Alfred Hitchcock según Michael Powell

michael powell

Hace un par de años rescatamos para ustedes un fragmento de la extensa e imprescindible autobiografía del magnífico cineasta Michael Powell en que éste hablaba de sus experiencias trabajando con el director Rex Ingram. Por si alguno de ustedes no se siente motivado para leer el libro en cuestión, A Life in the Movies (en mi opinión uno de los mejores escritos sobre el mundo del cine desde dentro), les rescatamos otro fragmento en que el futuro realizador de Las Zapatillas Rojas (1948) habla de sus primeros encuentros con Hitchcock durante el rodaje de una de sus obras mudas.

Más adelante, Powell ayudaría a Hitchcock en el rodaje de La Muchacha de Londres (1929) y llegó a atribuirse la idea de situar la persecución final en el Museo Británico, que causaría un gran impacto al ser un sitio muy conocido por el público. Según Powell, luego Hitchcock reutilizó esa idea situando muchos de sus momentos de mayor suspense en sitios reconocibles como la Estatua de la Libertad, el Monte Rushmore o el Royal Albert Hall.

Pero no nos adelantemos, de momento nos encontramos en 1928 y el joven Powell está intentando abrirse paso en la industria británica. Dejemos que él mismo nos lo cuente:

«Hitch había terminado recientemente una película basada en una obra de Eden Philpotts, La Mujer del Granjero, y se encontraba dirigiendo a Betty Balfour, una imitación inglesa de Mary Pickford, en una comedia llamada Champagne. Se rumoreaba que estaba de todo menos contento. Había firmado un contrato a largo plazo con BIP (British International Pictures) tras el éxito de El Enemigo de las Rubias y El Ring, y por primera vez en su vida, percibía un salario cuantioso. Sin embargo, no tenía control ni elección sobre el tema: tenía que hacer lo que le asignaba el estudio. Odiaba la historia frívola de Champagne; odiaba a Betty Balfour, a la que denominaba un “pedazo de vulgaridad provinciana”, y expresaba su irritación negando la entrada a su plató a los fotógrafos, e impidiéndoles que hicieran fotos para el departamento de publicidad. Cuando uno de ellos llegaba y pedía permiso para tomar una instantánea, Jack Cox, el cámara, gritaba: “¡Apagad los interruptores!”, las luces se apagaban, y entonces Hitchcock se levantaba pesadamente de su silla (era un joven masivo, no alto, pero de más de noventa kilos de peso), tropezaba y tiraba el trípode de la cámara de fotos, que se venía abajo con un gran estrépito. Llevaban un mes así, y nadie sabía qué hacer al respecto. No lo sabía Joe Grossman, el director de estudio que tenía un tic en la cabeza y el hombro. Tampoco John Court Appleby Thrope, el director general de BIP. Ni tampoco John Maxwell, el presidente de la compañía, un abogado escocés, nacido en Glasgow, y ya olvidado, pero que fue uno de los pioneros del cine británico. Todos decían que alguien debía hacer algo con Hitch mientras se mantenían alejados del plató de Champagne y su enfant terrible. Cuando oí esto, supe que era mi oportunidad.

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(…)

Me cargué el trípode al hombro, cogí el maletín e hice una entrada algo ruidosa en el plató de Champagne. Era una escena en la oficina de un director. Betty Balfour estaba solicitando un empleo. Todos me miraron, incluido Hitch, que estaba sentado en su silla de director, jugueteando con los pulgares. Verdaderamente, era el joven más gordo que hubiera visto nunca. Tenía el rostro lozano y rosado; llevaba el pelo oscuro peinado hacia atrás, y estaba vestido correctamente, con un traje rematado con la cadena del reloj que cruzaba el chaleco. Llevaba un sombrero blando. Me observó por el rabillo de sus ojos de cerdito, hundidos en las gordas mejillas. A Hitch no se le escapaba gran cosa con esos ojos de cerdito.
Hitch contaba con un pequeño círculo estrecho y leal (la primera norma de supervivencia para un director), y todos sus miembros imitaron a Hitch y me miraron de forma inexpresiva.

Hitch ya conocía a Harry Lachman, y era probable que supiera o adivinara quién era yo. Cualquiera que hubiera trabajado con uno de los grandes directores americanos era de interés en Elstree [los estudios de cine en que se encontraban]. Cuando acabaron de rodar la escena, dijo: “¡Fotógrafo!”.
“¿Sí, señor Hitchcock?»
“¿Quieres una instantánea?”. Era una escena estática. Negué con la cabeza. La tarde siguió transcurriendo. En dos ocasiones, Hitch miró al nuevo fotógrafo, apremiándolo, pero las dos veces sacudí la cabeza con tristeza.

(…)

Cerca de la hora del té, ocurrió algo interesante y dije: “Me gustaría tomar una instantánea, por favor”.
Jack (Jack Cox, el director de fotografía) miró a Hitch, y éste asintió. Coloqué la cámara frente a los actores aburridos y me dirigí a Hitch, que no se había movido de la silla, donde permanecía sentado como un Buda.
“Señor Hitchcock, ¿le importa si apago algunas luces?”, pregunté.
Jack me miró. Todos me miraron. El técnico de iluminación miró a Jack. Jack miró a Hitch.
Hitch dijo: “Señor Cox, ¿le importa si el fotógrafo apaga algunas de sus luces?”
Yo dije: “Está bien para la película, pero una fotografía no necesita tanta luz. Apaga la número 18, la número 22, la número 29 y los dos arcos»
Hitch movía los pulgares. Se ejecutó la orden. El director de fotografía era un hombre joven, guapo y diligente. ¿Por qué levanta la cabeza de pronto?
Dije: “Señor Cox, ¿podría darme una luz trasera del riel más cercano?
Jack dijo: “La 16. En la señorita Balfour. Expándela.”
Yo dije: “Y un filtro más suave para la señorita Balfour”. Betty parecía agradecida.
Jack encendió un arco de luz y el director de fotografía colocó una tela de seda sobre él.
Le dije a los actores: “’¡Acción, por favor!” Parecían confundidos. Añadí: “¡Representad la escena, y cuando diga ‘¡quietos!’, quedaos quietos! ¡Acción!”. Y comenzaron.
“¡Quietos!” Hice una foto. “¿Podría hacer otra, señor Hitchcock?”
“Muy bien, señor Powell”. Había sabido quién era desde el principio. Lo había subestimado.
Le expliqué a los actores: “Las fotografías venden la historia fuera del cine. Tenéis que sobreactuar en ellas. ¡Acción!”. Captaron la idea y esta vez quedé satisfecho.
“Gracias, señor Hitchcock”.
“Gracias a usted, señor Powell”.

7149Ésta fue la fotografía que tomó el joven Michael Powell

(…)

Volví al plató. Estaban a punto de recoger. Yo hice lo mismo.
Hitchcock se levantó con dificultad de la silla. “¿Querría acompañarnos al señor Cox y a mí a tomar una cerveza, señor Powell? Éste es Eliot Stanard, el autor de esta espantosa película.” (…) Fuimos a tomar una cerveza a un pub grande junto a la estación de trenes. Nunca había probado la cerveza. Nunca había estado en un pub. Había hecho un amigo.»

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