Archive for the ‘Reseñas de películas’ Category

Si algún lector necesita todavía que le convenzan de que el francés Leonce Perret fue uno de los cineastas clave de los años 10, basta con que le eche un vistazo a la que es una de las obras más importantes de su carrera: Le Mystère des Roches de Kador (1912).

Un hombre acaudalado muere dejando a su hija Suzanne su cuantiosa herencia cuando llegue a la mayoría de edad. Pero en su testamento deja una cláusula según la cual si Suzanne muere o se vuelve mentalmente inestable, será su tutor, el conte Fernand, quien recibirá toda su fortuna. Como supondrán, nada bueno puede salir de todo esto. Fernand, ahogado en deudas, le pide a Suzanne en matrimonio pero ésta le rechaza porque está enamorada del capitán Jean d’Erquy. Desesperado, Jean urde un maquiavélico plan: le hace llegar al capitán una nota haciéndose pasar por Suzanne donde le cita en unas rocas al borde del océano, y minutos antes del supuesto encuentro, va hasta allá con Suzanne, a quien le ha dado un veneno. La joven pierde el conocimiento y Fernand la deja en la orilla confiando que la marea se llevará su cuerpo. Después se oculta entre unas rocas y cuando llega Jean le dispara. Pero su crimen no surtirá efecto, ya que el capitán sobrevive y consigue salvar a la joven, a quien el veneno no ha llegado a matar. Pero una vez ésta se despierta se encuentra amnésica y rozando la locura. Nadie es capaz de desentrañar el misterio de qué ha sucedido y, mientras tanto, Fernand se hace con la herencia.

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Las películas de episodios, es decir, que narraban varias historias breves, tuvieron una cierta popularidad en la era muda, quizá por ser una forma fácil de condensar varios cortometrajes en un solo largometraje, como ya había demostrado Griffith en la monumental Intolerancia (1916). En el caso de Historias Tenebrosas (1919) de Richard Oswald me imagino que su génesis viene apoyada por el éxito que había tenido su anterior obra Los Cuentos de Hoffmann (1916), que adaptaba con bastante solvencia tres historias de E.T.A. Hoffmann.

En este caso las cinco historias que conforman el filme no comparten el mismo autor pero tienen en común la temática de intriga y los mismos actores protagonistas. De hecho los créditos iniciales nos regalan un simpatiquísimo plano en que se nos muestra a los dos actores principales, Conrad Veidt y Reinhold Schünzel, sonriendo en plan colegueo junto al director Richard Oswald. Ellos dos y Anita Berber (excluida de ese acto de camaradería inicial eminentemente masculino) son el nexo entre las cinco historias, que vienen precedidas de un prólogo situado en una vieja librería de noche. De tres cuadros emergen tres tenebrosas figuras: la Muerte, el Diablo y, a falta de un equivalente femenino de una figura diabólica análoga a esas dos, una prostituta. Los tres se sientan y empiezan a leer algunas historias que cobran vida en la pantalla.

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No hay nada como una saludable dosis de cine de los orígenes para alegrarle el día a uno, y más cuando su responsable es ni más ni menos que el genial Segundo de Chomón. Ante todo debo reconocer que tengo ciertas dudas sobre su autoría, ya que investigando un poco en algunos sitios se le atribuye la dirección a Ferdinand Zecca siendo Chomón el responsable de los efectos especiales, mientras que en otros se atribuye a Chomón la dirección completa del filme. Yo, para no comprometerme y hacer enfadar a ninguno de estos dos magníficos cineastas, he optado por la opción que han escogido muchos de citar a ambos como directores. Después de todo en el cine de los orígenes el tema de las autorías es sumamente complicado y de hecho ya cité por aquí un caso personal también con Chomón.

En todo caso, sea quien sea el director, no nos queda ninguna duda de que el autor de los efectos especiales de Le Voleur Invisible (1909) es el cineasta de origen aragonés, y son precisamente esos trucajes lo mejor de la película. Tal y como dice el título, un ladrón se hace con una copia de El Hombre Invisible de H.G. Wells y utiliza la fórmula para la invisibilidad que se cita en el libro para cometer sus robos, un pretexto magnífico para los clásicos trucajes de Chomón en que parece que los objetos se mueven solos.

 

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Ayer se cumplieron 100 años del estreno de El Tesoro de Arne (1919), no solo la mejor película de Mauritz Stiller y una de las obras cumbre del cine mudo escandinavo, sino directamente una de las grandes obras maestras de la historia del cine. Se trata de uno de esos filmes en que se combina una absoluta maestría técnica junto a un tratamiento muy especial y lleno de sensibilidad de la historia, que hacen que el filme destaque no sólo por su calidad sino por ese tono, ese ambiente, esas sensaciones indescriptibles con palabras que sólo los grandes maestros del cine sabían añadir a sus obras.

La trama tiene lugar en el siglo XVI, cuando una serie de mercenarios escoceses escapan de la cárcel e intentan volver a su país. Tras una larga caminata por la nieve, los tres llegan hambrientos y desesperados a la mansión de Sir Arne, un hombre que ha hecho su fortuna gracias a los monasterios del país que cayeron en desgracia con la última reforma protestante. Los tres escoceses asesinan a Sir Arne y toda su familia, roban su fortuna y huyen después de prender fuego a la casa. La única superviviente es una hija adoptiva de la familia, Elsahill, que queda a cargo de una anciana. Tiempo después, los escoceses deambulan de incógnito por el pueblo a la espera de que pase la helada y puedan coger un barco de retorno. Uno de ellos, Sir Archie, conoce a Elsahill y se enamora de ella sin que ésta sospeche que él fue uno de los asesinos.

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En Cuerpo y Alma (1925) posee de entrada el aliciente de ser uno de los pocos filmes mudos que han sobrevivido a día de hoy del director afroamericano Oscar Micheaux, además de suponer el debut cinematográfico de Paul Robeson, uno de los actores negros más importantes surgidos en Estados Unidos en aquella época.

Tanto Oscar Micheaux como Paul Robeson son dos figuras fundamentales a la hora de hablar de cine afroamericano que darían por sí solos para un extenso artículo, y de hecho en su momento ya escribimos uno dedicado al primero. Hoy nos centraremos en la que fue su única colaboración juntos.

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Hoy les proponemos este divertido corto cómico, Rincasare non è Sempre Facile (1912), protagonizado por uno de los principales actores y directores de los primeros años del cine italiano: Ernesto Vaser. Proveniente de una familia de raíces teatrales, Vaser dio exitosamente el salto al cine en la primera década de siglo trabajando en filmes de todo tipo de géneros.

Ésta es una de las muchas comedias que realizó encarnando al personaje de Fringuelli, quien en este caso es un hombre que quiere hacer una escapadita a París pero a su mujer y temible suegra les hace creer que viaja a otro paraje más inofensivo. A su retorno, descubre horrorizado que el tren en que supuestamente debía haber vuelto se ha retrasado un día por una nevada y que, para que no se descubra la mentira, debe ocultarse en su propia casa hasta el día siguiente, lo cual no resultará especialmente fácil.

Un cortometraje sencillo y divertido para lucimiento de Vaser. A mí me resulta especialmente gracioso cuando, oculto en lo alto de un armario, nos da a entender que se muere de hambre con un par de gestos lastimosos, ¿quién podría ser tan cruel como para no empatizar con este pobre hombre que solo ha querido echar una cana al aire? Disfruten pues de la película y no teman si no entienden los rótulos, ya que conociendo la premisa se sigue perfectamente.

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Pese a que empezó su extensísima carrera en una fecha tan temprana como 1917, parece haber unanimidad entre los fans de John Ford respecto a que su etapa muda está lejos de ser una de las más brillantes de su filmografía, funcionando más bien como un periodo de aprendizaje con algunos logros puntuales dignos de ser recordados. Teniendo eso en cuenta, Legado Trágico (1928) sería uno de esos ejemplos a destacar, aunque no a la altura de sus mayores logros silentes, como la algo sobrevalorada El Caballo de Hierro (1924), la muy reivindicable Tres Hombres Malos (1926) y, sobre todo, mi favorita, Cuatro Hijos (1928). El filme que nos ocupa ciertamente posee suficientes cualidades que la convierten en una obra notable, pero también algunas carencias que hacen que no termine de redondearse lo que de entrada era una historia con todos los ingredientes necesarios para dar una gran película.

“Ciudadano Hogan” es un irlandés expatriado que un día recibe una carta con una mala noticia que le incita a volver a su tierra natal a llevar a cabo una venganza pese a que está en búsqueda y captura (suponemos que por actos contra el ejército británico). Allá nos encontramos con el juez O’Brien, tristemente famoso por haber enviado a muchos hombres a la horca y cuya hija Connaught está enamorada del honrado pero pobre Dermot. Su padre, a quien le quedan días de vida, se asegura de que ésta se case con el mejor posicionado John D’Arcy, un déspota hipócrita que pronto descubriremos que la persona de la que Ciudadano Hogan quiere vengarse.

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Ya les hablamos en alguna ocasión de Alfred Machin, uno de los grandes pioneros del cine belga y holandés, del que hoy rescatamos uno de sus cortometrajes más sobresalientes, De Molens die juichen en weenen (1912), en que una familia feliz se ve acosada por un vagabundo que, al no recibir ayuda del padre, promete vengarse. Una vez más, Machin vuelve a utilizar como lugar de acción el gran emblema característico del país, un molino, y de hecho no deja de parecerme entrañable que el hijo de la familia le muestre ilusionado a su padre su gran trabajo de artesanía: un pequeño molino hecho por él.

Si le echan un vistazo a la película entenderán por qué Machin es uno de los grandes nombres a rescatar del cine europeo de esos años: la composición de planos es magnífica (la imagen del vagabundo observando el molino desde el puente, el impactante plano final con el reflejo del río…) y la versión que les ofrecemos es una de esas impecables restauraciones de nuestros amigos de Eye que nos permiten poder disfrutar de esta joya en su plenitud. No la dejen escapar, les aseguro que les dejará boquiabiertos.

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Cada vez más se está reivindicando el papel de las mujeres cineastas en ámbitos tan diversos como el guion, la edición y la realización. Aquí no quisimos ser menos y hace tiempo dedicamos un post a las directoras más importantes de la era muda, entre las cuales destacan especialmente dos nombres: Alice Guy y Lois Weber, que es la que nos ocupa hoy.

No obstante, la necesidad de recuperar a estas pioneras puede acabar, paradójicamente, volviéndose en su contra, porque puede llevar a la idea equivocada de que Lois Weber necesita un apoyo especial para destacar su nombre, que lo que la hace digna de mención es la rareza de ser una mujer en un mundo de hombres; y en realidad las películas de Lois Weber se reivindican por sí solas, al margen de que las haya dirigido una mujer. En otras palabras, su nombre debería ser recordado a la hora de repasar las primeras décadas del cine sin necesidad de hacer una reivindicación feminista (que nunca está de más, obviamente), ya que su importancia histórica como directora, al margen de su género, se sustenta por sí sola – no en vano en cierto momento de su carrera fue la directora mejor pagada de Hollywood.

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Éste es uno de esos cortometrajes que apenas precisa de explicación porque su impagable premisa lo dice todo: una mujer lleva a su bebé a una incubadora milagrosa (“12 meses de crecimiento en una hora”, asegura el cartel; por otro lado no se pierdan los otros carteles de fondo que muestran el antes y el después de su uso), pero lo acaba dejando por error más tiempo del indicado… con resultados calamitosos. Uno de esos divertidísimos cortometrajes que muestran lo imaginativo que era el cine de los orígenes.

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