La Fierecilla Domada (The Taming of the Shrew, 1929) de Sam Taylor

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«Desde los atrezzistas hasta los electricistas, todos eran californianos alegres y bronceados. Los estudios estaban bien iluminados, y cada vez que se rodaba una escena, tocaba una pequeña orquesta para ayudar a los actores a meterse en el papel. Y poco a poco aparecían los cargos pálidos y estresados, que parecían casi de otro planeta, y que sin duda eran los subordinados de la Compañía Eléctrica del Oeste, que estaban instalando el primer plató.

Douglas [Fairbanks] vino un día a mi habitación y me dijo: «Vamos abajo a echar un vistazo al primer plató». Bajamos y vimos las puertas de los grandes estudios abiertas, y en lugar de encontrarnos con un sitio bien iluminado donde todo el mundo trabajaba felizmente, era una especie de cueva espantosa cubierta de mantas, sin luces, con el suelo repleto de alambres y cables serpenteantes, y unos micrófonos amenazadores…
Cuando Douglas asimiló aquello, me puso la mano en el hombro, como solía hacer cuando hablaba conmigo, y entonces dijo: «Laurence, aquí acaba el romanticismo de los rodajes de cine«.

Douglas Fairbanks de Jeffrey Vance

Este texto es la narración de Laurence Irving, el diseñador de producción de La Máscara de Hierro (1929) sobre la visita que hicieron él y Douglas Fairbanks al primer estudio sonoro de la United Artists en 1928.

Fairbanks sería uno de los ejemplos por excelencia de grandes artistas cuya carrera nunca se recobraría del paso al sonoro. Leyendo este texto uno no puede evitar dejarse contagiar del lamento de Fairbanks al ver cómo se perdía una forma de hacer cine que para él era en sí mismo un modo de vida. Desde esa perspectiva, La Fierecilla Domada (1929), su primer film completamente sonoro, es una de esas películas que resultan tan divertidas como tristes según el prisma en que se miren. Obviamente teniendo como base la famosa comedia de Shakespeare, el resultado ya tiene mucho ganado de antemano y resulta francamente entretenida con sus dos protagonistas pasados de rosca. Pero al mismo tiempo, cuando vemos a Douglas Fairbanks riendo y dando saltos no puedo evitar pensar que esto es una especie de obituario, el fin de una era feliz en que reinaba en el mundo. También resulta algo triste ver al matrimonio más famoso del mundo en su única película juntos sabiendo que por entonces su relación ya estaba haciendo aguas. Si nos quedamos solo con lo que hay en la pantalla, La Fierecilla Domada es una entrañable comedia inocente, pero si rascamos un poco y averiguamos lo que hay detrás, resulta una obra algo amarga.

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Douglas Fairbanks y Mary Pickford habían sido en los años 20 dos de las más grandes estrellas del mundo y el gran matrimonio de moda en Hollywood. La simple idea de que ambos protagonizaran una película era el sueño de cualquier productor, pero no se lanzaron a ello hasta que tuvieron que enfrentarse al reto del sonoro. Como tema escogieron La Fierecilla Domada en vez de una historia de amor, partiendo de la idea de que se había escrito y fantaseado tanto sobre su romance de cuento que casi sería de mal gusto hacer una película recreándose en ese imaginario.

Pero, ay, sobre esta adaptación sobrevolaba el gran problema del cine sonoro. Quizá la elección de una obra de Shakespeare era una forma de escudarse con un texto irreprochable. En todo caso, teóricamente ni Doug ni la Pickford deberían tener nada que temer: ambos habían empezado sus carreras en el teatro y por tanto sabían pronunciar bien sus diálogos y sus voces además eran adecuadas (aunque la de Pickford quizá evidenciaba demasiado que su edad ya no encajaba con el perfil de «novia de América»). Pero el problema era más profundo: no importaba tanto si sabían hablar bien o no, sino que en la era muda los actores tenían un aura especial y casi mágica. Las voces los convertían en seres irreales, les quitaban ese aura mítica que tenían cuando eran sólo imágenes.

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También el rodaje de películas perdió su encanto, como hemos visto en el framento de arriba. Y de hecho uno de los problemas del rodaje de La Fierecilla Domada es que el siempre entusiasta Fairbanks perdió su entusiasmo. Los rodajes ya no eran sitios bulliciosos, divertidos y ruidosos. Ahora había que guardar silencio ante el micrófono, el nuevo dios a respetar. Doug se quejaba de que no podía moverse con libertad por el escenario dando grandes zancadas porque ese ruido lo captaban los micrófonos. Desde su punto de vista, el cine dejó de ser algo estimulante.

Pero no obstante, y pese a no entenderse con el director Sam Taylor (escogido por haber filmado con éxito la primera película sonora de la Pickford), hizo aquí un gran papel que es puro Fairbanks. Es divertido, enérgico y optimista, como se espera de él, y de los dos protagonistas es el que sale claramente mejor parado (como ejemplo destacamos la escena de la ceremonia, donde muestra su faceta más pícara y divertida). A cambio hay que reconocer que Pickford tiene un papel más arriesgado al alejarse del tipo de personajes encantadores e inocentes en que se había especializado y encarnar a una mujer caprichosa y con un carácter temible.

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De los dos, Pickford parecería que sería la mejor parada fuera del cine mudo, ya que de hecho su anterior film sonoro, Coquette (1929), había sido un enorme éxito de taquilla que además le reportó un Oscar. Pero en realidad tanto la carrera de uno como de otro se desvanecieron con los años. Pickford lo intentó con un par de películas más (incluyendo una tentativa de adaptación en color de Alicia en el País de las Maravillas absolutamente inapropiada para una mujer que rozaba los 40 años) y pronto se retiró dedicándose únicamente a la producción. Fairbanks insistió más probando incluso curiosidades como un documental titulado Around the World in 80 Minutes with Douglas Fairbanks (1931), que más que mostrar nuevas inquietudes era un reflejo de sus intentos desesperados por encontrar una manera de congraciarse de nuevo con su público.

Por otro lado, la gran pareja por excelencia de Hollywood se divorciaría en 1933, poco tiempo después de haber protagonizado su única película juntos. La Fierecilla Domada es de esta forma tanto una comedia como el documento del inicio del declive de sus dos protagonistas, su último guiño a la pantalla como el matrimonio más glamouroso de Hollywood antes de que su relación y su carrera acabaran decayendo.

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