El Hermanito (The Kid Brother, 1927) de Ted Wilde

Ya desde uno de sus primeros largometrajes, El Mimado de la Abuelita (Grandma’s Boy, 1922) de Fred C. Newmeyer, Harold Lloyd había mostrado un nada disimulado interés por introducir elementos dramáticos en sus películas y, sobre todo, darle una psicología más compleja y humana a su personaje cómico para que no fuera un mero clown de slapstick. Si bien inicialmente llevó esas ambiciones demasiado lejos con una primera versión de El Mimado de la Abuelita puramente dramática que no funcionó en los pases previos, el montaje que acabó haciendo de dicho filme le mostró el camino a seguir: balancear entre comedia y drama, no renunciar al slapstick pero tampoco a dar más profundidad a su personaje. Desde entonces la carrera de Lloyd alternaría siempre entre un filme más ambicioso o profundo y otro más puramente escapista (no por ello peor acabado, de hecho algunos de éstos fueron sus mayores éxitos de taquilla). De entre las películas que se encuentran en el primer grupo – El Hombre Mosca (Safety Last! 1923), El Tenorio Tímido (Girl Shy, 1924) y El Estudiante Novato (The Freshman, 1925) – ninguna llevó tan lejos sus ambiciones como El Hermanito (The Kid Brother, 1927).

El origen de este proyecto está en la admiración que sentía Harold Lloyd hacia Tol’able David (1921) de Henry King, no en vano una de las películas más importantes del cine americano de las primeras décadas. Dicho filme supuso además la contribución más importante al género conocido como «americana», en el que Lloyd decidió situar su siguiente historia, que era una suerte de parodia no disimulada de la de King. Harold es el hijo menor del sheriff de un pequeño pueblecito que se siente discriminado, ya que su padre solo trata sus asuntos con sus dos hermanos, mucho más fuertes que él. La llegada de un espectáculo ambulante a la ciudad le permitirá conocer a Mary, una jovencita de la que se enamora y ante la que aparenta ser un tipo duro. La situación se complica cuando alguien roba de casa del sheriff el dinero recolectado para construir una presa y las sospechas recaen sobre el propio padre de Harold.

El Hermanito supuso de entrada un curioso contraste respecto a las últimas obras de Lloyd, de ambientación mayormente urbanita. Aquí el actor y su equipo de guionistas y escritores de gags explotaron al máximo el ambiente y las costumbres del entorno rural para empapar al famoso personaje de Harold del americana que pretendían parodiar. Eso implicó no obstante que el rodaje en exteriores fuera bastante más complejo de lo habitual, sobre todo cuando Lloyd era alguien que no reparaba en gastos. Fijémonos sino en el gag en que sube a un árbol para despedirse de Mary y va escalando cada vez más y más alto para seguir viéndola, que tuvo que filmarse con una plataforma elevadora traída in situ al bosque… solo para un plano.

Los problemas no fueron solo logísticos. En este filme Lloyd no pudo contar con sus habituales realizadores, Sam Taylor y Fred C. Newmeyer, que ya habían empezado a trabajar para otras compañías, y contrató a Lewis Milestone. Aunque éste filmó la mayor parte del material, tuvo que dejar el rodaje a medias por compromisos contractuales con la Warner Brothers, así que le sustituyó el guionista Ted Wilde, que también dirigiría su siguiente filme. Pero, ay, Wilde enfermó y le sustituyó Lex Neal, cuya aportación parece ser que fue casi simbólica. Dice mucho en favor del trabajo de Lloyd como productor y como director sin acreditar en la sombra que no se note en el resultado final que la película pasó por tantas manos diferentes, y que a nivel de estilo siga estando en la línea de sus otras obras (lo cual nos confirma lo que en el fondo era un secreto a voces: que aunque nunca apareció acreditado como director, Lloyd en el fondo codirigía todas sus películas y era el máximo responsable de su estilo final).

De hecho, aunque uno podría temerse que esta ambientación rural y la temática sobre la cobardía y la necesidad de confiar en uno mismo le darían a la película un tono demasiado serio, la realidad es que el conflicto principal (el robo del dinero) prácticamente no sucede hasta pasada una hora de metraje. Hasta entonces, Lloyd se dedica a desarrollar su personaje y su relación con la chica al mismo tiempo que nos deleita con multitud de gags. Mi pasaje favorito sucede cuando éste trae a Mary a pasar la noche a su casa para resguardarla de la lluvia y sus dos hermanos, vestidos en pijama, intentan esconderse para que ella no les vea en paños menores. Todas las situaciones que le siguen (cambios de habitaciones, escondrijos que se vienen abajo, etc.) son prototípicas del slapstick pero realizadas con un timing tan perfecto que siguen siendo muy divertidas. Lloyd de hecho alarga la situación al hacer que al día siguiente los dos hermanos se piensen que la chica ha dormido en el sofá oculta tras una sabana extendida (en realidad la acogieron unos vecinos antes de irse a dormir) y Harold, que es quien se encuentra allá atrás, se aproveche de su cortesía haciéndose pasar por ella.

El momento culminante llegará con la divertida batalla final contra el matón que robó el dinero, que le servirá para demostrar que su ingenio y capacidad para salirse con la suya son tan valiosos como la fuerza bruta. Esta última escena se beneficia enormemente de la ingeniosa idea de situarla en un barco encallado, con todas las posibilidades cómicas y de suspense que eso supone, que además cuenta con dos elementos extra a su favor: el monstruoso antagonista encarnado por Constantine Romanoff y un simpático mono que no hará más que darle problemas a Lloyd.

A nivel de reparto merece destacarse una vez más el excelente trabajo de la actriz con la que trabajaba esos años, Jobyna Ralston, la cual, aparte de ser encantadora, en sus actuaciones sabía aportar una gran sensibilidad y ternura, que en este caso funcionan especialmente bien al acompañar a un personaje precisamente necesitado de eso. Y por otro lado, Lloyd está como siempre magnífico tanto en su faceta cómica como en sus instantes más dramáticos, con esa insistencia en encajar con su familia paterna que siempre bascula entre lo cómico y lo patético pero sin caer nunca del todo en ninguno de esos extremos. Véase cuando él quiere apuntarse a firmar la carta que el sheriff y sus hijos envían al gobierno para tirar adelante el plan de la presa, y la alegría tan entrañable con que estampa su firma cuando su padre acepta por una vez incluirlo (nótese también el cariño con el que se tratan los personajes: el padre es rudo y desprecia a su hijo, pero eso no quita que a veces tenga momentos de debilidad y decida concederle pequeños favores como éste que no le cuestan nada).

El único problema que tendría que temer el actor y que ya empezaba a vislumbrarse aquí es físico: su apariencia cada vez colaba menos como la de «un chico» y se iba haciendo más evidente que había pasado ya los 30 años. Es el mismo inconveniente que en esas fechas estaban empezando a experimentar las dos estrellas más célebres de Hollywood, Mary Pickford y Douglas Fairbanks, al estar también encasilladas con papeles de un físico y/o edad muy determinados.

La película previsiblemente funcionó muy bien en taquilla, pero aun así fue una decepción comercial para Harold Lloyd al no ser el gran éxito que él esperaba. Había sido un proyecto largamente acariciado que se notaba hecho con mucho cariño, y además había supuesto un rodaje difícil y lleno de problemas. Y en cambio, su anterior obra, Ay, mi Madre (For Heaven’s Sake, 1926), que correspondía a la línea de películas menores realizadas como mero entretenimiento entre filmes más ambiciosos, había sido el mayor éxito de taquilla de su carrera en Estados Unidos, de modo que había puesto el listón muy alto para él. Comprensiblemente, viniendo de ahí, Lloyd esperaría que su siguiente obra, más ambiciosa y mejor hecha, la podría igualar o incluso superar; pero no fue así.

A causa de eso, Lloyd tuvo bastante olvidado El Hermanito durante mucho tiempo, y se cree que de hecho no lo revisionó hasta finales de los años 50 mientras preparaba esos filmes que recopilaban gags de toda su carrera para llegar a nuevas generaciones. Revisionada muchos años después y sin las altas expectativas de su momento, Lloyd se encontró por sorpresa con una de las grandes obras de su carrera. A raíz de eso la volvería a proyectar en diversas ocasiones y la citaría desde entonces como la película favorita de su filmografía. De lo que no cabe duda es de que fue su última gran obra.


Por cierto, si quieren leer más sobre Harold Lloyd quizá les interese el especial temático que le dedicamos hace unos años.

2 comentarios en “El Hermanito (The Kid Brother, 1927) de Ted Wilde

  1. Esta película es una absoluta maravilla y como muy bien dice, Doctor, todos los elementos están tan exclenetemente equilibrados que sorprende que tuviese un rodaje tan accidentado. Es una de las películas que siempre uso de ejemplo de ajuste finísimo de ética y estética, de contenido y continente, de diversión y complejidad, de perfecionismo técnico y corazón. Es raro encontrar un filme tan escurpulosamente bien realizado que no resulte un poco frío. En The Kid Brother esto no pasa ni por asomo. Desde luego la escena de Harold en la cama haciendose pasar por la chica es una de las más brillantes que ha trabajado como actor cómico (y lo bien montada y planificada que está, además). Speedy también me parece una obra muy buena, pero algunos escalones por debajo de ésta. Su final se alarga un poco demasiado. Se le notan demasiado las ganas de «más difícil y más caro todavía» que acostumbran a lastrar las segundas partes, en las que la pirotécnia se come la emoción. Desde luego no se trata de una segunda parte, pero bueno, eso. Tiene secuencias divertidísimas y algunos de los momentos que deberína estar en toda antología lloydiana, pero The Kid Brother lo tiene todo. Y pobre Ted Wilde, de salud muy precaria, que poco duró 😦

    • Correcto, Speedy está también muy bien pero no está al nivel de ésta, que es una obra muy equilibrada en todos los sentidos. Como dices, tiene partes emotivas al mismo tiempo que técnicamente es irreprochable. Qué grandísimo cineasta Harold Lloyd y qué poco se le reconoce como merece.

      Un saludo.

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