Nana (1926) de Jean Renoir

nana

Adaptar una obra considerada un gran clásico de la literatura es siempre una tarea difícil, especialmente cuando se trata de un libro extenso, porque eso implica adaptarlo a la duración media de un film reduciendo su complejidad y la densidad psicológica de los personajes. Eso es lo que sucede inevitablemente con la adaptación que hizo Renoir de Nana de Émile Zola, la célebre novela que narraba la historia de una prostituta que asciende hasta convertirse en amante de lujo de numerosos nobles y personajes acaudalados, llevándolos a todos a la perdición.

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La escalinata de Odessa

La escena de la escalinata de Odessa no es solo el momento más famoso de El Acorazado Potemkin (1925) sino una de las escenas clave de la historia del cine, por lo que no creo que haga falta comentarla, aunque nunca está de más volver a verla:

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El Rey de la Comedia de Mack Sennett

El rey de la comedia

Definitivamente una autobiografía de Mack Sennett es un libro que tiene ganado mucho de antemano, ya que se trata de una de esas personas que tenía tanto que contar y que había hecho tantas cosas interesantes que una autobiografía suya difícilmente podría fallar.

Aunque no fue el creador de la comedia fílmica como se ha dicho a menudo, sí que fue el gran propulsor del género creando en 1912 su famoso estudio Keystone, del cual surgieron cientos de comedias que tuvieron un éxito arrollador y que convirtieron el slapstick en uno de los géneros más exitosos del cine mudo. Teniendo en cuenta los talentos que descubrió (Mabel Normand, Chaplin, Roscoe Arbuckle, Harry Langdon, Gloria Swanson) y lo importantísima que fue su aportación a la comedia, su autobiografía promete ser un jugoso caramelo para cualquier cinéfilo.

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El final de El Último (1924)

Rótulo El Último

Aquí, en el lugar de su humillación, el viejo se marchitaría miserablemente el resto de su vida y la historia realmente se habría terminado. Pero el autor se hace cargo de lo que todos han abandonado añadiéndole un epílogo en el que las cosas transcurren aproximadamente así, como, lamentablemente, no suelen transcurrir en la vida.

Pocas veces un solo rótulo ha dado tanto que hablar. Se trata del epílogo de El Último de F.W. Murnau, una de las más grandes películas alemanas de la era muda que contribuyó a dar prestigio internacional al cine germano junto a Varieté (1925) y los films de Fritz Lang.

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A Cottage on Dartmoor (1929) de Anthony Asquith

En cierto momento de A Cottage on Dartmoor el protagonista intenta atraer la atención de la chica proponiéndole una cita, y de entre todas las posibilidades para pasar la tarde juntos, la que le sugiere es ir al cine a ver una película sonora. Resulta irónico (e intencionado) que en una de las últimas grandes películas mudas del cine británico se comente el tema tan libremente. Y es que aunque desde el punto de vista del argumento propiamente dicho el film no tiene nada que ver con el mundo del séptimo arte, Asquith deja caer de forma muy directa una reflexión sobre el fin de una forma de hacer cine.

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Hale’s Tours

En los inicios del cine podemos encontrar numerosos ejemplos de emprendedores que intentaron buscar otra utilidad al cine más allá de la proyección de películas. Uno de los ejemplos más curiosos es el de los Hale’s Tours, que pretendían recrear un viaje a bordo de un tren proyectando imágenes en el interior de un espacio decorado como un vagón.

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Buster Keaton y la evolución de un gag

El gag más famoso e icónico de la carrera de Buster Keaton es muy probablemente el del muro que le cae encima en El héroe del río (1928) dejándolo ileso al estar situado milagrosamente donde estaba la ventana.

Como todos los gags físicos de Buster Keaton, el famoso gag del muro no tenía nada de trucaje, y él mismo lo deja bien claro al filmar el momento sin un solo corte. Realmente, Keaton se jugó la vida por ese plano, y de hecho era experto en hacer acrobacias y jugarse el pellejo por un buen gag (recuérdese si no al actor nadando en los rápidos de La Ley de la Hospitalidad, sumergido a unas temperaturas bajísimas en un lago real para El Navegante o haciendo acrobacias en una moto sin conductor en El Moderno Sherlock Holmes), pero seguramente nunca llegó tan lejos como en éste, en que un error de cálculo de unos centímetros le podría haber costado la vida.

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6 de Octubre de 1927

Esa fue la fecha en que se estrenó El Cantante de Jazz, la película que abrió definitivamente la puerta al cine sonoro condenando al mudo a una inminente desaparición. No era desde luego la primera película que se había rodado con sonido, pero sí que fue la que propició la implantación total de esta innovación técnica a causa de su enorme éxito.

Realmente no había motivos para ser pesimistas respecto a ese cambio. No solo el sonido multiplicó las posibilidades expresivas del medio sino que su llegada se produjo en un momento muy oportuno, en una época en que el cine mudo había alcanzado sus más altas cotas. No son pocos los críticos e historiadores que consideran el cine mudo de finales de los años 20 como el periodo en que esta forma de arte llegó a su momento culminante. Nunca sabremos hacia dónde habría derivado de no haberse impuesto el sonido hasta muchos años después, pero yo me inclino a creer que no podría haber llegado aún más lejos.

Sin embargo, con la llegada del sonido murió para siempre una forma diferente de hacer cine. No necesariamente mejor ni peor, pero sí diferente. Para muchos de los grandes cineastas de la época su llegada fue de hecho un lastre que acabó con la pureza del medio. El precio a pagar por esa innovación fue una pérdida generalizada de su poder visual, de cierta magia que hace del cine mudo una forma de arte tan especial.

Aun así, pese a que a día de hoy (casi 100 años después de la llegada del sonoro) el cine mudo es visto como una reliquia del pasado, aún existen algunos entusiastas enamorados de esta forma tan especial de arte. Uno de ellos es el eminente Doctor Caligari.

Antaño poderoso y temido, ahora es un hombre envejecido que vive confinado en su guarida recordando viejos tiempos y negándose obstinadamente a asimilar todos los cambios que ha sufrido el mundo en las últimas décadas. Encerrado en su biblioteca con su colección de películas mudas y de libros sobre la materia, el Doctor se ha propuesto ir recordando esta antigua forma de cine tan olvidada mediante un testamento. Un testamento cinematográfico que permita homenajear esta época tan singular y especial de la historia del cine para que, cuando llegue su muerte, los cinéfilos del futuro tengan constancia de ella.