se nota que están hechos sobre la marcha (en ocasiones el cámara no encuadra bien a los personajes cuando éstos se mueven muy rápido, denotando que no se ha ensayado apenas, y en el plano del final hay algo que tapa parte de la esquina superior derecha del encuadre), pero cuyo encanto está no solo en las situaciones de comedia sino en intuir cómo fue filmado. Los paseantes miran divertidos a cámara y muchas situaciones no acaban de resolverse ni llevando a un gag final. Precisamente en su tono desenfadado y desinhibido está su encanto.
Descubrimiento del día: Vanina (1922).
Plano a destacar: prácticamente cualquiera que se les antoje del viaje fantástico que hacen los niños en El Pájaro Azul (1918).
Detalle a remarcar: ¿se han fijado cómo en los cortos de Griffith ya empieza a aparecer con frecuencia el logo de la Biograph en los decorados para protegerse de versiones pirata?
Curiosidad a destacar: hay algunos primeros planos de Gaston Modot en La Sultane de l’Amour (1919) en que, para indicar que está observando algo, se le hace hace dirigir su mirada directamente a cámara. Esto es algo que se me hace bastante extraño (y más cuando solo lo hace el personaje de Modot) y que solo recuerdo haber visto en otra película de la era clásica, Pelegrinos (Pilgrimage, 1933) de John Ford (Ozu es un caso aparte).
Misterios resueltos: el programa destinado a identificar filmes está funcionando. El cortometraje cómico que vimos esta noche y que en el programa aparecía con el título en español de la copia encontrada en la Filmoteca de Catalunya, Un Proyecto del Casamiento, ahora sabemos que es Snob bureaucrate par amour (1913). Otro de los filmes anónimos, bautizado como Liebestragödie en el programa, se ha sugerido que debería ser Die Minderjährige – Zu jung fürs Leben (1921) por los actores que participan en él.






Ay, mi estimado doctor Caligari, no sabe usted cómo le disfruto en estas crónicas. Me he pegado panzada esta mañana de sus tres completos post y en esta celebración del cine mudo. Cuanto conocimiento entre estas líneas.
¡¡¡Yo este año por un proyecto he descubierto Dinty también y me ha servido muchísimo para la causa, jajajaja!!! A mí me pareció un largometraje superentretenido, pero efectivamente cuenta dos películas muy distintas en una… Ay, lo del péndulo cuánta emociónnnn. Y a mí en esos momentos entrañables que usted tan bien describe y que le merecen la pena de ciertas películas silentes, en esta película me cautivó cuando Dinty y sus dos buenos amigos entretienen con un grupo de música a su madre enferma.
Se me ponen los dientes largos con todos esos ciclos que describe: el ciclo de Uzbekistán (¡¡¡menudas películas que está descubriendo!!!), el del cine mudo en Latinoamérica, el de la actriz Anna May Wong y todas esas proyecciones joyas con King Vidor o John Ford. Por no decir esa gran idea de poner cortometrajes o películas en los que el público experto y apasionado pueda facilitar datos para conocer, nombrar y descubrir mejor tanto material que hay por reconocer, clasificar y conseguir ubicar en un contexto determinado.
Ya se lo repito mil veces que me provoca usted una envidia muy sana.
Beso y mil gracias por su labor apasionante
Hildy
Querida Hildy,
¡Menuda casualidad lo de Dinty, que no es precisamente una película con la que uno se tope por casualidad! Sí que la subtrama infantil es muy entrañable y habría funcionado por si sola, pero ¿quién se resiste a esos chinos mafiosos con ese hacha-péndulo?
Muchas gracias, celebro que le haya entretenido mi texto, aunque sea a costa de darle envidia. Realmente hay aún tanto por descubrir y aprender que uno no se acaba nunca la era muda…
Un abrazo.
Continuando la lectura que tan buenos recuerdos me está trayendo. Por cierto, ya no sé si es en este post o en el anterior, agradezco la menciona que hace usted una observación mía y es que hay algo que año tras año he podido comprobar: tanto los estudiosos como los aficionados al cine mudo coincidimos en muchas cosa y una de ellas no es en la de ser mudos, precisamente 😀
Los días que describe aquí fueron muy intensos emocionalmente. La visión en pantalla grande de The Blue Bird, con ese acompañamiento de arpa y piano, me supusieron un ataque de algo parecido al síndrome de Stendhal, que me obligaron a hacer un alto en el camino (traté de ver Vanina, pero no me enteré de nada, aun estaba bajo los efectos de la tournerada anterior y los alemanes merecen que uno le ponga todos los sentidos y más si sale Asta Nielsen, de la que soy fan declarado).
Que recuerdos me están viniendo, mientras le leo…
¡Gracias!
Efectivamente, la sesión de El pájaro azul ha sido una de las más bonitas y especiales que he visto en la historia del festival. Y eso que la tenía MUY reciente y la he visto ya unas 2 o 3 veces. Por cosas así vale la pena quedarse también para revisionados, porque en ese festival te ofrecen copias tan buenas y algunos de los mejores músicos para acompañarlas.
Un saludo.
Con este post acabo la relectura de todas tus crónicas de Pordedone. De esta última jornada me ha gustado Vanina, que no conocía. No solo por las grandes actuaciones de Paul Weggener y de Asta Nielsen, sino por la extraordinaria escenografía de Walter Reimann, uno de los responsables del Caligari, que creo que hace aquí un maravilloso trabajo. Sin ser uno de los ejemplos más claros de cine expresionista, la arquitectura de la ciudad, que me recuerda a la de El Golem, y el contraste con los estilizados interiores aristocráticos (que me llevan a pensar en Los Nibelungos), tanto los decorados como el uso de la iluminación, los estrechos pasadizos, la mazmorra donde encierran al pretendiente, me ha hecho disfrutar mucho visualmente de esta obra.
Vanina era un filme que hasta hace poco solo circulaba en internet en una calidad espantosa, por lo que verlo en Pordenone fue una gran noticia. Yo le tenía muchas ganas ya solo por la mezcla de talentos (los actores principales + el diseño de producción que tan acertadamente destacas). Por suerte hace unos meses se filtró esta restauración y está al alcance de todos, y yo espero revisionarla estos meses. Siendo un filme tan de espacios cerrados, esos detalles de escenografía son cruciales para que la cinta no se sustente únicamente en sus actores, y son esos detalles los que enriquecen una película como ésta.
Un saludo.