Raggio di Sole (1912)

Pocos cortometrajes de los primeros años del cine se me ocurren más apropiados en medio de esta ola de frío que Raggio di Sole (1912), cuyo autor desconocemos pero sabemos que fue producido en Turín por la Società Anonima Ambrosio. El protagonista es el Príncipe Carámbano (al menos así es como se le conoce en la versión traducida al español que nos ha llegado), que se siente desdichado sin remedio. El rey lo intenta todo para animarle, como que los cocineros de la corte le preparen los más deliciosos manjares, pero es inútil, lo que el príncipe anhela es un rayo de sol. Un día, se le aparece dicho rayo en forma de una bella muchacha y decide partir en su búsqueda.

Raggio di Sole es un cortometraje simpático y muy entrañable que, si bien no compite con las mejores obras de su época, tiene un buen trabajo de escenografía y algunos detalles remarcables, como el trono de la muchacha a la que busca el príncipe rodeado de leones y, sobre todo… ¡pingüinos tirando de un trineo! O, mejor aún, tipos disfrazados de pingüino tirando de un trineo:

Así pues, si ustedes también están sufriendo esta ola de frío, les animo que dediquen unos minutos a esta historia mientras fantaseamos con el retorno de los rayos de sol.

Por cierto, por una curiosa coincidencia existe una película de idéntico título (aunque con argumento totalmente distinto) de ese mismo año: Un Rayon de Soleil (1912), una comedia francesa de la que ya hablé en su momento.

2 comentarios en “Raggio di Sole (1912)

  1. Muy divertido, aunque parte de su diversión venga de la actitud, casi punk, «me importa un pimiento todo» de muchos elementos (el repentino cambio, de un plano a otro, del interior polar a un exterior campestre; los cocineros con peinado y con bigote al estilo de la época en un ambiente que oscila entre lo medieval y el siglo de las luces, según los ropajes y pelucas que encontraron en el almacén, etc). Realmente tierno, primitivo (incluso para la época) y con un toque entre poético y nosecomodecirlo, con lo del rayo de luz, un hallazgo de una rara belleza. Claro está, la escena más memorable es, por derecho propio, la de los pingüinos. Gracias por estas sorpresas*

    • Esa actitud que tú calificas de casi punk a mí es algo que me encanta del cine de esos primeros años, con esa inocencia que me recuerda a esas representaciones teatrales escolares en que no importa que se vean los cables de los que cuelgan los niños que hacen de ángeles o que el attrezzo sea descaradamente falso, tú entras en el juego, te dejas llevar por la ilusión y disfrutas del conjunto. Esos fallos en películas posteriores nos parecerían imperdonables, pero aquí todo desprende un clima de sana, genuina y sobre todo inocente diversión con la que soy incapaz de no caer rendido.

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