El Proceso de los Tres Millones (Protsess o tryokh millionakh, 1926) de Yakov Protazanov

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Aunque en la mayor parte del mundo Yakov Protazanov es conocido ante todo como «el director de Aelita (1924)», lo cierto es que ese trata de un cineasta con una filmografía muy interesante que va más allá de dicha película, con obras que la superan ampliamente como las que dio a conocer el reciente festival de cine mudo de Pordenone. Por otro lado, en estos últimos años hemos presenciado también una curiosa revaloración de la faceta más lúdica del cine soviético de los años 20. Hasta hace poco esta cinematografía siempre estuvo asociada a la vanguardia y a los cuatro nombres esenciales e impepinables (Eisenstein, Pudovkin, Kuleshov y Dovzhenko), pero hoy día cada vez más están cogiendo fuerza nombres como el de Boris Barnet o el de Abram Room, que nos demuestran cómo la historia siempre puede ser revalorizada para dar a conocer otras facetas muy interesantes. Quién nos diría que después de todo la URSS contaba en los años 20 con unas cuantas comedias de calidad y muy divertidas aparte de las sesudas películas politizadas que han sido siempre los clásicos de esa época.

Volviendo a Protazanov, su caso es un tanto especial ya que empezó su carrera en la Rusia zarista especializándose en serios melodramas como La Reina de Picas (1916). Con la revolución emigró fuera del país, pero acabaría volviendo a la URSS pero esta vez especializándose en comedias durante su era muda. Muchos de sus contemporáneos le criticaron porque eran films comerciales que no trataban temas serios y revolucionarios, y efectivamente tenían razón, pero eso no les resta ni un ápice de calidad.

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El Proceso de los Tres Millones surgió a raíz del enorme éxito de una de sus primeras comedias, El Sastre de Torjok (1925), que le animó a seguir especializándose en el género adaptando esta vez una obra teatral del escritor futurista Umberto Notari. El inicio deja bien claro que su acción se sitúa en un tiempo pasado y en un país burgués (y no en la respetable URSS recién surgida) y tiene como protagonistas a tres ladrones: un bribonzuelo de poca monta, un ladrón de guante blanco y un banquero (sí, el banquero es entendido en la película como un ladrón más, lo cual debió gustar a la férrea censura soviética de la época). La trama se inicia cuando dicho banquero consigue vender una de sus casas a unos monjes por la nada desdeñable cantidad de tres millones de rublos, que debe guardar en su caja fuerte a la espera de que llegue el lunes y pueda ingresarlos en el banco. Pero antes de que tenga tiempo de eso, los otros dos ladrones entran en su mansión y uno de ellos se apodera de la cantidad y el otro es detenido injustamente. Para cuando la noticia sale a la luz, el ladrón acusado es visto por el público no como un criminal sino como un héroe.

Una de las claves indudables de la película son sus actores protagonistas. Igor Ilinski, que desarrollaría una importantísima carrera teatral, prefirió utilizar el cine como un medio en que explotar su faceta más cómica, con un personaje bobalicón e inocente en la línea de Harry Langdon que resultara de gran atractivo para el público. Ya había protagonizado con éxito El Sastre de Torjok (1925) y aún volvería a repetir con Protazanov en la magistral La Fiesta de San Jorge (1930). Lo mismo sucede con el ladrón de guante blanco, Anatoli Ktorov, que también repetiría papel junto a Ilinski y a las manos de Protazanov en el último film mencionado. Se nota que Protazanov era un director que sentía mucho interés por los actores: en sus películas suele conseguir excelentes actuaciones y además volvía a trabajar con aquellos que más le gustaban. Esta pareja protagonista funciona a la perfección y no es de extrañar que Protazanov volviera a juntarlos unos pocos años después en dos papeles casi idénticos.

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Ilisnki es quien tiene los momentos más marcadamente humorísticos, con sus intentos de robo tan ineptamente torpes que lo convierten a nuestros ojos en un ser entrañable. Ktorov en cambio deslumbra por su elegancia y su práctico cinismo. La escena en que más destaca para mi gusto es aquella en que se queda a solas con la mujer del banquero y la convence para que le deje llevar a cabo el robo con su complicidad: primero bajo chantaje (puesto que sabe que él tiene un amante), luego consigue seducirla con su elegancia fingiendo incluso un posible suicidio con una pistola que resulta ser un mechero. Resulta absolutamente obvio lo que pretende, pero transluce tal encanto que entendemos que ella se deje seducir para siempre por ese desconocido.

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En el tramo final, el robo de los tres millones es visto como un acto heroico por la sociedad y se aplaude al ladrón detenido como un héroe (¡incluso los monjes que pagaron esa cantidad al banquero le exculpan!). La ironía del guión estriba en que mientras se dedicaba a cometer pequeños hurtos era considerado un delincuente, pero al robar tres millones es convertido en objeto de admiración hasta el punto de que los abogados se pelean por representarle (divertidísimo el detalle de que vaya robando a cada abogado su reloj, de forma que acaba teniendo un manojo). El clímax tendrá lugar en la escena del juicio, que acaba convirtiéndose en un auténtico caos en que la gente saca a relucir sin tapujos su faceta más codiciosa cuando los billetes del maletín de los tres millones empiecen a volar por toda el recinto. Para entonces, nuestros protagonistas ya no nos parecen tanto unos delincuentes como dos tipos que han dado rienda suelta a un instinto que comparten con el resto de personas.

El film fue otro éxito para Protazanov y sus protagonistas y, de nuevo, fue visto con malos ojos por algunos críticos y cineastas por no ser más que una comedia intrascendente. Nosotros, que no cometemos el error de ver la comedia como un género menor y que en nuestro contexto actual entendemos que el cine no tiene por qué servir como herramienta política, podemos disfrutarla sin esos prejuicios por su calidad y su tono humorístico. De hecho podría decir sin tapujos que es una de mis comedias mudas favoritas de la época.

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