Queridos lectores, hace tiempo que quería preparar un especial temático dedicado a un aspecto de la era muda que no suele estudiarse tanto como merecería, que es la música aplicada al cine silente. ¿Se veían todas las películas con acompañamiento musical? ¿Era este siempre improvisado o ya se componían por entonces banda sonoras para los filmes? ¿Cómo era el trabajo de los músicos que debían desempeñar esta tarea? Este es un tema muy amplio y complejo sobre el que por suerte hay bastante bibliografía disponible para el que le interese profundizar (ver abajo del todo), pero de momento aquí intentaremos dar una visión resumida que pase por los aspectos más esenciales. Comencemos pues por lo más básico: ¿se proyectaban todos los filmes mudos con música?
Siempre se ha dicho que en la era muda todas las películas se proyectaban con un acompañamiento musical, una afirmación tantas veces repetida que se da casi por sentado. No sabemos con seguridad si ya desde las primeras proyecciones de los hermanos Lumière o Skladanowsky estaba presente la música porque no se cita en las crónicas de la época, pero no parece improbable. Dichas proyecciones tenían un componente de evento especial y espectáculo, por tanto no sería descabellado imaginar un músico creando ambiente y luego musicando las imágenes que aparecían. Además, muchas de estas primeras proyecciones tenían lugar en sitios donde había otras actuaciones con música, por tanto no era un elemento adicional que costara hacer encajar en ese ambiente. Por otro lado, en las proyecciones más humildes se sabe que a veces se empleaba un gramófono a modo de acompañamiento con un encargado del cine haciendo de improvisado «DJ».

La pianista Rosa Rio empezó su carrera tocando música para películas en los años 20.
¿Qué es lo que motivaba a estos pioneros a acompañar siempre sus películas con música desde los inicios? Tradicionalmente se han esgrimido varios motivos, como la necesidad de tapar no solo el ruido de los proyectores sino de los propios espectadores (lo de mantener silencio en el cine como norma de respeto tardaría bastante en llegar) y del exterior (muchos de los locales donde se proyectaban los primeros filmes no estaban acondicionados para estar aislados de los ruidos de la calle). También se habla de la extrañeza que suponía ver esas figuras fantasmales sobre una pantalla moviéndose como si estuvieran vivas pero sin producir ruidos, de modo que el acompañamiento musical serviría para tapar esa impresión – esto es algo que se puede comprobar incluso hoy día si prueban a ver una película silente quitando la música: verán que entonces el silencio le imprime un tono extrañamente fantasmal. Por último, no cabe olvidar que en sus inicios el cine era un espectáculo de feria o vodevil más, de modo que en ese contexto era fácil que ya hubiera una banda o un pianista interpretando música para otros actos y que, por tanto, el público asociara el cine a un divertimento más acompañado de música.
Todo ello nos lleva pues a corroborar la premisa citada antes de que todo el cine de la era muda se proyectaba con música. Pues he aquí el primer aspecto a esencial que deseo remarcar en este artículo: eso no es cierto. No todas las proyecciones de cine mudo se hacían con acompañamiento musical y por tanto no era inusual asistir en esos años a sesiones de cine no diremos silenciosas pero sí sin música. Sé de lo que hablo, como ya sabrán mis seguidores más fieles este anciano Doctor vivió el nacimiento del cine desde sus inicios y puede corroborar que hubo bastantes proyecciones en las que la banda sonora de acompañamiento estaba ausente. Pero si no me creen a mí (¡cómo se atreven!) pueden corroborarlo a través de algunos textos muy clarificadores de un experto en esta materia como es Rick Altman.
De entrada, antes de pasar a los argumentos que esgrime Altman, pensemos en algo que es de pura lógica. En los primeros años del cine la exhibición de películas era algo caótico que no seguía todavía un proceso estandarizado. Es algo que se estaba realizando sobre la marcha y muchas veces de forma improvisada y a base de ensayo-error. ¿No les parece muy aventurado dar por hecho que en un contexto como éste todas las proyecciones iban acompañadas de música cuando aún no había cogido forma un sistema común de proyección de filmes y, además, dichas proyecciones tenían lugar en lugares radicalmente distintos? Que muchas de esas proyecciones iban acompañadas de música es algo que sabemos por crónicas de la época, pero ni mucho menos me atrevería a decir que todas o incluso la mayoría. De hecho, adelantándome un poco a lo que iremos viendo en este artículo, les avanzo que el acompañamiento musical era algo optativo pero no necesariamente obligatorio hasta principios y mediados de los años 10. Fue a partir de entonces cuando sí se estandarizó el proceso de exhibición de películas y, con ello, la casi obligación de poner música en las proyecciones.
Pasemos a los argumentos que esgrime Altman. En primer lugar, éste dice algo con lo que no podría estar más de acuerdo y es que es un error ver la era muda como un «todo» compacto. No tiene nada que ver el tipo de cine que se hacía ni la exhibición de películas en 1926 comparado con 1909, y por tanto hacer afirmaciones genéricas sobre acompañamientos musicales en tres décadas es demasiado aventurado. En segundo lugar, todos los comentarios que han repetido tantos historiadores y teóricos sobre que todo el cine mudo se proyectaba con música no tienen una base real, es más bien una coletilla que se ha heredado y repetido sin ponerla en cuestión (y que, lo reconozco, yo alguna vez he cometido el error de perpetuar). Altman por otro lado cuestiona la idea de que la música hiciera falta para evitar esa sensación enrarecida de ver personas en movimiento sin sonido o para tapar el ruido de los proyectores, ya que en sus investigaciones no encontró ni una mención en crónicas de la época sobre que dicho aparato provocara sonidos molestos para los espectadores (no obstante, yo personalmente sí creo que era útil para tapar los ruidos que provocaban los mismos espectadores).
En los primeros años del cine por tanto la música no estaba ausente de las proyecciones pero era una de las posibilidades que se podía encontrar un espectador. Otras alternativas que se exploraron ya en esos años eran explicadores, personas que se dedicaban a «doblar» los diálogos de los actores, encargados de simular efectos de sonido de una forma similar a como se haría en la radio… o, por qué no, una combinación de varios de estos. Tampoco olvidemos otro concepto fundamental, y es que en esos años el hecho de que hubiera acompañamiento musical no quería decir para nada que fuera sincronizado con la película, aunque ahondaremos más en eso en breve.
¿Qué papel jugaba la música en estos primeros años, es decir, la época de los pioneros y la de los nickelodeon? Pues mayormente servía como un aliciente extra para atraer al público. De hecho, a veces sucedía que los músicos estaban no dentro de la sala sino en el vestíbulo del local tocando para atraer a peatones a entrar a la proyección. De esta forma la música que se oía en la sala era la que se estaba interpretando fuera y que, lógicamente, no tenía nada que ver con lo que se mostraba en la pantalla. A veces ese acompañamiento musical jugaba más el papel de enfatizar la proyección como espectáculo, de modo que curiosamente se interpretaba no durante la película, sino antes, en los posibles descansos y al acabar. También se sabe de casos en que el acompañamiento musical solo tenía lugar de forma intermitente durante las proyecciones, como si fuera otro efecto sonoro que se usaba de forma puntual.
Caricatura de Moving Picture World del 21 de enero 1911 que demuestra cómo a veces en una sesión de cine de la época el acompañamiento musical podía detenerse a ratos dejando la proyección en silencio.
Altman corrobora sus teorías con datos recogidos de prensa de la época: en 1907 muchos medios pedían que la inclusión de música en las proyecciones se generalizara, dando a entender por tanto que en ese momento no era algo que se pudiera dar por sentado. En una encuesta realizada en San Francisco en 1911 se revelaba que, de 59 locales que exhibían cine, 39 utilizaban música «mecánica» (por tanto ni hablar de un músico que acompañara lo que se veía en la pantalla) y 5 no ponían música de ningún tipo. Otra encuesta realizada por el medio Motion Picture News a principios de los años 20 desvelaba que el 15% de los cines encuestados seguían sin tener acompañamiento musical en vivo.
Esto es aún más significativo si tenemos en cuenta estos datos son posteriores a cuando se generalizó el uso de música en vivo en proyecciones. Altman sostiene que el punto de inflexión fue 1907, cuando los locales que proyectaban cine empezaron a buscar una forma de adquirir personalidad propia para diferenciarse de otras formas de entretenimiento y, por tanto, cuando empezó a estandarizarse el proceso de exhibición de filmes. Fue poco después, hacia 1910 y 1911, cuando la figura del músico que se especializaba en acompañar películas mudas empezó a solidificarse y consagrarse. Obviamente estos músicos ya existían desde mucho antes, pero es en esos años cuando su presencia ya pasó de ser una alternativa a convertirse en algo «deseable» y que diferenciaba una buena sala de cine del resto. También es cuando empezaron a aumentar en la prensa comentarios sobre el acompañamiento musical de los filmes, demostrando que ya se estaba valorando su importancia.
Antes de entrar en el tipo de música que interpretaban los músicos, conviene detenerse en cómo era el acompañamiento musical en los inicios. Porque el estándar que hoy día damos por hecho, en que los músicos realmente acompañaban el filme (ya fuera de forma improvisada o siguiente una partitura compuesta expresamente), es algo que llegó con el tiempo. En los inicios el músico simplemente tocaba lo que le parecía. Si había suerte y eso además encajaba con la película, genial, pero en esos años no se veía todavía como algo fundamental. Nótese cómo en la encuesta que cité antes la mayoría de cines usaban música mecánica, por tanto no realizada por una persona en vivo. O algo que es aún más alucinante, el propio Altman cita en uno de sus textos algunos casos de proyecciones de películas mudas con acompañamiento… ¡de pianistas ciegos!

Caricatura de Moving Picture World del 21 de enero 1911 burlándose de cómo a veces los pianistas tocaban música poco apropiada para las escenas que se estaban viendo.
¿Qué música tocaban entonces esos músicos? Pues como la prioridad no era acompañar la película se optaba por algo tan lógico como interpretar composiciones que gustaran al público y las que ya se conocían ellos por haber acompañado otro tipo de espectáculos de variedades: estándares de música clásica, canciones populares y los últimos grandes hits. Sobre esto último, en uno de los manuales que he consultado para músicos que querían acompañar películas se aconsejaba al lector-músico que estuviera al tanto de las novedades discográficas y se aprendiera los últimos éxitos del momento, porque de esa forma el público sabría que en ese teatro había un músico que siempre tocaba las canciones de moda y tendrían un aliciente importante para ir allá a ver películas. Por tanto, podemos corroborar cómo inicialmente la función de la música era más atraer espectadores y darle un poco de caché al espectáculo que acompañar lo que se veía en la pantalla. Esto empezaría a cambiar cuando en los años 10 el cine empezó a ganar prestigio y se buscó cuidar más tanto la calidad de las películas como su formato de exhibición, que acabaría desembocando en la construcción de salas de cine tal y como las entendemos hoy día.
Este mayor cuidado por el formato conllevó no solo la consagración de la figura del músico sino también que los grandes cines comenzaran a apostar por un aumento de personal: de un solo pianista se pasó a una pequeña banda o, en algunos casos, auténticas orquestas, sobre todo a partir de la segunda mitad de los años 10. Según algunas fuentes, en los años 20 la mitad de cines de Estados Unidos tenían una orquesta, que podía ser desde tres o cuatro músicos hasta 30 en el caso de las salas de más prestigio. Otras fuentes más modestas hablan de una quinta parte de cines con orquesta, que suena más realista pero aun así es una cifra nada desdeñable. El fenómeno de las orquestas conllevaría que la improvisación con la película caería en desuso a favor de bandas sonoras compuestas previamente o simplemente ya preparadas por el director de orquesta local, que adquiriría bastante importancia en este periodo.
No se debe subestimar la importancia de estos músicos. Como habrán comprobado todos los aficionados al cine mudo, la música que acompaña un filme condiciona por completo el visionado, y puede tanto engrandecerlo como estropear la impresión del filme. Sin embargo, leyendo sobre las condiciones en que trabajaban muchos de ellos no parece que recibieran el reconocimiento que merecían. Un manual estadounidense para músicos se quejaba de que algunos tenían que tocar hasta nueve horas al día a cambio de cobrar 20 o 30 dólares a la semana. Pero los testimonios más esclarecedores que he encontrado provienen de otro artículo de la época citado por Julio Arce, que da detalles sobre la situación de estos músicos en España. Este texto proviene del número 61 de la revista El cine del año 1913:
«Al fin de que el público se haga cargo del inmenso sacrificio que representa para estos humildes artistas el tocar el piano en el cine, nos proponernos hacer resaltar las incorrecciones y desaciertos en que incurren la mayor parte de las empresas de cine para con los pianistas […] El pianista de cine debe tocar seguidamente todos los días nueve horas, sin otro intervalo que el cambio de películas, y si algún descanso desea debe pagarse un suplente, lo cual es bastante difícil dado lo exiguo del sueldo que recibe, de modo que son muchos los que se ven condenados a no poder cenar hasta concluido el espectáculo, o sea, a la una de la madrugada, cosa que resulta completamente antihigiénica y antihumanitaria. Además el obrero espera con anhelo a que llegue el domingo, para descansar de sus fatigas durante la semana; al pobre pianista de cine hasta ese consuelo le está prohibido ya que después de trabajar toda la semana, llegan los días festivos y la empresa, para descanso, le obsequia obligándole a tocar de once a una de la mañana en las funciones llamadas matinales y sin percibir ni un céntimo de aumento.»
Y más adelante añade:
«Hemos asistido repetidas veces a varios cines en los cuales es imposible que el pianista pueda lucir sus facultades, pues han de tocar en pianos malos y en pésimas condiciones y además colocados en el peor sitio del local, como es al pie mismo del marco de proyecciones, lo cual contribuye a estropearle bárbaramente la vista y menos mal cuando no han de sufrir las impertinencias del público, como sucede en algunos cines donde acude cierto público sui géneris y como los empleados brillan por su ausencia para impedirlo, demuestran sus entusiasmos artísticos pateando, o silbando cuando el pianista toca, o bien prodigándole sus «caricias» apedreándole con cortezas de avellanas, castañas, naranjas o bolas de papel, etc., etc.»

Anuncio aparecido en el Moving Picture World del 22 de enero de 1910 anunciando un «pianorquesta» para sustituir el papel de una orquesta para acompañar películas.
Como vemos, el oficio de músico de películas mudas estaba sujeto en la mayoría de casos a unas condiciones pésimas y no se reconocía la importancia que tenían en el visionado del filme, ya que la música que se interpretara condicionaría la percepción de la obra. Pero eso nos lleva a otro punto: ¿debían improvisar los músicos en esas condiciones o contaban con bandas sonoras ya compuestas? Eso nos lo guardamos para la siguiente parte de este artículo que publicaremos la semana que viene.
Bibliografía:
Arce, J. (2008). El barracón cinematográfico, el pianista y su “estuche de distracciones”. En Música, ciudades, redes: creación musical e interacción social. Actas del Congreso de la Sociedad Ibérica de Etnomusicología. Sociedad Ibérica de Etnomusicología (SIBE).
Arce, J. (2008). La música en el cine mudo: mitos y realidades. En C. Alonso González, C. J. Gutiérrez & J. Suárez Pajares (Coords.), Delantera de paraíso: estudios en homenaje a Luis G. Iberni (pp. 559–568). ICCMU.
Falcón, L. (2024). La otra historia del cine: la música que lo cambió todo. Madrid: Alianza Editorial.
George, W. T. (1914). Playing to pictures: A guide for pianists and conductors of motion picture theatres. London: E.T. Heron & Co.
Gil Zulueta, J. (2020). La banda sonora musical en directo en el cine mudo: Una aproximación musicológica a través del método Musical Accompaniment of Moving (1920) de E. Lang & G. West. En Del cine mudo a los videojuegos.
Lang, E., & West, G. (1920). Musical accompaniment of moving pictures: A practical manual for pianists and organists. Boston: Boston Music Company.
Lluís i Falcó, J. (1995). Música y músicos en la Cataluña silente. En Actas del V Congreso de la Asociación Española de Historiadores del Cine (pp. 95–105). A Coruña: CGAI.
Mis agradecimientos a Jorge Gil Zulueta por todo el material que me aportó y su inestimable ayuda para dar forma a este doble artículo.




