Especial Films Albatros (IV): los 100 rostros de Ivan Mosjoukine/Ivan Mozzhukhin

Este post forma parte de un especial dedicado al estudio Films Albatros que incluye los siguientes artículos:


«No hay nada más doloroso y desagradable que verte a ti mismo en la pantalla. La más mínima falsedad espiritual, aunque sea camuflada por la técnica, se percibe de inmediato, y eso me atormenta durante mucho tiempo».

NOTA: en este post he empleado la versión afrancesada del nombre de nuestro protagonista en lugar de su nombre original en ruso, Ivan Mozzhukhin. El motivo es simplemente que es el nombre por el que más se le suele conocer.

Tres instantáneas de la vida de Ivan Mosjoukine

Como primera toma de contacto con la compleja biografía de un actor tan prolífico y apasionante como Ivan Mosjoukine quedémonos de entrada con tres instantáneas tomadas en diferentes momentos de su carrera y un fragmento de vídeo. La primera instantánea sería en 1920, cuando desembarca en Francia huyendo de la revolución soviética con el estatus de ser la principal estrella del cine ruso. ¿Lograría hacerse un nombre en ese país o quedaría relegado a papeles secundarios como le sucedería a docenas de actores que no consiguieron mantener su caché tras verse obligados a emigrar a otra industria donde no eran tan conocidos? La segunda imagen es otro desembarco, en este caso en Estados Unidos, adonde Mosjoukine ha viajado en 1927 tras hacerse un nombre en toda Europa con la esperanza de convertirse en una de las grandes estrellas masculinas de Hollywood. Lo tiene todo a su favor: talento, físico, fama, experiencia y versatilidad. Una última instantánea, ésta perteneciente a 1939: un Mosjoukine enfermo de tuberculosis en un hospital parisino arruinado y totalmente olvidado por el público. La muerte a los 49 años del que 12 años antes era uno de los actores más famosos de Europa pasó totalmente desapercibida.

Si volvemos para atrás, añadamos una pieza más que tiene lugar antes que estas tres instantáneas. Se trata de una película titulada Behind the Screen (Kulisy ekrana, 1917), de la que hoy día solo se conserva un fragmento de 13 minutos disponible en Youtube, pero que es un material absolutamente fascinante. El protagonista del filme es Ivan Mosjoukine interpretándose a sí mismo, solo que en esta película ha retornado de la I Guerra Mundial con un brazo amputado. Mosjoukine se dirige con su mujer, la actriz Natalya Lisenko (también interpretada por sí misma), a los estudios Ermolieff, donde el personal le da la bienvenida. Mosjoukine parece mayor de lo que realmente es, la experiencia bélica le ha dado a su rostro un aspecto fatigado y decaído.

En el momento más interesante de este fragmento, se dirige a su antiguo camerino, cuyo nombre aparece ahora tachado por el de otro actor, recordándole amargamente que sus tiempos han pasado. Una vez dentro contempla su semblante apagado en un espejo y lo compara con un retrato suyo colgado en la pared perteneciente a una película antigua. El encuadre permite que veamos en un mismo plano esos dos rostros, el antiguo actor de éxito y el excombatiente que sabe que su carrera se ha acabado. Consciente de esa diferencia entre ambos rostros, Mosjoukine arranca furioso la fotografía. También vemos en el camerino el traje que había llevado en una de sus obras más célebres, La Reina de Picas (Pikovaya dama, 1916) de Protazanov, y en cierto momento repasa unos antiguos retratos suyos que hay en el escritorio. Son fotografías de algunos de los grandes momentos que ha protagonizado en el cine, pertenecientes a un pasado que ahora parece muy lejano. Este fragmento de Behind the Screen tiene un valor incalculable no solo por mostrarnos por dentro los estudios de cine Ermolieff en Rusia o por su valor metacinematográfico, sino porque nos revela algo muy similar al que sería el futuro del actor en 20 años, y de paso nos confirma cómo ya en 1917 era tan conocido que podía permitirse hacer de sí mismo en un filme de ficción. En el momento en que Mosjoukine va mirando esas instantáneas suyas está haciendo un repaso a su exitosa carrera cinematográfica hasta la fecha. ¿Quién era ese actor tan célebre en 1917?

Primera época – Rusia: el rey de la pantalla

Al igual que sucede con muchos personajes contemporáneos suyos, existen muchas lagunas en la biografía de Ivan Mosjoukine, sobre todo en lo que se refiere a sus primeros años de vida. Mucho material de valor histórico desapareció o fue destruido en los tumultuosos años de la Revolución Soviética, y tampoco ayudó que durante décadas las autoridades del país no tuvieran al actor en mucha estima al considerarlo un traidor que había huido del país, de modo que se tardó bastante en hacer esfuerzos por reivindicarlo e investigar su vida incluso en su país natal. Y para complicar aún más las cosas, Mosjoukine, como tantos otros artistas, tendía a falsear los datos sobre su vida en escritos biográficos y a ocultar información. De modo que partiendo de esos inconvenientes veamos algunos datos que tengamos en claro sobre sus primeros años.

Ivan Ilyich Mozzhukhin nació en Penza en alguna fecha comprendida entre 1889 y 1893, dependiendo de la fuente a la que recurran. Era el más joven de los cuatro hijos de un antiguo siervo que se encargaba de gestionar las tierras de una familia noble y que había ganado la libertad. Esto permitió a la familia tener una vida acomodada y por tanto poder enviar a su cuatro hijos a formarse en una carrera respetable. En el caso de Ivan su padre le obligó a estudiar Derecho, pero al poco tiempo su hijo le dio un enorme disgusto al hacerle saber que iba a abandonar los estudios para dedicarse profesionalmente al teatro. ¡Horror! Efectivamente el joven Ivan ya había hecho sus primeros pinitos en algunas funciones del gimnasio en que estudió y se dio cuenta de que ése era el camino que quería seguir. Aquí fue de vital importancia una de las personas más importantes de la biografía de Ivan: su hermano mayor Alexander. Éste fue el primer miembro de la familia en seguir una carrera artística al convertirse en un famoso cantante de ópera. Como es natural Alexander fue para Ivan una especie de mentor y estuvieron muy unidos durante toda su vida, como veremos más adelante.

Decidido pues que ése iba a ser su futuro, el joven Ivan se unió a una troupe teatral donde estuvo un tiempo ganando experiencia y tablas como actor hasta que en 1911 hizo su primera entrada en el cine. Ahí fue donde logró hacerse un nombre colaborando con algunos de los más grandes directores de la época como Pyotr Chardynin, Yakov Protazanov o Yevgeni Bauer en producciones de todo tipo, desde comedias a tragedias. Además un rasgo que cultivó desde sus inicios era su capacidad para interpretar papeles de todo tipo: soldados, galanes, ancianos, jóvenes atormentados… No había nada con lo que no se atreviera. Al cabo de unos años se hizo tan popular que se le conoció en Rusia con el sobrenombre de «el rey de la pantalla». ¡Y su carrera no había hecho más que empezar! Ya en su primera etapa rusa el rostro de Mosjoukine aparecería en filmes tan importantes como La Reina de Picas (Pikovaya Dama, 1916), Satán Triunfante (Satana likuyushchiy, 1917) o El Padre Sergio (Otets Sergiy, 1918).

Su filmografía se interrumpió momentáneamente durante la I Guerra Mundial cuando se presentó voluntario en 1916 para la unidad de artillería, pero la experiencia fue breve, ya que en 1917 el ejército se desmovilizó. A su regreso a Moscú se encontró con un panorama poco prometedor: a causa del clima político tan incierto en el país la mayoría de teatros estaban cerrados y la producción cinematográfica un tanto parada. Aquí fue cuando el director Yakoz Protazanov le propuso unirse a una troupe de actores y técnicos que estaba reclutando para seguir haciendo filmes en el sur del país, en Crimea, donde la situación todavía era estable.

Ese breve periodo en el sur del país le permitiría rodar algunas pocas películas más en su país natal, pero a nadie se le escapaba que tarde o temprano los efectos de la Revolución Soviética también se harían notar allá y de hecho había bastante tensión en el ambiente. Una anécdota quizá apócrifa que solía narrar Mosjoukine sobre esos años explica un incidente sucedido mientras estaban rodando una escena en la que él huía por unos tejados. Como la gente de la calle no veía las cámaras dio por hecho que éste era un espía huyendo de la justicia, así que se abalanzó a por él para apalizarle hasta que Protazanov intervino y le salvó.

Finalmente, la compañía de Protazanov decidió emigrar hacia Constantinopla en un viaje en que Mosjoukine tuvo que esconder el poco dinero que le quedaba en la suela de los zapatos por miedo a que se lo robaran. Allá empezarían el rodaje de lo que sería L’Angoissante Aventure (1920), un filme hecho sobre la marcha en que adaptaban el argumento en base a sus circunstancias. Pero antes de acabarlo lograron por fin dirigirse al que desde el primer momento habían decidido que sería su destino final, Francia, donde terminarían este curioso filme hecho a caballo entre su etapa rusa y francesa.

Mosjoukine y su mujer, la también actriz y coprotagonista de muchos de sus filmes, Natalya Lisenko, llegaron en 1920 a Marsella junto a sus compañeros de fatigas. De ahí se dirigieron a París, donde Joseph N. Ermolieff les estaba esperando en un estudio que acababa de crear allá para dar acogida a todos sus compatriotas que habían emigrado de Rusia, tal y como ya les explicamos hace poco con más detalle. Empezaba una nueva etapa en la vida de Ivan.

Segunda época – Francia: consagración internacional

Después de tantos años de inseguridad y penurias en Rusia, Francia le pareció a Ivan Mosjoukine un mundo aparte en el que se sumergió encantado con la confianza en si mismo propia de una estrella consagrada. Pero cuando fue a un cine a ver una primera película francesa el actor quedó en shock y se dio cuenta de que, en su opinión, no sabía nada de actuar en cine. Ese primer filme que visionó, aparentemente uno de Marcel L’Herbier, le hizo darse cuenta de que su forma de interpretar seguía estando demasiado influenciada por el teatro, y de que en el cine era preferible actuar de forma más contenida. Del mismo, el descubrimiento del cine francés le llevó a creer que la cinematografía rusa se había quedado muy atrás por estar demasiado ligada al teatro. Lejos de amedrentarse por ese panorama, Mosjoukine se sintió más motivado por el reto.

Cuando el estudio de Montreuil pasó a convertirse en Films Albatros, Mosjoukine fue uno de los principales defensores de realizar una línea de películas más artísticas y arriesgadas, influenciadas por las obras que más le gustaban de los grandes directores franceses de entonces. Desde su llegada a ese nuevo país, Mosjoukine seguiría muy de cerca las vanguardias de la época y cantaría las alabanzas del ya mencionado Marcel L’Herbier y de Abel Gance (del cual dijo que La Rueda (La Roue, 1923) era la obra más grande que había dado el cine).


Marcel L’Herbier, Luigi Pirandello (autor de El difunto Matías Pascal) e Ivan Mosjoukine

Estas inquietudes artísticas se vieron reflejadas en su afán por involucrarse muy activamente en los proyectos de la Albatros en que participaba, ya fuera colaborando en la escritura del guion o en algunos detalles de la puesta en escena, sobre todo cuando trabajaba con directores con los que tenía un gran entendimiento como Alexander Volkoff. Su salto a la dirección de filmes se hacía pues inevitable: en 1921 dirigió y protagonizó el drama L’Enfant du Carnaval, pero la gran sorpresa la dio con la inclasificable Le Brasier Ardent (1923), una obra peculiar, muy imaginativa y libre de ataduras a cualquier género que resume a la perfección la esencia Albatros.

Con ese filme Mosjoukine logró integrarse plenamente entre los nombres de la vanguardia francesa, quienes le devolvieron todos los cumplidos que él les había estado dedicando hasta entonces. La película se proyectaba en cineclubs junto a las últimas obras de vanguardia, Marcel L’Herbier le felicitó por el resultado y un por entonces desconocido Jean Renoir quedó tan en shock al verla en una sala de cine (donde el resto del público abucheaba ese extraño filme que no comprendían) que decidió dedicarse a hacer películas. En ese punto de su carrera Mosjoukine logró colmar sus ambiciones artísticas y comerciales: con Kean, Desordre ou Genie (1924) de Alexandre Volkoff ofreció la que para muchos fue su mejor interpretación hasta la fecha, Marcel L’Herbier le dirigió en la prestigiosa El Difunto Matías Pascal (Feu Mathias Pascal, 1925), mientras que Abel Gance le rogó que protagonizara su filme sobre Napoleón, pero Mosjoukine decidió escoger otros proyectos (¡un ruso interpretando a Napoleón! ¿No habría sido una ironía maravillosa?).

Pero mientras Ivan cultivaba su faceta más artística en este tipo de proyectos conviene recordar que, en paralelo, también protagonizaba otro tipo de obras más comerciales para llegar al gran público (es lo que comentamos en el anterior post sobre la filosofía Albatros: hacer filmes que rindieran en taquilla para poder permitirse financiar los proyectos más arriesgados). Filmes como el serial La Casa del Misterio (La Maison du Mystère, 1923) de Alexandre Volkoff o El León de Mongolia (Le Lion des Mongols, 1924) de Jean Epstein dieron a conocer a Mosjoukine al gran público como un personaje heroico que se movía cómodamente tanto en secuencias atléticas como en escenas dramáticas o intimistas. Este tipo de obras fueron las que le valieron con el tiempo el sobrenombre de ser «el Rodolfo Valentino ruso», un sobrenombre en realidad bastante estúpido, ya que Mosjoukine era mucho más versátil que el famoso latin lover.

¿Cuál era el gran secreto de Ivan Mosjoukine para convertirse en esos años en uno de los más grandes actores del mundo? Sin duda su apabullante versatilidad. Mosjoukine había recibido una formación teatral teórica en Rusia que luego supo complementar con todo lo que aprendió del cine occidental, de forma que acabó adquiriendo lo mejor de ambos mundos. Era capaz en escenas intimistas de transmitir grandes tormentos interiores sin necesidad de sobreactuar, solo con su mirada y algunos gestos muy bien medidos; pero al mismo tiempo también disfrutaba realizando escenas atléticas y todo tipo de acrobacias. Se notaba que era un actor al que le gustaba fomentar su faceta más camaleónica, interpretando a personajes que a menudo se ven obligados a disfrazarse o a hacerse pasar por otras personas. Interpretaba a grandes personajes dramáticos pero también le gustaba mucho realizar escenas cómicas, donde demostraba tener un sentido del timing muy desarrollado – sin ir más lejos en su Rusia natal ya había protagonizado un corto cómico donde se disfrazaba de mujer, demostrando que no tenía problemas en moverse en registros más burlones.  Para mi gusto sus mejores papeles – como Kean o Casanova (1927) de Volkoff – eran aquellos en que explotaba a fondo ambas facetas.

Por otro lado, en aquella época Mosjoukine era apreciado no solo como gran estrella sino como un experto en cine, y como tal era frecuente que en las entrevistas le hicieran preguntas sobre dicha materia o arte en general. Ahí Mosjoukine demostró su preferencia por formas de expresión más ligeras y populares antes que por el arte más academicista, algo en lo que en realidad coincidía con muchos artistas de vanguardia. Él aseguraba que muchos querrían que hiciera grandes adaptaciones de Shakespeare pero él consideraba igual de complicado hacer un papel cómico, y cuando le preguntaban cuál de las respetables compañías teatrales francesas era su predilecta no se cortaba en decir que prefería cualquier espectáculo de music-hall. De hecho los dos actores a los que más admiraba eran Charles Chaplin y Douglas Fairbanks, y no cabe duda que el estilo tan atlético y desenfadado del segundo le sirvió claramente de modelo para desarrollar muchos de sus papeles.

Durante varios años, Mosjoukine fue la estrella absoluta de la Albatros, hasta el punto de que la planificación de los filmes se hacía siempre alrededor de él, teniendo en cuenta no solo su disponibilidad sino cuándo habría un nuevo filme suyo en la calle que asegurara nuevas ganancias para las arcas del estudio. No obstante a mediados de la década Mosjoukine acabó dejando la Albatros junto a su director favorito, Alexandre Volkoff, a causa de algunas discrepancias, entre ellas que no se diera luz verde al que debería haber sido su tercer filme como director, un filme futurista llamado 1975 para el que planeaba una excéntrica puesta en escena inspirada en el cubismo. Nunca llegaría a realizarlo.

Mientras Mosjoukine se convertía en una de las más grandes estrellas de Europa, éste se abocó a una vida disipada de lujos. Era muy descuidado con el dinero y adquirió enseguida hábitos caros. Se vestía con los mejores trajes que podía permitirse, era aficionado a comprar coches y realizaba suntuosas fiestas en París. Las revistas de mujeres de la época dedicaban a menudo reportajes a sus últimos amoríos y daban jugosos detalles de este dandy derrochador.

Pero en paralelo a todo eso, las cosas no le iban igual de bien a su familia en su país natal. Con la llegada del gobierno soviético, su padre había sido arrestado acusado de «sospechoso» y cuando fue liberado de la cárcel perdió casi todas sus posesiones. Los otros hermanos de Ivan no tenían un panorama más favorable, ya que habían sido oficiales en el ejército zarista durante la I Guerra Mundial. En consecuencia fueron detenidos en numerosas ocasiones y de hecho en el futuro acabarían sufriendo las consecuencias de las purgas estalinistas: uno sería sentenciado a muerte y otro probablemente murió en un campo de trabajo. Pero antes de que eso sucediera su situación económica era muy precaria, ya que el gobierno los veía como enemigos debido a su pasado más acomodado antes de la revolución. El padre de Ivan escribiría a menudo a su hijo pidiéndole ayuda, pero éste desafortunadamente se había desvinculado de su familia. Aunque les haría llegar dinero en momentos de necesidad tanto a ellos como a un hijo ilegítimo que tuvo en sus tiempos en el teatro (la única descendencia que dejaría), casi nunca respondía a las cartas de la familia y se mantenía distante. Estaba literalmente en otro mundo.

Tercera época – Estados Unidos y Alemania: de Hollywood a la UFA

En 1926 Mosjoukine estrenó una de las películas más exitosas de su carrera: Miguel Strogoff (Michel Strogoff) de Viktor Tourjansky. Éste era el tipo de papeles que más le gustaban al público: permitían cultivar esa imagen mítica que tenían del país de origen del actor, es decir, explotar el exotismo que se espera de un intérprete ruso, y además era una historia de aventuras basada en un conocido clásico de la literatura. El filme funcionó tan bien que Hollywood, esa industria siempre ávida por reclutar (o robar) los mejores talentos del resto del mundo, empezó a sentir interés por ese tal Mosjoukine y la Universal le hizo llegar una oferta. La idea era que protagonizara la ambiciosa adaptación que tenían pensada de El Hombre Que Ríe de Victor Hugo dirigida por Paul Leni una vez que el actor pensado originalmente, Lon Chaney, se desvinculó del proyecto. Pero en el momento en que aceptó el acuerdo Mosjoukine estaba ligado a una última película en Europa que le impedía involucrarse en dicha producción. El filme se realizaría al final con el alemán Conrad Veidt en el papel protagonista, pero como se acabó estrenando más tarde que el debut de nuestro Ivan en Hollywood me pregunto si Carl Laemmle, el jefe de la Universal, realmente tenía en mente a Mosjoukine para el papel o simplemente era uno de los proyectos que se barajaban para él. En todo caso no cabe duda de que el papel le pegaba o, como mínimo, mucho más que el que le acabaron dando, pero no nos adelantemos…

De momento nuestro Ivan sigue en Europa metido en la producción de la que iba a ser su última película antes de marchar a Hollywood: el Casanova (1927) dirigido por Alexander Volkoff. Como el filme se realizó sabiendo que sería en teoría el último que haría en Francia, Mosjoukine se esforzó al máximo para marcharse por todo lo alto, y hay que reconocer que dio una de las mejores interpretaciones de su carrera. En los rodajes en exteriores en Venecia la multitud se apelotonaba para ver al ídolo en persona, mientras que la protagonista del filme, Suzanne Bianchetti, evocaría años después cómo un día en el plató sorprendió a un técnico ruso llorando y éste le dijo desconsolado «¡Nuestro Vania se va dejándonos huérfanos!». Tal era la conexión que sentía la comunidad rusa hacia él.

Aquí es donde la carrera de Ivan Mosjoukine empezó a torcerse y donde la leyenda se mezcla con la realidad, de modo que hemos de examinar los hechos con cuidado. La leyenda dice que Ivan Mosjoukine fue contratado con la idea de que fuera «el nuevo Rodolfo Valentino», ya que éste acababa de fallecer prematuramente y que, para tal efecto, se le obligó a someterse a una operación de cirugía para hacer su físico más atractivo. Dicha operación aparentemente fue un fracaso y le arruinó su rostro y, con ello, su carrera, que nunca llegaría a despegar en Hollywood a causa de ello.

No voy a profundizar en por qué son falsos estos hechos, puesto que ya han sido refutados en detalle en otras páginas web. Simplemente diré que lo de que Mosjoukine fue contratado para ser «el nuevo Valentino» simplemente no encaja por un tema de fechas (cuando firmó el contrato Valentino seguía vivo, por tanto no había aún necesidad de reemplazarle), y que quizá el origen de esta confusión es el sobrenombre que tenía de «el Valentino ruso». Y por otro lado, la operación en realidad tuvo lugar más adelante en Europa y no fue la causante de que su carrera se hundiera.

Pasemos a los hechos reales. Aunque hubo críticos que acusaron a Mosjoukine de venderse a Hollywood, en realidad él hacía tiempo que alababa el cine americano por encima del de otros países más prestigiosos a nivel artístico como Alemania o Suecia: «El cine no tiene nada que ver con la literatura. Los americanos lo han comprendido mejor que nosotros y es por eso que los cineastas de Hollywood están mucho más cerca del «cine puro» que sus colegas europeos (…) Prefiero una película de Douglas [Fairbanks] que El Último de Murnau«. Pero aunque viajó a América en mucho mejores condiciones que aquéllas que le rodeaban cuando llegó a Francia, el shock se hizo inevitable. En Francia había estado rodeado de compatriotas que le hicieron sentirse como en casa, así como de cineastas y actores franceses que le admiraban (Charles Vanel, que coprotagonizó muchos filmes con él, diría que era el mejor actor del mundo). En Hollywood Mosjoukine era uno más de entre una amplia gama de estrellas o aspirantes a estrella, y aunque había firmado un contrato de cinco años tenía que demostrar su valía en un contexto donde no podría tener tanto control sobre sus trabajos.

Y esto fue precisamente lo que acabó con él. La Universal le asignó a una película llamada Surrender (1927) donde interpretaría a un oficial ruso (una vez más, explotando el potencial «exótico» de sus orígenes). Por desgracia el material era muy poco adecuado para él y, según dicen los que han visto el filme, de escasa calidad. No tenía feeling con Mary Philbin, la actriz estrella de la Universal, y como no hablaba inglés necesitaba un traductor para entenderse con el director Edward Sloman, si bien éste reconocería que Mosjoukine tuvo siempre una actitud muy colaboradora (por otro lado, estos datos contradicen la versión que da de los hechos Robert Florey, que fue un amigo muy cercano del actor en Hollywood y quien asegura que éste trabajó duro hasta dominar el idioma). Fuera de su ambiente, en un papel poco apropiado para él y una película poco reseñable, Mosjoukine lo tenía todo en contra en su debut hollywoodiense, y como era de esperar el filme no funcionó demasiado en taquilla.

Mientras tanto, Mosjoukine no se había privado de continuar con su antiguo tren de vida y siguió dando grandes fiestas en este nuevo ambiente. Pero de repente, un día desapareció. Literalmente. Sin dar explicaciones a casi nadie. ¿Dónde estaba?

Ivan acababa de firmar un contrato con la UFA, el estudio de cine más importante de Alemania, y se dirigía allá a proseguir con su carrera. Es en este punto de su biografía donde me surgen varios interrogantes: ¿cuál fue la causa de que su carrera en América fuera tan efímera? Después de todo solo había hecho un filme y por mucho que no triunfara en taquilla eso no es suficiente para juzgar si un actor tenía madera de estrella. Además en declaraciones de la época hablaba de una futura segunda película dirigida esta vez por George Melford con Lya De Putti como coprotagonista. ¿Fue la Universal quien quiso deshacerse de él caprichosamente después de solo una película o fue Mosjoukine quien se arrepintió de su decisión y quiso volver a Europa, en un ambiente donde se sentiría más cómodo y podría controlar mejor su carrera? El hecho de que Mosjoukine fuera un actor que desde siempre tuvo inquietudes artísticas y que el estudio le dejara marchar tan fácilmente me inclina a pensar que ambas respuestas son ciertas, y que probablemente fue una ruptura de mutuo acuerdo que se silenció en los medios por el bien común. En todo caso éste fue el gran chasco de la carrera de Mosjoukine.

Poco diremos aquí sobre su breve etapa en Alemania a finales de los años 20. Fue en esa época cuando se sometió a una operación de cirugía que se dice que afectó a su expresividad, pero lo cierto es que sus películas siguieron teniendo éxito. Yo de momento solo he visto una, Der Adjutant des Zaren (1929) de Vladimir Strizhevsky, que es una comedia más que notable. No es ciertamente de sus mejores logros pero tampoco hace presagiar que su carrera estaba a punto de hundirse, como efectivamente sucedió al poco tiempo. ¿El motivo? El cine sonoro.

Cuarta época – Retorno poco triunfal a Francia

Existen numerosas leyendas sobre cómo el cine sonoro acabó con la carrera de muchos actores, si bien la realidad a menudo es más que matizable. Pero no es así en el caso de Ivan Mosjoukine: el cine sonoro literalmente acabó con él. Y no porque no tuviera buena voz o no supiera usarla, después de todo empezó en el teatro, sino por un tema lingüístico. Otros actores como él se habían encontrado con ese problema cuando les sorprendió la llegada del sonoro mientras trabajaban como actores en el extranjero, pero en la mayoría de casos la solución estribaba volver al país de su lengua materna y retomar su carrera allá en el cine o el teatro. Pero Ivan no podía hacer eso: en la recién formada URSS era persona non grata, un traidor que había huido del país durante la Revolución, y por otro lado ya hemos visto las penurias que el régimen soviético estaba haciendo soportar a su familia.

De entrada el actor retornó a la Francia, donde había logrado el éxito, con la esperanza de encontrar allí los aliados necesarios para dar el salto al sonoro de la forma más cómoda posible. En su primer filme sonoro, Le Sergent X (1932) de Vladimir Strizhevsky, se le facilitó un guion donde se intentaba justificar el tema idiomático haciendo que Mosjoukine fuera un oficial ruso que hablaba muy poco francés. El intento era loable, pero a la práctica se notaba que el actor se sentía incómodo recitando sus diálogos en ese francés con un acento ruso marcadísimo y el filme no acabó de funcionar. Aquí empezaría una imparable cuesta abajo.

Con una nueva generación de estrellas surgidas del sonoro acaparando las pantallas y un nuevo paradigma de hacer películas totalmente alejado de su forma de hacer y entender el cine, Mosjoukine estaba más perdido que nunca. Solo llegó a realizar cinco películas sonoras, dos de ellas remakes de antiguos éxitos de su glorioso pasado, L’Enfant du Carnaval (1934) de Alexandre Volkoff y un Casanova (1934) dirigido por un tal René Barberis. Ninguno de ellos funcionó. Su último papel en Nitchevo (1936) de Jacques de Baroncelli fue su humillación final. Aunque se suponía que debía encarnar al protagonista, al poco de empezar el rodaje se hizo obvio que no podría lograrlo y se reescribió el guion asignándole un personaje secundario con el mínimo diálogo posible. Triste final de carrera para el que 10 años antes era quizá el actor más famoso de Europa.

En 1938 su situación estaba peor que nunca. Enfermo, empobrecido y solo tras tres divorcios, Ivan tuvo como único apoyo estable a su hermano mayor Alexander, quien había decidido seguir el ejemplo de Ivan escapando de la URSS en 1926 con su mujer con la excusa de un tour europeo. Por desgracia éste no logró nunca la posición acomodada de su hermano menor y su carrera como cantante de ópera en Europa fue más desigual en parte por problemas con su nacionalización rusa. En esos difíciles años Alexander asegura que Ivan malvivía «de las limosnas de los «amigos» que le habían rodeado y robado durante la etapa de su carrera en que ganaba millones». Finalmente Ivan Mosjoukine, el más gran actor de la era muda, moriría de tuberculosis en un hospital de Neuilly-sur-Seine a los 49 años, dejando tras de sí uno de los mejores legados creados por un intérprete de la era muda.

Referencias

  • A Companion to the Biopic (John Wiley & Sons Inc, 2019) editado por Deborah Cartmell y Ashley D. Polasek.
  • Albatros: des Russes à Paris 1919-1929 (Cinemathèque Française, 1995) de François Albera.
  • Ivan Mozzhukhin, or the carnival child (1999), documental de Galina Dolmatovskaya.
  • Rodina i rodnyye Ivana Mozzhukhina (2006) de Oleg Sirotin, aparecido en Notes on Film Studies magazine (ed., Naum Kleiman).
  • Surrender (1927) A Silent Film Review (2014) de Fritzi Kramer.

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