Le Giornate del Cinema Muto de Pordenone 2018 (II)

6 de octubre – Cuando Lotte Reiniger hacía anuncios de Nivea

Las primeras proyecciones del festival siempre se me hacen un poco extrañas. Quiero decir, la ceremonia de inauguración, donde se presenta el evento y se nos da la bienvenida, es el sábado por la noche. De modo que las sesiones que hay ese mismo sábado por la tarde, antes de que se haya inaugurado oficialmente el festival, siempre me han parecido un poco que están en tierra de nadie, pero deben ser tonterías de este Doctor.

Ah, no hay nada como reencontrarse de nuevo con el Teatro Verdi después de un año (su olor, sus butacas demasiado estrechas para la gente de piernas largas, el timbre avisando del inicio de cada sesión…). Me encantan las primeras proyecciones de cine primitivo de Pordenone, cuando uno todavía no se ha habituado al estilo y las convenciones de ese tipo de obras y las recibe con cierta frescura. Con esto no digo que más adelante uno se canse de ver películas mudas (¿qué clase de monstruo se cansaría de ver cine mudo?) sino que tras varios días de empacho silente llega un momento en que uno se acostumbra a los tics y el estilo de estas obras viéndolos casi como algo normal, y no con la fascinación inicial que nos suscita ese tipo de cine y que se hace patente sobre todo en las primeras sesiones a las que uno asiste.

Eso fue lo que me vino a la cabeza mientras disfrutaba de la primera sesión, correspondiente al ciclo dedicado a Balzac con tres adaptaciones realizadas el mismo año (1909) de la historia La Grande Bretèche, en que un noble cree sorprender a su mujer en su habitación con un amante y cuando irrumpe éste se esconde en un pequeño cuarto. Fingiendo no saber lo que está pasando, el marido se venga tapiando la puerta del cuarto en que su rival está encerrado y muere asfixiado. Esta breve sesión compuesta de tres cortometrajes resultó muy interesante como comparativa de un mismo argumento realizado en Italia (Spergiura!), Francia (La Grande Bretèche) y Estados Unidos (The Sealed Room). La versión más vistosa seguramente sea la italiana, ayudada por unos bellos planos de exteriores, que contrasta con la americana, realizada totalmente en interiores y que, pese a ser obra de Griffith, todavía no muestra hasta qué punto podía llegar su destreza como realizador. La francesa es quizá la más equilibrada de las tres.

Le siguió la proyección de La Caravana de Oregón (The Covered Wagon, 1923) de James Cruze, considerado el primer gran western de la historia del cine, que este Doctor se saltó por haberla visto casualmente hace poco. No obstante, decir como mínimo que es uno de los grandes westerns épicos de la era muda documentando el largo viaje de una caravana de familias hacia el oeste enfrentándose a todo tipo de peligros, y que si bien en lo que se refiere a la descripción de los personajes resulta algo tópica, es un entretenimiento de primer nivel cuyo rodaje daría para otra película, puesto que durante toda la filmación en exteriores sus participantes prácticamente vivieron como los emigrantes a los que encarnan.

Seguidamente vino nuestra primera toma de contacto con el ciclo dedicado a Mario Bonnard, actor, productor y director italiano con una extensa carrera que llegaría hasta los años 60. Las primeras muestras que se nos ofrecieron fueron dos de sus obras iniciales como actor: los ocho minutos que sobreviven de un ambicioso proyecto llamado Satán (1912) con algunas imágenes muy sugerentes de la pasión de Cristo (la sombra de los carceleros dando latigazos a Jesucristo) y la adaptación de la leyenda germánica Parsifal (1912), en que Bonnard interpreta un personaje secundario pero crucial, el Rey Amfortas, encargado de custodiar el Santo Grial pero caído en desgracia al dejarse tentar por el pecado. Pese a su hora de duración la película se resiente un poco por su falta de ritmo y destaca sobre todo por los numerosos exteriores y el uso de efectos especiales.

Por cierto, ¿les he dicho ya que este año muchas de las sesiones van precedidas de un anuncio de la época muda, especialmente aquellos centrados en productos dirigidos muy concretamente o bien para hombres o bien para mujeres? Uno de los que vi hoy fue una absoluta maravilla: un cortometraje animado de Lotte Reiniger que tenía toda la apariencia de un cuento que explica la historia de amor entre dos nobles… para al final de repente anunciarnos las maravillas de la crema Nivea. El shock que supone el cambio de un contexto de cuento a la irrupción del producto anunciado está muy bien conseguido y de hecho a nivel técnico el trabajo de Reiniger es magnífico. Este tipo de detalles demuestran que el festival de Pordenone está siempre lleno de sorpresas.

Baby Peggy es una de las personas más queridas por el festival de Pordenone, en parte por ser una de las pocas supervivientes de la era muda con vida (cumple 100 años este 2018), de modo que poder estrenar un corto suyo descubierto hace poco era más que apropiado. Our Pet (1924) se compone de dos partes diferenciadas: la primera sigue el rollo a lo Solo en Casa (1990) de «niño haciendo la vida imposible a un ladrón que ha entrado en su hogar», mientras que la segunda nos muestra a Baby Peggy atendiendo a un montón de jóvenes pretendientes (¡!) y escondiéndolos por la casa. Personalmente me parece bastante más divertida la primera parte pero en general es bastante ameno.

La gran proyección de inauguración fue Captain Salvation (1927) de John S. Robertson, que nos hizo reencontrarnos con un viejo amigo, el actor sueco Lars Hanson (fue el rostro por excelencia de la edición del año pasado), que se hallaba por entonces trabajando en Hollywood. Aquí encarna a Anson, un joven lleno de vida que cuando regresa a su pueblo pesquero a reencontrarse con su amada choca con el ambiente puritano que impera allá. Cuando tras un naufragio rescata a una prostituta que iba en el barco y se encarga de cuidarla personalmente, toda la gente del pueblo (especialmente su puritano tío) le dará la espalda, provocando un grave conflicto entre él y su prometida. Harto de todo, Anson decide acompañar a la prostituta en el barco que ésta escoge para largarse del pueblo, que es en realidad una galera de prisioneros donde se los trata con una enorme crueldad.

Pese a que yo inicialmente me pensaba que se trataba de una película de aventuras marítimas, en realidad Captain Salvation es un filme sobre la fe: sobre la pérdida de fe de Anson desencantado con la maldad que hay en el mundo o la hipocresía de los mal llamados cristianos que se niegan a atender a la mujer de mala vida. No falta por eso un villano maravillosamente detestable (excelente Ernest Torrance, el único que se acerca a hacer sombra a Lars Hanson) y una escena de lucha muy bien recreada, pero el momento más chocante de la película tiene que ver con el drama, cuando Anson le dice a la prostituta que solo quiere ayudarla y ésta responde «Mi padrastro también me dijo en una ocasión que me quería ayudar…. menos mal que el bebé murió«. No me viene a la cabeza ninguna otra película del Hollywood de la época con una frase tan cruel.

Se trata pues de una obra notable, a la que quizá le echo en falta que la trama se extendiera un poco más en el escenario del barco de prisioneros. Por otro lado el filme contó con una banda sonora compuesta expresamente para la ocasión por Philip C. Carli e interpretada por una orquesta que le dio a la sesión un tono épico extra que engrandeció aún más la película

Y entre dos películas especialmente intensas, qué mejor que un par de divertidos cortometrajes de cine de los orígenes: Plus de Chauves (1912), sobre un crecepelo infalible con un protagonista muy divertido, y Un Rayon de Soleil (1912), en que un enfermero deja tirado al anciano al que llevaba en su silla de ruedas y éste, para seducir a una mujer, se acaba levantando de la silla  – al final es él quien acabará llevando al enfermero borracho de vuelta. En dicho corto hay además un contraplano muy interesante del enfermero observando al anciano intentando ligar que me chocó por ser un cambio muy súbito de la posición de la cámara. Es ese tipo de detalles que a uno le gusta descubrir en filmes de esa época, en que el cine estaba todavía abandonando poco a poco su estatismo.

Cerramos el día con el primer filme del festival de John M. Stahl, Her Code of Honor (1919). Si algo revela ya esta película es ese estilo tan exquisito y elegante que tenía Stahl para el melodrama, de una gran sensibilidad pero evitando excesos interpretativos…. que no de guion, como iremos viendo. La historia empieza con la clásica trama de una mujer que descubre que su amante en realidad ya está casado, una situación con muchas reminiscencias de la excelente La Usurpadora (1932) de su época sonora. A partir de aquí se produce un gran salto en el tiempo y el argumento se centra en la hija de esa mujer, que va a vivir también un romance fatídico. Se trata de una obra notable, cuyo buen gusto se nota hasta en los rótulos, pero que tampoco llega a destacar excesivamente… esperemos que eso suceda en otras obras del ciclo.

  • Joya a descubrir: Captain Salvation (1927).
  • Momento más divertido: el anuncio de Nivea de Lotte Reiniger… ¡hasta me han dado ganas de comprar un bote al salir del cine!
  • Detalle a destacar: cuando en el corto de Baby Peggy el padre quiere quedarse con el dinero de la recompensa que su hija se ha ganado, no pude evitar pensar con tristeza que esa situación refleja perfectamente lo que le estaba pasando en realidad a la pobre Baby Peggy.

7 de octubre – Nadie esperaba al Ku Klux Klan

Al igual que han hecho en otras ediciones, este año los programadores de Pordenone han decidido que empezaremos cada día con un par de capítulos de un serial, en este caso el serial que todos estábamos esperando sobre… ¡la vida de Abraham Lincoln! Personalmente me sería difícil escoger cuál es mi presidente de los Estados Unidos favorito habiendo tantos candidatos excéntricos a lo largo de su historia, pero no hay duda de que el más querido por el pueblo americano probablemente sea el bueno de Abe. Tal es así que a principios de siglo había actores especializados en caracterizarse de Lincoln, como era el caso de Benjamin Chapin, un intérprete teatral que decidió realizar un serial biográfico sobre la vida del presidente narrando los hechos que modelaron su carácter. Lo que sucede es que el señor Chapin tenía un ego tan descomunal que se acreditó a sí mismo en todos los roles importantes incluyendo el de director, cuando en realidad muchas de estas películas las dirigió un cineasta primerizo llamado… ¡John M. Stahl! Efectivamente amigos, el serial de Lincoln es una parte más del ciclo dedicado a Stahl.

Los dos primeros episodios que vimos fueron My Mother (1917) y My Father (1917) que, como habrán adivinado audazmente, tratan sobre la relación que tenía Abe de pequeño con sus progenitores. El dedicado a su madre es el menos interesante de los dos, demasiado sentimental y con un argumento más débil. Es más, la escena inicial en que un Lincoln adulto rememora su infancia es tan gratuita que tengo la impresión de que está añadida solo para que Chapin pueda llevar, ni que sea un rato, su famosa caracterización de Lincoln (luego en el flashback encarna al padre de Abe). A cambio el segundo es mucho más interesante, el episodio «contemporáneo» que da pie al flashback sí que está mejor integrado con los recuerdos del protagonista y la historia está más conseguida, dando pie a un desenlace en que el padre de Lincoln acaba respetando que su hijo prefiera la lectura a liarse a puñetazos (curiosamente tengo entendido que Lincoln era un muy buen luchador). Y pese a que Chapin vaya sobrado de ego (su nombre aparece no sé cuántas veces en los créditos iniciales) realmente hace un muy buen trabajo como Lincoln senior, que me gusta especialmente en pequeños gestos como la forma de devolver a su hijo los libros que había tirado, que no sabe donde colocar por sentirse avergonzado.

Tenemos más John M. Stahl, en este caso ya de su etapa consagrada años después trabajando para Louis B. Mayer. Recordemos que pese a que hoy día está en el semiolvido, en los 20 era uno de los cineastas más prestigiosos de Hollywood, e incluso las revistas de cine anunciaban con detalle sus siguientes producciones, que solían estar protagonizadas por grandes actrices del momento. Fue con estos filmes que Stahl se ganaría el apelativo de director de melodramas y de películas «para mujeres». En el caso de Sowing the Wind (1921) efectivamente cuenta con una gran estrella, Anita Stewart, y un argumento que no deja dudas del género en que nos encontramos: Rosamond es una chica que sale del colegio de monjas donde estaba estudiando para hacer una visita sorpresa a su protegida, que es la anfitriona de una casa de juegos y chicas de vida disipada. Como supondrán, es imposible que nada salga bien a partir de esa premisa: Rosamond, escandalizada se escapa de la casa sin saber que su protegida en realidad es su madre, pero tiene suerte y se convierte en una actriz famosa y se enamora de un chico encantador. No obstante, nuevos problemas impedirán que alcance su felicidad, entre ellos que el padre adoptivo de su chico se niegue a que éste se case con una actriz («No es una mujer, es una actriz» podría ser una de mis frases favoritas leídas hoy).

Sowing the Wind es una película desigual pero aun así muy interesante y repleta de ideas a comentar. Tenemos por un lado la misma premisa que subyacía en la película de Stahl de ayer: los padres haciendo que sus hijos paguen por los errores que ellos cometieron. Pero aquí hay más donde rascar: el tema de los padres (sobre)protegiendo a sus hijos (tanto la madre de Rosamond como el padre adoptivo de su prometido hacen infelices a sus hijos por querer sobreprotegerlos), la hipocresía típica de las clases altas y, lo más sorprendente de todo, unas generosas dosis de feminismo, con Rosamond denunciando cómo los hombres hacen lo que les da la gana con las mujeres, dejando que éstas paguen las consecuencias. Es un buen filme en que se agradece que los diversos conflictos que aparecen no sigan el camino típico de folletín sino que se vayan solucionando uno a uno con cierta lógica, o que Stahl tenga el buen sentido de aliviar los momentos de tensión con contrapuntos cómicos (hay de hecho un personaje diseñado específicamente para esa función que lo hace muy bien); pero a cambio el filme dura demasiado (105 minutos) y la última media hora el guion directamente pierde el norte enredándose de mala manera. No obstante, me ha gustado y la encuentro realmente muy interesante y recomendable.

En todo caso hoy el país ganador ha sido claramente Alemania, lo cual tampoco es de extrañar dado el nivel de su cine en la era de Weimar. Pero curiosamente una de las películas germanas estaba dirigida por un italiano, Mario Bonnard, del cual ya vimos ayer un par de obras como actor y que hoy nos sorprende como director de un bergfilm o película de alpinismo, un género muy popular en Alemania. Se trata de Der Kampf uns Matterhorn (1928), un proyecto pensado por el actor especialista en el género Luis Trenker en que esperaba documentar un hecho real: la conquista en 1865 del último pico de los Alpes al que nadie había llegado aún. No obstante, como de costumbre, los productores pensaron que los hechos reales sobre la heroica conquista llena de peligros de un pico de los Alpes no parecían suficiente emocionantes e obligaron a introducir una historia de amor. De modo que Der Kampf uns Matterhorn acaba siendo la historia de un triángulo amoroso en que dos hombres pelean por la misma mujer y por la misma montaña (de hecho luego hay otro triángulo igual de curioso entre el protagonista, su mujer y la montaña, en que la pobre jovencita no entiende que su esposo prefiera un imponente macizo rocoso inalcanzable antes que estar con ella).

Como suele suceder en los bergfilm, cuando dos hombres se pelean, en vez de solucionar las cosas discutiendo o a puñetazos simplemente se van a escalar juntos. Es cierto que la trama es bastante estúpida, como suele ser habitual en el género, pero yo siento debilidad por estas películas y las numerosas escenas de escaladas son impresionantes (en los momentos de más tensión el público de la sala soltó más de una exclamación fruto de los nervios). Der Kampf uns Matterhorn es otro ejemplo de lo maravilloso que era el cine mudo en sus últimos años de vida, con ese estilo tan visual que hacía casi accesorio el uso de rótulos. Bonnard aquí demuestra que era un director extraordinario y tengo curiosidad por ver qué películas hizo antes de adquirir esta maestría tras la cámara. Pero lamentablemente el filme comparte el mismo fallo que el largo que vimos hoy de Stahl: le sobra media hora. De hecho sucedió algo extraño: llega un punto de la película en que parece que ésta ha acabado, puesto que el conflicto se ha solucionado y todos son felices… pero resulta que viene media hora más absolutamente reiterativa que además narrativamente es totalmente precipitada y torpe. Para colmo leo en el catálogo que esta media hora es la parte basada en hechos reales en la que Trenker quería basarse, como si al llegar a la hora y media de metraje se hubieran dado cuenta de que les faltaba por contar el verdadero argumento de la película y lo hubieran despachado en 30 minutos. Una pena, porque es una muy buena obra que no acaba de ser redonda por ese motivo.

A cambio la otra muestra germana de la noche no tiene ese defecto, de hecho es la clara ganadora del día: La Antigua Ley (Das Alte Gesetz, 1923) de E. A. Dupont. Aunque Dupont va a estar de por vida asociado a Varieté (1925) – una muy buena película pero que no veo como una de las grandes de la era de Weimar – el filme que hemos visto hoy es sin duda superior. Ambientado en un ghetto judío del siglo XIX, narra la historia de Baruch, el hijo de un rabino cuya mayor aspiración en la vida es ser actor… para horror de su padre, que ve esa profesión como una deshonra. Pero Baruch no puede traicionar su corazón y huye de casa. Después de unos inicios difíciles, conseguirá el éxito gracias al mecenazgo de una noble que se encapricha de él, pero no podrá olvidar sus raíces judías.

Seguramente el argumento les recuerde al de esa tontería sentimentaloide llamada El Cantor de Jazz (1927), pero el filme de Dupont es ampliamente superior en todos los aspectos. A nivel de puesta en escena puede que no sea tan vistosa como la de Varieté, pero es igual o más satisfactorio: la forma como recrea tanto el ambiente del ghetto judío como de la corte atestiguan un trabajo de primer nivel, y la sensibilidad con que se aborda la historia la convierte en una pieza emotivísima (el plano en que debe cortarse su peot – los rizos que deben dejarse crecer los judíos – es desgarradora, mientras que el momento en que ensaya las frases de Romeo y Julieta mientras cuida de los caballos es de una gran ternura). También está sensacional Ernst Deutsch como protagonista de esta joya que fue proyectada con motivo de su última restauración y que les animo a no dejar escapar.

Después de una película tan emotiva y bien hecha como ésta, el cierre de la noche, Amor Siniestro (The Mating Call, 1928), de James Cruze supuso un extraño contraste anticlimático. Porque se trata, por hablar claro, de una película realmente rara. Seleccionada por Kevin Brownlow para su ciclo, es una historia de amor (si bien no siniestro, como indica la traducción española) ambientada en un pequeño pueblo que destaca por la curiosa irrupción de… ¡el Ku Klux Klan! Pero aquí no les vemos persiguiendo a inocentes afroamericanos sino ejerciendo de justicieros que capturan a los vecinos que han hecho algo malo y les castigan por ello. La historia es un sinsentido pero la inesperada aparición del KKK en mitad de la trama (que me recuerda al gag de los Monty Python de la Inquisición Española) le da un punto extra, así como un polémico desnudo de la actriz protagonista bañándose en un río. El productor de esta curiosidad por cierto era Howard Hughes, ¿a qué otro pirado le habría parecido buena idea llevar adelante una película como ésta?

Soy consciente de que me estoy enrollando mucho, pero realmente ha sido un día muy provechoso del que aún quedan más cosas por decir, como un sensacional anuncio de tabaco con una animación en que el humo del cigarrillo adquiría diversas formas. O un corto humorístico de Sidney Drew llamado Diplomatic Henry (1915) en que su esposa y su tía le hacen la vida imposible. O, sobre todo, una recreación en vivo del famoso cortometraje animado Gertie The Dinosaur (1914) de Winsor McCay con un actor haciendo de McCay, una de las sesiones más entrañables que he visto en estos años de festival. Dicha película estaba pensada para ser proyectada en una serie de espectáculos en los que aparecía el propio McCay e interactuaba con el dinosaurio de la pantalla, como si ésta (es una dinosaurio hembra) obedeciera sus órdenes. Inspirándose en ello, Donald Crafton ha preparado recientemente un pequeño guion teatral en que vemos al dibujante hablando con su hijo sobre su idea para este corto. Luego se proyectó un corto animado de McCay a modo introductorio y finalmente el espectáculo tal cual se representaba en su época, con el actor presentando a Gertie ante el público e intentando que el travieso dinosaurio le obedezca. Fue muy divertido y refrescante revisionar este famoso filme tal y como fue concebido, y más cuando el público (tan alejado de los espectadores a los que iba dirigido en su momento) entró en el juego, por ejemplo llamando a Gertie al inicio del espectáculo para que ésta apareciera. Bravo por esta idea.

  • Joya a descubrir: La Antigua Ley (Das Alte Gesetz, 1923)
  • Momento más especial: toda la proyección de Gertie el Dinosaurio.
  • Momento más divertido: Sidney Drew viéndose obligado a llevar unos pantalones maravillosamente ridículos en Diplomatic Henry (1915). ¿No se decía en libros de historia del cine que en las comedias burguesas de la época los personajes no hacían el payaso?
  • Detalle a destacar: en el simpático corto de cine primitivo Not’ Fanfare Concourt (1907) de Albert Capellani en que una calamitosa banda de músicos desfila orgullosamente por la calle podemos ver a espontáneos no solo mirando a cámara sino también haciendo algunas payasadas para atraer su atención (especialmente niños). Este tipo de cosas tan propias del cine de los orígenes me encantan.
  • Rótulo a destacar: describiendo el local de perdición que se ve en Sowing the Wind (1921): «El hombre que se escandalizaría de encontrar a su hermana aquí no tiene ningún problema en encontrarse aquí con las hermanas de otros«.

8 de octubre – Cuando Clarence Brown ganó a John M. Stahl en su propio terreno

¿Qué mejor forma de empezar el día que con una saludable dosis de patriotismo americano? El episodio del serial que tocaba hoy era The Call to Arms (1917), que no fue de los más brillantes de este ciclo por su estructura un poco desigual. Empieza en modo «Lincoln entrañable» dando una amistosa lección a dos niños traviesos y luego se centra en sus dudas sobre si declarar la guerra al bando sudista. Se nota que la intención de sus autores es hacer un contraste entre la vida política y la vida íntima del personaje, pero en el tramo final el guion pierde la cabeza por completo y deviene no solo en un mensaje patriotero sino en unas dosis desbocadas de egolatría por parte de Benjamin Chapin, el actor que encarna a Lincoln. No contento con robarle a John M. Stahl su crédito como director, al final de este corto nos ofrece sin venir a cuento imágenes de él desfilando disfrazado de Lincoln rodeado de boy scouts en alguna especie de celebración americana llena de banderas y, por último, una carta suya firmada por él hablando sobre cómo espera que estos cortos sirvan para reforzar los valores de esa gran nación. Estamos en 1917, entiendo que hace un paralelismo entre la llamada a las armas de la Guerra de Secesión y la entrada en aquellos momentos de Estados Unidos en la I Guerra Mundial, pero por Dios, que alguien detenga a este hombre y su enorme narcisismo, y que se centre en hacer de Lincoln.

Atención, hoy ha entrado en juego el ciclo de películas escandinavas y ha empezado fuerte. Si la intención del ciclo del año pasado era rescatar obras menos conocidas, la de éste sigue la misma idea pero además apostando por filmes que se alejan del tópico de que el cine escandinavo es sólo dramas lúgubres y tremendistas. Una muestra de ello es In Quest of Happiness (Dunungen, 1919) de Ivan Hedqvist, que desconozco que opiniones ha generado entre el público pero que a mí ha sido una de las que más me ha gustado del festival hasta la fecha. Se trata de una comedia de ambientación rural en que Mauritz, el hijo del alcalde, se enamora de Anne-Marie, la hija del panadero, y se promete con ella para horror de sus padres. Pero antes de casarse decide visitar a su adinero tío confiando que les dé su bendición y de paso les asegure una buena posición económica. El tío en cuestión, un solterón de mucho carácter, no será fácil de engañar y tendrá sus tira y aflojas tanto con él como con Anne-Marie.

Cuando se habla de las grandes virtudes del cine escandinavo de esta época se suele mencionar sobre todo el excelente uso de paisajes (y en Dunungen podemos dar fe de ello con su ambientación rural), pero realmente era un cine muy maduro en diversos aspectos. Por ejemplo, en el tratamiento psicológico de los personajes, que es el gran punto fuerte de esta encantadora película: la primera impresión que nos dan va cambiando a medida que avanza el metraje sin que por ello se traicione su carácter, de modo que tenemos la sensación de que los vamos conociendo y entendiendo mejor poco a poco. No se trata de una comedia que haga reír al espectador, sino más bien que le mantiene con una sonrisa en la cara y pese a su ritmo sosegado no se me hizo en ningún momento pesada. De hecho cuando uno ya intuye cómo va a acabar la cosa (y no hace falta ser muy perspicaz para ello) se sigue disfrutando del metraje, porque vemos cómo los personajes van descubriendo qué decisiones tomar. No en vano aunque su director es desconocido para mí, se trataba de una obra de prestigio (basada, cómo no, en un texto de Selma Lagerlöf) que seguía la nueva política del estudio de «menos películas, pero mejor hechas». Es de lamentar que falte metraje que ahondaba en los primeros encuentros entre Anne-Marie y el tío, pero es de lo poco que se puede achacar a esta encantadora y más que notable obra.

Seguimos con otro grandísimo filme, uno de mis favoritos de lo que llevamos de las Giornate hasta la fecha: Smouldering Fires (1926) de Clarence Brown. Una de las virtudes que más me gustan del libro The Parade’s Gone By es la forma como su autor reivindica a cineastas tradicionalmente más olvidados en favor de otros que tienen un toque artístico más evidente. Clarence Brown es uno a los que Brownlow hace más justicia, destacando su impecable estilo que le convertiría en uno de los favoritos de la exigente Greta Garbo. La protagonista aquí es totalmente inusual, una mujer de mediana edad, Jane Vail, encargada de llevar con mano de hierro el negocio de su difunto padre. Un día conoce a un joven trabajador, Robert, que propone mejoras para la fábrica tan inteligentes que lo acaba ascendiendo. Inevitablemente, ella se enamora perdidamente de Robert y cuando empiezan los rumores entre trabajadores, éste decide casarse con ella más para acallar esos cotilleos que porque la ame. Entonces aparece Dorothy, la hermana menor de Jane y, como no podía ser menos, ella y Robert se enamoran.

Smouldering Fires es un melodrama extraordinario y de exquisito gusto por varios motivos. En primer lugar: es una historia sin antagonistas ni personajes negativos, es un triángulo amoroso en que los tres son realmente buenas personas que no pueden soportar hacerse daño los unos a los otros, puesto que ni Robert ni Dorothy se plantean engañar a Jane, quien por primera vez en su vida es feliz, y deciden sacrificarse por ella… pero sin aspavientes ni gritos al cielo, simplemente sobrellevándolo en silencio. Esto lo convierte en un drama totalmente realista sin excesos, nos da la sensación de ver a tres personas reales abocadas en una situación fatídica. En segundo lugar resulta muy interesante (por poco habitual) el tema de la mujer de mediana edad afrontando el hecho de que ya no es joven y sintiéndose fuera de lugar entre los amigos de su hermana… e incluso con su marido, y aquí se merece una mención especial la actriz Pauline Frederick, que hace un trabajo excelente.

Brown confirma ser un director de primer nivel aunque no tenga una marca autoral clara (salvo esa tendencia tan divertida a filmar los pies de los personajes en ciertos momentos bien escogidos), pero no se engañen sobre sus cualidades como cineasta. Quédense sino con el momento en que Jane descubre la verdad: tanto por la forma como lo descubre como por el plano en cuestión, sirviéndose del reflejo de una ventana, es una pequeña maravilla de escena. Y cómo no, qué menos que destacar ese desenlace totalmente fiel al estilo de la película: un final contenido pero tremendamente emotivo, cerrando la historia en el momento exacto, ni un segundo de más. Chapeau!

Y hablando de melodramas, a estas alturas sospecho que John M. Stahl no va a parecerme un gran director oculto e incluso dudo que me ofrezca ningún drama a la altura de Smouldering Fires (en ese aspecto, el bueno de Clarence le ha ganado en su propio terreno), pero indudablemente era muy bueno y tenía una serie de temas predilectos que se van repitiendo en sus obras, lo cual para mí ya lo convierte en un cineasta muy interesante. En The Child Thou Gavest Me (1921) volvemos a movernos en el mismo terreno que en sus anteriores obras: padres fastidiando a sus hijos con secretos e imposiciones teóricamente por su propio bien, matrimonios de conveniencia, hijos de desconocida procedencia y casualidades del destino algo pilladas por los pelos. En este caso tenemos a una joven que se casa contra su voluntad animada por su madre, pero el día de su boda descubre que el hijo al que dio a luz años atrás y que creía muerto en realidad estaba vivo (su abuela, que dudo que gane el premio a la abuela o madre del año, es la responsable de esta idea por eso de las convenciones sociales). Su marido descubre el niño y decide mantener la farsa de matrimonio sin querer a su esposa y con una idea en mente: matar al padre del hijo, que sospecha que es su mejor amigo.

Durante la mayor parte de metraje ésta ha sido mi favorita de Stahl hasta ahora, en parte por ser una obra más contenida y concentrada, pero en el tramo final el guion se vuelve completamente loco jugando una vez más el comodín de «revelación sorpresa basada en una casualidad casi imposible entre personajes», que le resta algo de credibilidad. En todo caso sigue siendo una obra recomendable que me dejó buen sabor de boca y en la que confirmo que Stahl es especialmente bueno dirigiendo a actores infantiles (en este caso el personaje del niño está en el límite entre lo adorable y lo insoportable, pero creo que sale bien parado y da una actuación pasmosamente creíble).

Uno de los ciclos que esperaba con más ganas este año era el de John H. Collins. Para quienes no lo conozcan, Collins fue una de las revelaciones del festival hace dos años, con una serie de películas que demostraban que podría haber sido uno de los grandes directores americanos de la era muda de no haber muerto prematuramente en 1918 de gripe española. Dado el éxito que tuvo ese ciclo, Pordenone nos ofrece este año una selección de obras de sus inicios cuando trabajaba para la compañía de Edison, de los cuales vimos hoy cuatro cortos. El primero, Making a Convert (1914) puede tener el conflicto amoroso más raro visto hasta ahora en el festival (y no es poco teniendo un ciclo de John M. Stahl en marcha): un conductor de tranvía y su chica se enfadan porque éste se pasa el día dando el coñazo con consejos de seguridad vial y ella no le soporta más. La explicación es que ésta era una película patrocinada por el servicio de tranvías para concienciar a la gente sobre la seguridad local. Más interesante es el drama What Could She Do? (1914) sobre la hija de un millonario que queda huérfana y sin dinero e intenta ganarse la vida como puede. La dirección de Collins todavía no es tan destacable como en futuras obras (no olvidemos que estamos en 1914 y en esa época de un año a otro la diferencia de estilo puede ser enorme) pero ya se nota que no era un cineasta del montón en la composición de planos, en su estilo visual tan desarrollado y el enorme cuidado que ponía en la escenografía. Desafortunadamente nos falta el tercer rollo de esta historia, justo cuando la protagonista pasaba a trabajar… ¡para la policía! Nos perdimos pues la parte más emocionante de la historia.

The Last of the Hargroves (1914) también tiene pinta de que le falta metraje por lo precipitado de la historia, que se basa en el enfrentamiento entre dos familias en el viejo oeste a raíz de que unos mataran al perro de los otros. Aunque este Doctor aplaude el fervor proanimalista de esta gente, realmente es un poco excesivo que se líen a tiros por eso. Es seguramente el menos interesante de los cuatro cortos en parte por su guion tan poco cuidado: a saber, el padre de la chica le obliga a matar al último que queda de la familia rival (un joven al que por supuesto ella ama) y, minutos después, accede a que ésta lo cure e incluso a que se case con él (¿?). Sin duda, el mejor de esta primera sesión fue The Portrait in the Attic (1915), donde contaba con su mujer, la excelente actriz Viola Dana (en el ciclo que se vio en Pordenone hace dos años, Dana era la protagonista de casi todas las películas). Es una historia muy sencilla pero emotivísima y llena de sensibilidad sobre una jovencita que es reticente a aceptar la nueva esposa de su padre y que todas las noches sube a la buhardilla a contemplar el retrato de su madre fallecida. No hay sorpresas de guion, pero está tan bien hecho, con tanto tacto y con Dana tan maravillosa en su papel que es imposible no conmoverse con este pequeño cuento.

Llegando a la recta final de un día muy intenso, la proyección más especial de la jornada fue Notes from the Front (Note dal Fronte) un proyecto realizado hace poco de found footage en el que se combinan imágenes grabadas en la I Guerra Mundial (especialmente del documentalista Luca Comerio) con la lectura de algunas cartas y relatos autobiográficos de gente que estuvo en el frente (entre ellos Ernest Hemingway) y una banda sonora que combina piezas populares con composiciones propias. Aunque no sabía qué esperar de este experimento más allá de parecerme curioso quedé absolutamente cautivado, en gran parte por el impresionante trabajo musical de la Zerorchestra. Soy consciente de que no menciono lo suficiente la excelente labor de los músicos de acompañamiento en este festival, pero esta vez he de hacerles justicia, puesto que hicieron una asombrosa combinación de adaptaciones de canciones populares, marchas militares y fragmentos compuestos para la ocasión que iban desde temas más ambientales a otros de estilo más vanguardista. En cuanto a las imágenes que vimos, destacaría las que mostraban las durísimas condiciones en el frente alpino y las del precioso pueblo de Udine (muy cercano a Pordenone precisamente) conquistado por el ejército alemán, pero para mí el gran protagonista de esta sesión fue la música.

Resultó un tanto anticlimático acabar con el mejor día de festival hasta la fecha con la que es la película más floja del programa de las que hemos visto. Paris at Midnight (1926) de E. Mason Hopper es una adaptación muy libre y simplificada de Papá Goriot de Balzac, lo cual no es un problema, sino más bien que pese a que el guion es de la prestigiosa Frances Marion resulta un tanto desigual y poco definido. Gran parte de la culpa es de que esta copia ha sido masacrada sin piedad, provocando que la película avance a trompicones y algunas escenas aparezcan o se interrumpan de golpe. Por ejemplo, según el catálogo, la escena final del baile era mucho más larga y contaba con 200 bailarines, pero en la película apenas entrevemos sólo un par de minutos (tal y como menciona muy agudamente Jay Weissberg en el catálogo, otro tema es qué puñetas tenía que ver esta gigantesca escena de 200 bailarines con la novela de Balzac, pero ¿a quién le importa?). El resultado no es por tanto muy satisfactorio, y ni siquiera un Lionel Barrymore sobreactuado interpretando al personaje más carismático del reparto consigue salvar la función. Un cierre poco representativo de lo que en realidad ha sido un gran día en Pordenone.

  • Joyas a descubrir:  Smouldering Fires (1926) y Dunungen (1919).
  • Momento más divertido: el anuncio de café en que un hombre duda entre dos hermanas y decide escoger a la que haga el mejor café (al final descubre una marca infalible y decide seguir soltero) y la charla que dio Kevin Brownlow al mediodía sobre su libro The Parade’s Gone By, repleta de anécdotas sobre las estrellas y directores de cine mudo que conoció. Más adelante intentaremos plasmar algunas de ellas en un post aparte.
  • Detalle a destacar: el cameo de Adolphe Menjou en la escena de la boda de The Child Thou Gavest Me (1921).
  • Rótulo a destacar: sacado de The Child Thou Gavest Me, cuando la protagonista descubre que su hijo en realidad está vivo: «Mamá, ¿por qué me dijiste que mi bebé había muerto?» «Solo quería que mi chica fuera feliz, como haría cualquier otra madre«. Aspirante a madre del año 1921.

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