Santa Claus (1898) de George Albert Smith

Amigos lectores, ya se acercan por fin las Navidades. ¿Han hecho ya su carta a los Reyes Magos, Santa Claus o a-quien-quiera-que-le-pidan-regalos? Si me dicen que eso son niñerías les invito a que vean esta prueba indiscutible de la existencia de Santa Claus: el filme Santa Claus (1898) de George Albert Smith.

Como siempre, estos pioneros británicos me maravillan en sus películas primitivas. Pese a que es un corto de un minuto fíjense en estos sencillos pero más que efectivos efectos especiales, que le permiten mostrar en el mismo plano, en un elegante círculo, la llegada de Santa Claus mientras no perdemos de vista el escenario del cuarto de los niños. Un precedente claro de la pantalla partida y de cómo tenían que apañárselas antes de la existencia del montaje paralelo.


Ya me perdonarán, pero vaya árbol de Navidad más espachurrado que les trae, y qué forma tan poco ceremoniosa de dejarlo: tirado en el suelo de cualquier manera. Probablemente esos niños no se habían portado tan bien ese año.

Pero a mí el detalle que más me maravilla es cuando la criada apaga la luz y, para representar el cuarto a oscuras, aparece un telón negro. He vuelto a mirar varias veces el momento en que apaga la lámpara para indagar cómo está hecho el truco – como ya saben uno de los alicientes del cine primitivo es investigar y especular sobre cómo se hacían estos primitivos efectos especiales – y creo que es un simple corte pero tan magníficamente hecho que no se nota apenas. Es decir, la actriz se quedó quieta con la mano en la lámpara, se paró la cámara, se añadió el telón negro frente al decorado, se volvió a grabar y en ese momento ella continuó el gesto. No se me ocurre otra forma como puede haberse hecho. Por supuesto si ustedes tienen otras conjeturas o incluso pruebas de que me equivoco, háganmelo saber.


Con este simpático cortometraje despedimos este 2023 en que hemos celebrado diez años de este rincón silente. Muchas gracias a todos los que siguen entrando aquí en busca de nuevas dosis de cine mudo. Les deseamos unas felices navidades de parte de un servidor, el Doctor Caligari, mi fiel ayudante Cesare y de estos dos simpáticos invitados que parecen estar pasando también unas Navidades muy felices. Ambos seguirán con nosotros el próximo mes de enero para un especial temático que estoy seguro que intuirán fácilmente de qué tratará. ¡Les esperamos de vuelta en unas semanas!

Eclipse (Kinkanshoku, 1934) de Hiroshi Shimizu

Hay una gran algarabía en un pequeño pueblo japonés ante la noticia del retorno de Seiji Kanda, un joven prometedor que se fue a la gran ciudad a estudiar Derecho y se ha convertido en un importante abogado. Los rumores dicen que ha vuelto para buscar esposa y que la candidata más probable es Kinue Nishimura, seguramente el mejor partido del pueblo. Y por una vez los rumores son ciertos: Seiji le confía a su mejor amigo Shuikichi Osaki sus intenciones, ya que éste es primo de Kinue y tiene una relación muy cercana con ella, de modo que teme interponerse entre los dos. Pero Shuikichi le dice que no tiene ninguna intención de casarse con su prima, sobre todo siendo él de una clase social más inferior a ella, e incluso accede a hacer de intermediario entre ambos.

Y aquí empiezan los problemas. Porque Shuikichi demuestra tener una empatía nula al enviar a su prima una nota citándola de noche en secreto en un lugar apartado del pueblo, y no se le ocurre que ésta podría interpretar el mensaje con una segunda intención. Así que imaginen la cara de chasco de la pobre Kinue cuando su primo le dice que la ha citado para pedirle en nombre de su amigo Seiji su mano en matrimonio. Ésta queda en shock al ver que Shuikichi no parece ser consciente de que había algo especial entre ellos, y le descubre abiertamente sus sentimientos. Shuikichi realmente siente algo por ella, pero no cree que deba casarse con la muchacha porque él pertenece a una familia mucho más pobre y porque ya le dijo a su amigo que le ayudaría a conseguir su mano. Así que opta por la decisión que considera más noble y que, en realidad, es la más cobarde: irse del pueblo.

Nada de eso funciona. A su llegada a la ciudad es incapaz de encontrar trabajo y es atropellado por el chófer de un hombre acaudalado. Y entonces, inexplicablemente Shuikichi sigue rompiendo corazones allá por donde va: se enamoran de él tanto la hermana del chófer como Tomone, la hija del gran empresario cuyo coche ha sido responsable del accidente. Ésta fuerza a su padre a que lo acoja en su casa como tutor de su hijo pequeño para compensarle, mientras que en paralelo Kinue también ha ido a Tokio a seguir los pasos de Shuikichi y ha acabado trabajando como camarera en un bar, donde se ve obligada a ser más amable de lo habitual con los clientes.

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Arsenal (1929) de Aleksandr Dovzhenko

De todos los grandes cineastas soviéticos de la era muda, Aleksandr Dovzhenko es el que me genera una mayor fascinación. No solo es un grandísimo director sino que además posee una cualidad que lo hace muy especial a mis ojos: una forma de narrar películas tan libre y particular que a veces cuestan de seguir. Tras haber revisionado varias veces algunas de sus grandes obras debo reconocer que aún hay multitud de detalles sobre éstas que no acabo de comprender. De hecho, puestos a sincerarme, a estas alturas aún sigo sin saber qué me parece su filme Aerograd (1935) pese a haberlo visto ya unas cuantas veces. No estoy seguro de qué pretendía ni de si el hecho de que me parezca tan raro y a ratos incomprensible es a propósito o no. Pero precisamente es este aspecto aparentemente tan ingrato el que hace de su cine una experiencia tan particular.

Fijémonos por ejemplo en el inicio de Arsenal (1929). Durante varios minutos Dovzhenko encadena toda una serie de imágenes sin que lleguemos a entender a dónde nos quiere llevar. Un hombre sin brazo arando un campo, una mujer triste en su casa, otra en la calle que sufre el abuso de un guarda que le acaricia un pecho, un hombre escribiendo su diario… No solo no hay aparente conexión entre dichas imágenes, sino que además Dovzhenko alarga mucho los planos, creando una cierta tensión no resuelta: queremos entender de qué va la cosa, quién es el protagonista, el nexo de unión entre dichas escenas. Pero nada de eso se nos aclarará. Más adelante unos planos de las trincheras en la I Guerra Mundial parece que nos van a resolver la cuestión, pero entonces se pone de manifiesto otro aspecto muy característico suyo: su gusto por lo grotesco y lo extraño. Porque presenciamos un panorama terrible y caótico entre las trincheras en que, extrañamente, un soldado sufre un ataque de risa a causa del efecto que le provoca un gas que han lanzado los enemigos. Ni siquiera cuando parece que el director nos va a mostrar imágenes de carácter antibélico se rige por un enfoque convencional.

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The Launch of H.M.S. Albion (1898) de Robert W. Paul o el dilema del reportero

El H.M.S. Albion era un acorazado destinado a servir en Asia cuya botadura tuvo lugar el 21 de junio de 1898 después de haber sido bautizado por la Duquesa de York, Mary of Teck. Era el barco de guerra más grande que se lanzaba al Támesis. Aquí tienen las imágenes del momento en que fue lanzado al río:

Nada especial, ¿verdad? En realidad las imágenes son engañosas, porque la botadura de dicho navío provocó una enorme desgracia. Como tales eventos eran acontecimientos muy populares, se había congregado mucha gente para presenciar la botadura, más concretamente unas 30.000 personas. En uno de los laterales había una plataforma desde la que unos 200 espectadores se agolparon para presenciar el acontecimiento. Había carteles de «Peligro» por todos lados, pero nadie hizo demasiado caso. Y entonces sucedió: cuando el barco llegó al agua provocó grandes olas, de las cuales una destrozó esa plataforma enviando al río a los que se encontraban situados allá. Murieron al menos 35 personas, la mayoría mujeres y niños. La tragedia de la botadura del H.M.S. Albion se considera como la tercera mayor desgracia que ha sucedido en el río Támesis.

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El Hombre Que Ríe (The Man Who Laughs, 1928) de Paul Leni

El enorme éxito que supuso en su momento El Jorobado de Notre Dame (The Hunchback of Notre Dame, 1923) de Wallace Worsley provocó que la Universal decidiera seguir explotando esa combinación ganadora: películas de época basadas en libros conocidos con un toque algo oscuro o tétrico y protagonizadas por Lon Chaney en su prototípico papel de personaje atormentado de apariencia inquietante. La continuación lógica fue ir sobre seguro y proponer otra adaptación de Victor Hugo, cuya novela Nuestra Señora de Notre Dame ya había servido de inspiración para el filme sobre el célebre jorobado. La idea fue pues adaptar El Hombre Que Ríe, que aunque por entonces no era considerada una de sus mejores obras tenía un argumento muy idóneo para el cine y un papel hecho a medida de Lon Chaney.

Pero la propuesta inicialmente no fructificó al haber problemas para conseguir los derechos, de modo que el estudio decidió entonces apostar por El Fantasma de la Ópera (The Phantom of the Opera, 1925). Dirigida por Rupert Julian, la película partía en este caso de una novela de Gaston Leroux y tuvo tanto éxito que acabó convirtiéndose en el papel más emblemático de Lon Chaney. Pero cuando poco después el estudio por fin adquirió los derechos para El Hombre Que Ríe, Chaney ya estaba embarcado en otros proyectos, de modo que se decidió seguir adelante sin él. En su lugar se contrataría a otro de los más grandes actores de la era muda: el alemán Conrad Veidt – en algunas partes he leído que también se le propuso a Ivan Mosjoukine, lo cual tampoco sería descartable, ya que fue contratado por la Universal en esa misma época y era suficientemente versátil como para poder afrontar un papel tan difícil, pero al final éste protagonizaría un drama más convencional llamado Surrender (1927).

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The Runaway Match (1903) de Alf Collins

 

Aunque Reino Unido no es uno de los países que nos suela venir a la mente a la hora de pensar en cine mudo, lo cierto es que en estos años cuenta con algunos de los cortometrajes más llamativos y avanzados en los orígenes del medio. The Runaway Match (1903) – que también es conocida por otros varios títulos como Marriage by Motor o Elopement à la Mode – es una de las obras que más destacadas de uno de esos grandes pioneros, Alf Collins. El motivo es que contiene la que se considera la primera persecución automovilística de la historia del cine, ahí es nada.

El mínimo argumento nos muestra a una chica huyendo de la casa de sus padres para casarse con un jovencito que, suponemos, no tiene la aprobación paterna. El padre les descubre y va tras ellos en un segundo coche pilotado por su chófer, pero una avería les deja atrás. Cuando finalmente les da alcance, la pareja ya se ha casado, pero la hija consigue reconciliar a su padre con su joven marido y todo acaba bien.

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Le Due Innamorate di Cretinetti (1911) de André Deed

El delicado asunto de los ménage à trois es algo que daba a hablar desde los inicios de la era muda. Y si no me creen, vean este cortometraje cómico tan divertido, Le Due Innamorate di Cretinetti (1911), que nos puede servir de paso para reivindicar a uno de esos grandes cómicos de los inicios del cine que luego cayó por completo en el olvido: André Deed. De origen francés, Deed tuvo una enorme popularidad internacional antes de la I Guerra Mundial, que le llevaría a dejarse tentar por una oferta de la industria italiana, por entonces una de las más pujantes del mundo a nivel cinematográfico. Allí recalaría en el prestigioso estudio de Turín Itala Film, donde protagonizaría una serie de cortos en que interpretaba a un personaje llamado Cretinetti (en español se le conocía como «Toribio»), muchos de ellos dirigidos ni más ni menos que por Giovanni Pastrone, futuro realizador de Cabiria (1914).

El filme que nos ocupa es uno de esa serie sobre el cual no he podido corroborar con exactitud su paternidad, pero las fuentes que he consultado atribuyen la dirección al propio Deed (que de hecho en esos años pasó a dirigir sus propios filmes). Así mismo, una de las mujeres protagonistas es Valentina Frascaroli, futura mujer de Deed y una de las muchas grandes divas italianas de la época, que como vemos se desenvolvía perfectamente en papeles cómicos. Conociendo ya a sus responsables, pasemos pues al argumento.

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¡Y Supo Ser Madre! (Stella Dallas, 1925) de Henry King

¿Por qué no se tiene más en cuenta a Henry King cuando pensamos en grandes directores de la era clásica de Hollywood? Incluso este humilde Doctor debe reconocer que no lo tiene tan presente como merecería, aun cuando ha visto ya suficientes películas suyas que demuestran que era un cineasta magnífico. Y qué mejor ocasión para volver a recordarlo que visionar la magnífica restauración que se hizo pública hace poco de su Stella Dallas (1925) – traducida en español con el alucinante título de ¡Y Supo Ser Madre! que, ya me perdonarán, no utilizaré en esta reseña.

En general todos tenemos más presente la versión sonora que hizo en 1937 el otro «King» del Hollywood clásico, es decir King Vidor, que además se beneficia de una actuación estratosférica de la gran Barbara Stanwyck. Pero créanme, la de Henry King está perfectamente a la altura sino por encima, con el mérito añadido de que fue la primera versión de la historia y muchas de las situaciones que aparecen aquí sin duda se tomaron como referentes en la sonora.

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Au Pays de l’Or (1908)

¿Nunca se han preguntado cómo se fabrica el dinero? La protagonista de Au pays de l’Or (1908) sorprende a unos duendecillos en un bosque cargando monedas y, conducida por un hada, acaba en un sitio misterioso donde contempla de primera mano cómo se fabrica el dinero. Aquí vemos todo el proceso, que comienza con los duendes cargando con el oro líquido y luego solidificándolo en monedas. A partir de aquí reconozco que me pierdo un poco entre tanta aparición, humo y efectos especiales, que incluyen desde una cabeza gigante que escupe monedas a diversas mujeres que representan las monedas de cada país.

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Sombras (Schatten – Eine nächtliche Halluzination, 1923) de Arthur Robison

Entre las películas que forman parte de lo que se conoce como cine expresionista alemán, Sombras (Schatten – Eine nächtliche Halluzination, 1923) es una de las propuestas más curiosas y singulares de las que han llegado a nuestros días. Dicho filme, que fue la segunda y última producción de Prana Film (la productora creada por el diseñador y ocultista Albin Grau para hacer filmes sobre temática ocultista que había financiado Nosferatu (1922)), parte de algunos de los postulados del expresionismo, pero a nivel de género propone una curiosa desviación alejándose por completo de los ambientes de terror o policíacos sin por ello renunciar a ese tono de extrañeza que caracteriza esta corriente cinematográfica. Veamos en qué consiste este experimento fílmico.

Ambientada en el siglo XIX, toda la acción sucede durante el trascurso de una noche en que un barón ha invitado a cuatro amigos a pasar una velada con él. El problema está en que el barón sospecha que su bella mujer se dedica a coquetear con ellos a sus espaldas, y sus sospechas veremos que no están del todo equivocadas: la baronesa parece simpatizar con el más joven de los cuatro invitados, mientras que los otros tres no dejan de hacerle la corte. En medio de esta tensión llega un misterioso persona: un artista ambulante que hace teatro de sombras chinescas. El anfitrión le deja pasar confiando que les aporte un poco de inocente entretenimiento, pero en realidad sucederá algo inesperado. El misterioso hombre descubre rápidamente lo que está sucediendo en esa casa y lo que hace es plasmar mediante imágenes la tragedia que podría suceder ahí mismo si dicho conflicto no se soluciona.

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