Inicios del cine sonoro: Lee de Forest y Phonofilm

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Lee De Forest es un personaje realmente curioso. Inventor, emprendedor y oportunista (no necesariamente en este orden) fue un hombre muy activo en los inicios de la era electrónica trabajando en diferentes invenciones y luchando por ganar sus respectivas patentes en una época en que las guerras de patentes estaban a la orden del día. Es uno de esos ejemplos de hombres inquietos que a base de involucrarse en tantos proyectos diferentes con desiguales resultados acabó muriendo pobre, la clásica historia de auge y caída que tanto gusta en Hollywood.

Aunque el invento que le hizo más popular en su momento fue el audión, De Forest fue también una de las principales figuras pioneras en el desarrollo del cine sonoro. Su sistema era el Phonofilm, que permitiría grabar voces sincronizadas con películas y que a su vez estaba basado en el Tri-Ergon, otra patente primitiva de cine sonoro ideada por tres alemanes en 1919. El astuto De Forest había viajado a Alemania a aprender de los avances que habían hecho los alemanes en ese ámbito y volvió a Estados Unidos con la idea que le habían mostrado para patentarla ahí. Realmente era alguien en quien confiar.

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Algol, la Tragedia del Poder [Algol – Tragödie der Macht] (1920) de Hans Werckmeister

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A veces uno tiene la tentación de creer que cierta época o movimiento cinematográfico ya no le puede deparar más novedades, que aunque siempre quedarán más películas por descubrir, difícilmente encontrará una especialmente sorprendente. Y entonces, cuando uno ya se ha habituado a esa idea, de repente alguien descubre un film que se había dado por perdido desde hacía décadas y que te descoloca por completo.
Eso es lo que ha sucedido con Algol, la Tragedia del Poder (1920), una obra que se suponía perdida y volvió a emerger a la luz pública más de medio siglo después de su primer estreno.

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Celebridades y cine (II)

La semana pasada les comentamos los casos de algunas celebridades que utilizaron el cine para potenciar su fama, llevando a la pantalla los sórdidos acontecimientos que les dieron a conocer por todo el país e incluso protagonizando esas películas ellos mismos. En una época previa a la televisión, es comprensible la fascinación que sentía el público por ver a esos famosos en la gran pantalla representando además los hechos de su vida personal – otro asunto es hasta qué punto eran éticas este tipo de películas pero, como sucede también hoy día, el éxito comercial no suele estar vinculado a aspectos éticos.
Hoy mencionaremos otros casos menos sórdidos, en concreto personalidades que decidieron utilizar el cine como medio de publicitarse a sí mismos.

El primer caso es el de William J. Burns, quien a principios del siglo XX era uno de los detectives más reputados del país y se le conocía como el Sherlock Holmes americano, por lo que a un avispado productor se le ocurrió que sería un gran reclamo comercial filmar alguno de sus casos contando con éste como protagonista: The Exposure of the Land Swindlers (1913), The $ 5.000.000 Counterfeiting Plot (1914) – donde incluso aparecía al final junto a Arthur Conan Doyle, quien le felicitaba por sus éxitos enfatizando así su apodo – o The Deep Purple (1920).

conan doyle william burns

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Celebridades y cine (I)

Uno de los principales atractivos que tenía el cine en sus orígenes era que permitía ver a celebridades a las que el público antes solo podía contemplar en fotografías, instantáneas congeladas. El cine hacía que esas personas adquiriesen vida, lo cual suponía una novedad muy interesante para el espectador de la época. Lo curioso es que esto es algo que no solo se restringió al ámbito del documental o el noticiario, sino también a la ficción, ya que muchos personajes famosos no se resistieron a utilizar el cine para protagonizar películas basadas en su vida real. Hoy nos centraremos en los casos de varias personas implicadas en casos criminales que vieron su vida trasladada al cine, a menudo interpretándose ellos mismos.

evelyn nesbit

 

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¡Ay, Mi Madre! [For Heaven’s Sake] (1926) de Sam Taylor

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¿Qué mejor forma de empezar el año que con una buena película de slapstick? Y de entre todas las posibilidades a escoger nos hemos decantado por este film bastante olvidado del (también algo olvidado en ciertos sectores) genial Harold Lloyd.
¡Ay Mi Madre! (éste es uno de esos casos en que me da reparo utilizar la traducción del título original) forma parte de los largometrajes menores de Harold Lloyd, y más cuando se encuentra entre dos obras fundamentales de su carrera como El Estudiante Novato (1925) y El Hermanito (1927). De hecho el propio Lloyd no quedó muy satisfecho con el resultado final del presente film y le tentó archivarlo deteniendo su estreno. Por suerte para él y para todos nosotros no lo hizo, ya que es una comedia muy divertida que acabó siendo uno de los mayores éxitos de taquilla de su carrera.

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