100 años de la fundación de la United Artists

Una de las efemérides cinéfilas más interesantes de este año es el centenario de la fundación de la United Artists, una compañía que nació como un sueño de algunos de los principales artistas de Hollywood de la época y que luego tuvo una vida más bien agitada a lo largo del tiempo. Aquí nos centraremos principalmente en sus orígenes y en la relación entre los principales instigadores de esta idea: Charles Chaplin, Douglas Fairbanks, Mary Pickford y D.W. Griffith.

A finales de los años 10 ellos eran los creadores de algunas de las películas más exitosas del mundo, por descontado todas realizadas en el seno de algún estudio de Hollywood que, aunque les pagaba unos sueldos enormes, era quien controlaba sus filmes. La primera idea de lo que sería la futura United Artists empezó a cobrar forma muy probablemente en el tour que dieron por todo el país en 1918 Chaplin, Fairbanks y Pickford para recolectar bonos para la I Guerra Mundial. Por aquel entonces Fairbanks y Pickford ya estaban profundamente enamorados, mientras que Chaplin tenía muy buena relación con la pareja, especialmente con Doug. La idea de asociarse tres personas de innegable talento que tenían una buena relación entre sí debía ser tentadora, pero al poco tiempo surgió una circunstancia que les animó a dar el gran paso.

Por aquel tiempo llegó a sus oídos que estaba propiciándose un pacto entre los principales estudios de Hollywood con la finalidad de controlar todo el proceso de producción y distribución y, sobre todo, frenar los cada vez más astronómicos sueldos que ganaban las grandes estrellas en aquel momento. Que los contratos de Fairbanks y Pickford con sus respectivos estudios estuvieran cerca de expirar y nadie les hubiera hecho ya una oferta para mantenerlos en plantilla era como mínimo sospechoso dado su enorme potencial en taquilla.

Aliados con el director más importante del momento, D.W. Griffith, y con otra gran estrella, el actor de westerns William S. Hart, contrataron a detectives para que espiaran los movimientos de los jefes de los principales estudios, que en aquellas semanas estaban teniendo misteriosas reuniones entre ellos. Sus sospechas se confirmaron y decidieron contraatacar. Según Chaplin, inicialmente todo era una estratagema para asustarles y no tenían pensado realmente hacer la compañía: simplemente se reunieron todos en un popular restaurante donde serían vistos por periodistas y gente importante del negocio para hacerles temer la posibilidad de una asociación idéntica a la que ellos tenían en mente… pero entre artistas. El caso es que una vez vieron el revuelo que se armó pensaron: ¿y por qué no? Y ahí nacería la United Artists.

Con William S. Hart bajándose por entonces del carro, Griffith, Pickford, Chaplin y Fairbanks anunciaron en enero de 1919 la formación de su propia compañía para distribuir las películas producidas por ellos de forma independiente. Para enfatizar la idea de que ésta era una compañía creada por artistas para dar rienda suelta a su talento decidieron bautizarla como United Artists, que se oficializó en abril de 1919. Ante tamaña bomba, el presidente de la Metro, Richard A. Rowland, diría la famosa frase de que «los lunáticos han tomado el manicomio«.

La idea en sí misma era irresistible para cuatro personas como ellos que no solo tenían un innegable talento sino que además anhelaban tener libertad creativa para hacer las películas que ellos quisieran y como ellos quisieran. La idea era hacer menos obras pero de más calidad y evitar la distribución en bloque que practicaban los grandes estudios (es decir, vender las películas a las salas de cines en packs, obligándoles a quedarse con filmes que a éstos no les interesaban demasiado para poder conseguir las obras realmente buenas, una práctica muy eficiente desde el punto de vista económico para los grandes estudios, que producían material cinematográfico de desigual calidad de forma masiva). Hasta ahora todo sonaba bien, pero de entrada tenían un problema: todos menos Fairbanks debían todavía algunas películas a sus estudios por contrato, de modo que cuando se formó la United Artists solo éste podía aportar material a la compañía, lo cual era toda una responsabilidad. Pero no se preocupen, Fairbanks, optimista inveterado, pudo superar con creces el reto y ese mismo 1919 estrenaría la primera obra de la United Artists, His Majesty The American (1919), que fue un gran éxito de taquilla.

A los cinco años Griffith ya había dejado la compañía haciendo que a la práctica sus propietarios pasaran a ser Pickford, Fairbanks y Chaplin. La situación se volvió difícil y los tres socios se vieron obligados a contratar como presidente al productor Joseph Schenck para que les ayudara en los complejos temas económicos que suponen llevar adelante una gran compañía mientras ellos se concentraban en sus películas. Aunque Chaplin vio con malos ojos lo que a su parecer era una intrusión, lo cierto es que Schenck les ayudó consiguiendo acuerdos con otros productores independientes (por ejemplo, Samuel Goldwyn), además de traer consigo las películas de su mujer, la célebre actriz Norma Talmadge, y las de su cuñado, un cómico llamado Buster Keaton que cada vez iba haciéndose más célebre. Si algo necesitaba desesperadamente la United Artists era más material, ya que los filmes de los tres principales socios requerían su tiempo.

La primera aportación de Chaplin a la United Artists fue, ay, uno de los pocos fracasos económicos de su carrera: el excelente drama Una Mujer de París (1923), donde se pudo permitir trabajar solo como director y no como actor, un lujo que difícilmente le habría concedido cualquier otro estudio. Pero el público quería a Charlot, y para su siguiente entrega volvió a la comedia por la puerta grande con La Quimera del Oro (1925), cuyo apabullante éxito contribuyó a paliar la crisis de la compañía y los años que había tardado en poder aportar obras propias.

 

En realidad el buen entendimiento entre los tres principales socios de la compañía dependía de una persona y ése era Douglas Fairbanks. Chaplin y Pickford tenían caracteres muy fuertes que tendían a chocar con facilidad, pero ambos coincidían en adorar a Doug: Chaplin le consideraba uno de sus mejores amigos y siempre le enseñaba a él antes que nadie sus películas, mientras que Pickford era su esposa. Mientras Doug siguiera ahí como elemento conciliador, todo iría bien. Pero por desgracia a principios de los años 30 la situación se complicó: Doug y Mary se divorciaron, y por otro lado la carrera de Fairbanks se vino abajo con el sonido (también, cabe decirlo, a causa de su edad) y éste perdió el interés por la compañía, donde seguía casi por compromiso. Aquí empezarían las célebres peleas entre Chaplin y Pickford, dos artistas que en realidad tenían mucho en común (unos orígenes muy humildes y una carrera labrada por ellos mismos gracias a mucho esfuerzo y tenacidad) pero cuyos caracteres no encajaban.

En su autobiografía, Pickford no esconde los problemas que tuvo con Chaplin. Ella afirmaría: «Mi relación con Charlie a lo largo de los años ha sido extraña e impredecible, fluctuando entre afecto mutuo y admiración, y un intenso resentimiento y hostilidad» y más adelante añadiría que «por muy profundamente que respeto el talento y la amistad inicial de Charlie Chaplin, nada en el mundo me llevaría a volver a vivir los agonizantes años que sufrí con él como socio«. La principal queja de ella es que Chaplin siempre era reticente a los cambios o a dejar que otros socios con experiencia comercial intervinieran en la compañía. Por ejemplo, con la llegada del sonoro, Pickford estaba convencida de que deberían modernizarse y adaptarse a ese cambio al instante… y mientras tanto, Chaplin hacía su obra muda Luces de la Ciudad (1931).

Desde el punto de vista de Chaplin, en su autobiografía da una imagen muy mordaz de Pickford burlándose de lo implicada que estaba en temas financieros: «Me sorprendió la sagacidad legal de Mary y su conocimiento de los negocios. Comprendía todos los artículos sobre fundación de sociedades, y nuestros estatutos, la discrepancia legal que aparecía en la página 7, párrafo A, artículo 27. Y con gran serenidad se refirió a la redundancia y contradicción del párrafo D, artículo 24. En esas ocasiones me entristecía más que me asombraba; aquel era un aspecto de «la novia de América» que no conocía«. No obstante, cabe decir que Chaplin no es muy justo con ella, fíjense como poco después dice algo parecido de su buen amigo Doug pero en este caso lo refleja como algo positivo: «Mi participación en aquellas reuniones de negocios era nula. Afortunadamente, mi hermano era tan astuto en ese terreno como Mary; Douglas, que adoptaba un aire despreocupado, era más listo que ninguno que nosotros. Mientras nuestros abogados discutían tecnicismos legales, Douglas solía hacer cabriolas como un colegial; pero cuando leían los artículos de los estatutos de la sociedad no se perdía ni una coma«. En definitiva, a Chaplin le gustaba venderse a sí mismo como un artista puro despreocupado por los negocios en contraste con la fría y metódica Pickford, y aunque algo de eso hay, no deja de ser un cuadro que él pinta de forma interesada a su beneficio cuando seguramente ambos tenían su parte de razón.

Tras la muerte de Douglas Fairbanks en 1939 la relación entre ambos llegó a su peor momento. Pickford ya no hacía películas pero seguía siendo la principal socia de la compañía junto a Chaplin en un 50% cada uno, lo cual provocaba que para cualquier decisión tenían que ponerse de acuerdo los dos… algo que casi nunca sucedía. Ella afirmaba que Chaplin era alguien caprichoso que únicamente buscaba llevarle siempre la contraria a todo, mientras que éste se apoyaba en el hecho de que todas sus películas hasta la fecha habían triunfado, y que por tanto no había que preocuparse por temas de negocios, la compañía tiraría siempre adelante.

Cuando Monsieur Verdoux (1947) fracasó la cosa se puso muy fea. Ambos eran socios de una compañía que había contraído una deuda de un millón de dólares, pero eran incapaces de ponerse de acuerdo: ante la idea de vender uno su parte al otro, no llegaban a ningún arreglo respecto al precio; ante la posibilidad de vender parte de la compañía a otros inversores, tampoco se decidían sobre las condiciones. Finalmente en 1951 acabarían vendiendo su parte y cuatro años después Chaplin se desharía definitivamente de los pocos intereses que le quedaban en la United Artists. Resulta un poco triste pensar que esta compañía creada bajo el emblema de «artistas unidos» acabara precisamente con los dos únicos supervivientes del acuerdo inicial peleados e incapaces de sacar adelante la compañía. No obstante, fue un bonito sueño mientras duró.

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