El Difunto Matías Pascal (Feu Mathias Pascal, 1925) de Marcel L’Herbier

A mediados de los años 20, Marcel L’Herbier, uno de los directores más destacados y vanguardistas de la cinematografía francesa, estaba buscando la manera de adaptar la novela El difunto Matías Pascal de Luigi Pirandello. A Pirandello, como le sucedía a la mayoría de escritores de renombre de esa época, no le hacía mucha gracia que convirtieran su historia en una película que potencialmente se pasaría por el forro los matices y sutilezas de su escrito para dar forma a un producto comercial del gusto del gran público. Pero éste cambió de idea y dio su visto bueno cuando supo quiénes iban a ser los implicados. No solo la dirigiría un cineasta tan reputado como L’Herbier sino que el papel protagonista recaería en Ivan Mosjoukine, el mejor actor europeo del momento (y, en mi opinión, el mejor actor cinematográfico de toda la era muda), y se realizaría en el seno de los estudios Albatros.

Para entender por qué era un factor decisivo el que El difunto Matías Pascal (Feu Mathias Pascal, 1925) se realizara en ese estudio y no en otro debemos hacer un paréntesis para entender el origen y la importancia que tenían los estudios Albatros en el cine europeo de la época. Ésta era una compañía formada en Francia a principios de los años 20 por emigrantes rusos que habían huido de la Revolución Soviética. Su personal incluía desde algunas de las estrellas del cine ruso pre-soviético (ése era por ejemplo el caso de Ivan Mozzhukhin, quien afrancesaría su apellido a Mosjoukine) a todo tipo de personas de procedencias de lo más diversas (abogados, miembros del ejército o de la nobleza) que se vieron obligados a trabajar de cualquier cosa en dicho estudio para subsistir. Lejos de ser una experiencia traumática, esta vuelta a empezar le permitió a muchos de ellos poder dedicarse al apasionante mundo del cine, algo que en Rusia les estaba prohibido a causa de sus orígenes nobles, y generó un fuerte sentimiento de comunidad. Por otro lado, pese a sus extraños orígenes, la Albatros destacó por sus películas tan desbordantes de imaginación y la absoluta libertad que se daba a los grandes cineastas que trabajaban allá. Así pues, en poco tiempo algunos de los principales cineastas y actores franceses llamarían a sus puertas sabiendo que ahí podrían dar rienda suelta a sus ambiciones artísticas.

La historia que L’Herbier llevaba en esta ocasión a la pantalla tiene como protagonista a Mathias, un hombre criado en un pueblo italiano que, tras la muerte de su padre, queda en la ruina financiera y debe trabajar en la cochambrosa biblioteca del pueblo. Su vida parece que va a mejorar cuando se casa con Romilde, una joven tímida y dulce con la que tiene una hija. Pero su vida conyugal se convierte en un infierno a causa de su temible suegra, y el día en que fallecen tanto su madre como su pequeña hija decide huir del pueblo. Llega entonces a Montecarlo y allá decide probar suerte en un casino para olvidar su vida ya carente de sentido. Sorpresivamente gana la monstruosa cifra de medio millón de francos y vuelve entusiasmado a casa en tren. Pero durante el camino le espera una sorpresa cuando lee en un diario local que en su pueblo le dan por muerto, al haber confundido el cadáver de un hombre ahogado en el río por el suyo. Su primer instinto es reportar de inmediato que ha habido un error, pero… un momento. En su hogar le espera una mujer que ya no le quiere, una suegra que lo desprecia y un trabajo desagradable. Y él tiene medio millón de francos en el bolsillo y la libertad de hacer lo que quiera porque le dan por muerto. ¿Por qué no empezar una nueva vida?

Lo que planteaban tanto la muy recomendable novela de Pirandello como el filme que nos ocupa es el conflicto que se produce entre la absoluta libertad de la que el protagonista ahora puede gozar y las limitaciones que implica el no tener una identidad oficial en una sociedad contemporánea. Mathias tiene una fortuna, pero no puede registrarse en un buen hotel porque se le pide el carnet de identidad. Si le roban está indefenso, porque no puede reclamar a la policía. Y cuando se enamora de la joven que regenta la pensión en la que se aloja debe asumir el hecho de que nunca podrán casarse. De modo que esta fantasía tan recurrente que tenemos a veces de volver a empezar de cero una nueva vida en realidad no resulta tan fácil como parece.

Es curioso que siendo la novela original de Pirandello más bien breve y de lectura muy ligera, esta versión cinematográfica de El difunto Matías Pascal por el contrario acabó siendo muy larga (tres horas) y un tanto densa. Y debo admitir que la primera vez que la vi se me hizo algo pesada a ratos, sobre todo por lo mucho que tarda en entrar en el conflicto principal, el cambio de identidad del protagonista. Es lo que tiene la absoluta libertad que daba la Albatros a los grandes cineastas, que éstos no tenían por qué hacer concesiones.

Pero aunque inicialmente pueda echar atrás por su magnitud y estilo, su visionado es más que gratificante. Ya solo a nivel visual se trata de una película espectacular que ejemplifica uno de los rasgos más potentes de la Albatros: su capacidad para diseñar espacios únicos, de jugar de forma tan imaginativa con la iluminación y la decoración para crear entornos que son una amalgama de multitud de influencias plásticas de la época. En este caso no en vano los decorados fueron diseñados por el futuro director vanguardista Alberto Cavalcanti y por Lazare Meerson, que en unos años sería la figura más destacada del cine francés en este campo.

Pero los méritos del filme no se quedan solo en los elementos plásticos y de puesta en escena, porque lejos de ser una pomposa obra de prestigio L’Herbier supo preservar el humor que había en la novela original, y para ello contó con la complicidad del gran Mosjoukine en el papel protagonista. Si alguien necesita pruebas de por qué el actor de origen ruso era una de las figuras más destacadas del cine de su época, la película que nos ocupa podría despejar cualquier duda al respecto. La versatilidad de Mosjoukine es tal que se mueve con la misma facilidad en las escenas dramáticas (el desolador momento de la muerte de su hija) como en las humorísticas, donde no solo se desenvuelve perfectamente con los otros actores sino que hace gala de un gran dominio del humor físico (véanse todos los momentos en que intenta esquivar a policías o a los botones de un hotel).

De hecho lo único que se le podría echar en cara a este El difunto Matías Pascal respecto al libro original es que su protagonista rebosa mucho más carisma del que inicialmente requería el personaje, quien en la novela es un pobre diablo poco agraciado y con un defecto en un ojo. Aunque el mensaje y las intenciones se mantienen intactas en la traslación cinematográfica, al final uno no puede evitar pensar que, pese a las dificultades, debe ser mucho más fácil volver a empezar una nueva vida cuando uno es el gran Ivan Mosjoukine.


Este texto apareció originalmente en el número 320 de la revista Versión Original (diciembre 2022). 

2 comentarios en “El Difunto Matías Pascal (Feu Mathias Pascal, 1925) de Marcel L’Herbier

  1. Mi película favorita de L’Herbier, un cineasta siempre espectacular, rebosante de ideas y un dominio apabullante de la técnica cinematográfica, pero que en general me deja un poco frío. Me pierde la estética y con poco que la belleza me arrulle me quedo la mar de a gusto, pero no siempre. En este caso, esta película tiene algo más y seguro que ese algo se resume en Pirandello + Mosjoukine. ¡Menuda lotería le tocó al cine francés con este hombre!

    Suscribo al 100% sus palabras.

    Feliz día, sea cualquiera el que pase por aquí.

    • Sí, también es mi predilecta. Es algo densa y se recrea a ratos demasiado, pero tiene demasiados aspectos positivos como para echárselo en cara. Y claro, si encima tenemos a un Mosjoukine desatado (con escenas dramáticas y otras muy divertidas, mostrando su abanico interpretativo)… qué más se puede decir, como usted bien escribía.

      Un saludo.

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