Hace 100 años: las mejores películas de 1922

Efectivamente, amigos lectores, aquí tenemos uno de los artículos que no pueden faltar cada año en su rincón silente favorito (esto es, espero, este humilde blog): el listado de las mejores películas que cumplen 100 años, es decir, los mejores filmes de 1922. Mientras a finales de año las revistas de cine nos desbordarán con listados que siguen esa aburrida actualidad no silente, el Doctor Caligari les propone en el ecuador de este 2022 una selección de las 15 mejores películas que recuerda haber visto en el ya lejano año 1922. Vamos a ello y recuerden que al final del post tienen los links de los listados elaborados aquí en los años anteriores.

No voy a detenerme demasiado en hacer un repaso sobre cómo estaba el panorama cinematográfico en 1922 porque a grandes rasgos sigue las líneas que ya comenté en el post dedicado a 1921. Alemania siguió imponiéndose como una de las cinematografías más importantes no ya de Europa sino del mundo, y es significativo cómo en un par de años ha pasado de tener una presencia testimonial en mis tops a acaparar los mejores puestos (y eso que he evitado repetir más de una película de un mismo director). En contraste, los países escandinavos van cediendo poco su hegemonía, si bien veremos que este año se estrenó uno de los filmes más célebres de su periodo mudo. Cabe decir no obstante que he dejado fuera algunas obras bastante interesantes de esos países como la dickensiana Grandes Esperanzas (Store forventninger, 1922) del danés A. W. Sandberg o la finlandesa Anna-Liisa (1922) de Teuvo Puro, que vi hace unos años en Pordenone.

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Reseñas exprés: Le Diamant Noir (1913) de Alfred Machin, The Whip (1917) de Maurice Tourneur y Napoleon auf St. Helena (1929) de Lupu Pick

Amigos lectores, como supondrán este Doctor no comenta aquí todas las películas mudas que ve en su día a día. Hay muchas que no le dejan gran poso o que sencillamente no le inspiran lo suficiente como para dedicarles una reseña completa. Pero hace poco tuve la idea de que quizá a mis queridos lectores les resultaría útil leer igualmente sobre ellas, aunque fuera una opinión más breve, en la línea de lo que se lleva en estos tiempos de críticas-telegrama. De modo que como experimento he decidido hacer un post de «reseñas exprés» en que hablaré de dos o tres filmes mudos que no me han inspirado para dedicarles un post completo, pero que igualmente creo que pueden ser interesantes para mis lectores por varios motivos.

Esto no sustituirá mis reseñas en el formato habitual, pero si veo que funciona quizá lo repita en alguna que otra ocasión en que tenga dos o tres películas a las que me apetezca dedicarle «solo» un par o tres de párrafos. Sin más dilación, aquí van las tres de hoy:

Le Diamant Noir (1913) – Alfred Machin

Una película del belga Alfred Machin siempre es objeto de interés de este Doctor, pero he de reconocer que el mediometraje Le Diamant Noir (1913) me ha supuesto una decepción. La premisa es como sigue: Ogier, el secretaria de un barón es injustamente acusado del robo del anillo de diamantes de la hija del noble. Nunca adivinarán el verdadero culpable: una urraca que el propio Ogier se trajo a la mansión como mascota a la que le encanta robar joyas. Avergonzado por esa falsa acusación, Ogier opta por empezar una nueva vida en el Congo Belga.

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Rodolfo Valentino y el tango más famoso de la historia

¿No les parece una pena que los jóvenes de hoy día ya no sepan apreciar la belleza y el erotismo del tango? ¡Ah, seguramente este Doctor sea ya un anciano de mentalidad anticuada, pero no puedo dejar de recordar el enorme impacto que tuvo hace un siglo una escena de tango, que se convirtió en una de las más célebres de toda la era muda! Me refiero, por descontado, al baile de Rodolfo Valentino en Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis (The Four Horsemen of Apocalypse, 1921) de Rex Ingram. Desgranemos un poco lo que hay tras esta célebre escena.

El tango es un baile de procedencia argentina que surgió a finales del siglo XIX y que empezó a tener una gran popularidad en Europa poco antes de la I Guerra Mundial. Curiosamente, en Argentina era una danza asociada a lugares de dudosa reputación como prostíbulos, pero cuando llegó a Europa fue inmediatamente adoptado por las clases altas. Imaginen por tanto la cara que pondrían los argentinos de la época al ver a unos refinados franceses bailando una danza que ellos asociaban a los bajos fondos.

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La Dama de la Noche (Lady of the Night, 1925) de Monta Bell

Uno de los muchos motivos por los que este Doctor es un apasionado de la era muda estriba en que los rasgos que hacen de esta una época tan especial uno no los encuentra únicamente en obras de grandes directores o autores (los Fritz Lang, Abel Gance, Erich von Stroheim…). No, incluso cuando uno explora dentro de la obra de cineastas que, en teoría, no eran más que eficientes artesanos de estudio se lleva gratas sorpresas. Lo meritorio no es tanto que fueran capaces de hacer grandes obras (aunque uno sea un mero artesano, no quita que pueda realizar bien su oficio y de vez en cuando dar alguna sorpresa), sino que en sus filmes utilicen de una forma tan destacada e imaginativa el lenguaje cinematográfico aun cuando se supone que no fueran grandes artistas. Dicho de una forma más simple: si uno compara la forma de hacer cine de un buen director pero sin personalidad propia del Hollywood de la era muda con uno actual, creo que la diferencia es abismal. La necesidad de narrar todo con imágenes implicaba que cualquiera que se considerara un buen profesional debía dominar el lenguaje visual y tener un mínimo de creatividad, no era tan fácil escurrir el bulto.

Esto es algo que ha reivindicado de forma muy activa Kevin Brownlow, el historiador por excelencia de la era muda, en sus numerosos textos sobre la materia. Brownlow no solo canta las alabanzas de genios como Abel Gance (su cineasta favorito), que se defienden por si solos por lo obviamente avanzados que están para su época. Él habla también maravillas de gente como Rex Ingram, y Marshall Neilan o reivindica a cineastas que el canon había olvidado como Clarence Brown. Todos ellos, no olvidemos, directores que por entonces estaban en altísima consideración (Ingram concretamente era visto como uno de los mejores realizadores de su época, tal y como ya vimos en su momento en un texto de Michael Powell) y que han caído en el olvido a lo largo de la historia sin que, en muchos casos, todavía hoy nadie se moleste en reivindicarlos. Esta introducción me lleva al que ha sido uno de mis más gratos descubrimientos cinéfilos de los últimos meses: La Dama de la Noche (Lady of the Night, 1925) dirigida por otro de esos «meros directores de estudio» (insisto en las comillas) llamado Monta Bell, del que me he puesto de acuerdo con mi colega, el Doctor Mabuse, para dedicarle ambos una entrada esta semana en nuestras respectivas webs.

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